Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 12 de noviembre de 2019

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Privacidad, divino tesoro (2011)

Nueva entrega del "Cuaderno rojo" en el Diario de Alcalá

Publicado el 29 de noviembre de 2011

 

Un amigo escritor, delante de una cerveza, sentados en la barra de un bar comenta, entre triste y cabreado, que ha decidido ya no acudir más a presentaciones de libros. Lo dice casi en un susurro, antes de terminarse un tubo de cerveza mientras con la mirada hace un gesto al camerero para que no se olvide de una nueva ronda. Nosotros, los tres amigos que le acompañamos, nos miramos y nos sabemos si nos sorprende más su confesión o ese gesto altanero y perfeccionado que tiene de hablar al mismo tiempo que termina de beber y pedir una nueva ronda. No es nada fácil y, aunque deberíamos estar acostumbrados con el paso de los años, no dejamos de admirarnos de su maestría en estos y otros tantos momentos de la larga noche de Madrid. Y antes de que podamos pensar en sus palabras, rebatirlas o asentirlas con un largo trago de cerveza, suspira y deja caer un "Madrid ya no es lo que era, la noche madrileña ya no es lo que era".

 

Y en este momento sí que comenzamos a preocuparnos: ¿se está haciendo viejo nuestro amigo escritor y comienza a añorar cualquier tiempo pasado como mejor? ¿Acaso ahora comenzará a relatar sus hazañas poéticas y etílicas en el Madrid de los setenta cuando vino y se deslumbró con Madrid y deslumbró a Madrid con sus escritos y gestos? Y algo de razón tienen sus historias, esas historias que colocan en las barras de los bares, en los asientos mugrientos y algo pegajosos de antros míticos y de nombres impronunciables a los nombres que llenan tantas páginas de la enciclopedia de la literatura contemporánea y que se leen y estudian en los pupitres de los institutos y de las universidadees.

 

Historias que hablan de recitales poéticos, de presentaciones de libros, de coloquios que comenzaban por la tarde y que no tenían hora de cierre, que se multiplicaban en las copas de los bares y en los besos fugaces con que todos celebraban al final de la noche (o al comienzo de la mañana) la exaltación de la amistad literaria. Historias de intercambios de papeles, historias de intercambio de copas y de versos, de historias y de parejas... historias que todos conocían pero que quedaban en el anonimato de los recuerdos, de las imágenes fugaces, de los flashes inmaduros de la conciencia. Historias que crearon corrientes literarias y las destrozaron con la misma rapidez con que el alcohol iba acabándose de las copas.

 

Historias que eran el contrapunto, el contraluz y la parte interior -y por tanto realmente vivida- de esas fotos oficiales de corbatas y chaquetas, de pantalones perfectamente planchados con su raya en medio y los sombreros que ocultaban las incipientes alopecias, de esas imágenes que han quedado grabados en los libros, en las memorias, en los textos que se leen y se estudian en las enciclopedias, en las aulas de los institutos y de las universidades.

 

"Nos han robado el mayor tesoro que teníamos, queridos amigos". Y entonces comenzábamos a temblar porque sabíamos que detrás de esta frase siempre venía un erupto que era el punto de partida de un discurso que, aunque pareciera improvisado, había sido ensayado durante horas delante del espejo. Ese "queridos amigos" no era un hecho sino el pie que daba entrada al gran divo, al escritor genial que era capaz de comerse, una a una, las cámaras de televisión y las piernas de todas las presentadoras (y de algún que otro presentador) de telediarios. "Ni uno me ha quedado sin probar", nos confesaba, mientras guiñaba un ojo dando a entender que era cierto lo que todos murmuraban por los pasillos de la redacción de la televisión estatal. "Queridos amigos, nos han robado nuestro tesoro más preciado: el anonimato, la privacidad". Y lo decía él, que se había paseado por todas las redacciones, que había sido portada de cuantos suplementos literarios se conocían o fueran a conocerse...

 

Y lo decía él porque ya no soportaba más que al día siguiente de una presentación, a las horas de continuar con los amigos los encuentros más allá de los muros de las chaquetas, de las corbatas, de los pantalones perfectamente planchados, sus fotos tropezando en las aceras, gritando a las farolas o parando el tráfico en medio de la Gran Vía llenaran los muros de facebook y fueran uno de los más visitados en youtube. "No hay nada que hacer. Nos han robado la vida, esa que es la que realmente vale la pena vivir; esa que todos habían imaginado y ninguno era capaz de recordar. Nos han robado la posibilidad de dejar de ser nosotros mismos. Ahora con un móvil cualquiera es reportero de la nada. Queridos amigos, ha llegado el momento de ser de nuevo revolucionario: ha llegado el momento de quedarnos en casa, de no salir, de convertirnos en prisioneros de nuestra propia intimidad, de nuestro anonimato. Queridos amigos", y esto último lo decía con una sonrisa, "ha llegado el momento de adorar la privacidad, la de convertirnos en anacoretas de la vida... pero eso sí, a la última invito yo, que hay constumbres que no pueden ni deben perderse. Pero nada de móviles... ¿eh?, que ya os conozco".

 

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
Bookmark and Share


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias