Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 5 de agosto de 2020

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos (2009)

Málaga: Grupo Editorial 33, 2009.

Esta fue mi primera novela, aunque quizá tenga una estructura algo peculiar; hasta entonces me había dedicado al relato. En cuanto al mérito de este último género literario, mencionaré que, frente a una posible infravaloración del mismo en el pasado reciente, Augusto Monterroso ha dicho, con ironía y evidente exageración, a mi juicio, que "la novela es una buena preparación para escribir relatos y no al revés". También Gabriel García Márquez escribe, en el prólogo a Doce cuentos peregrinos, que "el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela". Todos los que escriben relatos están, por una vez, completamente de acuerdo.

Pero no todos piensan igual. A Arthur Schnitzler -médico, autor de un fino e inteligente relato titulado La Ronda, llevado luego deliciosamente al cine por Max Ophüls- su padre, también médico, famoso en la Viena de finales del siglo XIX, le regañaba por no escribir novelas. En cualquier caso, la narración de largo alcance, la novela, me tentaba desde hacía tiempo y al final traté de hacer una.

Mi novela tiene un tinte, un aire de farsa, que ni pude ni quise remediar. Como se dice en su contraportada, casi todos los personajes -las máscaras- que intervienen en esta farsa son gentes aturdidas y hasta desquiciadas por la literatura. Han leído mucho y en sus vidas perdura un mundo de fábulas y leyendas, que les ronda y persigue incansablemente. Hay en ellos un cierto grado de unworldliness, de alejamiento de la cotidianidad, como si no pertenecieran por entero al mundo real.

Son máscaras, muy distintas de aquellas de la tradición medieval o italiana, a las que sorprendí cuando buscaban una oportunidad para reinventar, en estos tiempos nuevos, los viejos enredos. Hay un muy atenuado reflejo de aquel Dottore de la commedia dell'arte, aunque el de hoy no es nada pedante y sólo es pródigo en recuerdos y melancolías. Y podrían verse trazos del Meneghino lombardo o del Gianduia piamontés en el D. Fernando de nuestra historia. Pero aquí se trata de un hombre moderadamente sabio, que fustiga a la sociedad en la que vive, a la que en ocasiones trata de burlar utilizando sus propias trampas. Y hay, eso sí, enamorados como los de siempre, atolondrados y tiernos, que nada en el mundo es tan permanente e invariable como esa locura del amor: una Marta, ignorada durante años por el hombre a quien ama y que no se resigna a su suerte; una Marie Laure, golpeada por la desgracia, que encuentra alguna forma frágil de felicidad y olvido, y un Roberto de belleza insólita, mimado desde que nació y echado a perder entre todos. Al final, la ficción resultó una mezcla de planteamientos y de caprichos, de azar y necesidad; por eso fue tan divertido escribirla.

La novela tiene 363 páginas y la transcripción de cualquier capítulo aquí, daría una imagen muy parcial y tal vez distorsionada de la misma. Me limitaré a reproducir el prólogo, en el que se exponen algunas de mis ideas sobre la obra.

 

 

PRÓLOGO

  

He aquí una vez más el tinglado de la antigua, de la eterna farsa; la que cautivó y fascinó a tantos, la de Tabarín, por citar a alguien concreto y evocar casi seguras y quizá pertinentes resonancias. Se os muestra ahora, esta farsa, en una obra que no es precisamente una pieza de teatro y hasta puede que tampoco sea propiamente una novela.  Pero lo que sí cree el autor -lo que sí creo, con relativa seguridad- es que pertenece al sencillo e imperecedero mundo de la farsa.

Como farsa la concebí desde el principio y como farsa la he ido enhebrando. Se me apareció como un canovaccio, un scenario -una colección de escenas, de aquellos abiertos e inconclusos de la commedia dell'arte- y luego fue creciendo, un poco como se le antojó, hasta convertirse en un texto algo trabado, conservando siempre un aire de commedia improvvisa, ligeramente disparatada. Las máscaras, que meditaron tanto en tiempos ya pasados, según se nos aseguró, han seguido meditando y, sobre todo, adaptándose, para no desaparecer en un mundo tan diferente del que las vio nacer.

Hoy, las gentes que aquí veréis, de una sociedad media o alta, tienen que ingeniárselas ellos mismos, si quieren llevar hasta el final sus maquinaciones y argucias más o menos inocuas y desinteresadas. Y como ya no hay criados emprendedores, ocurrentes y deslenguados, porque variaron los tiempos, son también los propios enamorados los que tienen que despabilar y refinar su astucia, para tratar de conseguir a quienes aman o creen amar perdidamente. Tampoco utilizan aquella fina retórica amorosa primera, venida y aprendida del Petrarca, sino que utilizan hablas más cotidianas. Pero recurren a las viejas y atrevidas trampas, a los mismos procedimientos de antaño, para intentar lograr sus tantas veces inocentes propósitos.

También ha cambiado mucho la tradicional sustancia de los lazzi, aquellos episodios burlescos y jocosos, relativamente ajenos al argumento principal de la obra, que se intercalaban en los viejos tiempos. No han desaparecido, pero se han trasformado en cartas, relaciones de viaje y en leyendas. Leyendas que intentan ser elegantes, sugeridoras  y discretas.

Casi todos los personajes -las máscaras- que intervienen en esta farsa son, y no de manera casual, gentes descarriadas, aturdidas y hasta desquiciadas por la literatura. Gentes que han leído mucho y en cuyas vidas perdura a veces un mundo de fábulas y leyendas, que les ronda y persigue incansablemente, impidiéndoles llevar una existencia normal o rutinaria. Hay en ellos un cierto grado de unworldliness, de despego y alejamiento de la cotidianidad, como si no pertenecieran por entero y cabalmente al mundo real.

Una cosa es segura; esta farsa que he escrito tiene eso que yo amo sobre todo en el género: la libertad, la libertad absoluta, sin restricción alguna y sin la más mínima preocupación por la verosimilitud de lo que se cuenta. Aunque también afirmo, porque lo creo así honradamente, que casi todo lo que ocurre en ella podría darse en la realidad. Porque esta que os presento, no es "una farsa guiñolesca, de asunto disparatado, sin realidad alguna", como las que escribieron otros, y no resultaría pertinente decir que "cuanto en ella sucede, no pudo suceder nunca; que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres"*. Al contrario, mientras la escribía, he ido encontrándome con noticias y crónicas de periódicos en las que se cuentan cosas parecidas a las que yo iba inventando, en las que los protagonistas actúan por motivos similares a los de mis personajes. Seguramente, ha sido así siempre. Es difícil imaginar algo en la ficción que no pueda ocurrir en el mundo real. Porque ese mundo es vasto, ubérrimo y está lleno de horizontes y de caminos, algunos de los cuales ni los hemos hollado aún, a pesar de lo avanzado de los tiempos. En cualquier caso, en ese ambiente libre y sin límites de lo soñado y lo imaginario es en el que se desenvuelve esta pequeña obra.

Tiene también de farsa, su esquematismo, una cierta y no fortuita despreocupación por los detalles de los personajes, de su apariencia, de sus rasgos o de su indumentaria. Os cuento de ellos lo que importa para entender someramente sus conductas. Son más bien arquetipos dramáticos, no caracteres excesiva y cuidadosamente definidos. De uno de ellos, sí insisto en su espléndida belleza física, pero sólo porque es absolutamente necesario para entender la narración, ya que gran parte de la tramoya de la farsa está basada en ese hecho, en esa cualidad. Sin embargo, no describo en absoluto su fisonomía... salvo que tenía el pelo áurico. Pero no digo si tiene los ojos de tal o cual color... O sea, que cada uno puede imaginárselo como quiera. Seguramente, porque la mente funciona así, muchos lectores ni se plantearán qué tipo de belleza es la suya, aunque serán bien conscientes de que se trata de una persona muy agraciada y atractiva, ya que todo el argumento lo exige así.

Está presente en la obra el engaño. Engañar forma parte esencial de la condición humana y algunas de las máscaras que van a aparecer ante vosotros tratan de engañar. Sin embargo, sus engaños exhiben ya la marca de la contemporaneidad. Porque, si bien es verdad que engañan las máscaras de todos los tiempos -porque el mundo esta plagado de mentirosos y las máscaras son de este mundo y participan de sus pecados- estas mías de ahora, que se mueven en un ambiente relativamente rico, son diferentes de las de antaño y no tratan de engañar a alguien para ganarse el sustento del día o para conseguir simplemente dinero, sino que, dada la moderna facilidad de la comunicación, lo que intentan es confundir a la sociedad entera. Lo hacen para conseguir la fama, el prestigio, la satisfacción de la vanidad y hasta, en este caso, por una razón muy concreta: para que una de las máscaras demuestre que, puestos a engañar, él también sabe hacerlo, puede que mejor que nadie. Se encarna así también el viejo espíritu de la farsa: à trompeur, trompeur et demi (a tramposo, tramposo y medio).

Estas máscaras también denuncian. Hay siempre, en la farsa, una crítica, una sátira de la sociedad en que se vive. Se muestran en ella los vicios del mundo, con personajes que tratan de aparentar lo que no son y recurren para lograr sus propósitos a la astucia, montada y aparejada, sobre todo, con la ayuda de la palabra. Pero lo que ocurre aquí, y esto es algo más nuevo, es que se señala y fustiga ese afán de engaño, más bien en la palabra escrita -la que se despliega en los periódicos y revistas- y en la palabra propagada y sacralizada por la radio y la televisión. Se pretende hacer ver que esas nuevas formas de la palabra son capaces de engañar con una rapidez y contundencia sin precedentes y tienen un poder oscuro, amenazante y terrible. Se previene, en fin, sobre el peligro de la palabra, que nos sigue sirviendo para comunicar, pero que puede igualmente utilizarse para adormecer, embaucar  y dominar.

La farsa se ha valido siempre de la exageración. Exagerar incita a una más detenida observación de cualquier problema, agrandándolo intencionadamente, siendo así capaz de despertar la risa del espectador, que es otra vocación de la farsa. Sin risa, sin humor, la farsa no existe. Lo que ocurre es que, como todo aparece dislocado y desquiciado, nadie es realmente responsable de lo que hace. Los personajes nunca son malos, aunque se embarquen en acciones perversas, porque son sólo símbolos y no se les puede tomar en serio. La farsa no pretende ser edificante, pero sí muestra un mundo al revés en el que reconocemos muy claramente el pecado, aunque no sea explícita su condena.

Decía Marcel Aymé que la farsa era un drama al que se le impide explotar. En esta farsa mía hay un amor, de esos no correspondidos y tristes, que se arregla precipitadamente al final. Y engaños masivos en el mundo del arte, a los que no se permite perdurar.  Lo recto triunfa, lo torcido no; es así de simple. Pero se pone en evidencia el peligro de unos medios de comunicación demasiado poderosos y de una sociedad enervada y acrítica, que puede ser una víctima fácil.

Son máscaras, muy distintas de aquellas de la antigua tradición medieval o italiana, a las que sorprendí en acecho, buscando autor y soñando con una nueva oportunidad para reinventar, en estos tiempos modernos, los viejos enredos. Hay -tal vez, ni siquiera esto es seguro- un muy atenuado reflejo de aquel Dottore de la commedia dell'arte, aunque el nuestro no es nada pedante y sólo es pródigo en recuerdos y melancolías. Y, puestos a rastrear parecidos, podrían verse trazos del Meneghino lombardo o del Gianduia piamontés en el D. Fernando de nuestra historia. Pero aquí se trata de un hombre modesto y moderadamente sabio, que fustiga a la sociedad en la que vive, a la que en ocasiones trata de burlar y derrotar con sus propios engaños y trampas. Y hay, eso sí, enamorados como los de siempre, atolondrados y tiernos, que nada en el mundo es tan permanente e invariable como esa locura del amor: una Marta, ignorada durante años por el hombre a quien ama y que no se resigna a su suerte; una Marie Laure, golpeada por la desgracia, que encuentra alguna forma frágil de felicidad y olvido, y un Roberto de belleza insólita, mimado desde que nació y echado a perder entre todos. Al final, la ficción resultó una mezcla de planteamientos y de caprichos, de azar y necesidades; por eso fue tan divertido escribirla.

Puede que queráis saber exactamente quién la escribió. Pues eso no lo sé muy bien. Dejadme presentarme como una especie de capocómico, un corago, un faraute, un humilde farsante que trata de manejar a un grupo de máscaras, un poco perdidas en el mundo de hoy, a las que iré presentando sin la pretensión siquiera de conocerlas del todo, a pesar de haber sido yo mismo el inventor de cuanto les ocurre. Algunos piensan que el autor es, desde el principio, el dueño absoluto de lo que escribe. Otros piensan que son los personajes los que se van imponiendo veladamente. Yo, como autor, tendería a colocarme, humildemente, entre estos últimos.

Termino este largo prólogo, declamado ante el telón corto, que empieza ya a levantarse. Se inicia propiamente la farsa y se ve el escenario completo. La acción comienza, avanzados los años cincuenta del siglo XX, en una parroquia de Madrid. Desaparezco del escenario, pero dejad que siga viviendo entre mis máscaras y me pueda asomar ocasionalmente entre las bambalinas. Alguna rara vez, ellas hablarán y notaréis que la voz y el pensamiento son míos. Nos mezclamos así, porque conviene que ellas sepan por qué escribo las cosas que escribo y que yo conozca por qué ellas hacen las cosas que hacen.

Sin embargo, sólo deben importar los personajes que van a aparecer en la trama. A mi edad sería estúpido andar buscando cualquier forma de protagonismo. Pero tampoco sería bueno prescindir completamente de mi dirección, de mi sensibilidad, de mis años. Son muchos siglos de historia, de datos, de cultura, los que almacena cualquier persona, por simple y poco valiosa que sea, si ha dedicado una buena parte de su vida a la lectura y al estudio. Y eso es lo que hemos hecho todos los capocómici del mundo, desde siempre, dicho sea con la más natural modestia. Si os fijáis, el arte no ha cambiado tanto: en el teatro, apenas hay diferencia entre lo que vemos hoy día en una sala de vanguardia y lo que contemplaban los griegos hace dos mil quinientos años, cuando se extasiaban con Eurípides. Y ahora, silencio; va a comenzar la función.

 

 

* Lo entrecomillado está sacado del conocido y delicioso prólogo de Los intereses creados, de D. Jacinto Benavente (nota del capocómico).


Género al que pertenece la obra: Narrativa
Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias