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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 4 de diciembre de 2020

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Desaparición en el túnel (2011)

Publicación digital. Amazon, 2011.

Un joven médico de una ciudad del Sur de España, Úbeda, desaparece al cruzar con su coche un corto túnel, situado sobre el trazado de una antigua vía férrea que nunca se llegó a construir. El hecho es tan inexplicable que alguien incluso lanza la hipótesis de una posible abducción por extraterrestres.

Al conocerse la noticia, llegan a la tranquila ciudad gentes de la más variada condición: nigromantes, arúspices, videntes de todo tipo, y el lugar se convierte en un inmenso, mágico y divertido zoco en el que se intercambian sin tregua los discursos, los dineros, los augurios, las esperanzas, los engaños y las placenterías. Días más tarde, se repara en la simultánea desaparición de una guapa forastera, casi recién llegada a la ciudad, y todo toma un giro bien distinto. Finalmente, aparece un viejo y humilde recadero, que ha estado borracho y perdido desde que empezó todo. Sus declaraciones acaban de desenredar la madeja.

La historia está escrita con un humor delicado y la prosa alcanza momentos de singular belleza:

"Se vivía la bagatela, se actuaba al desgaire, se alimentaba sin descanso la farsa, reinaba imparable la albórbola y resucitaban en el alma de cada uno los más olvidados y reprimidos ensueños. La luna brillaba en un cielo sin nubes y su fulgor encandecía a las criaturas. Parecía como si la flauta del dios Pan sonara por todas partes, enloqueciendo a las gentes.

Las mujeres, núbiles y casadas, alindaban sus figuras, vestían sus mejores galas y enmelaban su trato, como presintiendo o anticipando dulces y escondidos romances habitualmente imposibles; deslumbrantes aventuras que, por la naturaleza de la situación, se entendía que habrían de ser forzosamente efímeras, lo que no las hacía menos deseables. Los hombres donjuaneaban incansables, en busca de amores nuevos, persiguiendo ilusiones pretéritas, que habían parecido dormidas por mucho tiempo. Las calles se poblaron de noctívagos, porque ninguno quería quedarse encerrado en la casa y perderse así el raro e inusitado espectáculo."

 

*****

Aparte de este nigromante, también llegó a Úbeda un arúspice, de nombre don Andrés, que proclamaba que podía adivinar casi todo, examinando las entrañas de animales sacrificados. Empezó con un cordero, que un cabrero muy agradecido a don Romualdo donó generosamente para contribuir a la localización del médico, pero los resultados no fueron enteramente satisfactorios y no se pudo llegar a conclusión alguna. Lo único que pudieron hacer, los que habían asistido al sacrificio, fue comerse el cordero, con un vino de la tierra, y, la verdad, tampoco lo pasaron nada mal. Este arúspice quizá estaba un poco desentrenado, porque últimamente se dedicaba poco a su arte, por razones fáciles de comprender.

En efecto, hacía ya algunos años, en un pueblo de Toledo, estuvo tratando también de averiguar un extraño fenómeno que había ocurrido allí. No le acompañó el  éxito en la empresa y no pudo encontrar la solución, pero cuando doña Mencía, una viuda que había perdido a su marido unos siete años atrás, vio sus habilidades y maneras, se le ocurrió que ella sí podría sacarle provecho y que gracias a él podría llegar a saber tal vez algunas cosillas del difunto, que todavía le fatigaban el magín. Lo mandó llamar y, tras una negociación muy breve, lo contrató. Empezaron, ellos solos, sacrificando un corderillo, pero la cosa falló también, aunque, como era habitual en el arúspice, se comieron después el animal y pasaron un rato agradable.

- Mañana probaremos, para cambiar, con un cochinillo, doña Mencía, dijo el arúspice. Y no olvide las patatas.

- ¿También se puede adivinar con las patatas?, preguntó la viuda, inocentemente.

- No sea simple, señora. Las patatas son para cuando nos comamos el animalito; eso tiene que ser así. Vamos, si quiere que sigamos.

El arúspice, en todo lo concerniente a su ciencia, era muy puntilloso, sabía hacerse respetar y no hacía concesiones. Para todo lo demás era un buen hombre, cándido, absolutamente pacífico, crédulo hasta lo inimaginable, incapaz de defenderse en las mil batallas de la vida ordinaria, desprovisto de cualquier sentido práctico y de una más que notoria timidez.

- Seguiremos el tiempo que haga falta, respondió doña Mencía, un poco sorprendida por la determinación y autoridad del hombre en este terreno, cuando ella estaba segura de que sería mucho más moldeable y dócil en todos los demás.

- Y, señora, ¿por qué tanto interés en saber si su difunto le fue infiel, si puede saberse?, se atrevió a preguntar el arúspice, un poco después.

- Bueno, usted es que no me conoce, replicó la viuda. Yo le juro que, si me entero de que me fue infiel, iría corriendo al cementerio, lo desenterraría y le quemaría sus partes, como me llamo Mencía.

- Pero, ¿qué partes, señora?, si hace siete años que murió el pobre, le argumentó con cautela don Andrés.

- Pues le quemaría los huesos que hay encima de las partes; el pubis ese que se avería tan a menudo en los futbolistas, según tengo oído. Aparte de que en este cementerio ocurren cosas muy raras y hay cuerpos que no se pudren y se conservan intactos, sin que medien tufos de santidad o de martirio. Cuando tuvieron que desenterrar, para hacer unas obras y traslados, a la mujer difunta de Enrique, el carpintero, la encontraron que parecía que estuviera durmiendo. Tan fue así, que el pobre Enrique, que quedó completamente trastornado desde que ella murió, cuando la vio de esa manera, quería llevársela otra vez a su casa, porque decía que nadie sabía hacer el gazpacho manchego como ella.

- Pues yo le digo, doña Mencía, que, conociéndola a usted, con el carácter que veo que tiene, estoy seguro de que su marido le fue permanentemente fiel y no se anduvo con tonterías, por la cuenta que le traía.

- Si yo también lo creo, respondió la viuda. Lo que pasa es que como era tan dicharachero y tenía verdaderamente el don de la palabra, yo sé que le gustaba mucho a  las mujeres. Parece que lo estoy viendo ahora mismo; le digo que para mí es como si siguiera vivo, suspiró realmente compungida la matrona, girando el cuerpo un poco, como en uno de esos apartes que se hacen en el teatro. Y ya se sabe que los hombres son un atajo de locos, que siempre están pensando en lo mismo. Pedirles que sean fieles es pedir que la nieve queme, que el fuego enfríe, que el agua seque y que la Tierra deje de dar vueltas alrededor del Sol. Usted mismo, sepa Dios las cosas que esté ya pensando respecto a mí, dijo doña Mencía, con coquetería apenas perceptible y sonriendo al arúspice. Sobre todo, sabiendo que vivo sola en esta casa, que no tengo a nadie que me pueda defender y que, después de todo, tampoco soy tan mayor ni me conservo tan mal.

- Pues no había pensado en nada de eso, francamente, contestó el hombre, con la mayor firmeza y rotundidad y hasta un poco asustado de que la mujer le hubiera supuesto capaz de semejante desmán mental.

- Ay, perdone usted entonces lo que he dicho, don Andrés; es que yo soy muy desconfiada con los hombres, no lo puedo evitar. Le diré, entre nosotros, que muchas veces tengo miedo de que algún desalmado pudiera intentar molestarme, violentarme, usted ya me entiende; vamos, para qué andar con rodeos, violarme. Sin embargo, usted me inspiró seguridad, fíjese. Estoy segura de que usted no sería capaz de violar a nadie, ¿verdad?

- Por Dios, doña Mencía, eso no lo haría yo jamás.

- ¿Ni siquiera violar a alguien un poquito?, se interesó vivamente la mujer, no se sabe por qué.

- Ni un poquito ni nada. Usted no sabe cómo odio yo a los hombres que se atreven a esas cosas. Yo no entiendo mucho de mujeres, pero creo sinceramente que ninguna puede imaginarse la repulsión que una cosa así provoca en cualquier hombre cabal. La condena y la indignación no pueden ser mayores en ellas, a pesar de que sean ellas las víctimas; se lo puedo asegurar. Es lo mismo que con el maltrato; el hombre que maltrata a una mujer es siempre un cobarde, sin paliativos. Aunque pudiera llevar razón en la querella concreta de la que se trate.

- Me parece muy bien, don Andrés; usted es como hay que ser. Sin embargo, también le digo, se lo cuento sólo por hablar de algo, que hay casos en los que, propiamente, si se fija uno bien, no podría hablarse de violación, porque se trata como de una cierta formalidad, una costumbre ancestral e inveterada de nuestras sociedades. Ve usted, este era el tipo de palabras que usaba mi difunto, que verdaderamente tenía un pico de oro. En fin, don Andrés, para terminar con la idea, un mero trámite que hay que cumplir, sin darle mayor importancia, ni andar con demasiados remilgos.

Después de algunos días, esta vez el arúspice sí adivinó. Adivinó por fin que doña Mencía estaba muy sola, como tanta gente, como él mismo, y que estaba ya muy harta de estar tan sola. También se dio cuenta de que un arúspice no se presenta todos los días en un pueblo como aquel. Por otra parte, él estaba igualmente un poco cansado de su trabajo y su vagabundeo. Adivinar, lo que se dice adivinar, adivinaba muy poco, pero pensaba que, por lo menos, e imponiendo su autoridad en cuanto a la elección del animal, era un oficio en el que se comía bastante bien, que no era poco en aquellos tiempos. Nada que ver con los pobres oficiantes que practicaban la alfitomancia, que utilizaban la harina para sus rituales, porque no son muchas las cosas que se pueden hacer sólo con harina, sin huevos y otros ingredientes; como mucho algo de pan. Por no hablar de los devotos de la escatomancia, que trataban de averiguar las cosas examinando las heces. Esa sí que era una ocupación horrible y sin futuro.

Con el tiempo, las comidas de los dos se fueron haciendo más variadas y refinadas, sin necesidad de proceder a ninguna clase de ritual previo, y el arúspice le fue cogiendo afición a doña Mencía, que cocinaba como los ángeles. Empezó a pensar en ella más de lo habitual en él con las mujeres, y un buen día no pudo resistir ya más y tuvo que violarla. La mujer, que se le había insinuado mil veces sin más consecuencias, aprovechó que estaban los dos solos en el granero de la finca, se le acercó por detrás, colocó una pierna para hacerle la zancadilla y, empujando con toda la débil fuerza de una débil mujer, lo tiró limpiamente al suelo y se le echó encima; entonces él, en cuanto pudo controlar algo la situación, que no fue inmediatamente, terminó violándola. La mujer lloraba de gratitud, de contento y de amor. Ves cómo has acabado violándome, Andresillo, le dijo después de la refriega, mientras le acariciaba mimosamente el pelo. Al final, todos los hombres sois iguales, no lo podéis evitar. Con vosotros, es imposible defenderse, no atendéis a razones.

- Es verdad, llevas razón Menciílla, no lo podemos evitar, le contestaba el arúspice, enternecido hasta la misma médula y que no estaba en ese momento para puntualizaciones o matices. Y qué guapa estás de recién violada. Bueno, lo hecho, hecho está, continuó el hombre, y eso ya no tiene solución. Espero que me perdones y no me guardes rencor por lo que te acabo de hacer.

- Pues claro que no, Andresillo, le musitó al oído la mujer, llegándole con la lengua hasta los más recónditos pliegues del conducto auditivo externo y lamiéndole con tino la membrana del tímpano, mientras auguraba, por los cambios que percibía en otras regiones más accesibles y expuestas de la anatomía del hombre, una inminente, nueva y gozosa violación.

Don Andrés se quedó en aquel pueblo toledano para siempre, cumplieron los dos con todas las formalidades reglamentarias y abandonó el oficio de arúspice. Sólo en ocasiones muy excepcionales, cuando sucesos verdaderamente extraordinarios conmovían algún lugar no muy lejano, el arúspice reanudaba sus ritos, para no olvidarlos del todo, como le explicaba a su mujer. Vivían felices y esas vacaciones ocurrían muy de tarde en tarde. Doña Mencía sabía muy bien que podía confiar en su marido, en este sí. Del otro se olvidó definitivamente y no se preocupó más sobre su posible infidelidad. Con el nuevo, con don Andrés, harían falta circunstancias muy excepcionales para que él se decidiera a violar a nadie; como ella sabía por experiencia propia.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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