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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 5 de abril de 2020

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La solución está en Shakespeare (2005)

Málaga: Grupo Editorial 33, 2005.

No resulta evidente por qué o para qué se escribe un libro y es cauto suponer que las motivaciones y las finalidades son muy diversas. En mi caso, dice el autor de esta obra, lo hago siempre tras vencer una innegable resistencia y preguntándome sinceramente qué derecho me asiste al arrogarme este papel de autor. Lo primero que uno tiende a plantearse es si, viviendo en el mundo en que vivimos, el escribir ficción es disculpable. Me ampararé aquí, por citar a alguien, en la autoridad de Álvaro Cunqueiro, que dijo que "en la aspereza de la vida cotidiana, soñar es necesario". Estoy de acuerdo y pienso que soy simplemente un donante ocasional de sueños, para aquellos que los requieren, que los entienden, que los precisan. ¿Y por qué yo? Pues sólo porque tengo algún tiempo y me gusta compartir mis fantasías. Al fin y al cabo -me digo para tranquilizarme-, he leído infinitamente más que he escrito.

En esta obra se recogen diez relatos. El que da título al volumen, La solución está en Shakespeare, es una trama policíaca en la que un perspicaz escritor cree descubrir una angustiosa petición de auxilio, a través de las citas de Shakespeare esparcidas en la correspondencia de un cultísimo médico de más de noventa años. Se llega finalmente a la verdad gracias a una secuencia implacable de razonamientos e intuiciones. El amor, entendido en su sentido más amplio, luminoso y libre, es el que vertebra Pierrot en el parque y Carta de amor. De la Fortuna y el Tiempo reconstruye poéticamente, con una esmerada prosa, la estancia del emperador Carlos V en Yuste, mientras que Semana Santa en Úbeda recrea la ciudad y la llena de fantasía y nostalgia, mezclando hábilmente realidad y ficción. Las restantes narraciones -La perplejidad del meteorólogo, Don Apolonio, El Dr. Fernández y el médico bohemio, Una ducha potente y Desfile de modelos- se desarrollan en muy diferentes ambientes y sólo tienen en común un humor ligeramente desenfadado, a veces crítico y siempre amable. Se ofrecen ahora las primeras páginas del primer relato del libro:

 

LA SOLUCIÓN ESTÁ EN SHAKESPEARE

                                    Un mot suffit! Que dis-je, un mot? Un geste...

(Cyrano de Bergerac, acto II, escena IX)

Edmond Rostand

 

         Al  recorrer un último recodo del camino se divisó ya la casa, situada casi en la cima de una pequeña loma. Era grande, aunque no muy alta, alargada y de un perfil singular, pintada de blanco y con un amplio zócalo de un azul tan intenso que producía un reverbero hostil y metálico, incluso a la luz incierta del anochecer. En aquel momento, el viento bandeaba con fuerza el oscuro bosque de árboles centenarios que la rodeaba, dando al conjunto el aspecto de un mar tenebroso y violento que azotara sin tregua un barco misterioso y extraño, varado en un lugar imposible. Más adelante, el camino se escondía al pasar bajo un puentecillo sobre el que discurría una vía de tren abandonada hacía ya mucho tiempo. El coche que nos precedía, ocupado por los policías de uniforme, se detuvo en la orilla derecha, a una prudente distancia, desde la que se veía el caserón, y dejó paso al nuestro, el ocupado por los dos inspectores y yo mismo.

A medida que nos acercábamos a nuestro objetivo final, y a pesar de mi relativa certeza de que todos los detalles acumulados hasta entonces no podían llevarnos sino a un único desenlace lógico, me asaltó la duda de si, a fin de cuentas, no sería todo una fantasía mía, producto de una imaginación mal controlada durante los últimos meses. Reafirmaba mi confianza la presencia de los dos inspectores, de una acreditada profesionalidad, que, si bien al principio acogieron con reservas mis especulaciones, habían ido después poco a poco convenciéndose también de la racionalidad de las mismas. Ahora parecían estar completamente de acuerdo con mis deducciones y fueron ellos ya los que decidieron dar el paso final, escogiendo una hora avanzada, casi de noche y provistos de la oportuna orden judicial, para proceder al registro de la casa y de la finca entera.

Todo había empezado hacía cinco meses. Recién elegido Secretario de Cormédar (Corporación de Médicos Artistas), escribí una carta de salutación a todos los asociados, poniéndome a su disposición y delineando algunos de los objetivos que la nueva Junta Directiva se proponía alcanzar durante su mandato. La carta era una toma de contacto inicial y yo no esperaba recibir contestación de nadie. Sin embargo, a los pocos días llegó una respuesta, desde una pequeña localidad de un valle del Pirineo, en la que el Dr. D. Miguel Herrera Cobos, uno de los más veteranos de Cormédar (tenía ya 93 años, según nuestros archivos), me escribía de su puño y letra, con una grafía difícilmente legible, y me felicitaba por mi nombramiento.

En el último párrafo me comentaba algo sobre la última obra de teatro de nuestro Presidente, en la que este jugaba con la hipótesis de que Shakespeare no hubiera sido, en realidad, el autor de sus inmortales obras, sino que estas hubieran sido el fruto del ingenio del sexto conde de Derby, William Stanley. Para el Dr. Herrera, el hecho de atribuir a otro las obras de Shakespeare le parecía perfectamente verosímil, aunque en su opinión casi con toda seguridad el autor real no era otro que Sir Francis Bacon. Se basaba, sobre todo, en un latinismo desmesurado y absurdo que aparece en la obra de Shakespeare Love's Labour's Lost (Trabajos de amor perdidos) y que por su misma extrañeza no podía haber sido puesto allí sin alguna intención muy concreta. Se trata de una extravagante y larguísima palabra, HONORIFICABILITUDINITATIBUS, que tenía que ser por fuerza, según me contaba el Dr. Herrera, un anagrama y así lo había identificado ya alguien, a principios del siglo XX. En efecto, en el año 1910, Sir Edwin Durning-Lawrence, un miembro del Parlamento británico por el partido liberal-unionista, en su obra Bacon is Shakespeare (Bacon es Shakespeare), había postulado que la larguísima palabra encerraba un código secreto que reclamaba la paternidad de Bacon sobre las obras de Shakespeare, al descubrir que con las letras de dicha palabra -ni una más, ni una menos- se podía formar la frase: HI LUDI F. BACONIS NATI TUITI ORBI (estas son las obras nacidas de F. Bacon y guardadas para el mundo). Bacon la habría introducido en el texto para dejar constancia, si bien de manera críptica, de la verdadera procedencia de la obra. El Dr. Herrera parecía estar convencido de la veracidad de esta atribución y había escrito al final de su carta:

      Como ves, flamante Secretario, siempre hay que saber leer entre líneas. Desgraciadamente, no se puede descubrir la verdad de otro modo.

Conocía estas hipótesis, que niegan la paternidad de Shakespeare y postulan otros autores para sus obras, desde mi juventud y ni siquiera entonces me resultaron particularmente atractivas. No conocía, sin embargo, el anagrama que  me presentaba ahora el Dr. Herrera, que me pareció, a primera vista, por lo menos muy ingenioso, tanto si se trataba de una pista realmente dejada por Bacon como, casi aún más, si era sólo fruto de la imaginación de Sir Edwin Durning-Lawrence, el conocido estudioso de la obra del dramaturgo de Stratford. Este logogrifo me recordaba otros análogos, aunque más sencillos, que han creído encontrar en el Quijote algunos autores más o menos imaginativos, como Díaz de Benjumea, Atanasio Rivero y otros, que no pueden ser considerados muy seriamente. En cualquier caso, me fui inmediatamente a mis viejas y queridas Obras Completas de Shakespeare y releí rápidamente la pieza teatral mencionada.

Se alzaron una vez más ante mí las rotundas, musicales, divinas palabras del inmenso bardo irrepetible. Y justamente en el acto V, escena i, en un parlamento de Costard, aparece el texto: For thou art not so long by the head as honorificabilitudinitatibus... Allí estaba, en efecto, la palabrota, el extraño y gigantesco latinajo, que no tiene un inmediato y razonable sentido. La descomunal palabra tiene 27 letras, pero hay algunas repetidas: las letras A, B, O, U y N están repetidas dos veces; la T, tres y la vocal I, siete. Estas letras, con estas repeticiones (aquí mis querencias matemáticas me asaltaron enseguida), pueden disponerse de innumerables maneras distintas. Esto -me corrijo ahora mismo- es sólo una licencia de expresión; en realidad, todos los conjuntos son numerables. No hay ninguno, por extraordinario que sea, que no pueda expresarse por un número. Hasta este desconcertante y grandioso Universo nuestro tiene, en un momento dado, un número concreto, exacto, de estrellas, de planetas, de átomos, de electrones, que Dios conoce con un conocimiento perfecto en el que se complace o se hastía. De hecho, el número de disposiciones distintas de las 27 letras mencionadas es exactamente igual a factorial de 27 (27!), dividido por el producto (2!5*3!*7!), para tener en cuenta las repeticiones de letras. El resultado de este cociente es 1.125*1022. O sea, más grande que un 1 seguido por 22 ceros, cifra realmente inasible por el entendimiento humano.

Por lo tanto, pensé, a pesar de lo atractivo de la hipótesis, la supuesta sentencia críptica que atribuye las obras a F. Bacon representa sólo una de las casi infinitas secuencias que se pueden formar con las letras de la palabra latina. El que la inmensa mayoría de estas secuencias carezca, naturalmente, de sentido, deja abierta, sin embargo, la posibilidad de otras muchas que sí lo tengan. En efecto, este número de secuencias es tan grande que, aun suponiendo que sólo una secuencia de cada billón (1012) tenga sentido, todavía  quedan más de 10.000.000.000 (1010) de construcciones que expresan una cierta idea, que encierran una cierta información, por pequeña y caprichosa que sea. Con paciencia e ingenio se podrían formar, y ello es perfectamente factible -ahora sé que lo han hecho algunos, entre ellos el americano Orson Welles-, otras frases, otras sentencias, con nombres de otros posibles autores, etc. En definitiva, la verdad sigue siendo evasiva como siempre y esta bella e ingeniosa hipótesis no pasa de ser justamente eso, una hipótesis. Es decir, un ansia de adivinación, un intento valiente y ciego de nuestro cerebro por comprender el mundo.

"Se non è vero è ben trovato", me dije, a pesar de todo, sorprendido por el descubrimiento del juego de palabras y con ese arrobamiento íntimo que nos producen los hallazgos de ingenio. Agradecí profundamente al Dr. Herrera lo que consideré un regalo intelectual y contesté su carta, contándole yo algo de mis especulaciones matemáticas al respecto.

No conocía personalmente al Dr. Herrera, que era, como ya he dicho, de edad muy avanzada y, desde luego, bastante mayor que yo. Hablando con algunos de los compañeros de la Corporación pude saber, aunque tampoco nadie le había visto en los últimos tiempos, que había sido un muy brillante cirujano y que su mujer, una bellísima norteamericana de ascendencia irlandesa, había muerto hacía unos cinco años. No habían tenido hijos y parecía que el Dr. Herrera se había retirado, desde el primer momento de su viudedad, a una vieja casa en el Pirineo, de donde prácticamente no se había movido ya nunca. Su cultura era, según se decía, vastísima y extraordinaria y había sido un hombre siempre excepcionalmente animoso, vital y muy activo; un conversador capaz de seducir a cualquier tipo de auditorio, como ocurría en las innumerables reuniones en las que participaba, muchas organizadas en su propia residencia, pues era generoso casi hasta la prodigalidad. En su juventud había ejercido durante unos años en la Argelia todavía francesa, hablaba perfectamente el árabe y conocía profundamente el difícil e inmenso mundo de su poesía. Pero, sobre todo, dominaba hasta sus más insignificantes detalles la obra de Shakespeare. Según pude ver en las Actas de la Corporación, su discurso de ingreso versó sobre La traición en el teatro de Shakespeare.

Mi carta al Dr. Herrera no demandaba una respuesta y, en cualquier caso, no recibí más noticias suyas hasta que en otra ocasión, algún tiempo después, solicité de todos los asociados unos datos para confeccionar el nuevo Directorio. El Dr. Herrera me los envió y entonces, siempre con su escritura diminuta y temblorosa, casi ilegible, me escribió una segunda carta en la que me agradecía mis elogiosos comentarios sobre su conocimiento de la obra de Shakespeare. Fueron precisamente los últimos párrafos de su carta los  que, sin que supiera decir por qué -hoy mismo tampoco lo sé-, me hicieron imaginar un mundo sombrío, no excesivamente verosímil y probablemente no real, en el que situaba yo la figura del Dr. Herrera y que poco a poco se fue imponiendo tan poderosamente en mi cerebro que quizá me ha hecho inventar una absurda conjura y, lo que es más grave, hacer participar en esta historia a miembros de la policía, a pesar de su resistencia y escepticismo iniciales. Este final de la carta era así:

   A pesar de toda mi inmensa admiración por Shakespeare, también me subyuga esa poesía sencilla, instantánea que, como un relámpago, te ilumina en un momento el corazón y te llega al mismo vórtice del sentimiento. Cada vez me gusta más aquel sencillo beduino -quizá porque ahora me siento tan viejo como él-, Labid Ibn Rabi'a, que dicen que llegó a vivir 157 años, y escribió poesía como sólo podía escribirla un nómada rebelde y libre. Shakespeare es sublime. Recuerda el pasaje de Macbeth, en V.v.24... (acto V, escena v, versos 24 y siguientes. Para mí el citar exactamente es muy importante; no se logra nada citando a ciegas. El propósito de una cita es remitir al original y esto exige precisión): "La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después ya no se le oye más...; un cuento narrado por un idiota, con gran aparato y que nada significa...". Pero fíjate también en la simplicidad y en la fuerza de estos versos de Ibn Rabi'a:

"Se han ido todos aquellos

 cuya vida compartí

y me he quedado solo

 como un sarnoso".

 

   Hay poemas suyos en el Subh alA'sà, de alQualqasandi, una maravillosa colección que compré hace ya bastantes años en Beirut. Pero también está traducido y se le cita en una reciente antología española de poesía árabe clásica, de Hiperión. Trata de leerlo; te gustará y me comprenderás.

Nunca había oído yo hablar de Ibn Rabi'a, un poeta preislámico que, según descubrí después, había muerto en el 661 y del que, en efecto, Ibn Qutayba, un filólogo de la Bagdad del siglo IX, dice que vivió 157 años. Traté de leer algo del poeta, traducido al castellano, y sólo pude encontrar unos versos sencillos y tristes, pero dotados de una tremenda valentía y sinceridad:

 

"Estoy harto de la vida, de lo larga que es;

y de que me pregunten: ¿cómo estás Labid?

No me preocupa cuando vaya a perecer.

Basta ya de vivir, basta ya de una vida

tan larga que... ¿cómo no iba a cansarme?"

 

 

 

 


Género al que pertenece la obra: Narrativa
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