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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 6 de abril de 2020

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El misterio de los editores (2011)

Publicación digital. Amazon, 2011. 

En estos relatos se narran las peripecias de muy diversos personajes en diferentes escenarios. Autores que se enfrentan a editores misteriosos y quizá perversos; jóvenes que descubren pronto los caprichos y la caducidad del amor o la presencia inesperada de la Muerte; viejos que agotan sencilla y responsablemente la vida; la aparición mágica y turbadora  de una diosa en un palacio romano del siglo XVI; el ambiente de la universidad de Bologna en esa misma época; la visita inexplicable a un paraíso secreto en Baviera; las andanzas de un médico lleno de humanidad, que recurre a los santos para poder ser liberal y generoso con sus enfermos, o las de otro médico que investiga una muerte absurda en un bar de Madrid. 

En muchos hay un humor delicado y tierno y en todos detalles de erudición que multiplican el interés de lo que se cuenta. En fin, literatura amena, escrita para distraer, pero con la máxima consideración intelectual hacia el lector y con el cuidado por la calidad del lenguaje, característico del autor.

 

*****

Lo hice así y desde el principio todo fue un milagro. Acerqué mi ojo derecho al suyo ausente y a medida que lo hacía la yerma cuenca se dilataba y adquiría un aspecto grandioso. La órbita era del color del marfil blanco y reflejaba una luz cenital, quieta y suave. La superficie no tenía la menor irregularidad y era de una lisura perfecta. Me sentía como a la entrada de una enorme caverna hecha de material nobilísimo. Al fondo, centrado en el gran espacio vacío, empezaba a concretarse una especie de escenario, iluminado por candilejas de tenue y delicada luz verdegay, en el que empezaron a surgir, adquiriendo consistencia y sentido poco a poco, figuras que fueron adoptando la forma de seres humanos, aunque, por lo que vi después, debiera resultarles inapropiado ese nombre. Comencé a distinguir confusamente, en las tinieblas de una noche que tenía que ser muy fría, lo que parecía un campo de batalla, el campo en el se había dado recientemente una batalla. A lo lejos estallaban fucilazos de hiriente luz roja. Entre los muertos y heridos, avanzaban algunos hombres que buscaban algo con el mayor interés y hablaban quedamente un lenguaje extraño en el que distinguí palabras de dialecto genovés, mezcladas con alguna francesa.

Pronto pude ver que seleccionaban, entre los cuerpos desparramados en el suelo, a los que tenían vestiduras y armas turcas y les abrían con urgencia el vientre y les sacaban las entrañas, incluso a los que estaban todavía vivos. Con los intestinos fuera, les palpaban las tripas, con meticulosidad y método. El olor, los gritos y los lamentos eran insoportables. Después se fue extinguiendo la débil luz y hubo unos momentos de oscuridad total, durante los que se oyó una música solemne y tétrica.

Sobre el escenario, ahora vacío, se abatió de repente una luz cegadora y empezó un nuevo espectáculo, atroz y deslumbrante. Era la plaza llena de sol de una gran ciudad y se conducía a un muchacho joven hacia un alto patíbulo allí instalado. Dos verdugos, evidentemente inexpertos, trataban de decapitar al joven, de la manera más torpe, intentando los golpes una y otra vez, mientras el reo aparecía acuchillado y chorreando sangre, pero todavía no decapitado. Tuvieron que darle hasta veintinueve hachazos para lograr arrancarle la cabeza, que levantaron entonces, destrozada, irreconocible, inolvidable para cualquiera que la viera, sobre el extremo de una pica. Estaba a punto de desmayarme, cuando noté la mano de mi interlocutor que me empujaba suavemente y me retiraba del ojo muerto.

- Por Dios, ¿qué era eso, qué es lo que he visto?, exclamé todavía aterrado.

- No se preocupe, ya ha pasado todo, me tranquilizó su voz. Ha visto algunas tropas, especialmente genovesas, del ejército de Balduino I, tras la batalla de Cesarea. Buscaban las esmeraldas y besantes de oro que se decía que los turcos se tragaban antes de entrar en combate para llevarlas escondidas  en sus cuerpos y hasta para tratar de rescatarse si eran hechos prisioneros. Se creía que era una práctica común, al menos ese era el rumor que circulaba. Luego ha contemplado la ejecución del desgraciado Henri de Talleyrand, marqués de Chalais, en la plaza Bouffay, en la ciudad francesa de Nantes. Dos presos comunes, sin experiencia como verdugos, se ofrecieron a cortarle la cabeza, a cambio de que les concedieran la libertad. ¿Quiere ver alguna otra terrible crueldad antigua?

- ¿Cómo puede guardar esos horrores en ese ojo inútil?, pregunté indignado.

- No están en mi ojo, aunque usted los ha visto ahí. Están en mis recuerdos, en mis lecturas y en los libros de historia. Son imágenes que han marcado mi vida y que ya no sé dónde las vi o en qué pesadilla las soñé.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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