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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 9 de agosto de 2020

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Relatos con Úbeda al fondo (2013)

Publicada digitalmente en Amazon (marzo, 2013)

He incluido en este libro aquellos de mis relatos que tienen alguna relación con Úbeda, la ciudad en la que nací y en la que viví hasta mi adolescencia, cuando marché a estudiar a Madrid. Desde entonces, y sobre todo en los años de mi formación, cuando viví fuera de España, tuve que ir alejándome la ciudad.

Bueno, eso, suponiendo que me alejara de verdad, lo que podría no ser rigurosa y enteramente cierto. Borges afirmó que había una forma secreta del tiempo por la cual siguen con nosotros gentes que creen habernos abandonado. Quizá todo dependa de la memoria. Sin la memoria las cosas no existen; con la memoria la realidad se ensancha, se multiplica y las presencias pueden hacerse sutiles, invisibles y eternas.

En esa época de estudios en el extranjero, seguí escrupulosamente, sin saberlo, los consejos del poeta griego Kavafis en su poema Ítaca:

Acude a muchas ciudades del Egipto

para aprender, y aprender de quienes saben.

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca.

Se trata de una colección de relatos y no unas memorias. Algunos de los ubetenses, que aparecen en ellos son reales, pero no fácilmente reconocibles. Cruzan por las páginas sólo un momento y están deformados por las exigencias de la trama. A todos ellos los he recordado con cariño.

La relación de estos relatos con Úbeda es más o menos estrecha. En De Beirut a Damasco aparece, aunque sólo de manera tangencial, el nombre, sólo el nombre, de un personaje local, de la infancia, y eso bastó para incluirlo en esta colección. En cambio, en Mis antiguos encuentros con la muerte, el ubetense que aparece, de principio a fin, soy yo mismo; es un relato autobiográfico. En el inicio, el protagonista ha dejado su ciudad natal con quince años, se encuentra solo en Madrid y ha de enfrentarse a un problema insólito y amenazante.

Alguna de mis características personales las atribuyo al hecho de haber nacido en la bellísima ciudad andaluza. Estoy convencido de que soy como soy, la persona sencilla y sensible que creo que soy, en parte por el lugar en que nací. Lo he escrito en algún otro sitio y lo reitero ahora: No se puede vivir inmune frente a tanta belleza. Hemos tenido, lectores ubetenses, la suerte de habitar un trozo verdadero e intemporal del Ática, preservado por el capricho de algún dios benévolo.

Son, pues, relatos en los que, sin haberlo buscado, y a pesar de las distancias y el vuelo de los años, surgieron recuerdos de Úbeda y de sus gentes; gentes, claro está, de hace ya mucho tiempo. El libro es también, como suele suceder en estos casos, una vuelta a Ítaca, a esa Ítaca íntima y entrañable que todos guardamos, perdida en algún pliegue de nuestra memoria. A los griegos, que amaban el descuido y la libertad del viaje, les cautivaba igualmente la idea del retorno y se saludaban, diciéndose: ¡Larga vida... y que seas sepultado en la tierra en que naciste!

Se muestra a continuación un fragmento de uno de los relatos que forman el libro, el titulado Semana Santa en Úbeda:

Durante la tarde del Jueves Santo, todas las impresiones de la víspera se confirmaron y exageraron. Se acercó al cortejo de una de las cofradías más antiguas y numerosas de Úbeda. Cuando había hecho algo así en el pasado, muchos de los penitentes lo habían saludado con muestras de alegría y de sorpresa, identificándose de palabra los más próximos, ocultos bajo los capirotes procesionales. En ocasiones le recordaban con algún detalle pertinente quiénes eran, por si los había olvidado, o le anunciaban una visita o le invitaban a una reunión en la que estarían presentes antiguos amigos. Sentía entonces que, a pesar del tiempo transcurrido, aquella ciudad, añorada siempre, seguía siendo la suya.

Nada de esto ocurría ahora. Casi nadie parecía reparar en él y le ganó un incipiente desconcierto. Bajo su apariencia de inmutabilidad, todo había cambiado y nada ya era lo mismo. ¡Así que, después de todo, incluso aquella ciudad que parecía tocada de eternidad y exenta de la usura del tiempo, había dejado de pertenecerle y se hacía distante y neutra, como los cientos de ciudades que había conocido! El lugar de la infancia, en contra de lo que se pretende, quizá no es ni mágico ni indestructible. Y lo descubría precisamente ahora, cuando volvía esperanzado a él, después de una vida de nómada, para recogerse, para someterse y fundirse con las viejas piedras que le habían fascinado siempre. Regresó al parador algo taciturno y se acostó pronto porque a la mañana siguiente, a las siete en punto, al alborear, quería ver salir la procesión de Jesús el Nazareno, la primera del Viernes Santo, la más emblemática de todas.

Se despertó muy pronto, vio a través del balcón la inmensa plaza todavía desierta y decidió levantarse. Recordaba cuántas veces había bajado desde su casa, situada en uno de los barrios altos, a la calle Real, para ver pasar el guión penitenciario camino de la iglesia de Santa María en la que se guardaban las imágenes, antes de comenzar el desfile. Había sido siempre un momento irreal y mágico. En su vida, nunca hubo una campana tan melancólica como la que hacía sonar el conductor del guión, descendiendo todavía en la oscuridad de la noche hacia la plaza centenaria y tal vez eterna. Y, para él, ningún toque de trompetas fue capaz de hacerse tan desgarrado y tan doloroso como el de aquellos penitentes que, en grupos de tres, se paraban de vez en cuando para arrancar un lamento quebrado, lejano y telúrico a sus instrumentos.

Seguramente, pensaba entonces, hay alguna estructura en el cerebro que sólo es capaz de encerrar, de expresar o sentir, siguiendo una oculta jerarquía, hasta un máximo posible de tristeza. Y la activación que provoca ese sentimiento de desolación extremo se alcanza un cierto día, tal vez en la niñez, cuando llega el estímulo adecuado. Y ya nunca es posible una emoción más intensa, reconocer un sonido más triste. Nada puede igualar esa temprana y privilegiada vivencia.

Era todavía de noche cuando divisó el guión por lo alto de la calle Real. Retrocedió lo andado para verlo entrar en la plaza de Santa María, desde una esquina del clásico y bellísimo Ayuntamiento, el que fuera palacio de Vázquez de Molina, como había hecho otras veces. A medida que se acercaba el cortejo, oyó el tintineo de la campana, sin que pudiera percibir ni un solo rasgo que lo hiciera diferente a como había sido siempre. Y cuando llegó la cabeza del guión a su altura, desde el interior del mismo, tres cofrades, formando un pequeño círculo, con las trompetas convergiendo en el centro, tocaron aquella vieja y oscura melodía devastadora, capaz de evocar, de sugerir la más profunda soledad, el más hondo de los desamparos. El guión era largo y solemne, mucho más numeroso que los demás. Había ya pasado silenciosamente un buen número de penitentes, cuando uno de ellos le hizo un leve saludo y le dijo: Me alegro mucho de verte, Germán; soy José Carlos.

Germán reconoció inconfundiblemente la voz de su amigo. Se quedó perplejo, porque recordó que José Carlos había muerto muy joven, hacía ya casi treinta años. Estaba muy próximo a la fila de la derecha y otros penitentes fueron pasando y lo reconocían, dirigiéndole un rápido movimiento con la cabeza, magnificado por el capirote, o tocándole cariñosamente en los brazos y diciéndole a veces su nombre. La inconfundible y descomunal silueta de Luisón, el gigante que le asustaba de niño, a pesar de ser infinitamente tierno, y que necesitó diez portadores en su entierro, pasó junto a él y le dijo: «Detrás de mí, en esta misma fila, viene tu padre».

Germán lo distinguió enseguida, perfectamente, como lo había hecho tantas veces, otros años, a pesar de ir cubierto. Cuando llegó a su altura pudo ver que tenía los ojos alegres de siempre, no los ojos tristes de la última vez, cuando lloró al despedirlo, condenado ya a muerte sin saberlo. O quizá sabiéndolo y callándoselo.

- Abrígate, Germán, le dijo al pasar, que a estas horas hace frío.

-  Sí, papá.

[Ni siquiera los dioses pueden apartar

la muerte, común a todos, de un hombre,

por muy querido que les sea,

cuando ya lo ha alcanzado el funesto

destino de la muerte de largos lamentos.]

Pasaron así, dándose a conocer, antiguos profesores, compañeros de colegio... No pudo reconocer a todos, sólo a algunos, pero pudo comprobar con asombro que todos ellos habían muerto hacía tiempo. El guión era interminable y continuaba pasando, envuelto en la tiniebla y en una luz desconcertante y extraña que no era la del albor, la del amanecer. Cuando el Cristo, el Nazareno, empezó a salir de la iglesia y se oyeron las notas del Miserere, el himno solemne de la cofradía, el grupo de penitentes en el que iba su padre continuó desfilando implacable, inadvertido y ajeno, desapareciendo inagotable en la plaza, con un ritmo propio, diferente, impasible y tenaz. Al lado de Germán, una bellísima joven de ojos azules le dijo al oído, en inglés: « ¡Qué interesante es todo esto; ha merecido la pena madrugar! Y a ti te conoce aquí todo el mundo, ¿verdad? ».

- Bueno, todavía tengo muchos amigos, Sally-, contestó Germán. Vamos a la otra calle, para ver pasar la procesión completa.

Germán echó a andar y cruzó una pequeña plaza para desembocar en otra calle. De repente se sintió rodeado otra vez por mucha gente a la que no conocía y se dio cuenta de que había perdido a Sally. Intentó buscarla y volvió al lugar en el que habían estado unos momentos antes, que le pareció ahora cambiado e irreconocible. Sin embargo, en un ángulo de la ancha plaza creyó ver todavía, aunque confusamente, una densa multitud de penitentes en la que distinguió de nuevo la figura de Luisón, como esperando absurdamente para incorporarse a la marcha, a pesar de que la procesión ya había partido, había desaparecido del todo y la plaza estaba desierta.

[Se empezaron a congregar

multitudes incontables de muertos

con un vocerío sobrenatural

y se apoderó de mí el pálido terror] 

Germán quiso dirigirse hacia ellos, pero a medida que avanzaba el oscuro grupo parecía desplazarse, de manera compacta, alejándose siempre de él. Se detuvo, trató de organizar sus ideas y reparó entonces en que se encontraba completamente solo. Intentó meditar sobre todo lo que acababa de ocurrirle, pero fue incapaz de entenderlo y tampoco se esforzó demasiado. Se acordó de Beltrán y de sus vaticinios. Este brujo va a llevar razón: si me quedo, tendré que aprender a convivir con el misterio y lo inexplicable, se dijo. Pero se sintió también aliviado y feliz. Entre tantos enigmas, una verdad le pareció evidente: jamás podría encontrarse solo en el lugar entrañable en el que había nacido. Aunque sólo fuera porque los muertos permanecen invariables, perpetuamente reconocibles y eternamente atentos.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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