Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 20 de septiembre de 2019

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Elogio del texto digital (2012)

 

Madrid, Fórcola, 2012

Prólogo de Javier Celaya

«Las autoridades 2.0 advierten que la lectura de Elogio del texto digital garantiza una reducción de ansiedad ante la llegada del Tsunami Internet al mundo del libro.»

Elogio del texto digital es un perfecto «quitamiedos» para cualquier persona que quiera entender las implicaciones del impacto de Internet en el mundo del libro. La historia nos demuestra que cada vez que aparece una nueva tecnología surgen todo tipo de resistencias debido a las incógnitas que provoca su aparición. Como si de un antídoto se tratara, este ensayo de José Manuel Lucía Megías pretende aportar algunas respuestas sobre la naturaleza de los cambios y pequeñas revoluciones que hemos llegado ya a asumir, al tiempo que desea plantear nuevos interrogantes sobre los caminos que debemos seguir en el futuro si queremos sacarle el máximo rendimiento al texto digital, a la revolución del conocimiento que está llamando a nuestras puertas.

Nos guste o no, tenemos que asumir que nuestros hábitos de creación, acceso y consumo cultural están experimentando una transformación histórica con la llegada de Internet. Ante estas nuevas formas de crear, acceder y consumir la cultura, autores, editores, libreros y bibliotecarios, entre otros, deberán reflexionar sobre cuál será su nuevo papel.

Nadie tiene hoy en día una hoja de ruta con un esquema claro sobre cuál es el futuro de la sociedad digital. Y aunque el libro de José Manuel Lucía Megías deja de manera intencionada muchos interrogantes sin respuesta, su lectura ayuda a reflexionar, a despejar falsos miedos y a asumir una mentalidad de innovación para romper esquemas con el fin de descifrar el nuevo paradigma.

Índice

  • Prólogo de Javier Celaya
  • Un vídeo y un texto (a modo de entrada)
  • De la oralidad a la virtualidad: ¿Hacia la tercera oralidad? ¿Hacia la segunda textualidad?
  • Sobre precursores y otros soñadores
  • El ordenador de ordenadores. La red de redes. El buscador de
  • buscadores. El usuario de usuarios... el hilo de Ariadna
  • El texto ante el siglo XXI: en busca del tiempo perdido
  • Organizar los textos: las bibliotecas digitales
  • Elogio del texto digital
  • Las plataformas de conocimiento: un espacio para inventar el futuro
  • Un vídeo y otro texto (a modo de cierre)
  • Bibliografía

 

Reseñas

 

Capítulo 1: Un vídeo y un texto (a modo de entrada)

Un monje, Ansgar, se encuentra en su escritorio medieval cruzado de brazos. Se lleva las manos a la cara, su rostro denota una mezcla de preocupación y de aburrimiento. En ese momento alguien llama a la puerta y pregunta: «¿Cuál es el problema?». Ansgar, entre aliviado y molesto, le pide a la Ayuda del Scriptorium que se siente a su lado, pues el problema lo tiene ahí, justo delante de sus narices, encima de la mesa: un códice. Un códice estándar que permanece cerrado y al que con cierto desprecio se refiere el monje: «No he sido capaz de hacer nada en toda la mañana». La Ayuda del Scriptorium se disculpa y reconoce que llevará su tiempo dominar el nuevo sistema. «Lo primero, ¿ha intentado abrirlo para comenzar a trabajar?» Ante esta pregunta Ansgar ríe desconcertado: «¿Abrirlo? Si fuera tan fácil, no habría llamado a la Ayuda de Scriptorium». Y así hizo. Y con paciencia, con la paciencia de quien domina el nuevo sistema, la Ayuda le enseña cómo abrirlo, cómo pasar una página desde un lateral y dejar el libro abierto. Pero éste no es el problema de Ansgar; no está ante un problema físico sino ante uno intelectual, uno que tiene que ver con la dificultad de comprender cómo funciona esta nueva tecnología que se llama códice, frente a la anterior del rollo: «Yo había llegado a ese punto, pero después me detuve, temiendo perder algún texto…». ¿Cómo seguir con la lectura cuando se pasa de la continuidad del rollo a la discontinuidad de la página, de ese folio que se corta, que ofrece al final de la columna un abismo de incertidumbre que hay que completar con las siguientes letras de la columna de la izquierda de la siguiente página? ¿Qué sucedería si se elige otro folio y se le da la vuelta y no coincide aquello que se ha terminado con lo que ahora comienza? ¿Dónde elogio del texto digital queda la unidad de la escritura, la continuidad del texto? Hasta que Ansgar no comprueba con sus propios ojos y dedos que un texto termina en una página y sigue en la siguiente, y que, cuando se vuelve hacia atrás, el texto permanece ahí inalterable, no se queda tranquilo. ¡Ahora ya puede trabajar! Ya puede leer y copiar textos gracias a esta nueva tecnología. «Pero ¿qué hago cuando termino?» «Simplemente el libro se cierra, y el texto, los textos quedan ahí almacenados…»

Ahora Ansgar, con un poco de práctica y experiencia, podrá aprovechar las nuevas posibilidades que le ofrece este nuevo medio de transmisión que es el códice frente al rollo. Uno de los más grandes cambios que sufrió la tecnología de la escritura y la conservación de los textos en nuestra cultura occidental, cambio que comenzó a fraguarse en el siglo II (de la mano de las comunidades cristianas perseguidas) y que triunfará dos siglos después, cuando el cristianismo se imponga como religión oficial de Roma. Cambio que supone una de las grandes transformaciones del texto, mucho más revolucionaria y con mayores repercusiones de lo que sucediera siglos después cuando el códice manuscrito, ya impuesto en la cultura occidental, pueda multiplicarse como una nueva parábola bíblica gracias a la aparición de una nueva tecnología: la imprenta. El vídeo del monje Ansgar y su Ayuda de Scriptorium, que se ha hecho a imagen y semejanza de las dudas y dificultades que hemos tenido que superar al utilizar la tecnología de los ordenadores, fue uno de los triunfadores en YouTube durante 2010, donde se difundió en mil lenguas a partir del noruego original, procedente de un programa de humor.

.

.

En 1951 Isaac Asimov publicó el relato «¡Cuánto se divertían!». En él, en un mundo con doscientos años a sus espaldas, unos niños habían encontrado un tesoro antiguo: ¡un libro auténtico!

Margie incluso lo escribió aquella noche en su diario, en la página encabezada con la fecha 17 de mayo de 2157: «¡Hoy Tommy ha encontrado un libro auténtico!».

Era un libro muy antiguo. El abuelo de Margie le había dicho una vez que, siendo pequeño, su abuelo le contó que hubo un tiempo en que todas las historias se imprimían en papel.

Volvieron las páginas, amarillas y rugosas, y se sintieron tremendamente divertidos al leer palabras que permanecían inmóviles, en vez de moverse como debieran, sobre una pantalla. Y cuando se volvía a la página anterior, en ella seguían las mismas palabras que se habían leído por primera vez.

–¡Será posible! –comentó Tommy–. ¡Vaya despilfarro! Una vez acabado el libro, sólo sirve para tirarlo, creo yo. Nuestra pantalla de televisión habrá contenido ya un millón de libros, y todavía le queda sitio para muchos más. Nunca se me ocurriría tirarla.

–Ni a mí la mía –asintió Margie.

Tenía once años y no había visto tantos libros de texto como Tommy, que ya había cumplido los trece.

.

¡Un libro auténtico! ¡Un libro inalterable, en el que nada cambiaba por más que se movieran las páginas! ¡Un libro que sólo contenía un texto, un artefacto en que contenido y continente formaban una unidad que nada podía modificar! ¡Ni el tiempo! Dos siglos después aquel libro estaba en las manos de Tommy, quien, con orgullo, se lo había dejado ver a Margie. Un libro que además hablaba de la escuela, de una escuela de hacía varios siglos, una escuela de los viejos tiempos en los que Margie pensaba «cuánto se divertían» los niños que las frecuentaban, los niños que tenían en sus manos aquellos libros.

Desde la mente (y pluma) portentosa de Asimov hasta la imparable presencia de YouTube podemos apreciar la relatividad de los medios de transmisión del saber, medios que, por su propia naturaleza, limitan o amplían las informaciones y conocimientos que transmiten, divulgan o archivan. Medios que son una incógnita cuando aparecen, que reúnen a su alrededor miedos y entusiasmos en las mismas proporciones, que ven en ellos novedades y ventajas, al tiempo que siguen, inevitablemente, usos y costumbres propios de los medios anteriores, los que eran hasta aquel entonces los más habituales, los más usados, los únicos conocidos. Y así, el códice recibió en el momento de su aparición numerosas críticas por la discontinuidad que suponía la lectura de los textos, pero, en cambio, se impuso por las grandes ventajas que ofrecía a la hora de compilar y reunir en una misma unidad física textos de grandes proporciones que antes se difundían en varios rollos.

Pero si es fascinante imaginar el momento del cambio de una tecnología a otra, no lo es menos el volver la vista atrás a los medios ya superados cuando se ha impuesto uno nuevo, que se ofrece como eterno en el presente, como si siempre hubiera estado ahí al servicio de nuestras costumbres más cotidianas, las más compartidas. Sin querer o queriendo, a veces nos dejamos llevar por el síndrome de la anacronía, ese que nos sorprende en los cuadros medievales y renacentistas que imagina e ilustra la vida de Cristo con los trajes, armaduras y costumbres propios de la Edad Media o el Renacimiento, pero que no somos capaces de identificar en algunas de nuestras apreciaciones del presente, en algunos de nuestros análisis de la realidad que nos está tocando vivir.

Valgan estas dos imágenes, entre las miles que se podrían haber escogido, para poner la primera piedra en este mosaico que quiere ser un elogio del texto digital, una reflexión, a un tiempo, de los grandes cambios que se están produciendo en nuestra sociedad (ahora bautizada como la Sociedad de la Información y del Conocimiento) desde el punto de vista de la difusión y creación de los textos, y, también, de las propias Humanidades que, gracias a las Tecnologías de la Información y del Conocimiento, pueden recuperar un espacio en la sociedad que fue perdiendo en el siglo XX; y sobre todo las Humanidades científicas, las universitarias, que se empeñan día a día en vivir de espaldas a la sociedad que les da sentido, y de la que deberían ser vanguardia y fuente de progreso.

En muchos foros y en demasiados papeles (negro sobre blanco) se sigue insistiendo en una idea que, a pesar de su aparente éxito, resulta una falsedad total, un equivocado modo de analizar la compleja y cambiante realidad que nos está tocando vivir, un vídeo y un texto (a modo de entrada) la cual es realmente apasionante. La irrupción de la Tecnología Informática en nuestras vidas, desde la más privada a la más profesional, y la aparición de nuevos medios de transmisión del saber y de la información, se ha comparado con la aparición de la imprenta en el siglo XV; y de la misma manera que en aquel momento el éxito de la imprenta conllevó que, poco a poco, se fuera abandonando el códice manuscrito como el medio habitual de transmisión a favor del libro impreso, así ahora el libro impreso deberá dejar su sitio y su espacio al libro electrónico, que terminará –en un proceso mucho más rápido– acabando con los modelos editoriales a los que estamos acostumbrados.

Ahora ya no se habla de la muerte del libro tradicional con los ecos apocalípticos que se escucharon en los últimos decenios del siglo XX, pero todavía se siguen potenciando algunas imágenes y tópicos que, por pura lógica, van perdiendo fuerza con el paso del tiempo; los tópicos que contraponen el placer de la lectura de un libro, el olor de su papel y su tinta, a la frialdad de la lectura electrónica. De la Galaxia Gutenberg a la Galaxia Google, o quizá la Galaxia Steve Jobs… una idea que ha calado muy hondo en nuestro imaginario, potenciada sobre todo por la crítica estadounidense, esa que se ha creído (en especial a partir de la feliz formulación del libro clásico de Eisenstein, La revolución de la imprenta en la Edad Media europea) los elogios de los primeros defensores de la imprenta a finales del siglo XV y principios del XVI, que veían en esta nueva tecnología una democratización del saber. Nada más lejos de la realidad. Ni la imprenta vino a cambiar, sustancialmente, los modos de creación textual ni a ampliar el conocimiento a un mayor número de personas, de nuevos lectores (que siguieron en muchos casos accediendo a los textos por medios orales), ni tampoco podemos hablar de una transformación de los modelos de difusión.

No hay que buscar ni en el texto ni en su formulación cambios radicales ni revolucionarios en aquellos momentos del nacimiento y expansión de la imprenta, sino que debemos prestar atención a lo que sí nació en el siglo XVI (cuando el libro abandonó la época incunable y se impuso por toda Europa) y que ahora está viendo amenazado su monopolio, su forma y razón de existir: la industria editorial. La tecnología de la imprenta con caracteres móviles, aquella que desde la Maguncia de Gutenberg, como un «ejército de soldados de plomo», llegó a conquistar y rendir a sus pies a toda Europa, aquella que llegó a influir en muchos modos de la vida privada como de la pública y profesional de nuestra sociedad occidental, necesitó de una industria para poder asumir los altos costes económicos que necesitaba para su puesta en funcionamiento, y también para que gestionara los beneficios que generaba este esfuerzo, cada vez más profesional. Será en esta confluencia de necesidades, dentro de una tecnología que necesita de una gran capacidad de organización, dados los diversos oficiales y tareas a ellos asignados para poder completar la impresión del conjunto de ejemplares que daría cuenta de una edición, donde veremos aparecer, desarrollarse y luego especializarse algunos oficios y modos de trabajo que, al margen de los cambios tecnológicos que se han ido imponiendo en los últimos siglos, se mantienen en la actualidad; y estoy pensando en los oficios de editor, impresor y librero. En un primer momento, oficios que podían darse cita en una misma persona. La dinastía de los Cromberger, que dominará desde Sevilla la industria editorial hispánica en la primera mitad del siglo XVI, podría ser un buen ejemplo de esta confluencia…

Aunque poco a poco la especialización del trabajo ha obligado a un reparto de funciones entre varias personas y, en la actualidad, sólo las grandes casas editoriales tienden a controlar y unificar estas labores. Pero si ahora ya no hablamos de editores –siendo Manuzio el más famoso de todos ellos–, sí lo haremos de editoriales, que contratarán imprentas, para poder contar con unos productos –en este caso libros– con los que poder comerciar. Los editores, en la imprenta artesanal, solían ser al mismo tiempo libreros, aquellos que distribuyen los libros para sacar el máximo beneficio económico en el menor tiempo posible. No olvidemos que los libros en la Edad Moderna tenían regulado su precio en relación al número de pliegos de papel utilizados en su impresión, al margen de su contenido, su autor o el género editorial al que pertenecían. Los libreros tenían que asumir una enorme inversión para poder contar con cientos de ejemplares de una obra (algunas veces costeada por el propio autor, que así se convertía en su propio editor), y estos libreros en muchos casos han quedado marginados de nuestro imaginario, por más que a ellos les corresponda una parte esencial de la elección de las obras que se publicaban en la mayor parte de nuestra historia cultural y literaria moderna y contemporánea. Un ejemplo. Cuando se habla del Quijote, de la obra cumbre de la literatura española, se piensa en Madrid y en el taller de Juan de la Cuesta, que ha pasado a la historia de la imprenta española por esta obra (y por las otras que imprimió de Cervantes), pero que, en realidad, era un asalariado que había sido contratado por el librero madrileño Francisco de Robles para imprimir una serie de obras, impresión que realiza en el taller situado en la calle Atocha, del que Juan de la Cuesta es sólo el regente y no el propietario.

.

.

 

La tecnología de la impresión de un libro, de multiplicar los ejemplares en un determinado tiempo, suponía la concurrencia de numerosos oficiales, cada uno con su especialidad (corrector, cajista o componedor, batidor, tirador, acompañados de un pequeño ejército de aprendices y familiares), que necesitaban una gran coordinación ya que los esfuerzos dentro del taller de impresión estaban organizados como un trabajo en cadena. Una tecnología, obviamente, mucho más compleja que la de la confección del códice manuscrito, que necesitaba de menos personal (copista y miniador, en su caso), pero sí de más tiempo. Pero esta tecnología que permite la multiplicación de los ejemplares impresos va a conllevar dos cambios sustanciales en la sociedad, en la recepción de la información y el conocimiento: por un lado, las grandes posibilidades que tiene el poder (tanto eclesiástico como civil) para controlar y censurar los contenidos difundidos en los libros; y, por otro, la paulatina conversión del lector en comprador. Librerías, libreros y compradores de códices manuscritos (así como de rollos clásicos) hubo siempre, pero nada parecido a lo que se desarrollará en Europa a partir del siglo XVI, de la que somos herederos aún hoy.

De este modo, mientras el poder establecerá mecanismos cada vez más sofisticados y complejos para comprobar que aquello que se aprueba para su impresión es lo que luego realmente se imprime y se difunde (en España se llegará a un extremo de dureza con la Pragmática de 1558), sin olvidar las visitas, cada vez más frecuentes, para expurgar las bibliotecas ya existentes; del mismo modo, el libro, el producto editorial libro, irá añadiendo una serie de características editoriales externas (alejándose así de su modelo que no es otro que el códice medieval), que tienen una única finalidad: ser atractivo para un posible y anónimo comprador; portadas cada vez más sofisticadas (hasta llegar a las espléndidas barrocas), reclamos publicitarios en los títulos, paratextos literarios que ponderen las excelencias del producto… La forma física del libro impreso, tal y como se impone a partir del siglo XVI hasta nuestros días, va a estar condicionada por la necesidad comercial que da sentido a la industria editorial. El libro es un difusor de conocimiento y de noticias; pero también es un objeto con el que se puede traficar, comercializar, obtener beneficios. Recuérdense las palabras del autor con quien se encuentra Don Quijote en la imprenta de Barcelona (Quijote, II, cap. 62), cuando le pregunta si el libro que ha escrito lo va a imprimir por su cuenta o va a vender el privilegio a algún librero: «Por mi cuenta lo imprimo –respondió el autor–, y pienso ganar mil ducados, por lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos, y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas». Y termina, después de dialogar con Don Quijote de los malos tratos a los que los libreros someten a los autores en todos los tiempos, con un clarificador: «Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él no vale un cuatrín la buena fama». Así pues, el libro es un mecanismo tecnológicamente muy complejo que difunde un texto, pero también es el objeto que da sentido a la industria editorial, el producto que hay que preservar para que siga (entonces y ahora) produciendo los máximos beneficios en el menor tiempo posible.

Esta industria editorial, el modelo de negocio nacido en el siglo XVI, es la que está viendo en peligro los fundamentos de su razón de ser con los nuevos modelos de transmisión que permiten los medios digitales. Amenaza que no sintió cuando en el siglo XX diversas tecnologías vinieron a quitarle al libro espacios de difusión y de conocimiento que en el XIX ya había tenido que compartir con la prensa periódica: radio, cine y televisión han ido en el siglo XX asumiendo parcelas de difusión que en los siglos anteriores se le asignaba al texto (ya fuera oral o escrito). Pero ahora con la difusión digital, con la revolución que se cierne sobre nosotros, esta competencia se hará en el mismo campo en que la industria editorial había mantenido su supervivencia: el texto. Si la voz y la imagen habían ido encontrando su lugar en otros espacios, en otras tecnologías en el siglo XX (la conocida como segunda oralidad), ahora será el momento de otorgar al texto nuevas posibilidades, incluso creando nuevos formatos textuales que aúnan texto, imagen y sonido con opciones sólo pensadas en las mayores locuras experimentales. Por eso, desde la industria editorial (que en muchos casos es sólo un brazo de los grandes grupos mediáticos de todo el mundo) quieren imponer la unidad entre el texto y el libro, entre ese mecanismo para difundir ideas y conocimiento (el texto) con el medio con que se vale hoy día para llegar al mayor número posible de lectores (el libro). El modelo de industria editorial tal y como lo conocemos en la actualidad –que se basa en las necesidades del libro analógico como objeto físico e inalterable– está llamada a desaparecer en los próximos años (y no en muchos, creo). Pero no así el texto, que parece haber recobrado un nuevo impulso en nuestra Sociedad de la Información y del Conocimiento; y eso que los cambios que están por llegar todavía no podemos ni imaginarlos.

Y en este tenso arco de posibilidades que se presentan ante el futuro quieren moverse las páginas de este ensayo. Elogio del texto digital pretende llegar a dar algunas respuestas sobre la naturaleza de los cambios y pequeñas revoluciones que hemos llegado ya a asumir como parte de nuestra sociedad actual, al tiempo que desea plantear algunas preguntas sobre los caminos que debemos seguir en el futuro si queremos sacarle el máximo rendimiento al texto digital, a la revolución del conocimiento que está llamando a nuestras puertas. Una revolución de la que está siendo ajena gran parte de la Universidad. Una revolución que debería, en algunos aspectos, ser guiada por proyectos vanguardistas nacidos de la propia investigación humanística, sobre todo aquella que se mueve dentro de la nueva disciplina conocida como Humanidades Digitales. ¿Hasta qué punto vamos a seguir transitando falsos tópicos? ¿Hasta cuándo el miedo imaginario ante los cambios de una nueva tecnología va a seguir paralizando las propuestas innovadoras que deberían surgir de la Universidad, de los centros de investigación? ¿Hasta cuándo hemos de seguir creyendo en la unidad del texto con el libro impreso, y que, modificado éste, conlleva la muerte de aquél?

Género al que pertenece la obra: Ensayo literario
Bookmark and Share


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias