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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 2 de diciembre de 2020

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Una noche en Nueva York (2004)

Málaga: Grupo editorial 33, 2004.

Este fue mi primer libro de relatos, con el primero de ellos, Una noche en Nueva York, que da título al volumen, muy influenciado por mi prolongada estancia en esa ciudad. Como se decía en la Carta al lector, que va al principio, eran relatos amables y casi siempre esperanzados. Tomo algunas líneas de las solapas de cubierta.

En este libro se recogen algunas narraciones, salpicadas con detalles de amena erudición y evidente preocupación por los aspectos más formales de la literatura, que pretenden capturar desde el primer momento la atención del lector. Una noche en Nueva York, Marina / Deneb, Alucinación o Las investigaciones del Prof. Rubén Cisnal, se desenvuelven en  una atmósfera de ensoñación, irrealidad y misterio. En Adonis, las resonancias clásicas son inmediatas y poderosas, mientras que en El espontáneo, Paquita o La timidez del Secretario, lo que predomina es un humor suave, inteligente, sugeridor y nunca hiriente. Goethe en el Guadalquivir o Viaje en un tren nocturno son más intimistas y tiernas, entramadas sobre delicados recuerdos infantiles.  En De Beirut a Damasco se intensifica el lirismo presente en todos los relatos. 

     Literatura escrita, sobre todo, a pesar de sus nada oculta complejidad, para distraer y llevar suavemente a mundos extraños e inolvidables, casi nunca inquietantes. Se muestran las primeras páginas del primer relato:

UNA NOCHE EN NUEVA YORK

Eran ya algunos años de desgana y hastío. Había venido a Nueva York como una etapa obligada en su aproximación racional al problema, porque quería tener todos los datos, con toda la exactitud posible. Ahora ya no venía a esta ciudad tan a menudo como antes, pero siempre había pensado que, enfrentado a una enfermedad amenazadora y seria, le gustaría tener otra opinión médica precisamente aquí, aprovechando la relativa facilidad para venir y los amigos y conexiones que todavía tenía. Luego, una vez en la ciudad, había decidido no ponerse en contacto con nadie, hasta conocer ya con toda seguridad el resultado de las pruebas y las exploraciones. Pero esto no fue algo planeado, fue una decisión de última hora.

Y luego estaba el otro deseo, larga y turbiamente acariciado: el de venir a morir aquí, sin molestar a nadie, lejos de su reducida familia y de los amigos de siempre, en la ciudad en la que había sido tan feliz y en la que, en cierto sentido, había conseguido todo. Y a la que, sin embargo, había abandonado después. Siempre había vivido su vuelta a España como una especie de traición a esta Nueva York en la que se habían cumplido sus mejores sueños. ¿Por qué no se había quedado, por qué no había gastado la vida aquí? ¡Se sabe por qué hacemos las cosas que hacemos!

Muchas veces se había imaginado esperando serenamente a la muerte, durante la noche, en algún lugar tranquilo y aislado de la inmensa urbe, contemplando una vez más el fascinante espectáculo de la ciudad nocturna, el que había visto tantas veces al acercarse a Manhattan, o al regresar, cruzando alguno de los puentes que utilizaba normalmente, el de Queensboro o el de Brooklyn. Nueva York es una ciudad de luz, de actividad, de noche y de ensueño. Todavía recordaba sus primeros viajes en el ferry de Staten Island, en algún día laborable - «Hay más luces entonces», le habían dicho-, con los rascacielos ardiendo, solo o en compañía de otros amigos, de otros extranjeros como él, en las visitas organizadas por el club internacional de estudiantes en el que se inscribió recién llegado, situado en el centro mismo de Manhattan, el Midtown International Center.

En estas excursiones, el guía, un voluntario judío de origen alemán, pero nacido ya aquí, preguntaba siempre, feliz por haber podido mostrar por primera vez tanta belleza a aquellos grupos heterogéneos: «¿qué os parece, qué os recuerda, qué os sugiere?». ¡Y tantas respuestas! Todas entrecortadas por la emoción, resaltando todas el glorioso espectáculo de la ciudad inundada de luz, explotando en luz, como unos fuegos artificiales imperecederos, surgiendo incontenible de las aguas, plantada allí por el esfuerzo de indudables titanes, cargada de energía y de vida. Era un visión mágica que evocaba a ocultos gigantes poderosos, a hombres capaces de mirar cara a cara a los dioses, a hombres que valían tanto como los dioses, que quizá eran dioses y habían robado para siempre el fuego a los dioses.

Aquella maravilla terminaba lenta y no completamente cada noche, pero te quedaba la certeza de su eterna y cotidiana renovación. Y lo mismo al pasar por los innumerables puentes o al subir al Empire State o al delicioso bar del último piso del número 666 de la Quinta Avenida. Verdaderamente, sería un privilegio tener esa imagen en los ojos al despedirse del mundo, llevarla en la retina cuando se hubiera acabado todo.

En el hospital le habían dado los resultados definitivos al final de esa misma mañana, sin posibles dudas. Coincidían esencialmente con los que ya tenía de Madrid: había pocas esperanzas y el tratamiento era largo y molesto. Lo rechazó y el médico le animó a seguirlo; pero no insistió demasiado cuando comprobó la determinación del enfermo. «Si cambia de opinión, Sr. Villar, llame a este teléfono. De empezar, convendría hacerlo cuanto antes. Piénselo bien, tiene un 10-15 % de posibilidades de recuperación», dijo, mientras escribía en una ficha con el nombre Mr. Arturo Villar, lacónicamente: Duly informed, the patient refused treatment.*

Salió del hospital y empezó a caminar por la Quinta Avenida. Se vio cerca de cuarenta años atrás, conduciendo un coche por el mismo lugar. Tenía entonces veinticinco años, hacía apenas unos meses que había llegado a Nueva York para trabajar como ingeniero civil y se había colocado y adaptado rápidamente. Había nacido en una pequeña ciudad del sur de España y no había tenido coche allí, aunque sí había obtenido el carnet de conducir. El coche estaba casi nuevo y la chica que se lo vendió, al comprobar que no tenía experiencia conduciendo, le insistió, llamándole por su nombre de pila, como hacía casi todo el mundo entonces: «Arturo, ten mucho cuidado; prométeme que vas a tener mucho cuidado». Como si fuera una antigua amiga, sinceramente preocupada por él. Ella era joven también; todos eran jóvenes entonces.

Regresó al hotel -había querido alojarse en el Waldorf Astoria, en la avenida Park-, tomó algo para comer y descansó. Hacia las seis de la tarde se arregló con un esmero no habitual en los últimos tiempos, dejó en la habitación un sobre dirigido al Director del hotel con una nota firmada, se puso un abrigo ligero de cachemir de color azul, con un foulard de un amarillo suave y decidió tomar un taxi hasta Katz's, en Houston St. Hacía mucho tiempo que no había ido por allí. Vio una vez más en la puerta las fotos de los presidentes de Estados Unidos que habían ido a comer alguna vez al popular y famoso restaurante. Tomó un sándwich de pan de centeno y pastrami y se entretuvo mirando a la abigarrada clientela que abarrotaba las mesas del autoservicio: gentes de toda raza y condición, algunos en grupos familiares, aunque no excesivamente ruidosos.

Cuando salió del restaurante era ya casi de noche. Tomó otro taxi hasta la zona de Battery Park, a la terminal del ferry para Staten Island y se embarcó en el que salía inmediatamente. La mayor parte de los viajeros era gente que regresaba cansada a su casa, después de la jornada de trabajo en Manhattan. Volvió a contemplar el skyline iluminado de la ciudad, como lo había contemplado tantas veces en sus años de residencia aquí, sin las dos torres gemelas, que estaban sin construir entonces y estaban destruidas ahora. El misterio y el encanto de aquella Babel infinita se le volvió a colar en el corazón: «Nueva York, ¿qué ángel llevas oculto en la mejilla?». Hasta García Lorca, que llegó a al ciudad en el 1929, atormentado por una terrible crisis, que no fue nada feliz en el país, y que escribió en esos meses algunos de los versos más tristes y desolados de la historia de la poesía, llegó en algún momento a percibir ese algo de angélico y glorioso que tiene aquí el paisaje. De entrega confiada a la vida, de ilusionada cosecha de esperanzas. "Por el East River y el Bronx / los muchachos cantaban enseñando sus cinturas", cantó Federico en su Oda a Walt Whitman.

Volviendo a Manhattan, mientras veía acercarse la montaña de luz multicolor, quedaba a la izquierda la estatua de la Libertad, esa diosa gigantesca y laica que ha encandilado la vida de tantos y a la que el hombre del abrigo azul pensaba que había honrado y ofrecido sacrificios como a ninguna. Hacía poco tiempo, cuando un gigantesco apagón había dejado sin luz a la ciudad de Nueva York, la estatua había permanecido encendida como un símbolo de lo que no podrá extinguirse jamás: el ansia de ser libre. La vida, te dijiste ahora mientras la mirabas, puede ser feliz o desgraciada, plena o miserable, pero si no es libre no es pro-piamente una vida. Y recordaste la emoción con que la visitaste recién llegado y los versos inscritos en la placa de bronce del pedestal: "Give me your tired, your poor, / your huddled masses yearning to breathe free, / the wretched refuse of your teeming shore. / Send these, the homeless, tempest-tost to me, / I lift my lamp beside the golden door."

Luego aprendiste que aquellos sentidos versos habían sido escritos por una mujer, Emma Lazarus, una sefardí nacida en el seno de una de las más antiguas familias judías de la ciudad. La estatua, la Libertad iluminando al mundo, fue erigida en 1886, pero no tuvo junto a ella las palabras de Emma hasta 1901, cuando ya Emma había muerto, con sólo 38 años. En la inauguración de 1886, el presidente Grover Cleveland había pedido que su luz, «la luz de la libertad, traspasara la oscuridad de la ignorancia y la opresión humanas».

No hay, desgraciadamente, ningún paraíso en esta tierra nuestra. Lo dijo nuestro León Felipe: «Sabemos que no hay tierra / ni estrellas prometidas». Los Estados Unidos tampoco lo son. Pero hay algo, sin embargo, que deriva y se entronca directamente con el espíritu de los padres fundadores, que está transido de ansias de libertad y de justicia. Porque, a pesar de todo, es hermoso tener estatuas erigidas a las ideas y, al fin y al cabo, no hay tantas. El hecho de que la realidad siempre se quede corta con respecto a lo que se idealiza, no justifica el denostar a los ideales. América es, sin duda, un buen país para los que llegan hasta ella y traen un sueño. No todos lo realizan, claro que no, pero sigues pensando, ahora que estás a punto de dejarlo todo, que seguramente es más fácil aquí que en ninguna otra parte del mundo. Aunque ahora, cuando haces este viaje por última vez, también comprendes que casi todas las ambiciones de los hombres son quimeras de locos. Estás teniendo la tentación de acabar aquí tu viaje, no por ningún capricho o por alguna flaqueza súbita, sino porque sabes que esta ciudad está forjada con ilusiones y alberga el símbolo del valor al que has ofrendado más resueltamente tu vida: la libertad. Pero, de momento, quieres llegar de nuevo a la punta de Manhattan y recorrer una última vez los caminos de entonces, cuando el corazón te llevaba de un lado a otro, aleteando y zigzagueando como un pájaro joven aprendiendo a volar.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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