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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 22 de noviembre de 2019

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La cuna verde. Homenaje a Emilio Poblet (2013)

Poema leído en el Homenaje a Emilio Poblet, en Casa de América (15 de octubre de 2013), con Natu Poblet, nieta de Emilio Poblet, y propietaria de la librería Clásica y Moderna, y el actor José Sacristán.

El libro "La cuna verde" de Emilio Poblet, origen de este poema, que no es más que una lectura poética, puede descargarse en el portal de la librería de Buenos Aires "Clásica y Moderna": http://www.clasicaymoderna.com/archivos/lacunaverde.pdf

 

 

La cuna verde. Homenaje a Emilio Poblet

 

¿Por qué tengo presente que era verde y no de otro color?

 

Suenan las teclas de la máquina de escribir

y su latido inunda la habitación,

la geografía cotidiana del hogar conquistado

a golpe de insomnios, pasión y sueños,

como el pulso sereno de las teclas que, una a una,

van dibujando los recuerdos en el papel,

fijando con la tinta azul del pasado

un presente que solo el futuro leerá.

Teclas que van rescatando olores de otros tiempos,

esos que se dejaron en la distancia de un océano,

gestos entrevistos en las costuras de los recuerdos.

Y las teclas van surgiendo del semicírculo disciplinado,

una a una, lentas como las evocaciones nocturnas,

rescatando instantes de otros tiempos, caras y gestos

que un día fueron de carne y hoy son tinta azul.

Y el papel, línea a línea, se va llenando

de un tiempo que pasó pero que siempre está presente,

un tiempo sin nombres, un tiempo como la arena

del pasado que se pierde entre los dedos de una mano.

Pero siempre quedan las teclas de la máquina de escribir,

esas teclas que vuelven mármol azul el pasado,

siempre queda el recuerdo en bronce de unas camas,

de una cuna verde.

 

§§§§

 

Hay otras camas más allá de la cuna verde

en esta infancia inventada a golpe de recuerdos afilados.

Está la imponente y santa cama matrimonial

que desde el centro del corazón de la casa

gobierna las horas del bebé que es acariciado

entre susurros, mecido con cariño maternal

por unas manos entre lágrimas que velan su sueño.

El resto de los recuerdos son prestados, son imágenes

contaminadas de fotografías antiguas y de relatos recientes.

Tan solo es real la cuna verde, que se hace diminuta

en los cansados paseos por el largo pasillo;

tan solo es real la cama de matrimonio, imponente,

tan solo es real esa otra cama en soledad, revuelta y enferma,

a la que se abraza el niño a la mañana gritando: ¡mamá, mamá!

Una cama de ausencia. Una cama de un vacío gris y tozudo

como el pollino que le devuelve a una ciudad en ruinas,

que ya no será la misma, que ya no podrá ser ya la misma.

Otras voces de mujeres llenarán los pasillos de la infancia.

Lágrimas que se silencian hasta en el teclear del pasado.

§§§§

 

Las manos del padre deben ser grandes y fuertes, y grandes.

Una mano de un niño de ocho años, un niño que crece

entre los gritos de la escuela y la soledad de una casa vacía,

es como un tierno pajarillo que tiembla entre esas manos

grandes, fuertes; manos que todo lo arreglan en la casa,

los muebles, los relojes, las media suelas de los zapatos,

manos que reciclan viejos gabanes y que cosen pantalones,

manos que sacan tiempo para darle vida a sus juguetes,

para llevar al niño de ocho años a merendar los domingos,

manos que le acarician la cara en un gesto furtivo, olvidado.

Son las manos del padre las que se pelean con la comida

quemada en la soledad de las tardes en la cocina,

de los pucheros demasiado altos y las sartenes demasiado grandes

para las diminutas manos de un niño de tan solo ocho años.

Manos de soledad en las silenciosas cenas cotidianas,

manos que se agitan nerviosas en las charlas solitarias,

manos a las que se agarra el niño cuando van por la calle.

Manos que le aprietan tanto que le llegan a hacer daño.

Manos de hierro como los barrotes de su nueva cuna,

celda desde la que ve trabajar a su padre todas las noches.

 

§§§§

 

Y al final la mano, esa mano grande y fuerte, empuña un sable

y el silencio de la noche es cortado por gritos y amenazas.

La cama de hierro, en medio de la habitación con cerrojo,

se convierte en una prisión que le protege de los golpes,

pero hacen daño, mucho daño, por más que nunca lleguen al cuerpo.

Y cada golpe a la puerta es como si la mano, grande y fuerte,

se cerrara un poco más sobre el pajarillo que tiembla.

Y tan solo puede esconderse en un rincón y llorar,

mientras su corazón sigue el ritmo enloquecedor de los golpes

de una puerta que tiembla en mitad de la noche.

Y luego el silencio.

Las amenazas del padre... y el silencio.

Los gritos de los vecinos... y el silencio.

Y un viaje silencioso en tren con el padre y su tío.

Y el silencio mientras el tren avanza sin dejar nada atrás.

La cuna verde, la cuna de hierro, la cama de hierro

se quedaron en la casa tiritando de polvo y ausencias.

 

§§§§

 

Detrás quedan las habitaciones cerradas, las camas de metal,

las ventanas sin paisaje y la soledad en los armarios.

Amanece en casa de los abuelos y es un amanecer de vida.

De paisajes con horizontes, de color y libertad.

No hay habitaciones ni puertas en las casas de campo.

Una cama alta y ancha de madera, compartida,

y las mullidas parvas en las que se consolarán del verano.

Él es el castellá en las voces de los niños. Pero por poco tiempo.

Los gritos de ayer detrás de la puerta cerrada se convierten en carreras

en medio de unas calles que no conocen el asfalto

ni los relojes puntiagudos en las torres de las iglesias.

Las estaciones se suceden en la geometría de las tareas

y el campo se llena de flores y de promesas de primavera,

con sus almendros en flor, el esmeralda de las bancadas

y la destreza del vuelo a ras del suelo de las golondrinas,

mientras la cigüeña crotora en lo alto de la más alta torre.

Y el verano llega y con él los campos arden.

Es el momento de la siega, de las eras sudorosas,

del tiempo de la espera mientras el trigo descansa en los graneros.

Y vendrá el tiempo de la vendimia, con los mostillos y arropes

que prepara la abuela con mano sabia y firme,

y el tiempo de la matanza, que llena de adobes las alacenas

que, poco a poco, van desapareciendo en el invierno.

Ese invierno de las grandes fogatas de sarmientos y de tomillo,

del pan caliente tan solo los días ansiados de hornada,

un invierno de noches frías e interminables, y frías,

compartidas en el silencio del hogar, en el hueco de la cama.

Un silencio en el que vive el padre, ajeno a las estaciones,

tiempo de carreras por el campo, piedras en los bolsillos

y las rodillas marcadas por las aceras imprevistas.

Y las estaciones se suceden con la rectitud de los calendarios.

Tres años descubriendo, conquistando una libertad nunca soñada.

Tres años en el que pajarillo ha fortalecido sus alas,

alejado de la mano grande y fuerte del padre, mano huérfana.

Tres años que no volverán a ver pasar las estaciones

desde la ventana abierta a la vida del campo.

Tres años de libertad, viviendo la "preciosa edad de la inconsciencia".

 

§§§§

 

Y el pajarillo tiene fuerte las alas y la mirada limpia

y un sueño en los rezos de su abuela: convertirse en cura.

Pero el seminario, con sus clases aburridas y monótonas,

el perpetuo encierro de las diminutas celdas,

con las camas marcadas por tanta desesperación nocturna,

casi le matan, casi le dejan sin respiración de vida.

Soy un pajarillo cazado y metido en una jaula estrechísima.

Un pajarillo que tiene que volar, volar para volver

a su ciudad, a las aceras que le recuerdan todavía

agarrado a la mano de su padre, esa mano grande y fuerte.

Y vuelve movido por las alas del recuerdo de sus parientes

a unas aceras que ya no le reconocen, con sus andares diestros

y esa mirada firme, una mirada que solo se fija en el futuro.

Huérfano desde hace años, mucho antes de que muriera el padre.

Huérfano de caricias, de palabras de amor susurradas al oído,

huérfano del tierno amor de una madre,

huérfano para siempre de esa mano grande, fuerte del padre.

§§§§

 

Y la familia que nunca tuvo, la familia que nunca disfrutó

se convierte en un sueño, en una obsesión, en su vida.

Una vida coronoda por un matrimonio, los cuatro hijos

y un cambio de cama: la primitiva cama de matrimonio

de frío hierro que le ata al pasado de gestos y miedos

se vuelve ahora una reluciente cama de bronce.

Una cama de bronce convertida en un altar y en un trono,

el lugar donde se toman los grandes acuerdos,

donde se forman planes, se sellan pactos entre besos y susurros.

La cama de bronce donde no hay marido ni mujer,

donde dos personas se miran a los ojos y proyectan su futuro.

 

§§§§

 

Y las estaciones se suceden al ritmo de los hijos

y los años en los negocios se vuelven desilusiones,

envidias, engaños y más de un desierto de oportunidades.

Años que pasan mientras la cama de bronce

se mantiene altar y trono en medio de la habitación.

Momentos de planear futuros y de buscar ventanas

donde se cierran puertas. Una sola frase. Una decisión.

La única posible. La más llena de incertidumbres: Emigraré.

 

§§§§

 

El viaje a América, el viaje que ha costado lágrimas de sangre,

se reduce a una cama marítima que no se describe,

tan solo unas tablas donde depositar cuarenta años de trabajo,

cuarenta años de frustraciones  con una sola compensación:

un viaje con el hijo mayor de doce años

y una mujer y tres hijos que se quedan en cama de bronce,

esa que todavía refleja sonrisas de prosperidad

que iluminaron aquella casa de Madrid por un tiempo.

Frío camarote como frías son las lágrimas en alta mar,

las lágrimas que no se derraman delante del hijo,

las lágrimas que se vuelven espinas en la garganta.

Pero no todo está perdido.

En el barco viaja con ellos la vieja cama,

puente de dos mundos que nunca volverán a juntarse,

cama de emigrante que al año sueña

con volver a convertirse en una nueva cama de matrimonio,

cama que ha dejado atrás, como las olas en el viaje,

las miserias y las envidias, las injusticias y la pobreza.

Es el momento de llamar y reunir a toda la familia,

de juntar todas las camas en una nueva casa.

Una casa llena de ventanas abiertas y de paisajes verdes,

una casa de olores y colores como la primavera.

Un año tan solo, un año durará la flor del almendro

que se ha plantado victorioso en la nueva cama de matrimonio.

Un almendro en flor que enferma y se seca, poco a poco,

lentamente, como lento es ahora el ritmo de las teclas

de la vieja máquina de escribir que se niega

a seguir recordando, a seguir volviendo azul los recuerdos.

Pero es necesario seguir adelante y terminar el folio

y dejar caer el telegrama que ha llegado esta mañana.

Ya acabó. Ya acabó de sufrir la pobre compañera.

Y el telegrama al caer es un estruendo en el silencio.

 

§§§§

 

Últimas palabras. Últimos silencios. Últimas frases.

Y las teclas suenan lejanas en la máquina de escribir

como si otro estuviera escribiendo sus recuerdos,

como si estos recuerdos le pertenecieran a otro,

a todos y cada uno de los que llegaron con él en el barco,

los que siguen llegando en el triste barco de la emigración.

Y deja a un lado la máquina de escribir después de teclear

con fuerza ... "y los sufrimientos pasados",

y se mira las manos. Como si no fueran sus manos.

Y reconoce que son fuerte y grandes. Y sonríe

mientras a lo lejos escucha como hablan sus cuatro hijos,

como hablan de las camas que un día se comprarán,

de los colores que pondrán a las cunas de sus nietos.

 

¿Por qué tengo presente que era verde y no de otro color?

 

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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