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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 20 de septiembre de 2019

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Inventario de una noche (2012)

Publicado en el nº 1 de la revista La indiscreta (2012)


¿Por qué se ha detenido nuestro tiempo?
¿Por qué el polvo de las aceras
llena de dudas mis pasos,
esos en los que busco tus huellas,
esas que se evaporan con el soplo
cotidiano de las citas y de los atascos?
Desierto con semáforos y pasos de cebra.
Ciudad sin fronteras ni horizontes.
Semilla sin tierra y tierra sin el mar de tu sonrisa.

¿Por qué amarte es siempre perderte
en la fuente que mana de mi costado?
¿Por qué no llenar de oasis este amor,
de palmeras y de caricias nuestros encuentros,
de lunas llenas y de estrellas andantes
las miradas y las manos que se cruzan,
modelando esculturas con músculos a punto de romperse,
donde un día solo hubo un frío bloque de mármol?

¿Por qué no recordar nuestras sonrisas
—banderas izadas de los encuentros—
en las esquinas interrogantes de los reproches?
¿Por qué callar tu nombre (que es mi nombre)
en las sombras de las historias cotidianas
y en las sorpresas del instante fotográfico?

¿Por qué, siendo tú todo, solo tú,
vivo negándote, rodeándome de soledad
y de miedos y de sospechas y de solitarios
juegos verbales, y de más sospechas y miedos?
¿Por qué un gesto es una amenaza
y una sonrisa una sentencia de muerte,
el abismo que se alza ante los semáforos
parpadeantes de tus padres y de los míos?

¿Por qué aceptar que nuestra habitación
es la cárcel donde podemos vivir libres?
Solos… pero libres.
Aislados… pero ¿libres?

¿Por qué esconder este corazón enamorado
que me explota en el pecho, en la diana del pecho
cuando te veo andar a mi encuentro,
al encuentro secreto de los deseos prohibidos
y de las tijeras agonizantes y de los dedales acusadores?

¿Por qué se ha detenido nuestro tiempo,
este tiempo que debía de ser de rosas primaverales,
este tiempo que se marchita entre algodones suicidas
y nos llena de sangre las manos y las miradas,
y nos deja una garganta sin voz y abrazos sin cuerpo?

***

¿Dónde encontrarte ahora, corazón mío,
cuando te tengo perdido en el laberinto
de los porqués, de los cuándo y de los dónde?
Perdido en los brotes interrogantes de la infancia,
en el corro de las risas y de las burlas,
de la macabra danza de las negaciones
y de las miradas oblicuas y la nuca sudorosa.

¿A dónde debería ir a buscarte, a salvarte, corazón mío,
las únicas gotas de sangre sincera que te quedan?
Los espejos me reflejan fantasmas y muecas
y gestos de purgatorio y pieles desolladas.
De tanto protegerte te he perdido, corazón mío.
Lo sé. Ahora lo sé. Ahora (como siempre) lo sé.

¿Dónde recuperarte el gesto justo que yo te negué,
corazón mío, el roce de dedos del que siempre huí
y este entrelazar los pies en sueños mientras mis manos
acariciaban tu cuello, tu espalda, el reto de tu cintura?
Amor mío, ¿dónde buscarte? ¿Dónde encontrarte?
¿Qué grúa es la que se confunde con tu sombra?
Es hora de mudanzas, hora de cambios,
de torcer las esquinas de los convencionalismos,
y de lanzar las piedras de tu nombre
contra el muro de lamentos que nos deja sin aire.

¿Dónde encontrarte, entonces, corazón mío?
Yo que te dilapidé con las piedras de mis mentiras,
que te condené a las cloacas de las negaciones
y que me arranqué la voz antes de abrir la boca?
¿Dónde encontrarte ahora, corazón mío?
Ahora que te necesito como nunca (como siempre),
pues sin ti
no tiene sentido torcer, una vez más, la esquina,
ni mucho menos correr desnudo por los campos
de las habladurías y de las acusaciones?
Desnudo y libre.
Desnudo como la primera vez que nos conocimos.
Desnudo, con tu corazón en las manos.
Ese que me brindaste. Ese que ahora he perdido.
¿Dónde recuperarte, dónde, corazón mío?
Sin mí puedo vivir, pero ¿cómo hacerlo sin ti,
sin la sangre cotidiana de tus besos?

***

Inventario de una noche:
Conversaciones lánguidas y princesas tristes.
Algún que otro bostezo, miradas roedoras.
Un gesto por debajo de la mesa. Excusas
y un buen puñado de miradas fronterizas.
Aromas que se cuelgan de las farolas
y sorprenden al caminante menos experimentado.
Labios que dicen lo que callan cuando hablan.
Manos que se buscan. Manos que se encuentran.
Manos que se electrifican en el instante
de la explosión fugaz de una caricia.
Restos de conversaciones y las sobras de un reproche.
Algún que otro cotilleo y muchas preguntas.
Y el humo. El humo que todo lo envuelve
convirtiendo en sueño estas nocturnas citas a ciegas.
Y sombras depredadoras alrededor de cada presa,
justo detrás de la bandeja suicida del camarero.

Inventario de una noche:
El suelo inadecuado de los parques.
Las sombras alargadas de los árboles nocturnos.
Una brisa en medio de la noche
que hilvana gemidos y silencios.
Ver más allá del bosque, de las ramas,
de los cuadriculados setos de los horarios.
Oír más acá de los latidos imprevisibles de tu corazón.
Sentir la sangre desafiante en tus labios.
Oler el deslizarse asombroso de la ropa.
Y tocar. Y abrazos Y sentirse abrazado
en la soga sudorosa del deseo prohibido.
Y una risa. ¿Por qué no? Una risa en medio de la noche.

Inventario de una noche:
Tu cuerpo de espaldas en medio de la cama.
Tu cuerpo desnudo en medio de la cama.
Tu cuerpo vestido tan solo con mis caricias, y abrazos,
con los besos que desgranaron gemidos en tu costado.
Las yemas de mis dedos por tu cuerpo.
Mis manos en tu nuca. La cuenca de mis manos.
Mis dedos en tu cara, dibujándote, creándote
y mis labios perdidos en la gravedad de tus pezones,
en la cueva oscura de tus axilas,
en tu vientre de meseta, en tus muslos.
Mis labios dejando atrás un paraíso de promesas.
El gozoso gemir de las alas de una mariposa
que ha venido a revolucionar nuestro Amazonas.

Inventario de una noche:
Despedidas que agotan las reservas de saliva.
Un sol a lo lejos entre los últimos edificios.
Las primeras prisas y las últimas mentiras.
Recomponer las arrugas de la cara
y de los gestos cotidianos delante del espejo.
Buscar indicios de depredadores en el cuello,
En los brazos, en la cara oculta del alma.
Miradas microscópicas sobre las aceras.
Espaldas. Miles de espaldas recorriendo la ciudad.
Sonrisas atesoradas en la caja de los recuerdos
y una avenida que comienza a iluminarse,
a llenarse de los gemidos cotidianos de la mañana.
Y un beso agonizante en una esquina.
Un beso olvidado en una promesa no cumplida.
Un beso tiritando, pidiendo limosnas de cariño,
sin atreverse a alzar sus asustados ojos.
Y una risa. ¿Por qué no? Una risa lejana
que despierta la conciencia de las grúas,
que comienzan a desperezarse en esta ciudad en ruinas.

Género al que pertenece la obra: Poesía
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