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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 11 de julio de 2020

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Ofelia y otras lunas (2012)

XIX Premio de Poesía Ciudad de Córdoba «Ricardo Molina»

Madrid, Hiperión, 2012

 

Joaquín Pérez Azaústre, en su blog


Javier Vela nos abre el vuelo subterráneo de Ofelia y otras lunas, su último poemario, que va a ser publicado en Hiperión tras haber ganado, ayer, el Premio Ricardo Molina. Largo poema único, con esa expresión íntima de la reflexión existencial y también el tornado -Gimferrer, Tornado- de su propia espiral de fuerza musical, de empeño en expresar su ritmo sostenido, esa celebración de la vida cortada por matices que son la contención de un torrente verbal. Desde sus primeros libros de poemas -pienso ahora en La hora del crepúsculo, pero también en Tiempo adentro o en Imaginario-, muchos encontramos en Javier la predisposición al canto, en ese pulso rítimo y sonoro que no elude los riesgos de la voz y se expresa en poemas nacidos para ser recitados sobre un escenario, con esa contundencia de su timbre, lleno de gravedad percusionista. Sin embargo, se combina en Javier Vela, a través del viaje de sus libros, un cerco intelectual a su propia dicción, una decisión firme y consciente de moldear el meandro de sí mismo, de dotar a su voz, con su frescura, y con ese descaro manifiesto, también de un molde propio, la intencionalidad que se encuentra al azar en ocasiones, pero, al mismo tiempo, confía en no dejar nada a la conciencia del azar.
Poesía con intención, con una vocación por ser lo que primero se ha pensado, pero con puerta abierta a la emoción que tiembla y nos conmueve. Javier Vela ganó el Premio Adonais y el Loewe a la Joven Creación, entre otros muchos galardones. Ahora, con este Premio Ricardo Molina, concedido en Córdoba, ciudad con que le unen tantas y tan puras imágenes biográficas, un poco a lo Antonio Colinas en su novela Un año en el sur, asistimos a la confirmación de lo que ya supimos antes, mucho antes, en Tiempo adentro y en Imaginario: la llegada firme de un poeta que sigue siendo joven sin ser un poeta joven, algo que, seguramente, Javier no haya sido todavía.
En época de poéticas con voluntad minúscula, Javier Vela regresa con un poema largo, con ese largo aliento que es un largo adiós a la comodidad de la ambición escasa: Ofelia y otras lunas no es sólo un poema largo, sino también un canto que ha nacido como el reto tornado en realidad, tras exigir de nuevo a la poesía todo lo que cabe esperar de ella.

 

Adelante, adelante, olvidémoslo todo,

perdamos para siempre la memoria y la herencia

como viejos seniles, adorables y anónimos cuyos ojos han visto demasiado,

a la hora en que el ángel nos anuncia entre voces festivas,

o en noches impregnadas de etanol y miseria,

torpemente acodados en nuestros pensamientos

como borrachos en la barra de un bar.

 

Crecemos como esporas atomizadas por la costumbre,

pero no hay crecimiento sino retrocesión,

materia inerte y células simbólicas.

Pero no hay crecimiento sino demacración,

luz sucia, leche amarga, mierda en los orinales.

 

Todo cuanto ralea a mi alrededor posee más permanencia que yo mismo.

El invierno y su música de piscinas vacías 

donde un nudo de avispas dulcemente se ahoga.

O el olor de las flores con precio en el estambre que remueve en nosotros

un recuerdo olvidado.

 

Los callejones sórdidos por los que nos perdimos, Ofelia mía, ya nunca volverán.

Pasarán los aviones pero queda en el aire la belleza furtiva de su estela,

pasarán los amores pero queda un perfume de mujer en el baño.

 

Eres como el tapón del infinito.

Mujer que trae la lluvia, y el canto alegre de los padres huérfanos.

Aún estamos a tiempo de nunca dispersarnos por caminos demasiado asfaltados.

Ahora que la mañana se restriega los ojos y deletrea mi nombre

con labios extranjeros, salgamos ahora, Ofelia, a conjurar el llanto.

 

En la calle hace frío y alguien hunde un cuchillo de pobreza en el vientre

de un joyero.

 

Narcos en liza y putas y chaperos, cada cual a lo suyo, 

nimban la baja noche de gritos imprevistos.

Es la hora en que el niño mancilla su inocencia y el aire se oscurece de toses

y de grillos.

 

Bajo el tartamudeo de las farolas solitarios vigilantes jurado postergan su relevo 

mientras hojean la prensa deportiva con gesto de añoranza.

En los pasillos de las autoescuelas, señoritas demasiado reales 

juegan a intercambiarse sus sombreros de fiesta.

En las asesorías, en los cines, todo transcurre un poco ajenamente,

con la puntualidad de lo que muere. Los viejos leen en alto y sus cadáveres 

dejan rastros de tiza sobre la carretera, y en los jardines públicos, 

jóvenes asexuados interceptan volúbiles señales del abismo.

 

Cada quien ha dispuesto su labor y su vida con una vaga propensión de aguja,

con su horario de dígitos iguales a sí mismos

y esa inercia implacable de escaleras mecánicas en lo hondo del pecho.

Sólo yo, que camino entre ellos, que me parezco a ellos y me llamo

Javier humanamente, me detengo a observarlos

como a un trozo de sombra derramada en los muros,

como a una escurridiza salamandra en los muros,

con esa misma vocación de humo enroscado en mi cuerpo.

 

¿Y recuerdas cuando te levantaba las faldas en mañanas de luz anaranjada?

Pero tú me gustabas. O al dejar una mano olvidada en la silla

en la que ibas tímidamente a sentarte.

 

Ah este afán imposible por abarcarlo todo, por amar a cada mujer y cada pájaro.

 

Tengo una edad abstracta fosilizada en mi corazón.

Cuántas lunas y cuántos resplandores y cuántas tempestades

todavía nos faltan para calmar el llanto de las madres en vela.

 

Adelante, adelante, que la memoria sea como un recién nacido

que añora una existencia embrionaria y amniótica,

a la hora del café a media tarde con terrones de azúcar y sopor infinito,

en la extinción del sueño y el fuego de la acción.

Regresemos a casa como niños perdidos,

como el hijo de Anquises regresara a la patria de sus antepasados

dándole un nuevo nombre a las tierras lavinias, y olvidémoslo todo, 

la muerte y aun los dioses, y el viento, siempre el viento y su lenguaje de

hojas caídas.

 

Me peleé en tardes grises de colegio católico,

uniformado frente a las hornacinas como un obrero abandonado a la puerta de

un taxi.

Soy un héroe vencido por su exceso, absurdo como un rey guillotinado, 

mísero como un viejo sicario exquisito.

 

No quiero recordar. En mi memoria

cumplo un destino icárico: no hay tiempo en lo que vuela…

 

CANCIÓN DEL COSMONAUTA
I
Adelante, adelante, olvidémoslo todo,
perdamos para siempre la memoria y la herencia
como viejos seniles, adorables y anónimos cuyos ojos han visto demasiado,
a la hora en que el ángel nos anuncia entre voces festivas,
o en noches impregnadas de etanol y miseria,
torpemente acodados en nuestros pensamientos
como borrachos en la barra de un bar.
Crecemos como esporas atomizadas por la costumbre,
pero no hay crecimiento sino retrocesión,
materia inerte y células simbólicas.
Pero no hay crecimiento sino demacración,
luz sucia, leche amarga, mierda en los orinales.
Todo cuanto relumbra en torno mío posee más permanencia
que yo mismo. El invierno y su música de piscinas vacías
donde un nudo de avispas dulcemente se ahoga,
o la mano que avienta la ceniza de las últimas flores
y remueve en nosotros un olor a piano.
Los callejones sórdidos por donde nos perdimos,
Ofelia mía, ya nunca volverán.
Pasarán los aviones pero queda en el aire la belleza furtiva de su estela.
Pasarán los amores pero queda un aroma de mujer en el baño.
Eres como el tapón del infinito.
Mujer que trae la lluvia, y el canto alegre de los padres huérfanos.
Aún estamos a tiempo de nunca dispersarnos por caminos duramente asfaltados.
Ahora que la mañana se restriega los ojos y deletrea mi nombre
con labios extranjeros, salgamos ahora, Ofelia, a conjurar el llanto.
En la calle hace frío y alguien hunde un cuchillo
en el vientre vacío de un joyero.
Narcos en liza y putas y chaperos, cada cual a lo suyo,
nimban la baja noche de gritos imprevistos. Es la hora en que el niño
mancilla su inocencia y el aire se oscurece de toses y de grillos.
Bajo el tartamudeo de las farolas, solitarios vigilantes jurado
postergan su relevo mientras hojean la prensa deportiva
con gesto de añoranza. En los pasillos de las autoescuelas,
señoritas demasiado reales juegan a intercambiarse
sus sombreros de fiesta, y en los jardines públicos
jóvenes asexuados interceptan volúbiles señales del abismo.
Cada quien ha dispuesto su labor y su vida
como un tarro de orugas memoriosas,
con su horario de dígitos iguales a sí mismos
y esa inercia implacable de escaleras mecánicas en lo hondo del pecho.
Solo yo, que camino entre ellos, que me parezco a ellos y me llamo
Javier humanamente, me detengo a observarlos
como a un charco de sombra derramada en los muros,
como a una escurridiza salamandra en los muros,
con esa ardida vocación de humo enroscado en mi cuerpo.
¿Y recuerdas Ofelia cuando te sofaldaba en mañanas de luz anaranjada?
Pero tú me gustabas. O al dejar una mano olvidada en la silla
en la que ibas tímidamente a sentarte.
Ah este afán imposible por abarcarlo todo,
por amar a cada mujer y cada pájaro.
Hemos andado en círculos hasta llegar a casa.
Cuántas lunas y cuántos resplandores y cuántas tempestades
todavía nos faltan para ganar el puerto de las madres en vela.
Adelante, adelante, que la memoria sea como un recién nacido
que añora una existencia embrionaria y amniótica,
a la hora anodina del café a media tarde con terrones de azúcar y sopor infinito,
en la extinción del sueño y el fuego de la acción.
Regresemos a casa como niños perdidos,
como el hijo de Anquises regresara a la patria de sus antepasados,
dándole un nuevo nombre a las tierras lavinias,
y olvidémoslo todo, la muerte y aun los dioses,
y el viento, siempre el viento y su lenguaje de hojas caídas.
II
Tengo una edad abstracta fosilizada en mi corazón.
Mis años son imágenes, son idos, son imágenes
que prenden en el sueño y se diluyen en la cuchara de la eternidad.
Como puños cerrándose, como venas que laten y se hinchan
bajo el calor eléctrico, así eres, hermoso caballo de la noche,
cuerpo tallado en luz, ego del alba.
El mundo ya era viejo cuando tú aún eras joven
y los dioses bajaban a comer a mi mesa.
Ahora tu voz de ánade enjaulado cimbrea en las ventanas
como una lluvia seca o un truco de payasos metafísicos.
Pero no basta, Ofelia, ni tu cuerpo en un río suavemente inclinado,
ni tus ojos que brillan como el anillo de las floristas
o el guiño de los francotiradores, ni tus ojos que giran
como el tornillo de los planetas o la vajilla de los monarcas.
Ah solitaria, ebúrnea peregrina, en tus manos anidan
los acróbatas. Eres gozosa y cínica
como templar hormigas con fósforos dormidos,
como tender un cable de belleza entre torres gemelas
mientras que la razón se defenestra.
Volvámonos, urjámonos, a prisa regresémonos
como regresa el mar en cada ola, y no es el mismo ya pero es idéntico.
Perdamos la ironía, la sonrisilla fúnebre de los desencantados en el amor y el odio y el fracaso.
Dios expropió la tierra solo para nosotros,
humanos, fragmentarios, nuevos ancestros de la vieja horda.
Amiga nemorosa, lejana mía, vuelve.
En mi cuerpo he vivido y en el tuyo
me he quedado a vivir. Tu nombre perseguido está grabado
en la corteza arbórea del recuerdo. Tuya la voz de Dafne,
el silencio de Eurídice, la prisa de Atalanta. ¿Por qué huyes?
En ti viven los labios de Marisa Madieri, los pómulos
de Anne Sexton, los ojos tristes de Simone de Beauvoir.
Pero no te detengas a recoger manzanas,
Angélica, Oriana, Dulcinea. Muda Beatriz, ¡regresa!
Sabe que, de entre todas, a ti te elijo, Ofelia, sirena de agua dulce
en cuyo pecho siento latir el universo, para fundar mi estirpe.
Yo escalaría mil veces las murallas de Nínive
por verte amanecer. Amo la medialuna de tus uñas
en que la noche empieza, tu risa nigeriana,
y el lago de tu ombligo donde acampar solía.
Adelante, adelante, cerremos la ventana para inhalar el humo
polvoso del olvido, su languidez hipnótica,
su paz -sueño de ángeles-, su voz de mansedumbre.
(Sin que la luz velase nuestra imagen,
mirábamos danzar, así desnudos, un bodegón de sombras polimórficas
a lo Juan Gris, mientras, en las paredes, la oscuridad trepaba
sin monedas, y en la pantalla ardía lo real.)
Y ahora ¿a dónde iremos?
Como un temblor de sombra tus labios me consuelan,
en tanto que tu lengua, tierna como un exilio de panteras,
aguza mis sentidos, pero luego te alejas por la acera contraria
llevándote contigo la verdad de la tarde,
la verdad nebulosa de la calle sin ti.
Cruzas el arco de la librería como una osa lunar que se guarece
bajo la nieve sucia del recuerdo. Allí todo es seguro, y hay banderas,
y hay guantes de mendigo colgando de un paraguas.
Tu acento viridiano da sueño a los ociosos,
valor a los escépticos, ánimo a los cansados de fanfarrias marciales.
Y hay anclas en el techo de las que penden islas navegables,
y mapas incompletos y páginas impares
donde la muerte exhibe su muñón obsceno,
aunque por suerte tú no estás en ellas.
Mujer, que te interpones entre tu idea y tú misma,
reloj de lo infinito, te amara yo en el tiempo de los condicionales.
Aún oigo tus gemidos entre mis almohadas, cercano el apogeo.
Con qué tacto de luna o seda líquida se desleía tu sexo entre mis dedos,
y el cepo de tus piernas, y el adormecimiento de tu ropa interior,
y tus senos ungidos como soles de marzo.
Mujer, himen de niebla, te detesto, te amo.
Cuando seas vieja y tengas
las uñas largas y la boca espesa, y los pechos dulcemente caídos,
aún entonces, Ofelia, te seguiré esperando.

Género al que pertenece la obra: Poesía
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