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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 15 de agosto de 2020

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Sobretarde, cuatrocientas entradas de mi blog (2017)

Cuando llegué a las 300 entradas en mi blog, hace más o menos un año, escribí una introducción que ahora, con cuatrocientas entradas ya, he decidido dejar como estaba, porque sigue cumpliendo su propósito original y nada cambió demasiado. Sólo actualizo el número de palabras del blog, al principio de la misma, para adaptarlo a las nuevas circunstancias. También el número de lectores y los porcentajes de procedencia, que se dan al final.

INTRODUCCIÓN

Ya anuncié que pensaba dar forma de libro a las primeras trescientas entradas de mi blog Sobretarde, con el título, precisamente, de Las trescientas. Para los que no lo recuerden, El laberinto de la fortuna (o Las trezientas), fue un poema del siglo XV, de 300 estrofas, escrito por el poeta Juan de Mena, nacido en Córdoba. En mi caso se trata de trescientas entradas o posts de un blog y el título sería una pequeña broma, un gesto cómplice al lector sabio en literaturas.

Aprovechando la capacidad del procesador de textos Word para contar palabras, diré que las de mi blog, con cuatrocientas entradas ahora, suman unas 320000. Considerando que mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, con 110000 palabras, tiene 363 páginas, el blog convertido en libro, que incluye además algunas fotos y esquemas, tendrá unas 1100 páginas, lo que lo sitúa ya en el ámbito de la pura obscenidad. Podría decirse que creció demasiado, que se salió de madre. Claro que, por su índole, no es para ser leído de un tirón.

Siempre que publico un libro me cuestiono su oportunidad, su necesidad. Lector, no he sabido encontrar en este caso grandes razones que lo hagan imprescindible. Quizá se trata sólo de una pequeña vanidad más, de las muchas que pueblan nuestras vidas; la vanidad de creer que uno tiene cosas que decir. Y la verdad es que estoy convencido de que cualquiera, hasta el más humilde de los mortales, tiene algo que decir: de su poquedad, de sus sueños, de su descaecer, de sus derrotas. Lo que ocurre es que mucho de lo que decimos es de pobre valor y se lo podríamos ahorrar al prójimo, a los demás. También pienso que el ruido turbulento e irracional del mundo se ha hecho demasiado intenso y es difícil ya oír nada e inútil decir algo.

He escrito muchas veces que el azar juega un evidente papel en nuestras vidas. Leí la recensión de un libro de un escritor español de hoy, en la que el crítico afirma, refiriéndose al autor: "no conozco ningún otro escritor español que encarne como este la ambición del aprendizaje, la curiosidad por el estudio y el placer del conocimiento". Halagos así no son fruslerías, aunque puedan resultar ambiguos. Porque todo depende de cuantos escritores conozca el crítico y la intensidad con que los haya estudiado. Y quedan siempre por catalogar los no escritores; importantes aquí, porque entre los escritores profesionales no hay tantos que se distingan por esas virtudes que alaba el crítico. Pero me quedé con la idea, con la música. Porque, sinceramente, yo he sido casi una víctima de esa curiosidad por el estudio.

Había expresado recientemente el propósito de que mis nuevas entradas en el blog versaran más bien sobre mis elucubraciones o recuerdos que sobre temas ajenos: "Habrá menos entradas, pero serán más personales, quizá más entrañables y llegarán más cálidas al lector", escribí. Y de la idea a la que me referí antes, que me quedó en el magín, y de este propósito explícito, surgen estas páginas de introducción. Servirían para explicar por qué en mi blog, y ahora en mi libro, se tocan temas tan diversos: justamente por mi pasión por conocer, por ese placer del conocimiento, en el que no concedería preeminencia a nadie. Esto no supone, entiéndase, ninguna maestría en el manejo o elaboración posterior de los saberes adquiridos: uno puede ser un gran comilón y ser un negado para la cocina.

Una digresión forzosa: he de sustanciar estas afirmaciones mías y esto me obliga a hablar de mí, como ya había prometido. Y hasta resultar algo presumido o pedante, espero que lo imprescindible. Si uno carece de críticos o biógrafos que lo muestren o desvelen a los demás, se lo tiene que guisar uno mismo. Pero no se tratará de un ejercicio de ensalzamiento: contaré sencillamente un poco de mi vida, lo pertinente para el caso. Tengo bien presente el proverbio latino laus in ore proprio vilescit (la alabanza propia envilece) y por nada del mundo querría incurrir en esa falta.

Desde que por una modificación de los planes de estudio, hace más de sesenta años, tuve que elegir bruscamente, al terminar el quinto curso del Bachillerato, todavía con catorce años, entre Ciencias y Letras, este fue un acuciante dilema en mi vida. Opté entonces por ciencias, porque quería estudiar Medicina. Mi elección, a esa edad, derivaba casi exclusivamente del hecho de tener -de haber tenido, para ser exacto, porque había muerto- un tío médico en la familia.

En realidad, tal vez me gustaban más los puros números. En Madrid, donde cursé el Preuniversitario en el Instituto Cardenal Cisneros en el 1954-55, con catedráticos excelentes, al llegar la Navidad tuvimos un examen escrito de matemáticas, que se desarrollaba en dos días, con varios problemas. Los del primer día, los resolví en poco tiempo y se me ocurrió pedirle al profesor que me diera los del segundo para poder marcharme antes de vacaciones a mi pueblo, Úbeda. El profesor se quedó sorprendido, por la rapidez y quizá por el descoco de mi petición -yo tenía quince años-, pero me sonrió y me dio los problemas del día siguiente, con la obvia recomendación de que no los divulgara. Los compañeros se dieron cuenta del asunto y alguno a la salida insistió en que le dijera los problemas. No lo hice. Guardo el más cariñoso recuerdo de este profesor, pero no recuerdo su nombre, porque todos lo llamábamos siempre Papá Centellas, uniendo un apelativo afectuoso a un atributo de dios iracundo y terrible. Era grandote, con cejas muy negras y pobladas, de apariencia hosca y tierno como un niño. En ese instituto tuve como profesores a Giménez Caballero, Agustín Moreno -luego conocí a dos de sus nietos-, Florencio Bustinza, del que se contaba que estuvo a punto de descubrir la penicilina, etc. Era notorio en el Madrid de entonces que muchos de ellos tenían categoría de profesores de Universidad.

Empecé Medicina, pero eso no disipó mis dudas respecto al espinoso asunto de las ciencias y letras. Persistían en el tercer año de carrera y decidí matricularme también en la Facultad de Filosofía y Letras, para examinarme en septiembre. Matricularme en otra carrera de ciencias, tal vez en Exactas, no me pareció adecuado. No he sido el único en hacer cosas parecidas, conozco a bastantes. Durante las Milicias Universitarias hice sólo Medicina, porque los campamentos eran en verano, terminaban a finales de septiembre y era imposible presentarse a los exámenes en mi otra Facultad. En el último curso de medicina, con el mes de septiembre libre, sí proseguí con las dos carreras.

Acabada Medicina me matriculé en la Escuela de Psicología, en una diplomatura para postgraduados, que se hacía en dos años en la vieja Universidad de la calle de San Bernardo. Guardo muy grato recuerdo de algunos de sus profesores: Mariano Yela Granizo, formado en Bélgica y Estados Unidos, colaborador de José Germain en el CSIC y uno de los introductores del análisis factorial en psicología; Francisco Secadas, formado en Alemania y que murió no hace tanto, con 95 años, y Alfonso Álvarez Villar, psicólogo y psiquiatra, escritor de libros de la especialidad, sobre todo de técnicas de exploración psicológica, y también con obra de ficción. Hablo aquí sólo de los profesores del Instituto Cardenal Cisneros y de Psicología, porque los de las Facultades de Medicina y Filosofía Letras fueron bastantes más y me eternizaría. Por nombrar a alguien, citaré a Laín Entralgo, Jiménez Díaz, Criado de Val, etc.  

Estas cosas se hacen cuando uno es muy joven y se tiene una disparatada, quizá hasta enfermiza, "ambición por el aprendizaje, la curiosidad por el estudio y el placer del conocimiento", que decía el crítico al que mencioné al comenzar este escrito. Sólo para evidenciar y resaltar esa ambición mía, cuento estas cosas. Todo lo hice sin gran esfuerzo, tuve mucha suerte. Vivía en un Colegio Mayor, participaba en sus actividades, estudiaba en serio sólo los dos o tres últimos meses del curso y me tenían prohibido ir a las habitaciones de los compañeros, porque no les dejaba estudiar. Luego sacaba buenas notas. De hecho, fui Premio Extraordinario de Medicina y Premio de la Real Academia de Medicina al mejor expediente presentado por la Facultad.

Seguían mis dudas profesionales, porque, aparte de las que me zarandeaban entre ciencias y letras, también pensaba en varias especialidades médicas. Una de ellas fue la de psiquiatría. Con veintiún años hice por encargo dos antologías, la de Ramón y Cajal y la de López Ibor, para una colección, España y los españoles, de la Editorial Doncel. López Ibor era mi catedrático de Psiquiatría en Madrid. Se lo dije, naturalmente, desde que empecé a preparar la suya. En su departamento me enviaban invitaciones para todas sus conferencias, actos académicos, etc. y él me conocía. Sin embargo, porque preferí la orientación más somaticista de Román Alberca, catedrático en Valencia, dejé Madrid para irme a formar con él y renuncié a muchas ventajas por perseguir lo que me parecía una opción mejor. Luego, algo más tarde, decidí cambiar de especialidad.

Llegó la hora de ir a los Estados Unidos para mi formación médica. Solicité dos becas y me dieron las dos. En la Fulbright, a la que renuncié finalmente, había una entrevista y un miembro del tribunal me preguntó por qué cursaba también Filosofía y Letras. Se me ocurrió decir que "porque no me gustaba demasiado la medicina", lo que era una media verdad. Entonces dijo él sonriendo, "pues si le llega a gustar". Halagador, ¿no? Uno recuerda estas cosas. En fin, fui un joven feliz y alocado y nunca me sentí tan lleno de sueños como entonces. A pesar de que tenía algunos problemillas funcionales con mi corazón, que me duraron hasta cumplir los treinta. Los he contado en un relato mío, de título Mis antiguos encuentros con la muerte, y no eran nada agradables.

En mi viaje a Nueva York ya empezó todo a ser extraordinario. En el avión -era un Boeing 737 y entonces no iban tan llenos- una azafata habló un poco conmigo y al saber que era médico me contó que su hijita estaba enferma de leucemia. Traté de animarla y como agradecimiento me preguntó que si me gustaría visitar la cabina. Dije que sí y hablé allí con el piloto de mi pequeña experiencia con viejos tipos de avión durante el tiempo de mis Milicias Aéreas Universitarias. Fue todo muy agradable.

A mi llegada a Nueva York pronto tuve que escoger entre dos puestos que se me ofrecían. Esto lo cuento en el prólogo de una obra médica del doctor José María Sillero, Los desórdenes mieloproliferativos, y está publicado en una revista del Instituto de Estudios Giennenses (Seminario médico, vol. 59, 2, 2007, págs. 21-137), que se puede encontrar en Internet. Refiero allí mis contactos con dos muy importantes médicos norteamericanos, Hans Popper, anatomopatólogo, y el hematólogo William Dameshek, ambos del Mount Sinai Hospital de esa ciudad. Y tantas más cosas buenas que me sucedieron y que, de verdad, tuvieron menos relación con mis méritos que con la suerte, con la buena disposición de las gentes que encontré en mi camino.

Ya dije que escribo estas líneas para hacer patente esa sensación de optimismo, comodidad y holgura que se instaló desde joven en mi vida, que no me ha abandonado nunca y que, en cierto modo, me parece excesiva, rara e injusta. No he sido ambicioso y no he necesitado ser astuto, aunque en muchas ocasiones me habría venido bien serlo. En una carta a la famosa agente literaria Carmen Balcells, fallecida recientemente, en la que le pedía la dirección en Estados Unidos de un amigo común, el poeta Jaime Ferrán, en una posdata le decía: Leo también que alguien ha dicho de usted que "es astuta como una campesina". Me he quedado con el detalle, porque yo soy, modestamente, una de las personas menos astutas del mundo. Cada uno es como es, como ha necesitado ser. Me contestó muy amablemente, me dijo que mi carta era encantadora, me animó a seguir mandándole cartitas parecidas y me envió el último libro de Jaime, Memòries de Tardor(Memorias de Otoño). Le escribí dos cartas más, pero jamás le solicité que publicara alguna cosa mía, aunque era obvio que me hubiera encantado.

Dentro de esta vida mía fácil, alegre y de cierta inmerecida calidad áurea, Nueva York fue un clímax. Yo tenía un coche Rambler, que me compré, sobre todo, porque tenía el asiento delantero corrido, lo que permitía el contacto físico, si procedía, con la copiloto (para este menester, mujeres; he sido poco imaginativo en eso). Conduciendo, tanta proximidad puede ser peligrosa. No conviene mezclar el Amor y la Muerte, las dos cosas más importantes en la vida de cualquiera. Pero, ¿quién hace caso de los consejos cuando se es joven y se tiene toda la Vida, o toda la Muerte, por delante?

Bajaba, digo, por la Quinta Avenida, con mi coche y mis veinticinco años. El mundo me pertenecía, lisa y llanamente; lo había ganado en buena lid, sin trampas. Había pasado en Madrid las pruebas exigidas para poder trabajar en un hospital americano, el famoso ECFMG (el examen del Educational Council for Foreign Medical Graduates). Este examen lo pasé sin esfuerzo alguno por lo que contaré. Me habían dado ya una beca y no necesitaba el examen, pero me pareció educado presentarme allí, en un aula de la Facultad de Medicina, y explicar que trataría de pasarlo una vez en USA, con mi inglés más trabado ya. Una señora americana -encantadora, como tantas después- me hizo ver que el examen constaba de dos partes, una de medicina y la otra de idioma, independientes, y me sugirió que me presentara. Le hice caso y aprobé las dos partes, la médica y la de idioma. Como tantas veces, ayudas, buena suerte.

Fueron años muy felices. Si tuviera que resumir mi vida, como en una película, me filmaría en una larga e interminable secuencia, con mi coche por la Quinta Avenida, rodando eternamente hacia adelante, gozando la pura dicha de moverme, de estar vivo. No soy nada original; nadie es original, todo ha sido ya dicho. Como prueba, aduzco unas palabras de Francis Scott Fitzgerald, porque algo parecido le pasó a él, en la misma ciudad, en la primavera de 1920, con veinticuatro años: In New York, riding in a taxi one afternoon between very tall buildings under a mauve and rosy sky; I began to bawl because I had everything I wanted and knew I would never be so happy again (En Nueva York, yendo en taxi una tarde entre edificios muy altos y bajo un cielo malva y rosado, empecé a dar gritos porque tenía todo lo que deseaba y sabía que nunca sería tan feliz otra vez). Luego viví algún tiempo en Bolonia y en Lausanne y también habité en el lado amable de la vida. Pero Nueva York fue Nueva York, eso tengo que reconocerlo. Cuando alguien me pregunta ahora si deseo todavía alguna cosa, respondo: Sí, volver a tener veinticinco años y recuperar mi viejo Rambler, que tiene que estar por alguna parte; lo demás no me interesa.

Aparte de andar con mi coche, con el asiento delantero corrido, no se olvide, hacía otras cosas en la Gran Manzana. Me cuesta trabajo contar lo que sigue, pero me he prometido hacerlo. En el año 1964 la compañía italiana Olivetti presentó en la Feria Mundial de ese año, en Nueva York, su "calculador de mesa" Programma 101, que puede considerarse como el primer ordenador personal. Había sido construido por el ingeniero italiano Pier Giorgio Perotto, por lo que también era llamado Perottina y el diseño era de un arquitecto, Mario Bellini. Era programable y tenía dieciséis conditional jump instructions -esas que en lenguaje de programación se escriben IF-THEN- lo que justificaría su condición de ordenador, aunque inicial y primitivo. Se vendieron 40000 unidades del mismo, la mayoría en Estados Unidos. Leo que diez llegaron a la NASA y se emplearon en la planificación del alunizaje del Apolo 11.

El hecho es que en 1967, estando yo en el Maimonides Hospital, una de esas máquinas fue presentada en mi Servicio de Medicina Nuclear para su posible adquisición. Los vendedores, para demostrar las capacidades del modelo, nos invitaron a jugar contra la máquina un cierto juego: se escoge una cantidad C, (un número, digamos cien) del que se puede sustraer otra cantidad S no superior a otro número especificado (por ejemplo, diez). C y S las escogíamos nosotros y se programaban en la máquina. El jugador empieza y resta una cantidad (no superior a diez) de cien. Luego juega la máquina y hace lo propio. Otra vez el jugador, otra vez la máquina, etc. Quien deja al oponente con un resto igual a uno, gana. La máquina ganó siempre.

Al día siguiente, la máquina y los vendedores seguían allí y yo propuse jugar otra vez. Empecé yo restando y gané. Y les demostré lo que ellos ya sabían de sobra, que si empezaba yo, ganaría siempre. Simplemente, había descubierto el algoritmo que lleva a la victoria, que tampoco es muy complicado. Lo descubrí yo porque tenía un tiempo que los demás no tenían o quizá un interés mayor. Pero la cosa quedó bien, la verdad, y me dijeron algunas cosas agradables. Yo extendía el pequeño éxito a los españoles en general y les hacía ver que, después de todo, el mismísimo Maimónides había nacido no lejos de mi pueblo. Explicar el 'truco' llevaría un poco tiempo y no merece la pena. Luego, ya en España, programé el juego con QuickBasic, un lenguaje de programación bastante potente del que soy un simple aficionado.

Mira, lector, he cambiado de opinión y te mostraré cómo ganar el juego.  Si la cantidad máxima para sustraer es, por ejemplo, 10, no te puedes quedar en 10+1, cuando le toque restar al contrario, porque estás perdido; hay que quedarse en 10+2 y que juegue él; entonces ganas, indefectiblemente. O quedarse en 23 y que juegue él, para llevarlo entonces, inevitablemente, haga lo que haga, a 12 y que vuelva a jugar. También ganas. O en 34 y que juegue él para llevarlo a 23, etc. O en 45 para llevarlo a 34, etc. O sea, llevarlo siempre a n*(10 + 1) + 1, desde C, la cantidad de partida, siendo n un número entero. Si C es 50, hay que restar 5 para llegar a 45. El primero en jugar gana, salvo que la cantidad total, C, sea igual a n*11+1 de entrada; entonces pierde el que empieza, asumiendo que los dos jugadores conocen el truco, el algoritmo.

Generalizando, para ganar, al comenzar hay que restar a C un número tal que lleve a n*(S + 1) + 1, donde S es la cantidad máxima que se puede restar en el juego y n el número entero que, multiplicado por (S+1) y sumándole 1, arroje la máxima cantidad posible inferior a C. Una última consideración: programar es una tarea mental muy interesante, porque para hacer un programa hay que comprender exactamente el mecanismo lógico y matemático del problema o fenómeno que se está estudiando; si no es así, no se puede programar. La actual iniciativa de enseñar rudimentos de programación a escolares me parece excelente y fructífera.

Por poner un ejemplo de esa preocupación excesiva, esa obsesión y urgencia, por aprender, que mencioné antes, contaré algo que me ha sucedido en diversas situaciones. Leyendo por la noche en inglés, me encontré con una etimología en la figuraba el signo, Þ, una letra del Old English, también del noruego antiguo, y que se conserva en el alfabeto islandés de hoy. La letra se llama thorn y corresponde a dos fonemas distintos, etc. Hasta que no supe el nombre y su pronunciación no pude dormir. No fue fácil, porque para buscar información en Internet, ni sabía cómo escribir la letra, que no está en el teclado normal. Por fin pude encontrarla y dormir. Hoy sé bien cómo utilizar el código ASCII extendido (American Standard Code for Information Interchange).

Mis convicciones a veces me pueden costar caras. En mi hospital de Madrid no había un Servicio de Medicina Preventiva. Los estudiantes de nuestra Unidad Docente, dependiente de la Complutense, cursaban todas la materias en el hospital, excepto la asignatura de Medicina Preventiva, a cuyas clases habían de asistir en la Facultad, lejos de mi hospital. Me pidieron que desempeñara esa función, lo que era perfectamente legal, para evitar ese trastorno, y no supe decir que no. Se me dio la venia docendi, pero como yo me exigía un respaldo más formal, hice las oposiciones al Cuerpo Médico de Sanidad Nacional, que eran seis horribles ejercicios eliminatorios, desarrollados en varios meses, y que preparé lo justo para ir pasando. Me aburrió el asunto, pero me sentí obligado a proseguir. Obtuve la plaza, que sólo me sirvió para mi tranquilidad de conciencia profesional. Seguí, naturalmente, con mi especialidad médica hospitalaria y en Sanidad pedí la excedencia correspondiente.

¿Qué queda de todo eso? ¿Por qué escribo esta introducción algo o bastante íntima? Supongo que para dejar datos más personales de mí, ya que, pese a haber escrito millones de palabras -me lo dice Word-, he sido poco proclive a las memorias y a las intimidades. Muchas de estas cosas que desvelo las saben mis amigos y maestros de entonces, pero algunos están desapareciendo incomprensiblemente. Mis profesores del Cisneros, por ejemplo, que tendrían ahora unos ciento veinte años, han desaparecido todos, lo que no deja de asombrarme y contrariarme. A mí creo que ya no me importa demasiado morirme, pero me molesta que se mueran los demás, que así no pueden hablar bien de mí, contar mis pequeñas hazañas, las que insinúo aquí.

De todas esas vivencias quedó una actitud relativamente confiada hacia la vida y mis semejantes. No pienso que vivamos en un mundo feliz o que los seres humanos sean un dechado de virtudes, una fuente inagotable de bondades: estoy atento a las noticias y percibo la realidad. En una novela de Juan Goitysolo, un personaje dice: Un día y otro y otro. El calendario avanza y uno no vive. Esperando. Siempre esperando. Ese aspecto desolado del existir creo que no lo he conocido, por no hablar de otros mucho más terribles o sangrientos. Me he encontrado con mucha gente amable y presta a ayudar. Y he sentido la obligación de corresponder, de tratar de ser cercano y útil. Me irritan las personas entontecidas, egoístas y vanas, no importa lo que puedan haber hecho. Y no soporto la mala educación, el no responder a una llamada, el no contestar una carta. Siempre hay tiempo, si uno quiere. Soy bien consciente de mis defectos, claro. Hablar de ellos, de mis torpezas, de mis claudicaciones, exigiría tal cantidad de palabras, de páginas, que renuncio a hacerlo de momento.

En el fondo, ¿en qué consiste eso de dejar rastro de uno? Miles de millones de seres humanos han vivido en nuestro planeta, con miles de millones de sueños y recuerdos, logros y fracasos, empeños y desganas, aciertos y errores. Y todo en una insignificante brizna de materia errante, perdida en un universo desproporcionado, extravagante, enloquecedor e infinito. Es verdad que los hombres somos locos. Es mejor que nuestro nombre se borre sin dejar huella alguna, como si se hubiera escrito en el agua. John Keats, ese pobre muchacho poeta que murió con veinticinco años, pidió que se escribiera en su estela funeraria: Here lies one whose name was writ in water. Está allí, en un bello y tranquilo cementerio de Roma.

Pero somos así. Hay que ser honestos y reconocer que todo está muy entreverado y uno a veces disfruta alguna alegría más o menos banal o justificada por algún tipo de logro. Con mi blog he tenido quizá más suerte que con mis otras literaturas. En poco más de tres años y medio tuvo 37552 lectores y lo que me hace más ilusión es que gran parte de ellos son extranjeros, de países no hispanohablantes, a pesar de que está escrito en español, salvo alguna muy infrecuente entrada en inglés. Los tres países con más lectores son, en este orden, España, Estados Unidos y Rusia, que constituyen el 61.9 % del total (31.0 %, 16.7 % y 14.2 %, respectivamente).

Quizá algunos de los que lean este libro visitaron antes mi blog Sobretarde. Lector, si eres uno de ellos y logré distraerte un poco me sentiré feliz. Si te recordé algo, algún dato olvidado, también. Si en algún momento influí en que fueras un poco más sereno o lúcido o libre, eso ya no podría pagarlo de ninguna manera. Lo decía allí y lo ratifico ahora: tuve una gran pasión por conocer, por indagar. Lo poco que he podido hacer, trato de devolverlo aquí. Tómalo, no he sabido hacerlo mejor.

*****

Escribo aquí, por vía de ejemplo, algunas entradas del blog, ordenadas alfabéticamente, con vínculos que permiten el salto desde cualquiera de ellas al texto correspondiente del blog. Basta hacer clic con el ratón en el título y aparecerá dicho texto. El orden sigue el estilo de Word, con signos ortográficos y números a la cabeza. El listado no está completo porque no cabe. Visitando el blog Sobretarde, cuya dirección es: http://www.cistierna.blogspot.com.es/, se puede acceder a una pestaña, Listado de títulos, bajo la foto de portada, en donde sí figuran todas las entradas, hasta la 400. 

ÍNDICE ALFABÉTICO DE ALGUNOS TÍTULOS, CON SUS VÍNCULOS

26 de junio de 2015; ¡Qué país, Miquelarena!

1 de junio de 2014; ¡Viva la bagatela! (I)           

2 de junio de 2014; ¡Viva la bagatela! (II, fin)

15 de mayo de 2014; ¿Es bueno recordar el pasado?

21 de febrero de 2014; ¿Es infinita la Biblioteca de Babel?

25 de agosto de 2014; ¿Se mueve realmente la Tierra?

28 de enero de 2014; 260 años de Serendipity

29 de marzo de 2014; A little bit of English (un poquito de Inglés)

7 de octubre de 2014; A little bit of English (un poquito de inglés)

17 de noviembre de 2014; A modo de aviso

24 de noviembre de 2013; A night in New York

21 de enero de 2014; A night in New York (I)

22 de enero de 2014; A night in New York (II)

23 de enero de 2014; A night in New York (III, fin)

25 de abril de 2015; Adrian Kantrowitz, mecánico del corazón

7 de mayo de 2014; Algo de mi pasado en Úbeda

4 de junio de 2015; Algún sencillo consejo a Sor Lucía

9 de junio de 2014; Algunas músicas alemanas

19 de marzo de 2014; Al-Mútamid, Ben Ammar y Rumaykiya

24 de febrero de 2014; Antonio Machado, a los setenta y cinco años de su muerte

7 de febrero de 2014; Arte generativo y probabilidad

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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