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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 5 de abril de 2020

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Mis primeros escritos

Alguien se podría preguntar por qué incluyo entre mis obras este libro, de posible título Mis primeros escritos, sin tener intención alguna de publicarlo. Contestaré diciendo que lo hago porque el libro está verdadera y cabalmente terminado -es decir, no se trata de un proyecto para el futuro- aunque no esté publicado, como advierto claramente en esta presentación, para no confundir a nadie.

Hay algo más por lo que me gustaría dejar constancia de su existencia. Los escritores que no hemos tenido una difusión apreciable de nuestros escritos, albergamos a veces una cierta esperanza de que esto pudiera cambiar algún día, por no se sabe qué circunstancias. Para entonces, tratamos de que nuestra obra, en su totalidad, quede relativamente salvaguardada y localizable. Y para esto, nada mejor que incluir lo inédito en el lugar, a la vez abierto y cerrado al mundo, en que se almacenan las obras ya publicadas. Con la debida noticia, claro está, de su carácter inédito. Yo creo que este afán resulta inocente y entendible.

Aun así, esas razones no bastarían. Lo que me lleva a reseñarlo aquí es que, por su  carácter biográfico, o psicológico si se quiere, quizá podría ser interesante para alguien que algún día se propusiera conocerme mejor. Son escritos muy iniciales, de adolescencia y juventud -alguno de cuando tenía once o doce años- y dan una cierta idea de mis ideas y sentimientos en esos períodos, el plural es necesario, de mi vida. El personaje que aparece en ellos apenas me resulta reconocible. Quiero decir que, sinceramente, no recuerdo haber sido un muchacho triste, de ninguna manera. Sospecho que se trataba más bien de una enfermedad literaria, una confusa melancolía de alevín de escritor. A esa edad se puede uno equivocar muy plenamente; lo mismo que ocurre en las edades posteriores. Estos versos que copio, tal vez ofrezcan alguna clave para entender mi tono vital de entonces, yo creo que bastante artificioso y facticio:

Ningún día traerá felicidad para mañana,

ni nacerá una flor sin compromiso;

y nunca algo que valga

se quedará sin su condena a muerte.

Yo creo que la explicación de ese tedio y desgana de vivir que se insinúan en estos escritos míos tan iniciales ha de ir por ahí. Claro que yo tenía entonces problemas, como se tienen siempre. En aquel tiempo me zarandeaban algunas dudas vocacionales, porque me gustaban muchas cosas distintas, y también me angustiaba a veces algún problema de salud que luego se fue haciendo más benigno, hasta que  desapareció por completo un buen día, siendo ya adulto.

Se recogen en este volumen poemas y relatos muy cortos, algunos casi meros ejercicios de redacción, que he ido conservando y de los que no he sabido desprenderme. Son torpes e inocentes, como propios de alguien que empieza a vivir y anda ligeramente perdido. Ese es su único interés, lo sé bien.

***** 

Copio ahora los primeros párrafos de la Introducción:

De repente -no tan de repente, si trato de hacer memoria- me han entrado ganas de comentar algo sobre mis primeros escritos. Contesto así de paso a una pregunta que a veces me hacen mis amigos: ¿Cuál fue tu primera vocación, la de médico o la de escritor? Pregunta que no encierra, obviamente, ninguna clase de refrendo o admiración por mis actividades en ambos campos, sino que revela sólo una cierta, inocente y disculpable curiosidad.

Y yo he contestado alguna vez, sin dudarlo, que la primera llamada fue la de la literatura. Y aducía pruebas presuntamente incontestables, porque a mis doce, quizá trece, años ya fui premio nacional de literatura, les cuento. Es una broma, pero no es enteramente una mentira. En efecto, cuando yo tenía esa edad, se convocó, con carácter nacional, para toda España, un concurso de cuentos sobre la Navidad, entre los aspirantes de Acción Católica. Acción Católica, para los más modernos, que quizá lo ignoren, era una asociación religiosa de seglares, en la que los niños y jóvenes, hasta la edad de unos dieciséis años, éramos aspirantes, para pasar después a la categoría de numerarios.

Me presenté a ese concurso -ya digo, nacional- y gané el primer premio, con un cuento, que se titulaba El rey del mundo fue un niño. Al ganador le daban una cámara fotográfica, que me llegó al poco tiempo; era de esas muy antiguas, de baquelita, y con ella hice yo mis primeras fotos, que conservo todavía, en las que aparece, entre otros compañeros míos, aquel niño tan guapo, José Antonio, tan perseguido ya por las chicas, que tuvo, por muchas razones, muy mala suerte y murió bastante joven. El cuento lo tengo perdido desde hace mil años y daría cualquier cosa por encontrarlo.

Del cuento recuerdo algo. Yo había leído por entonces el conocido relato de Oscar Wilde, El príncipe feliz. En él figura repetidamente una invocación retórica, Golondrina, golondrina, golondrinita, que la utilicé en mi escrito. Quizá hasta con algo de infantil astucia, para que en el jurado notaran que uno había ya leído algo y no era un cualquiera. La trama de mi narración era que dos o tres especies animales -de las más bellas o valientes o tiernas, como leones, ciervos, potros..., ni recuerdo muy bien ahora cuales- habían recibido confusas noticias sobre el nacimiento de un Rey del Mundo. Y los leones pensaron, naturalmente, que sería un león; los ciervos, un ciervo, etc. Y andaban todos errantes y perdidos, buscando a su rey. Y le preguntaban a alguna golondrina que encontraban en su caminar, aprovechando que estas se mueven muy libremente por espacios casi infinitos: Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿sabes dónde está el Rey del Mundo?

 Al final, para acortar, un ángel, un poco como en el relato evangélico de la Navidad, se aparece y hace ver a los distintos animales que el Rey del Mundo es un niño, un recién nacido. Aunque también ocurrió que, por una elegante condescendencia divina -esa era la invención nuclear del cuento- nacieron, al mismo tiempo: un león excepcional, dotado de todas las gracias, y un ciervo como no se había visto nunca, etc. Bueno, pues ese era el argumento y ya no recuerdo mucho más.

Repensándolo y mirándolo bien, ni siquiera esto que cuento garantiza, en mi caso, una precedencia de la literatura sobre la medicina. Porque está claro que a los doce o trece años se puede pergeñar un relato, pero no se puede empezar la carrera de médico. Si se hubiera podido, a lo mejor también lo habría hecho y estaba ya en eso desde entonces. Y, por supuesto, también jugué a los médicos, como todos los niños. O sea que, como tantas veces, no es fácil saber qué fue o es lo primero o lo más importante o lo mejor...

Género al que pertenece la obra: Poesía,Narrativa
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