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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 2 de diciembre de 2020

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Don Juan de Bergerac (2011)

Publicación digital. Amazon, 2011.

Esta es una obra de ese teatro que podríamos llamar tradicional. Querría que la gente, el público, cuando entre en la sala, se olvidara del mundo de fuera, de las prisas y el torbellino de fuera. Para mí, la sala del teatro puede ser como un oasis, un refugio, en donde el tiempo transcurra lentamente, casi deteniéndose a veces. Y en donde las palabras y las hablas no sean las de todos los días, y los personajes tengan algo de especial, que los distinga de los que nos encontramos en la vida ordinaria. Ha sido así durante decenas de siglos y yo creo que sigue siendo así. En el fondo, apenas hay diferencia entre lo que vemos hoy en una sala de vanguardia y lo que ya contemplaron los griegos, cuando se extasiaban con Eurípides.

No tengo nada contra la realidad, pero entiendo que no es obligado copiarla continuamente. Vivimos en la realidad, no es fácil escaparse de ella, ¿por qué no podríamos tratar de olvidarla, de suplantarla, durante un par de horas, de vez en cuando? En algún sitio especial, en algún sitio único: en una sala de teatro.

Y no me importa engolfarme en los temas eternos, en los de siempre. Son eternos, precisamente porque nadie los ha resuelto aún, quizá porque no tienen solución. O tienen muchas y cambiantes, y cada uno tiene que encontrar la suya, la propia, la que fue creando y moldeando a lo largo de su vida.

El protagonista de esta obra es un Don Juan otoñal, bien conservado, antiguo y famoso actor de teatro, que vive solo en una residencia para mayores. Una joven y bella enfermera, Inés, es capaz todavía de despertar en él la pasión y el amor. Un amor sereno y dulce, en el que Don Juan sabe que no es el ganador de siempre y adopta más bien el papel resignado y tierno, esperanzado a veces, del Cyrano de Bergerac.

Teatro escrito para ser representado, naturalmente. Pero que, por su carácter y estructura, permite también la lectura sosegada y amena.

                                          

                                                                  

 

 (Don Juan  recita otro verso del Cyrano).

Don Juan - Roxane, adieu, je vais mourir!

Inés - (La joven atrae hacia sí al hombre y lo abraza con ternura). No vas a morir. Hay que luchar todavía, no te vas a entregar; has de tener esperanza.

Don Juan - Al final es la muerte la que gana, Inés. Es algo que he sabido desde siempre. Desde el principio del tiempo, la muerte estaba echada y floreció primero. Me dicen que tengo el corazón hecho un cascajo.

Inés - Pues te lo tienes que recomponer; tienes que intentarlo. A ti quizá no te importe morir, pero yo no podría soportarlo. Ahora no podría imaginar un mundo sin ti, es tan simple como eso. No me preguntes cómo ha sido, Don Juan. Yo tampoco lo sé muy bien, yo no tengo experiencia, yo soy una pobre muchacha que está aprendiendo a vivir. Haz lo que te digan los médicos y trata de ganar esta batalla. Ya no me puedes dejar sola.

Don Juan (lleno de una repentina energía) - Si tú lo quieres, Inés, pelearé. Aunque sea sin esperanza de ganar, aunque todo sea sembrar en arena. Cyrano contaba que la lucha era mucho más bella cuando se sabía que era inútil.

Inés- No va a ser inútil. Yo te voy a ayudar sin tregua; ya nunca estarás triste y serás joven otra vez conmigo. Voy a estar a tu lado todo el tiempo, en donde tú quieras, aquí o en el confín más remoto del mundo. Aunque creo que sería mejor en este trozo de tierra, en este país del sol.

Don Juan - Del sol y de la envidia, de la sinrazón... La espaciosa y triste España, decía Fray Luis de León.

Inés - De verdad, Don Juan, ¿es tan malo este país?

Don Juan - Este es uno de los mejores países del mundo, Inés. San Isidoro escribió que era la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India. Puede que llevara razón. Lo que ocurre es que, entre unos y otros...

Inés - Es el lugar al que perteneces. Donde tienes tus amigos, tu pequeña familia, la gente que te conoce, que sabe algo o mucho de tu vida y te quiere. Todos sufrirían si, de repente, te marcharas y nunca supieran más de ti. Sería como anticipar estérilmente tu muerte. Cualquier persona es libre, pero también pertenece a los demás, a los que han hecho algo por ella, a los que esperan algo de ella. No se puede defraudar o entristecer a tanta gente.

Don Juan - Pero yo no quiero que nadie me llore. Me gustaría desaparecer de este mundo sin dejar ni un rastro, como si mi nombre se hubiera escrito en el agua. Es lo que quería aquel poeta inglés, John Keats, que murió en Roma. Lo hizo grabar en su tumba. A mí, ahora, no me importa ya demasiado partir. Tú me has llevado a esa felicidad que premia y sucede a la esperanza, una felicidad que no se puede soportar mucho tiempo. Y estoy seguro de que la Muerte será gentil conmigo, como yo lo seré con ella. La he visto muchas veces, es una vieja compañera. Quizá venga a tomarme mientras duermo, para que no pueda ni advertir su presencia; lo pienso cada noche al acostarme.

Inés - ¿Cuándo has visto tú a la Muerte, Don Juan?

Don Juan - Muchas veces... Cada vez que, tras la culminación del amor, me quedaba por un momento vacío y triste, he sentido cómo me hacía un guiño burlón. Y me acompañaba más largamente cuando se acababan los amores, cuando se instalaba el desamor, siempre sin saber por qué. Nunca me decía nada, pero yo sabía muy bien las palabras que se guardaba, porque eran las que me mordían el corazón. Cualquiera que haya estado solo alguna vez, conoce a la Muerte.

Inés - (Sonriendo) Pues abandona esas malas compañías tuyas y ve diciendo a tu amiga la Muerte, que tendrá que esperar. Con eso de que la Muerte es femenina, algunos hombres  os andáis con demasiados remilgos y cortesías con ella. Yo creo que la miráis como si fuera vuestra última y más perfecta amante.

Don Juan - Quizá. Resulta tan dulce entregarse ya para siempre, sin más desengaños.

Inés - Las mujeres reaccionamos frente a ella con más desdén; por eso vivimos más. La Muerte tendrá que esperar, hasta que yo esté preparada para dejarte marchar. Y eso, ahora, no puede ser. Tengo que agavillar cuidadosamente tus recuerdos, para derrotar sin descanso al olvido. Has tenido una vida plena y feliz y quiero que me la cuentes, que la revivas conmigo. Y yo, que tengo la mía todavía por vivir, quiero disfrutarla contigo mientras pueda, mientras podamos. Volvamos ahora a la residencia, ya va a anochecer.

Don Juan - Platón, en un pasaje de su Político, recoge un antiguo mito griego y habla de una época en que el universo giró en sentido inverso y todos los seres mortales, cesaron de envejecer y se hicieron cada día más jóvenes. Hasta llegar a parecerse a los recién nacidos, tanto en el cuerpo como en el alma; tras de lo cual continuaban consumiéndose y se aniquilaban totalmente. En un mundo así, el destino del hombre sería infinitamente más amable, porque marcharíamos hacia la juventud, hacia la belleza, hacia la inocencia. Al final, también desapareceríamos en la nada, pero sin la angustia del envejecimiento y de la muerte. Inés, si yo pudiera vivir así ahora y hacerme más joven contigo.

Inés - (Bromeando) O sea, tú cada vez más joven y yo cada vez más vieja. Pues sí que estamos bien. Y cuando ya fuera yo mucho mayor que tú, ¿qué harías conmigo?

Don Juan - Te trataría con el mismo mimo que tú lo haces ahora, que no sé cómo agradecerte.

Inés - Eso de vivir todos hacia atrás, podría tener algunas ventajas. Vendría ya una con todo aprendido. ¡Con el trabajo que cuesta aprender! Los verbos franceses no son nada fáciles.

Don Juan - Hay una obra de teatro de un autor francés, Armand Salacrou, Sens Interdit, en la que los personajes nacen viejos y viven así, hacia atrás. (Soñador) Quizá lo mejor sería una vida que fuera un camino de ida y vuelta: madurar, sin llegar a una vejez extrema e incómoda, y luego rejuvenecer. Sin repetirse las cosas, claro, "lo bailado, bailado". O repitiendo lo que uno quisiera. En fin, todo podría ser, todo podría haber sido, de otra manera. Los gnósticos pensaron que la creación fue un error, la obra de una divinidad inferior, de un Demiurgo que se creyó Dios.

Género al que pertenece la obra: Teatro
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