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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 23 de octubre de 2020

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Hacia dentro (Revista Quebrados, 2017)

Hacia dentro (Revista Quebrados, 2017)

Naturalmente, no me cuento entre los niños felices.
Juan José Arreola

Todos sabían, por experiencia propia, porque el tiempo es relativo y el entusiasmo hace que las horas vuelen, que el verano pasaba más rápido que el resto de estaciones. Más aún cuando el verano transcurría lejos de la ciudad, en el territorio verdaderamente familiar del pueblo, donde los minutos no marchaban tan lentos: la seguridad del pueblo, la ausencia de relojes y de horarios estrictos difuminaba, incluso abolía, los límites de ese tiempo que debían aprovechar al máximo.

Los chicos del pueblo quedaban en el lago sin necesidad de citarse previamente; cualquiera sabía que sólo allí, en el lago, podían estar los demás. Y era justo ahí donde apuraban la mañana tomando el sol, contando anécdotas, dándose prolongados chapuzones en el agua bien fría (porque en el pueblo, al contrario que en la ciudad, forrada de hormigón y asfalto, siempre refrescaba por las noches; a veces incluso llovía) o retomando, entre risas nerviosas y cierta franqueza típica del lugar, aquellas relaciones que el verano anterior se habían visto interrumpidas por el regreso a la ciudad y el comienzo inevitable del nuevo curso. Quien más quien menos, a la orilla del lago, junto a los árboles, un poco apartado del resto, había dado su primer beso a esa pareja que parecía iba a durar siempre: jamás se percataron, ni se preocuparon, de que la vida da muchas vueltas, de que todo, por desgracia, cambia y siempre a peor. Esto a ellos les traía sin cuidado; carecían de tiempo para el lamento o la aflicción: estaban demasiado ocupados viviendo, o quizá asistiendo al inicio explosivo de su propia vida.

Luego estaban las tardes, aquellas maravillosas tardes que comenzaban puntuales con el receso breve de la siesta. Durante un rato los adultos, sorprendentemente fatigados o aburridos, se dejaban vencer por el cálido sopor de la sobremesa y descabezaban un sueño ligero, que no era en absoluto obligatorio para los críos. Era entonces cuando los amigos se reunían en una de las casas del pueblo y se escurrían con sigilo por las diferentes habitaciones de la vivienda, en silencio de conspiración para no despertar a los padres de turno. Allí inventaban aventuras, imaginaban misterios o leyendas, descubrían fantásticos tesoros: cualquier disparate parecía posible. Pocas cosas les importunaban; casi nadie les contradecía. Los chicos disponían de toda la tarde para sus juegos delirantes y sus diversiones inagotables.

Una de las pocas ocasiones en que las familias se reunían al completo bajo el mismo techo era la hora de la cena, que no se prolongaba mucho porque todos, mayores y pequeños, deseaban disfrutar de sus respectivos entretenimientos antes de acostarse. Los mayores acudían al único bar del pueblo para tomar un trago o charlaban sentados a las puertas de sus casas, viendo cómo la noche caía sin presagios funestos, tan sólo con la esperanza de un nuevo día; los pequeños, aprovechando la oscuridad, elegían el mejor escondrijo para contar historias de terror que en realidad no asustaban a nadie, o eso pretendían ellos: acaso suponían la mejor excusa para dar la mano, para abrazar sin pudor, para fingir de verdad que no estaban solos.

Los muchachos podían percibir -sin encontrar la manera exacta de explicarlo, sin impacientarse por no poder hacerlo- que en aquel lugar y en esos momentos algo muy dentro de ellos, algo noble y duradero, surgía de forma espontánea; y esto era indiscutiblemente lo mejor del mundo. Según habían oído, o tal vez leído, la felicidad era una puerta que se abría hacia dentro. Poco podían imaginar que, tras esa puerta, la mayoría de las veces, finalmente no quedaba nadie.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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