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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 9 de agosto de 2020

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Dos relatos para amigos (2009)

Madrid: Edición no venal, 2009.

Alguien, un buen amigo mío, animado sin duda por los más filantrópicos propósitos y con el deseo de contribuir a la difusión de mis escritos, me pidió que escribiera algo, para editarlo y enviarlo a los clientes de sus empresas, como regalo de Navidad. Naturalmente, accedí a lo que me pedía y así se publicó este pequeño libro, con carácter no venal. En uno de los relatos, el titulado Mis primeros pasos, muy basado en hechos reales, cuento mis experiencias iniciales en el complicado mundo de la edición. Hay en él también algunos pasajes, ligeramente disparatados, de fantasía y humor y he escogido uno de ellos para mostrarlo aquí.

MIS PRIMEROS PASOS EN EL MUNDO DE LA EDICIÓN

Mi hermano menor se llama Miguel. Estábamos los dos un día en casa, cuando aparecieron unos ángeles, unos ángeles verdaderos -si no creéis esto, no sigáis leyendo- que instalaron en un momento unos potentísimos altavoces y focos, con filtros de diversos colores, cañones de esos que disparan serpentinas y confeti, aparatos para crear nieblas..., en fin, prepararon la sala como para esas galas y celebraciones que hacen ahora los artistas famosos. Un poco después entró volando por la ventana un señor, bastante viejo e incomprensiblemente ágil, con una túnica hasta los pies, un triángulo fosforescente sobre la cabeza, una barba blanca larguísima, más bien un poco gordito, pero amabilísimo y encantador. Nada más llegar, se acercó al micrófono y dijo: Uno, dos, uno, dos... Sé que me oís bien, no necesito preguntaros. Porque, por si no os habéis dado cuenta, os comunico que soy Dios. En ese momento, una densa niebla fue subiendo desde el suelo, los cañones dispararon los papeles, de mil tamaños y colores, los focos comenzaron a lanzar ráfagas, y casi ocultaron al simpático viejo. Nada extraño o impensable: Dios muchas veces permanece casi oculto. O sin casi.

Ya podéis imaginar cómo nos quedamos mi hermano y yo. Es que no decíamos ni palabra. Entonces, Dios se quitó el triángulo de la cabeza, lo arrojó sobre el sofá, que parecía que hubiera algún coche averiado en el propio piso, se dirigió a mi hermano y le dijo: Miguel, he dispuesto para ti, desde hace millones de siglos, desde siempre, algunas cosas. Te hice nacer el día veintinueve de septiembre para que, de acuerdo con las costumbres de tu pueblo, te pusieran de nombre Miguel. ¿Está claro? Mi pobre hermano, atolondrado y asustado como estaba, acertó a decir que sí. Bueno, continuó Dios, te explicaré ahora por qué te llamas Cervedra, que es un apellido un poco difícil de pronunciar, pero que tiene su aquél y su razón de ser. CERV son las cuatro primeras letras de Cervantes y EDRA son las cuatro últimas de Saavedra. ¿Está claro, hijo? Pues sí, dijo mi hermano, ya con algo más de confianza. Bueno, dijo Dios, pues todas estas cosas, que en el fondo son bobadas de los de marketing, que se meten en todo y en estos últimos tiempos me andan enredando continuamente, son porque he decidido dictarte -te la he dictado ya, la tienes en el ordenador, en formato PDF- una novela portentosa, que es, para entendernos, como el Quijote de este siglo, que me parece que, aquí en la Tierra, es el XXI, si no me confundo. ¿Me explico? Divinamente, dijimos mi hermano y yo. De vez en cuando, prosiguió, me gusta que surjan obras como esta, únicas, excepcionales, para que las disfruten honestamente los seres humanos y se olviden un poco del fútbol, el baloncesto, las carreras de lo que sea, el botellón y todas esas cosas que les divierten tanto. ¿Está claro, Miguel? Sí, Señor, pero no sé yo si..., balbució mi hermano. ¡Que me vas a contar a mí!, le atajó Dios, que se notó que supo enseguida lo que estaba pensando mi hermano y estaba más que claro que lo sabía todo y se daba cuenta de todo. Pues lo dicho, hasta más ver, se despidió. Se colocó el triángulo, se recogió un poco la túnica, dio una rapidísima media vuelta y se tiró por la ventana. Mi hermano y yo nos llevamos un susto terrible, porque creímos que se mataba. Pero no le pasó nada; mirándolo bien, ¿qué le iba a pasar?

En un momento, los ángeles recogieron todo el material audiovisual que habían acumulado en la sala y quedó el lugar como si no hubiera sucedido nada digno de mención. Nosotros, pasado el primer estupor, fuimos al ordenador y, en efecto, allí estaba la novela, entera, corregida, sin un error. Inteligente, discreta, brillante, tierna, impecable, con una prosa bellísima... Fue un placer inenarrable, una delicia impagable, leerla. Pues sea la voluntad de Dios, nos dijimos los dos. Yo me alegré tanto como mi hermano, quizá hasta más.

Hace ya dos años de todo esto. Bueno, pues a mi hermano no le ha ido mejor que a mí en sus intentos de lograr que alguien le publique la puñetera novela. Ha tratado por todos los medios y no hay manera de que alguien le quiera echar un ojo. O sea, que aquí no publica ni Dios. Al final, mi hermano, si quiere publicarla, tendrá que hacerlo aprovechando mi poca experiencia en estos asuntos, aunque de bien poco ha de servirle. Y os aseguro que la novela, la de mi hermano, está muy bien escrita, ya os lo podéis suponer. Es realmente divina. Lo mío puede ser lo que queráis, pero lo de mi hermano Miguel es una auténtica maravilla. Bueno, pues la misma historia, todo igual.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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