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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 2 de diciembre de 2020

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Silva epistolar (2013)

Publicada digitalmente en Amazon (febrero, 2013)

He querido dar forma de libro a una selección de las cartas que he ido escribiendo a lo largo de toda una vida; a lo largo de los últimos años de una vida, más exactamente. Todo empezó con las que enviaba, siendo Secretario General de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas (Asemeya), a sus miembros. Son las que, bajo el epígrafe de Cómo Secretario, os digo..., están incluidas en este volumen. Allí cuento más pormenorizadamente, en la Introducción, el origen de esta correspondencia y cómo empecé a sentirme casi obligado a publicarla, por cariñosos apremios de unos y otros. Copiaré ahora algunas palabras de ese lugar: "El ser humano también es generoso y amable en no pocas ocasiones y lo cierto es que muchos de los destinatarios de estas cartas me escribían, o me llamaban, para felicitarme por ellas y agradecerlas. Algunos de estos amigos llegaban un poco más lejos: me recomendaban, con todo interés y sinceridad, que las publicara. De hecho, llegó un momento en que, al escribirlas, pensaba ya que quizá alguna vez podrían ver la luz, lo que me llevó a cuidar aún más la redacción."

En mis conversaciones y correspondencia con el profesor italiano Arnaldo Cherubini, de la Universidad de Siena, que preparaba entonces un libro sobre los médicos escritores españoles, ya reconocí abiertamente un tímido propósito de imprimirlas. Así quedó recogido en la propia obra del italiano, publicada finalmente en Siena, en el año 2001, con el título Medici Scrittori di Spagna (XV - XX Secolo); en las páginas 161-162: "Le Cartas che periodicamente invia ai relativi membri costituiscono vere prove letterarie, che opportunamente Redondo penserebbe prima o poi di racogliere in volume. Traduzco: Las "Cartas" que periódicamente envía a los miembros (de Asemeya) constituyen verdaderas piezas literarias, que Redondo pensaría, antes o después, recoger en un volumen.

(continuación)
Luego he añadido otras bastantes más, que fui escribiendo en muy variadas circunstancias. Son cartas a amigos, escritores, traductores, profesores, agentes literarios, cortas relaciones de viaje y, alguna vez, cartas en broma, cartas totalmente inventadas, en las que hasta finjo ser un personaje distinto, como pequeña extravagancia o diversión. Al final, han llegado a ser unas cuantas, muchas más de las recogidas aquí. Y todo por una sola razón -una explicación que debo a mis lectores y a quienes me conocen-, que me propongo exponer en estas líneas.
Todo lo que he hecho en mi vida deriva, casi exclusivamente, de una sola condición: he tenido tiempo. He tenido la enorme suerte de disponer de ese bien preciadísimo, quizá el más deseable de los obtenibles en esta tierra. Por mis circunstancias personales y familiares, por no tener aficiones que demandaran un tiempo o dedicación excesivos -tengo amigos que han de ir forzosamente a cazar alces a Suecia, raros jabalíes a la Patagonia, no sé qué animales a África- y por tener relativamente bien controladas mis ambiciones, me ha quedado tiempo para holgar, para dedicarlo a mis formas preferidas de ocio. Bueno, la verdad es que también les quedó a estos amigos míos para lo que más les gustaba: la caza.
Lo tuve para escribir estas cartas que ahora presento reunidas. Y para publicar también algunos textos de Medicina, cumpliendo con las sagradas obligaciones que cualquier práctica o actividad médica demanda. Y para leer las cosas que me apasionaron, algunas no de las más corrientes o populares. Y para poder viajar un poco, sin hacerme nunca un adicto a esa costumbre, que puede llegar a ser maldita en algunos.
En definitiva, para poder hacer las cosas que me apetecían -algunas de las cosas que me apetecían-, sin tener que complicarme mucho la vida. De hecho, he tenido tanto tiempo, que me aterra pensar que no lo haya aprovechado bien, que no haya correspondido con justicia a las venturas y tranquilidades que me fue arrojando la fortuna. Seguramente, cualquiera en mis condiciones habría hecho más que yo; lo digo con toda sinceridad. No me siento culpable, porque tampoco recuerdo haberme negado nunca a ninguna empresa importante que se me propusiera y estuviera a mi alcance. Aun así, me entristece comprobar que no he sabido dar más a los demás. No porque tema que me pidan cuentas, que ya me las he estado pidiendo yo mismo, con bastante exigencia, durante toda mi vida.
Estas cartas las he dividido en algunos apartados: 1) las enviadas a grupos o colectivos, separando aquí, en una sección especial, las dirigidas a los miembros de Asemeya; 2) las de destinatarios individuales y 3) la más frecuente correspondencia mantenida con una inteligente profesora y un inteligente profesor (diez cartas a cada uno).
De las croniquillas de viaje, haré notar que bastantes apenas tienen detalles de interés turístico -eso se puede encontrar en cualquier sitio- y son más bien remembranzas o consideraciones suscitadas por algún viaje. Se refieren sólo a mis viajes de los últimos años.
He tratado de mantener el secreto sobre los destinatarios, u otras personas mencionadas, sustituyendo sus nombres por asteriscos, como se hacía en algunas narraciones de los siglos pasados. A veces, quizá se pueda averiguar, por ciertos indicios, la personalidad que se ha pretendido ocultar. Cuando esto ocurre es, sin excepción, porque lo que se dice o cuenta respecto a ella es positivo o halagador; nunca en caso contrario.
Algunas de las cartas fueron dirigidas a personas relativamente conocidas, pero son las menos. Mis cartas no son, pues, un intento de mostrar o descubrir rasgos escondidos de personajes importantes y no he tratado de hacer nada parecido a unas memorias o una descripción sociológica. Simplemente, como expliqué ya, son cartas que escribí con un cierto propósito literario y por eso me pareció disculpable mostrarlas a otros. Que este designio mío se cumpliera o no, son los lectores, si llega a haberlos, quienes habrán de juzgarlo.
Alguna carta, dirigida a alguien muy amigo, podría tener algún detalle atrevido o inapropiado, aunque nunca rigurosamente obsceno. Podría ser. Son las bromas que a menudo nos gastamos los hombres -quizá debería escribir los hombres ya mayores, los viejos- cuando hablamos de mujeres, que es con cierta frecuencia. Más o menos, la misma con que las mujeres hablan de hombres. Nada para escandalizarse, pienso yo.
Incluyo aquí una de las cartas del libro, dirigida a los miembros de Asemeya:
CARTA LARGA DE ADIÓS
Llegó la hora de haceros una confesión en relación con estas cartas. Y una petición de indulgencia. No sé cómo, se fueron haciendo más íntimas. No se tiene control perfecto sobre lo que se hace. Siempre traté de que fueran amenas y un poco literarias (somos una asociación de escritores, no de vendedores al menudeo de artículos de ferretería, con todos mis respetos), pero últimamente me he preocupado más por su estilo. La explicación es relativamente sencilla: estoy "perpetrando" publicarlas -corregidas, dilatadas, expurgadas- en un librillo que se titularía tal vez Como Secretario, os digo... Algunos de vosotros me habéis incitado, lo aporto en mi descargo. Habían devenido como una especie de guión para escribir una crónica personal de estos años. Terminaría así, de paso, mi historia de la Asociación (lo ya publicado tampoco era completamente lineal). El tema y los datos de esta carta, por ejemplo, podrían servir para un capítulo.
- ¿Y no sería una obra muy dispersa e imposible?
- Hombre, hay antecedentes y no pocos. Entre otros, la Silva de varia lección, del sevillano Pedro Mexía.
- Por el nombre, suena a cosa más bien antigua.
- Se imprimió hace casi quinientos años, pero tuvo mucho éxito. El autor explicó su intención, en el Prohemio: Hame parescido escrevir este libro assí, por discursos y capítulos de diversos propósitos, sin perseverar ni guardar orden en ellos, y por esto le puse por nombre Silva [...] Y aunque esta manera de escrevir sea nueva en nuestra lengua castellana [...] en la griega y latina muy grandes auctores escrivieron assí, como fueron Ateneo, Víndice Cecilio, Aulo Gelio, Macrobio, y aun en nuestros tiempos, Petro Crinito, Ludovico Celio, Nicolao Leónico y otros algunos.
- Pues tampoco es que sean conocidísimos. Además, si todo ha sido ya dicho, ¿para qué darle más la tabarra a la gente?
- En eso lleva razón y es lo que he pensado toda mi vida. Pero, fíjese, ahora, al final...
- ¿Y cobraría por la cosa?
- Creo que no; seguramente sería como regalo.
- Bueno, siendo así.
De hecho, tengo ya suficiente material y, en ese sentido, no necesito más guión. Escribir esas cartas no demandaba ninguna cualidad extraordinaria, bien lo podéis suponer. Pero sí una cierta dosis de candidez y arrobamiento en mi relación con la asociación, que no es fácil sostener eternamente. El tiempo -otra vez el tiempo- enerva y arruina todo. También exigían un cierto humor y ligereza de ánimo que no siempre es posible acopiar. Preferiría cualquier cosa antes que escribir cartas aburridas o muy circunstanciales (suponiendo que no lo fueran las que escribí). No sé si estoy ahora en mi mejor momento para seguir con lo que fue una amable tarea. En muchos puntos concretos del universo reina un intenso desorden.
- Y ahora se da Ud. cuenta. ¿Qué sabe usted del universo?
- Pues, nada, claro; apenas conozco nada.
- Pues en una de sus cartas escribió de él como si pensara que se lo conoce al dedillo.
- ¡Pero, cómo voy a pensar yo eso!
- Pues, exprésese mejor, con menos aires, más sencillamente; sin números, cálculos o palabras raras.
- Trataré.
- ¡A buenas horas!
Quizá hay algo más. Yo sé que no todos habréis tenido el tiempo y la paciencia de leerlas; eso lo entiendo. Pero sólo el hecho de poder mandarlas me colocaba en una situación de privilegio -a cambio, eso sí, de una labor pesada; a nadie le aconsejaría que se hiciera Secretario de Asemeya para ganar una audiencia-, potencialmente capaz de suscitar resquemores. Hay miles de escritores en busca desesperada de lector. Cuando alguno lo logra, es lógico, humano y saludable que genere en los demás alguna de las infinitas formas del odio, que está hecho de una materia extremadamente pleomórfica, como se sabe. En mi caso, el no tener nadie la seguridad de que las cartas fueran leídas, dulcificaba la situación y la hacía mucho más tolerable. Pero, por si acaso.
O sea, que esta es una carta de despedida, de adiós. En el campo de la literatura, el nuestro -después del de la medicina, claro, para la inmensa mayoría de nosotros- todo está lleno de adioses y despedidas. Desde el discurso de despedida de Hattusilis I, el rey hitita del siglo XVII a. de C., exhortando a su pueblo a la virtud y la moderación. Desde el adiós y bendición de Moisés a los hijos de Israel (Deuteronomio, 33 1-29), antes de que estos entraran en la tierra de Canaán, que aquél pudo ver pero no hollar con su pie, porque Yahvéh, desde la cumbre del Pisgá, frente a Jericó, se la había mostrado y le había dicho: Esta es la tierra que bajo juramento prometí... Te la dejo ver con tus ojos, pero no pasarás a ella (Dt 34 4). En cambio, le había permitido vivir ciento veinte años. Muchos de los dioses que he conocido fueron caprichosos. Es lógico.
Quizá el más popular de los Leader de Goethe lleva por título Willkommen und Abschied (Bienvenida y adiós). Simone de Beauvoir escribió La ceremonia de los adioses, en 1981. El pobre José Rizal escribió en la víspera de su ejecución el estremecedor Último adiós. Está el Adiós a las armas, de Hemingway. El Adiós al mar, del cubano Reinaldo Arenas, que se suicidó, enfermo de Sida. Goodbye, Mr. Chips, del novelista inglés James Hilton -el creador del utópico Shangri-La-, que fue llevado al cine. La novela Goodbye, de William Sansom; el Adiós a María, del polaco Tadeusz Borowski. Raymond Chandler, el creador del detective privado Philip Marlowe, escribió The long goodbye. Hace ya casi un siglo que el portugués Antonio Nobre escribió Despedidas. Milán Kundera escribió, en checo, lo que se tradujo al inglés como Farewell Waltz. Philip Roth escribió Goodbye, Columbus, en 1959. Adiós al nido del pájaro es de un novelista finlandés, Joel Lehtonen, que la escribió en 1934, un poco antes de suicidarse. Leif Panduro, danés, escribió Adiós, Tomás, y Sarah Millin, la novelista sudafricana, publicó Adiós, querida Inglaterra. El novelista japonés Dazai Osamu dejó sin terminar, porque se suicidó, la novela titulada escuetamente Adiós. Kathleen Raine escribió Adiós, campos felices. Y Christopher Isherwood fue el autor de Adiós a Berlín. Otro dramaturgo, director y actor, el sudafricano Athol Fugard, escribió algo casi con el mismo título que Goethe, Hello and Goodbye. Por no hablar del Adiós, cordera; del Adiós, de Luis de Castresana; de El adiós: poemas, de Rosario Castro. Hay una revista bimestral, editada en Brooklyn, que se llama precisamente Goodbye, en donde se recogen con exquisito cuidado las crónicas de los fallecidos recientes.
Dejo para el final a Jean Bodel, un juglar y dramaturgo francés de finales del XII, que quería ir a la Cuarta Cruzada y no pudo, porque enfermó de lepra y murió en un lazareto. Escribió Les congés (Las despedidas), en 1202. Y también al famoso escritor judío de principios del XII, Jehudah ben Shemuel ha-Levi, que trabajó de médico en Toledo. Escribió una colección de poemas alabando a Sión, y el Sefer ha-Kuzari, cuyo epílogo es una larga despedida de España. Porque, en efecto, al final de su vida, Jehudah ha-Levi sintió la necesidad de marchar a Jerusalén. Partió de España en 1140 y el 3 de mayo de ese año llegó a Alejandría y después a El Cairo. Jamás pudo arribar a Sión; murió al año siguiente, en Egipto. La leyenda, sin embargo, dice que sí llegó y que fue asesinado allí por un musulmán, cuando recitaba sus sentidos cantos a Jerusalén. Quizá algunos recordéis que dicha leyenda fue recogida, entre otros, por el poeta alemán Heinrich Heine, en 1851. Como tantas veces, no se sabe qué es más triste, si la realidad o la leyenda. Bueno, es bello morir cantando. Sí, pero desolador percibir que se muere por la mano de otro.
Dejadme que os cuente otra historia tangencialmente relacionada, extraña, tal vez inexplicable. El poeta provenzal Jaufré Rudel se enamoró tan perdidamente de la princesa siria de Trípoli -y sólo por las alabanzas que de ella habían hecho otros poetas-que se metió a cruzado, atravesó la mar y murió al contemplarla. Moisés no llegó; Jehudah ha-Levi, tampoco. Rudel alcanzó a ver lo deseado y cayó fulminado por su belleza. El mundo está lleno de historias tristes.
Ya veis que, a veces, tengo datos sobre diversos temas. Están todos a vuestra disposición. A ver si escribo el libro. Pienso también que, si alguien quisiera dirigirse a los compañeros con alguna nota breve, lo podría hacer a través de esta secretaría, con la aprobación de la Junta Directiva, claro. En fin, adiós. Que viváis los años de Moisés, por lo menos. Y que lleguéis siempre a las tierras que ya amáis o a las que podáis amar todavía. Siempre vuestro, Francisco Redondo.
Género al que pertenece la obra: Ensayo literario
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