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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 9 de agosto de 2020

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Apuntes sobre literatura (2013)

Publicada digitalmente en Amazon (febrero, 2013)

Estas notas son para mi uso personal, pero están escritas con la idea de que pudieran ser leídas, algún día, por un lector poco avisado o imprudente. Esto último no debe confundir o desvirtuar su principal objetivo o hacer injustificables las licencias que me tomo. Estas licencias se resumen, en la práctica, en una: no tengo ninguna intención -y por lo tanto obligación- de ser absolutamente completo, meticuloso o académico. Se trata de reflexiones surgidas al paso de lo que leo o me ocupa o preocupa en estos últimos tiempos. Lo cual no quiere decir, posible e improbable lector -de ahora en adelante, simplemente, lector-, que no me vaya a esforzar en hacerlas claras, comprensibles y razonadas; en la medida en que sea capaz de hacerlo, que ya se sabe que quod natura non dat, Salmantica non praestat.

Y están escritas pensando en un lector, porque anticipo ya que, después de bastantes meditaciones e indagaciones, estoy convencido de que es únicamente a los lectores -a lectores escogidos, cultos, pero no forzosamente especialistas en literatura- a quienes corresponde la última palabra en la valoración de las obras literarias. Léeme pues, lector, si me vas a leer, con el necesario cuidado, porque al final tendrás que opinar sobre todo. Ese es tu destino de lector inteligente y no lo puedes soslayar. El que avisa no es traidor.

Pienso, verdaderamente, que los lectores cultos -y desinteresados, imparciales, capaces de una límpida y fresca apreciación estética, no corrompidos por la literatura o la crítica profesional- tienen mucho que decir en la valoración de las obras literarias; para mi gusto, hasta más que nadie. Y se están creando las posibilidades de hacerlo, con las redes sociales y la facilidad para acceder a los nuevos medios de información y comunicación, que contrasta con la radical imposibilidad de hacerlo a los medios más tradicionales, en manos de la poderosa, todavía, industria de la edición.

Y tienen la responsabilidad de hacerlo, aunque al principio pueda parecer una batalla perdida. Los disparates en ese mundo de la edición son de tal calibre, los excesos tan notorios, los errores tan crasos, que, antes o después, se tendrá que imponer el sentido común. Un inteligente sirio, que llegó a Roma como esclavo y se hizo admirar allí como pensador y escritor de máximas, Publilius Syrus, escribió: iudex damnatur ubi nocens absolvitur (el juez resulta dañado cuando el culpable es absuelto). Los editores y los críticos son los responsables de las bastantes tropelías cometidas en este mundo de la literatura y su prestigio ha sido en muchos casos afectado. Por eso, los lectores, que son los mejores, si no los únicos, jueces en este asunto, serán los encargados de castigar tanto dislate editorial.

Claro que para eso necesitamos mejores lectores, pero los tendremos. Es más, me atrevería a decir que los tenemos ya. No son todos, pero son los suficientes. Sólo tienen que hacerse oír. ¿Y cómo son esos lectores en los que pongo tantas esperanzas? Pues no necesitan ser personas con un gran bagaje cultural o gran preparación académica. Simplemente, tienen que ser lectores que busquen algo más que distraerse con los libros, que quieran aprender algo; que se adentren en ellos con cuidado, con devoción, paladeando cada palabra y cada frase, buscando, esperando y persiguiendo con ardor la belleza. Nada más que eso. Y que valoren lo que les parezca valorable, no lo que valora todo el mundo, por moda o por dictado de la propaganda.

 

Inserto unos fragmentos del texto, para dar una idea del contenido del mismo.

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La coincidencia entre lo que pienso yo sobre el papel de los lectores y lo que expresa también el repetidamente citado La Bruyère es tan total y ajustada, que me veo obligado a insertar aquí un texto suyo, un poco largo, que resume exactamente lo que podría escribir yo mismo. Lo pondré en párrafo aparte, con los cortes oportunos -sin señalarlos siquiera- para hacerlo de moderada extensión, menos fatigoso de leer y sin alterar el sentido.

L'étude des textes est le chemin le plus court, le plus sûr et le plus agréable pour tout genre d'érudition. Ayez les choses de la première main; puisez à la source; maniez, remaniez le texte; apprenez-le de mémoire; citez-le dans les occasions; songez surtout à en pénétrer le sens dans toute son étendue et dans ses circonstances; tirez vous-même les conclusions. Les explications des commentateurs ne sont pas à vous, et peuvent aisément vous échapper; vos observations au contraire naissent de votre esprit et y demeurent: vous les retrouvez plus ordinairement dans la conversation, dans la consultation et dans la dispute. Achevez ainsi de vous convaincre par cette méthode d'étudier, que c'est la paresse des hommes qui a encouragé le pédantisme à grossir plutôt qu'à enrichir les bibliothèques, à faire périr le texte sous le poids des commentaires[1] (las negritas son mías)

[1] El estudio de los textos es el camino más corto, más seguro y más agradable para cualquier género de erudición. Tened las cosas de primera mano; bebed de la fuente; manipular y manosear el texto; aprendedlo de memoria; citadlo en ocasiones; preocuparos sobre todo por penetrar su sentido en toda su extensión y sus circunstancias; sacad vosotros mismos las conclusiones. Las explicaciones de los comentaristas no son las vuestras y se os pueden fácilmente escapar; vuestras observaciones, por el contrario, nacen de vuestro espíritu y habitan allí: las volveréis a encontrar más fácilmente en la conversación, en la consulta y en la discusión. Acabad así de convenceros, por este método de estudio, de que es la pereza de los hombres la que ha animado a la pedantería a engordar más bien que a enriquecer las bibliotecas, a sofocar el texto bajo el peso de los comentarios.

 

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No hace falta recurrir a ese gran santón de la narrativa española (en el texto original me refiero a Miguel Delibes), fallecido no hace mucho, para encontrar autores apreciables, que no mencionaré ahora -en este caso, por no alejarme demasiado de mi objetivo y porque, si insertara aquí una larga relación, estoy seguro de que dejaría de mencionar a muchos-. Pero, sólo por citar a algunos, ni siquiera de los más famosos, aunque suficientemente conocidos, me fijaré en dos. Ni que decir tiene que, como en todos los casos, sólo he leído algunas de sus obras y sería incapaz de hacer un juicio meticuloso y académico de conjunto.

Juan Manuel de Prada, que escribió Máscaras del héroe con veintiséis años, tiene expresiones en esta obra -las calificaré así, sin precisar más, para evitar quebraderos de cabeza- francamente felices, de las que cabe inferir -ya saben que mucho de lo que hago yo en estos apuntes es deducir, extrapolar- un buena sensibilidad de escritor; exactamente como ocurre con los casos contrarios. "El paciente se iba ya de las manos, por el escotillón resbaladizo de la muerte". [...] "El crepúsculo asomaba entre los edificios como un animal entre barrotes". Y confiesa, dato importante para mí, que no soporta los adjetivos previsibles (reflexión o grito que podría ser útil a la hora de indagar qué cosa sea la literatura). Algunos, en efecto, han escrito que la literatura es el adjetivo y, a mi juicio, por lo menos algo de verdad hay en ello. "Barridos por la ferralla gris de la derrota, tragados por el genocidio silencioso de la victoria". [...] "Cremalleras que parecían cicatrices de plata". [...] "Los espejos del café Platerías, dependiendo de si estaban bien o mal azogados, reflejaban o no a sus parroquianos, que al entrar allí se sentían como vampiros intermitentes". Y Prada sabe, creo, cómo hablar de la noche: "Afuera, en el zaguán, la noche se había vaciado de estrellas". [...] "La noche se estrellaba en los espejos, como un caballo desbocado". [...] "La noche tenía una calidad de paisaje submarino".

Y refiere anécdotas divertidas y sugeridoras. Como cuando narra que Cansinos Assens le dijo a González Ruano, que andaba despotricando nada menos que de Cervantes y Homero: "Para escribir hace falta bondad y usted no la tiene. Dedíquese a la delincuencia". A lo que contestó Ruano: "La bondad no es necesaria para escribir. La literatura es otra forma de delincuencia". También hay que tener criterio para seleccionar lo que se cuenta y este autor en este libro lo tiene. Pues lo mismo que para escoger una metáfora de las que te vengan a la cabeza. Si al final, todo es lo mismo.

 

*****

Mira, lector, vamos a hablar claro, para terminar. Te he mentado ya tantas veces, que he llegado a pensar que existes realmente, que existirás algún día. Y tengo que hacer un pequeño experimento, que será algo así como aquella prueba del nueve que nos enseñaron de niños y nos sirvió para certificar, sin posible error, la verdad de las cosas del mundo, de todas las cosas del mundo (cada cosa del mundo tiene su correspondiente prueba del nueve, sólo hay que saber buscarla). Voy a transcribirte unos párrafos del libro del que te estoy hablando. Mira.

"La nave de Leonte logró encontrar sitio entre dos embarcaciones. [...] Apenas concluido el amarraje, un grupo de curiosos se arremolinó en torno a la nave. Muchos eran hombres vestidos de las más extrañas maneras y que hablaban lenguas incomprensibles: eolios de yelmos de doble asta, guerreros eleatas de melenas hasta la mitad de la espalda, cefalenios, magnetos, curetes, cabreros que ofrecían escudillas de leche en las que se anegaban insectos, esclavos etíopes atados de dos en dos, niñas que vendían agua, mujeres de mala vida en busca de clientes, tullidos, prisioneros tracios de pelo rojizo y ojos azules, mendigos, profetas que clamaban al cielo horrorosas profecías, y desde luego hombres, mujeres y niños sucios, harapientos y mal alimentados".

¿Los ves, lector? Claro que sí. Y ves mucho más de lo que se describe aquí. Como yo mismo, aunque ni tú ni yo sepamos los nombres de las gentes, ni las razas a que pertenecen, ni las lenguas que hablan o los vestidos que portan. No sabemos describirlos, pero los vemos; se trata de una multitud infinitamente más abigarrada que la que describe Crescenzo, quien, como resulta obvio, no quiso contarlo todo.

Y luego, sigue este autor: "Circulaba entre los aqueos una curiosa superstición, conocida como la maldición de Protesilao". Y seguramente ocurre, amigo lector, que tú no sabes de qué maldición se trata. Y ya está aquí el experimento, la prueba que busco. A ti te pueden pasar ahora dos cosas: una, que sientas la necesidad inmediata, irreprimible, de saber en qué consiste dicha maldición, o, dos, que no te importe gran cosa el asunto, que la cuestión te deje bastante indiferente.

Y yo te contaré algo más. Este Protesilao se llamó así tras su muerte, porque mientras vivió se llamó Yolao. Y había soñado durante años casarse con Laodamia, la hija del rey Acasto. Hasta que por fin lo consiguió, pero inmediatamente después de la boda hubo de partir para la guerra de Troya; de manera que sólo pudo poseer a Laodamia una noche.

Te sigo contando: Yolao murió nada más desembarcar. Cuando Laodamia se enteró de la muerte de su marido, llegó a la desesperación y pensó que con nadie el destino había sido tan cruel como con ella. Y decidió dirigirse a Perséfone, para pedirle una segunda noche de amor; sólo eso, una segunda noche de amor.

"Oh, diosa de la Extrema Morada -estas son las palabras que Crescenzo pone en su boca-, tú que bien conoces cuánto dolor causa la lejanía de la persona amada, [...] concédenos, a mí y a mi desdichado esposo, otra ocasión de amor. Una noche tan sólo él me poseyó, y tan sólo una noche ahora te pido".

Y la diosa atendió parcialmente el ruego y les concedió tres horas, ni siquiera una noche entera, a consumir en el mayor secreto. Cuando al anochecer se presentó Yolao, Laodamia lo abrazó apasionadamente y el marido le suplicó: ¡Déjame entrar en el deseado tálamo! Pero Laodamia explicó que sólo tres horas no podrían aplacar su sed de amor y que, antes que malgastarlas en un banal abrazo, prefería utilizarlas de otra forma.

Y como era una excelente escultora, le pidió que permaneciera quieto, hasta que modeló su cuerpo en cera, en actitud de abrazarla. Sólo así podré poseerte hasta el fin de mi triste existencia, insistió Laodamia (quizá aquí la dama fue un poco egoistilla, digo yo). Terminada la obra, se recostó en la cama y se acomodó entre sus brazos, los de la estatua.

Y así pasaron para Laodamia días y noches, hasta que su padre empezó a sospechar y ordenó que derribaran las puertas de sus aposentos. Al descubrir la estatua del difunto, ordenó el rey que la echaran en un caldero de aceite hirviendo. Cuando empezó a derretirse la cera, la pobre Laodamia se arrojó también en él.

Y terminó el experimento. Lector, si no has visto la inmensa muchedumbre que rodeaba la nave de Leonte; si no te sonaron como música las palabras que utilizó Crescenzo para describir la parte de la misma en que se fijó; si no necesitas con urgencia saber cómo murió Protesilao y cuál era la terrible maldición que lleva su nombre, entonces, todas las páginas que he pergeñado hasta aquí no sirven de nada.

Y por el contrario, si has visto lo que yo he visto, si has oído la música que yo he oído y, como yo, tuviste, ineludiblemente, que llegar hasta el misterio de la maldición de Protesilao, entonces, estas páginas no eran necesarias para ti.

¿Todo ha sido, pues, inútil? Probablemente. Pero déjame quedarme con una tibia esperanza. ¿Y si alguien, de esos que leen sólo para distraerse, para pasar el rato, para matar el tiempo, aunque fuera sólo uno, comprendiera que leer puede ser algo más, debiera ser algo más? ¡Ah, entonces todo habría valido la pena! Para inculcar ese amor por la lectura no hace falta ser un experto; basta con exponer, de la manera más cándida, lo que nos hace felices a algunos cuando leemos; lo que buscamos en la lectura; lo que obtenemos en la lectura.

De todos modos, vuelvo a expresar aquí lo que ha sido el principal objetivo de mis reflexiones. Simplemente, tratar de explicarme, a mí mismo, en la medida de lo posible, lo que me subyuga de mis lecturas y por qué me atraen las cosas que me atraen.

No me atrevo a prometer que termino aquí, porque sé que podría quebrantar mi promesa. ¡Hay tantas cosas que me gustaría trasladar a estas páginas! Repito lo que ya escribí anteriormente: las citas que hago, corresponden a los libros que estoy leyendo ahora. Si traigo hasta el lector a La Bruyère o a Crescenzo o a los otros autores que se mencionan en mi escrito, no es porque los considere los más pertinentes para cumplir mis vagos y deslavazados propósitos. Desde luego, sus obras son interesantes y ejemplo de buena literatura, pero, afortunadamente, hay muchísimas obras así, de las que hacen pensar y son deleitosas de leer y que yo podría haber escogido en otro momento.

Me resisto a no insertar, como fuego de artificio final, algún fragmento más de Helena, Helena, amor mío. Habla Tersites, un personaje secundario, muy menor, en la Ilíada, el guerrero aqueo que Homero describió como feo, patizambo y con la cabeza terminada en punta, que insulta a Agamenon y es maltratado por Ulises. Pero que luego aparece en la Etiópida, en el Troilo y Crésida de Shakespeare, en una obra de Stefan Zweig, es mencionado por Hegel, Nietszche y otros filósofos... y acaba encarnando la figura de un antihéroe sarcástico, destructor de mitos y cargado de razones y motivaciones muy distintas de las que mueven a los grandes personajes. Dice Tersites:

"Hermanos, os lo suplico, ¡no le creáis! Si Ulises os dice que estáis vivos... no le creáis. Si Ulises os dice que tenéis dos brazos y dos piernas, no le creáis. Si Ulises os dice que el sol brilla en lo alto del cielo... no le creáis: acaso en ese mismo momento empezará a llover." Y un poco más adelante, dirigiéndose esta vez a Leonte: "¡Mientras tengas uso de razón no creas a los maestros, e igualmente no creas a los aedos, ni a todos aquellos que van por ahí cantando las gestas de los héroes, sólo para procurarse una bandeja de higos gratis! Cuando adviertas la necesidad de saber la verdad, búscala en tu propia cabeza y jamás en el corazón. Los que tú llamas héroes son simples malhechores de nombres célebres, que invaden las tierras ajenas con la única finalidad de saquearlas y violar a sus mujeres. No saben lo que es el amor al prójimo, ni el respeto hacia el débil."

Por cierto, en mis estudios de la carrera de Medicina, hace muchísimos años, ya me tropecé con este personaje, con Tersites. En efecto, se designa como 'cabeza de Tersites', un tipo de malformación craneal, que forma parte del conjunto de las acrocefalias. Cuando se estudia, lo que sea, con furia, se aprenden cosas muy diversas.

Todo lo mejor, querido, tal vez inexistente, lector.

Género al que pertenece la obra: Ensayo literario
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