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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 16 de septiembre de 2019

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Berlín (2012)

 

Poemas publicados en Palabras Diversas, nº 40 (15 de marzo 2013)

 

Berlín (2012)

 

(1)

Dejar atrás el polvo de las agendas,
llevarse los zapatos limpios y relucientes
para pasear por una nueva ciudad
que se llenará con las horas, con los días
de encuentros, de aceras, de polvo cotidiano
y del geométrico recuerdo de las fotografías.

Dejar atrás los programas a medio hacer
y los correos a medio contestar,
las cartas a medio cerrar
y los artículos a medio escribir.

Dejar atrás un tiempo de calendarios
para dejarse llevar por el tiempo de la historia,
ese que sonríe ante el nombre de Berlín,
la ciudad de las calles a medio gas
que iluminan páginas y páginas
-no siempre gloriosas ni victoriosas-
de los libros universales de historia.

Berlín,
ciudad que descubro de tu mano,
que ha nacido de tu voz, de tu voz nocturna.
Ciudad de las eses que se multiplican en los carteles,
de las victoriosas avenidas y de los inevitables callejeros
que marcan el ritmo susurrante
de los planos artificiales de todas las ciudades.

Berlín,
ciudad que ha dejado hoy de ser un mito.
Ciudad que, dentro de una semana,
comenzará a convertirse en un recuerdo.


(2)

Cerraste la puerta
a mi sonrisa,
a mis primeras miradas,
a mi inglés balbuceante,
a mis manos exploradoras.

Cerraste la puerta
sin siquiera sonreírme,
sin devolverme la mirada,
sin escuchar mi acento extranjero
o comprender el gesto de mis manos.

Cerraste los ojos
y la noche calló sobre Berlín.
Una ciudad que duerme a oscuras.


(3)

Cruzamos varias veces por el paso central
de la Puerta de Branderburgo.
Tantos como páginas de historia
han desfilado por delante de su cuádriga.

Cruzamos recordando a Napoleón
que llenó de azules y caballos el horizonte,
o las cintas prusianas que como una hiedra
en enredaron en sus columnas dóricas.

Cruzamos, una y otra vez, el paso central
de la Puerta de Branderburgo
sin comprender la geografía aburrida
de las ciudades divididas, disecadas.

Cruzamos, una y otra vez, el paso central
de la Puerta de Branderburgo,
dejando a la espalda el desfile verde del Tiergarten
y enfrente a los soldados rusos y americanos
que con banderas y sonrisas profesionales
venden a los cuatro vientos sus fotografías.

El pago repetido de creerte parte de la Historia
tan solo por estar delante de la Puerta de Branderburgo.


(4)

(Violinista en la U-1. Der Hölle Rache Kocht in meinem Herzem)

Mozart se adentra en el vagón del metro.
Kortbasser Tor.
El músico levanta el violín
y se lanza a rasgar el tiempo con su arco
y la Reina de la noche entra
en la sala donde la espera su hija
mientras las puertas del vagón se cierran.
Görtlizer Bahnhof.
Y el violinista mira entre los vagones.
Y el violinista se vuelve a las puertas vacías.
Y el violinista sigue tocando,
rasgando la maldición de la Reina de la noche,
el brillo del puñal que ha entregado a su hija,
mientras se repasan las máquinas de fotos
y se guardan las prisas y las libretas
en lo más hondo de las mochilas.
Y la Reina de la noche maldice a su hija
si no es capaz de vengarse de Sarastro.
Siberleicher Tor.
Antes de atravesar Oberbaumbrücke
el músico se adentra en el sonido de las monedas,
dejando eterna a la Reina de la Noche
atrapada en los agudos finales de su maldición, de su venganza.



(5)

(Ab sofort)

Ab sofort.
Es lo único que oyeron aquella tarde.
Ab sofort
es lo único que quería oír
desde hacía veinticinco años.
Ab sofort.
Es lo único que pronunció aquella tarde,
lo único que escucharon cientos de berlineses,
los mismos berlineses que horas después
al otro lado del Muro de Berlín
se emborracharon con el champán
que nunca antes habían probado.
Ab sofort.
Así comenzó el final del Muro de Berlín.
Ocho mareas de risas, ocho de torrentes de abrazos,
ocho manifestaciones jubilosas y enloquecidas
ahora que los diques de la vergüenza han desaparecido.
Ab sofort.



(6)

(Rastropovich en el Muro de Berlín)

Por un minuto enmudecieron los martillos.
Por un minuto el Muro de Berlín
mantuvo la respiración y todos se volvieron
para escuchar –como si escucharan por primera vez-
las notas triunfantes de un chelo.
Eran las 13’00 horas de un sábado.
Fueron las 13’00 horas de un once de noviembre
cuando Rastropovich colocó su arco sobre el chelo
delante del agrietado Muro de Berlón,
en el centro del corazón del Checkpoint Charlie
y comenzó a sonreír, con una sonrisa concentrada,
mientras su música, las notas de su chelo
hicieron callar por un minuto los martillos.
Tan solo un minuto.
Un minuto después los martillos reanudaron
su sinfonía de destrucción y de vida
al ritmo del chelo triunfante de Rastropovich.


(7)

(A partir de una fotografía)

¿Qué pueden decirse
dos mujeres
separadas por una alambrada
por el primer Muro de Berlín?

¿Qué pueden decirse
dos mujeres
ante las interrogantes miradas
de los policías que patrullan
el primer Muro de Berlín?

¿Qué pueden hacer
dos mujeres
que han visto cercernadas sus vidas
de la noche a la mañana
por el primer Muro de Berlín?

Una mujer llora,
deja caer las lágrimas en el pañuelo
y esconde la cara entre sus manos
ante el primer Muro de Berlín.

La otra mujer se aleja,
va diciendo algo,
va maldiciendo al cruzar
delante del coche de policía
que ha comenzado a patrullar
el primer Muro de Berlín.


(8)

El muro de Berlín.
El primer muro de Berlín
nació con alevosía y nocturnidad.
La noche del 12 de agosto de 1961.
Quince mil sombras levantan
una alambrada de espinos y de vergüenza,
cortando calles, cercenando biografías,
tapiando ventanas y adormeciendo conciencias.

El muro de Berlín.
El cuarto muro de Berlín
comenzó a caer, sin nadie saberlo,
con el asombro de los flashes propagandísticos.
La mañana del 27 de junio de 1989
se comenzó a cortar el alambre de espino
que había separado Hungría de Austria.
A miles de kilómetros de alli,
el Muro de Berlín,
el cuarto muro de Berlín
comenzó a agrietarse y a caer.
En silencio.
Silencio ensordecido por los gritos
de las manifestaciones semanales en Alexanderplatz.


(9)

Él fue el primero.
Conrad Shumann.
El primero de una larga lista
Él fue el primero
que saltó sobre la alambrada
del primer Muro de Berlín.
Tan solo tres días.
A los tres días
de haber comenzado a extenderse
la vergüenza de los espinos
del primer Muro de Berlín.
Conrad Suman
saltó por encima de la alambrada.
Fue el primero el desertar.
Fue el primero en conseguirlo.
Otro miles dejaron su vida en el intento.

(Conrad Suman
se suicidó treinta años después
de aquel salto por encima
del primer Muro de Berlín.
Nunca se sintió libre
por más que fuera el primero
en conseguir la libertad
más allá del primer Muro de Berlín).


(10)

Él fue el último.
Chris Gueffrey.
Una bala le traspasó el corazón.
La última bala asesina.
Fue el 3 de febrero de 1989.
Durante meses había soñado
con brindar con cerveza su triunfo.
Durante meses había planeado cada detalle
para poder cruzar el último Muro de Berlín.
Había elegido con mimo la hora nocturna,
el lugar, el Britzer Zweigkand,
y la ropa y la sonrisa que llevaría.
Él se quedó a mitad de camino.
Su amigo fue herido.
Él fue el último
de una larga cadena de asesinatos
que ha llenado de sangre
el rastro del Muro de Berlín.

(Hoy, en el lugar del asesinato,
se ha colocado una placa.
Una placa huérfana
que recuerda donde un día
estuvo el asesino Muro de Berlín)

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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