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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 15 de diciembre de 2019

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Público y privado (2012)

Nueva entrega del "Cuaderno rojo" en el Diario de Alcalá

Publicado el 10 de enero de 2012

 

 

En las reuniones familiares que todos hemos disfrutado (y padecido) en estas Navidades las conversaciones surgen como los dulces que esperan ansiosos nuestro ataque en la mesa del comedor. En ocasiones, son conversaciones como los polvorones, que te dejan la boca pastosa, y en otras como el buen chocolate, que te anima y te permite seguir avanzando en las horas interminables de las cenas y de las comidas. En una de estas conversaciones familiares surgió un interesante debate entre los límites entre lo público y lo privado en relación al botellón.

Como se pueden imaginar, la edad se convirtió en una ligera línea entre dos posturas enfrentadas que, como suele también suceder en las escenas familiares, acabó en unas tablas interrumpidas por un café, una nueva copa de cava o el comentario de la abuela sobre algún recuerdo familiar.

 

En primer lugar, el botellón se justificaba como una respuesta necesaria y casi inevitable por los altos costes de las copas de los bares, lo que hacía inaccesible a una buena parte de la juventud el acceso a este tipo de "diversión". A la hora de calibrar el coste excesivo de las copas nocturnas (que es un abuso en muchas ocasiones y no seré yo quien lo niegue pues, como todos, lo padezco y sufro) se comparaba su precio en la barra con el precio de las botellas compradas en el supermercado.

 

Pero no es este el argumento que me sorprendió sino el que vino a continuación: ante las quejas de muchos de nosotros (los que ya habíamos pasado los cuarenta, temo decirlo) de que esta diversión esporádica, que invadía un espacio público, conllevaba unos desperfectos en el mobiliario urbano, en la limpieza, en molestias a los vecinos, se nos argumentaba que los que hacían botellón no tenían la culpa de que los ayuntamientos no dispusieran de un equipo de limpieza adecuado, de contenedores y papeleras suficientes, o incluso de zonas preparadas para poder mear.

 

Y el final de la argumentación siempre acababa con un "nosotros tenemos derecho". ¿Y es cierto? ¿Tenemos derecho a ocupar zonas públicas para un uso privado, como lo es el botellón, por más que sean cientos los chavales que parece que les cuesta cargar con las botellas y vasos vacíos a la papelera más próxima, cuando no han tenido inconveniente de venir cargados con ellas llenas desde sus casas hasta la zona del botellón? Y un sobrino nos dio la puntilla: "Yo pago mis impuestos, así que tengo derecho a reclamar que se me den estos servicios".

 

¿Es así? ¿Acaso no está incluido en el precio de la bebida en la barra de un bar los impuestos que pagan los locales, el hecho de contar con un servicio de limpieza propio o de baños adecuados, así como de todos los medios que acondicionan sus locales para no molestar al resto de los vecinos? ¿Acaso, porque también los dueños de estos bares pagan sus impuestos, el recién engordado IRPF, el IBI, el etc... no estarían también en su derecho de reclamar al ayuntamiento que les limpie sus locales, que les facilite las luces que faltan después de un fin de semana de juerga?

 

Lo que más me sorprendió de esta charla -como muchas de las que oigo en los últimos tiempos- es cómo hemos perdido la conciencia de los límites entre lo público y lo privado. Cuando una persona invade un espacio público -ya sea para hacer botellón ya sea para tomar el sol en una agradable mañana primaveral o veraniega- ha de ser consciente de que está ocupando un espacio que no le pertenece y que todo lo que haya que hacer para arreglarlo, para dejarlo tal y como estaba antes de su presencia, sale de los impuestos de todos los que no hemos ocupado este espacio.

 

Y mucho más grave es cuando estos límites entre lo público y lo privado no se tienen claro a la hora de tomar medidas por parte de los poderes públicos: ¿Cómo es posible que una Comunidad Autónoma (y son muchas las que se podrían poner como ejemplo), esté recortando en servicios públicos, de manera más o menos encubierta, al tiempo que sigue financiando a empresas e instituciones privadas con dinero público, ya sean los 30 millones de euros para Bernie Ecclestone y su negocio de la Fórmula 1, o las exenciones de impuestos a la Iglesia Católica, por no hablar de los aeropuertos sin aviones pero sí con halcones o los millones de publicidad que se derrochan en cada presupuesto.

 

¿Cómo es posible que se sigan financiando con nuestros impuestos, con dinero público, las empresas privadas de los bancos, de los colegios concertados, de las clínicas privadas...? España ha vivido durante muchos años en el botellón de creerse una potencia económica mundial, y unos pocos lo han disfrutado a lo grande y ahora nos toca a todos ir a limpiar la mierda que han dejado a su paso, si queremos volver a ver limpios los parques y las plazas de nuestra economía. Al final, siempre terminamos pagando los mismos: los que hemos cumplido las leyes y hemos sido respetuosos con el espacio público.

 

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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