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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 20 de septiembre de 2019

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El cuaderno rojo (2010)

 

Textos de la columna semanal que publico en el Diario de Alcalá (http://www.diariodealcala.es/blog/general/49 )

 

 

Feria del libro de Madrid

(Publicado en el "Diario de Alcalá", 8 de junio 2010)

 

El sol parece que no quiere dar tregua a la Feria del libro de Madrid. Como todos los años. Y como todos los años, tendremos también un día de lluvias, de paraguas intentando hacerse sitio entre las casetas y lectores calados en busca de sus autores preferidos. Hace calor en la caseta de Sial en la Feria del libro de Madrid. Y eso que en esta tarde tranquila estamos a la sombra, protegidos por los árboles del parque del Retiro.
Firmo ejemplares de mis libros de poemas acompañado de Alicia Villar, que ha publicado una excelente (y necesaria) historia de la literatura griega, que demuestra, una vez más, el abismo cultural que se han instalado en nuestra Europa, que sigue levantando fronteras culturales y sociales, a pesar de que las políticas y económicas parecen querer diluirse en el fracaso de la falta de ideas y de proyectos. Y aquí, estamos, en nuestra caseta de feria, sentados en nuestras sillas, con los libros delante de nosotros, en el escaparate literario más importante de España, el más popular, el más cercano.
Y aquí estamos, con nuestros carteles, nuestra sonrisa, nuestros bolígrafos ansiosos y los anuncios en megafonía que democratiza la feria, que pone a todos los autores en el mismo espacio de los segundos publicitarios, al margen de su editorial, de sus ventas, de su promoción y calidad. Y aquí estamos, viendo pasar a los lectores que, parece ser, este año pasean mucho más que compran. Y los vemos caminar tranquilos, detenerse ante los cantos de sirena de las portadas, de los títulos, de una pequeña señal que les despierta la curiosidad.
En ocasiones, nos miran sorprendidos, como si la foto se hubiera movido, como si ese nombre que se oye por los altavoces se hubiera convertido en carne por pura magia literaria. Y nos miran con una cierta sorpresa, y, en muchas ocasiones, curiosidad amistosa. Miran, sonríen, pasan sus manos y sus miradas por encima de las portadas de algunos de nuestros libros, y, en ocasiones, en algunas ocasiones, de dejan llevar por la curiosidad y toman uno de nuestros ejemplares, lo abren al azar por una página y comienzan a leer. Y entonces me siento como en el colegio cuando el profesor descubría algunos de mis textos y lo leía ahí, a mi lado, en una curiosa mezcla de examinador y de admirador, de curioso lector. Y el libro vuelve a su lugar y el lector sigue su camino. Sin comentarios. Quizás con alguna sonrisa. Como me sucedía como mi profesor de literatura cuando era niño.
Y sonrío, y me tomo otro sorbo de la coca-cola que nos han traído y me dedico a observar a los que pasan delante de la caseta, a los que se detienen, a los que miran y a los que siguen su camino sin haber levantado los ojos de las portadas, de los libros. Reconozco que me divierte estar en el otro lado del espejo, en ese otro espacio de las letras, en que se descubren todas las trampas, lo que se esconde debajo de las estanterías, detrás de las cajas, en la esquina inconfesable que todos intentamos olvidar, hacer invisible a los demás.
Me gustan las conversaciones banales en la Feria del libro, mezclando los comentarios de ascensor (¡qué calor, parece que ha llegado el verano de golpe! Este año nos hemos quedado sin primavera…) con las tesis eruditas de la última literatura, de las tendencias de la poesía… Me gusta aprovechar la primera hora de la tarde en la caseta de la Feria del libro para convertirme en lector privilegiado de las últimas novedades de la editorial… me gusta dejar pasear la mirada por los lomos de los libros y descubrir los nuevos títulos, y poder cogerlos y hojearlos, leer el principio de la novela, un verso al azar de un libro de poemas… me siento como el niño al que han dejado solo por unas horas en una tiendas de chucherías… todo lo puede tocar, coger, pero sin llegar a enfermar, a ponerse malo del ansia. Este año me dejo llevar por dos título: “De los Caballeros del Temple al Santo Grial” de Carlos Alvar y una antología de poesía erótica que ha realizado Pura Salcedo. Dos títulos que bien valen una vuelta por la feria del libro de Madrid.


Es lunes y las horas pasan lentas en el Retiro. O quizás un poco más rápidas de lo que uno esperaría porque las visitas se van espaciando y también los lectores. Sin darnos cuenta son las nueve y media y llega la hora de cerrar. Se guardan los bolígrafos, los libros se disponen en sus estanterías, se arrancan los carteles y se sustituyen por otros autores que vendrán a firmar mañana y salimos todos juntos de la caseta.
Se acabó el cuento de hadas. El panorama es un poco desolador… pocos lectores que se demoran en las escasas casetas abiertas, el guardia jurado comprobando la tranquilidad del momento y el recuperar el espacio cotidiano después de haber pasado unas horas metido en el espejo de la literatura, ese que convierte la caseta de la Feria del Libro en una jaula de letras y de versos, de palabras y de pensamientos, en las que los autores damos vueltas y vueltas, vueltas y vueltas ante la mirada sorprendida y curiosa de los lectores, esos que dejarán parte de su vida en las páginas de los libros que un día soñamos escribir, esas que un día fuimos capaces de hacer.

 

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No nos falles

(Publicado en el "Diario de Alcalá", 20 de mayo 2010)

 

Se despertó. Miró el reloj de la mesilla y vio que no eran más de las tres de la madrugada. La respiración entrecortada, la almohada empapada de sudor y el cuerpo como si le hubiera dado una paliza. Intentó levantarse, pero le fallaban las fuerzas y tampoco quería despertar a Sonsoles, que dormía a su lado.
Volvió a tumbarse y se quedó mirando el reflejo del reloj digital sobre el techo de su habitación. Era una manía que conservaba desde niño: tenía que saber en cada momento la hora en que vivía. Se quedó mirando el reloj y cómo parecía no pasar el tiempo. ¡Y eso que había pasado tan rápido en los últimos años…! Últimamente no podía dormir. No eran las preocupaciones, ni tampoco las difíciles decisiones que tendría que tomar. Nada de eso. Era una frase, una frase que, al cerrar los ojos, se convertía en un martillo que le hacía pedazos el sueño y la tranquilidad. Una frase que le envolvía en el sudario de las promesas y que convertía su cama en un verdadero recital de piruetas, de vueltas y más vueltas, en el circo absurdo de veinte pistas en que se había convertido su vida. Una frase que le hacía daño en la garganta, y en los riñones, y en la mirada y en la sonrisa. Una frase que creía escondida en cada una de las frases que oía cada día, a cada minuto.
Intentó cerrar los ojos y dejar que el pensamiento se fuera en busca de mejores recuerdos, y se encontró, casi sin quererlo, de vuelta a aquel 14 de marzo de 2004, subido en esa improvisada plataforma que le llevó a dar las gracias a las cientos de banderas, de sonrisas, de abrazos y de esperanzas que se habían congregado delante de la sede del partido. Y con los ojos cerrados, sonrió, sonrió como un niño, sonrió como un niño al que le acaban de comprar el regalo de cumpleaños que tanto ansiaba, por el que tanto había luchado. Sonrió con la seguridad de que ese momento era suyo, que nadie se lo podría robar, que nada podría cambiárselo… pero de pronto, volvió aquella frase, aquella única frase y comenzó a temblar. Se hizo un ovillo dentro de la cama y se acercó al cuerpo protector de Sonsoles, que seguía durmiendo, ausente.

           
¿Qué había pasado? ¿En qué momento se había levantado por encima de los problemas y se le había vuelto transparente la mirada? No tenía respuesta. Se miraba en el espejo del cuarto de baño después de afeitarse y se veía igual que siempre, igual que en aquella locura del 2004, igual que en aquellos años felices de parlamentario gris y anónimo, en aquellos otros duros como jefe de la oposición… se veía igual. Quizás un poco más viejo. Quizás un poco más cansado. Quizás un poco más escéptico. Pero igual en su esencia. Había vivido la política desde niño y desde niño había sabido que la política no podía cambiarle, que ese era el principio del fin. Y ahora que se encontraba al final de todo, ¿en qué momento había fallado?
Se miró en el espejo una vez más, en busca de una respuesta, de una fecha, de un acontecimiento. Pero no encontró más que su imagen seria al otro lado. Una imagen que era la suya, por más que había comenzado a no reconocerse en ella. Hizo un repaso de los asuntos que tenía que tratar aquella mañana de manera urgente y suspiró agobiado. Agobiado y aburrido. ¿Dónde había dejado el entusiasmo de los primeros tiempos, esa fuerza que le hacía salir al cuadrilátero político cada mañana como si fuera la primera vez, la primera ocasión en que tenía que revalidar su título? Estaba cansado. Y, lo peor, se sentía cansado.
Pero aún era pronto para tirar la toalla. Eso jamás. Lo último que podía hacer ahora era cambiar… cambiar… ¿cambiar?, se preguntó. ¿Cuándo había cambiado? Recordó aquellas primeras semanas de abril, aquellas primeras decisiones que tomó, que sorprendieron a todos porque todos estaban convencidos de que la “realpolitik” vendría a ser la apisonadora con que los intereses creados acabarían con tantas promesas lanzadas a diestro y siniestro durante la campaña electoral. Y él dio un paso al frente e hizo realidad lo prometido. ¿Y ahora? ¿En qué estaba fallando?

           
Mientras iba andando por el pasillo, escuchó a lo lejos la cafetera y un aroma a café recién hecho le devolvió la sonrisa a la cara. Le gustaban los desayunos. Le gustaba compartir esos minutos con su familia, en la aparente normalidad de cualquier familia, con los problemas y los asuntos de una familia cualquiera… le gustaba hablar un rato con sus hijas, escuchar sus quejas y sus silencios adolescentes, creerse normal en una cocina normal de cualquier familia normal. Aunque no lo fuera. Aunque nunca lo pudiera ser. Y escuchaba con una sonrisa, y preguntaba con una sonrisa, y se tomaba el café con una sonrisa, y contestaba a las preguntas de Sonsoles con una sonrisa… pero de lo único que cada mañana le hubiera gustado hablar era de esa frase que le obsesionaba como una pesadilla, de esas palabras que eran su conciencia abierta como una herida en el corazón de sus ideales.
¿En qué momento había dejado de sentir la sintonía entre sus deseos y la realidad? ¿En qué momento su optimismo no era la fuerza telúrica que podría cambiar el rumbo de los astros y de los acontecimientos más mundanos? Y contestaba a las preguntas que no escuchaba, y sonreía ante las bromas que no entendía, y saboreaba el café que le ardía en el estómago, como el profesional en que se había convertido. Sonreía sabiendo que no había ninguna razón para hacerlo. Por costumbre, quizás. Por naturaleza, tal vez. Por no sentirse solo, sin duda.

 

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Real Biblioteca Pública, 1711

(Publicado en el "Diario de Alcalá", 11 de mayo 2010)

 

Hacía frío en Madrid. Aquel 29 de diciembre de 1711 hacía frío en Madrid. Ahí estaba el famoso viento de la sierra que venía a llenar de escarcha y de hielo las esquinas de las calles de Madrid, de un Madrid que todavía tenía abiertas las heridas de la reciente guerra de sucesión. Aún muchas casas permanecían cerradas y muchos eran los que no tenían ninguna esperanza puesta en el futuro.

 

Era el momento de repensar el país, el momento de poner las bases a la nueva dinastía que se había alzado con el triunfo de las armas. Los Borbones necesitaban de todo el apoyo, de todas las ideas para convertirse en españoles, y Felipe V necesitaba, más que nunca, a sus confesores para seguir adelante en su gobierno. Y el padre Robinet, el tercer confesor que tenía el rey en suelo hispánico, había sabido jugar bien sus cartas y convertirse en uno de los bastones en los que se apoyaba el monarca para intentar caminar por los escombros en los que se había convertido ese imperio en que nunca se ponía el sol. Y lo había conseguido sin mucho esfuerzo: con buenas palabras, con consejos adecuados, con sonrisas y con su buen hacer y talante. 


Hacía frío en Madrid y le daba pereza abandonar el calor de las sábanas, de las mantas que casi le ahogaban. Sacó un poco la cabeza y, con las primeras luces del amanecer que entraban por una ventana entreabierta, vio su pequeña habitación, los pocos muebles que la decoraban, el gran espejo del lateral, y su mesa de trabajo, con algunos papeles abiertos, las últimas noticias que le llegaban de Roma y el plan que había ideado para el futuro de la Real Biblioteca Pública. Cerró de nuevo los ojos y se regaló unos minutos dentro de la cama antes de salir al frío de la habitación, con el brasero a medio apagar. Cerró los ojos e intentó recordar todo lo que habían tenido que sufrir para que el rey diera el visto bueno para la creación de la Real Biblioteca Pública.

 

Menos mal que tuvo el apoyo del Marqués de Villena, el bueno de Juan Manuel Fernández Pacheco, y de Melchor de Macanaz, al que apreciaba aunque en muchas ocasiones no compartía sus opiniones ni esa manera, algo despectiva, con que imponía sus opiniones, aupado en su inteligencia y oratoria. Pero habían sido sus compañeros de viajes y de sueños y, sin ellos, seguramente ahora no habrían llegado a ese momento que le hacía tan feliz: esa mañana del 29 de diciembre de 1711, a pesar del frío de Madrid, el rey daría el visto bueno al plan que le había presentado para contar en España, por primera vez, con una gran biblioteca que destacara, desde un principio, por su carácter público.

 

Una biblioteca que fuera la piedra angular sobre la que levantar de nuevo un imperio más allá de las armas, de los cañones, de las conquistas. Y sonrió. Y abrió de nuevo los ojos y la realidad se le impuso y decidió levantarse, llamar a sus criados para que le trajeran un humeante tazón de chocolate bien caliente y que le ayudaran a vestirse. No quería perder más tiempo. Quería ser de los primeros en llegar a palacio.


Mientras cruzaba las frías calles de Madrid en su carroza se calentaba con sus sueños. La biblioteca no tendría un mal comienzo, a los libros de la reina madre, con sus más de dos mil volúmenes que destacaban en 80 espléndidas estanterías, se le debían unir los ejemplares que compró el rey en Francia, así como donaciones, como la que él ya había pensado de parte de sus libros y algunas monedas… ya se imaginaba las salas llenas de libros, aunque todavía no tenía ni edificio; ya se imaginaba los elogios de tantos escritores, de tantos eruditos y amantes del libro que se acercarían a sus salas públicas.

 

Porque este había sido uno de sus primeros campos de batalla, el único que le había movido y animado a seguir adelante: el carácter público de la nueva biblioteca frente a las particulares, generosas en fondos y parcas en visitantes. El modelo se había extendido en Europa a lo largo del siglo anterior… ¡ya era hora que llegara a España! Y sonrió, una vez más, en su carroza, porque se dio entonces cuenta que el rey al que le gustaba más jugar a las cartas que leer pasaría a la historia, entre otras cosas, por haber sido el fundador de la Real Biblioteca Pública.

 

Y en esas carambolas del destino se dio cuenta de dónde sacaría el dinero para financiarla, una de sus grandes preocupaciones en los últimos tiempos: de los impuestos de las cartas. Debía trabajar sobre esa idea, que se había despertado en su cabeza, como ese Madrid helado que iba abriendo sus ventanas a medida que su carruaje llegaba a palacio. Suspiró al salir a la plaza, y se dio ánimos a sí mismo. Aquella mañana del 29 de diciembre de 1711 sería histórica. El final de todo un largo camino y el principio de una aventura que, ¿cuánto duraría? 


Y mientras entraba en palacio, mientras pasaba por las salas hasta llegar al estudio del rey, donde se aprobaría su plan para crear la Real Biblioteca Pública, dejó su mente volar y se imaginó cómo sería su biblioteca doscientos años después… e incluso trescientos. Y se imaginó cómo sería su biblioteca en el año 2011. Y un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo podría imaginarse una cosa así? Imposible.

 

Pero lo que sí le gustaría, y por eso rezaría esa noche, que trescientos años después la Real Biblioteca siguiera siendo Pública e Independiente. Tan solo esas cosas. Y en ese momento, el padre Robinet se sintió el hombre más feliz del mundo y en ese momento tuvo la certeza que así sería, que así debería ser, a pesar de los avatares de la historia y de la política.

 

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El mundo al revés

(Publicado en el "Diario de Alcalá", 13 de abril 2010)

Estaba nervioso. Era su primer día de trabajo y le había tocado cubrir la primera rueda de prensa que daba el presidente del partido político implicado en complicados casos de corrupción. Antes de llegar a la redacción le habían llamado al móvil. Tan sólo una dirección y una hora, nada más. Y ahí estaba, con su bloc abierto y su mente todavía anclada en los nervios de la entrevista de trabajo de la semana pasada y en las lecciones aprendidas en la facultad, que ahora le servían de bien poco.
Aprovechó los minutos de la espera para mirar a su alrededor, a las decenas de compañeros periodistas que hablaban acaloradamente en grupitos cada vez más numerosos, en los pocos que, como él, habían optado por el silencio y quedarse sentados en sus asientos, y en uno que, con los ojos cerrados, estaba en la frontera entre la meditación y el sueño. Al momento la puerta lateral se abrió y el torrente de los flashes y de los codazos entre los fotógrafos ahogó cualquier conversación, cualquier pensamiento, cualquier bostezo.
El presidente del partido había llegado a la rueda de prensa con toda puntualidad. Eran las nueve de la mañana pero ya se le notaba, bajo la máscara del maquillaje y de los asesores de imagen, las arrugas del cansancio y de la preocupación de un duro día de trabajo. Intentó sonreír a las cámaras de fotos, sin conseguirlo. Intentó poner su mejor perfil ante las cámaras de televisión, pero tampoco le quedó esta mañana su mejor plano. Intentó sacar los papeles de la carpeta sin que se le notara un cierto nerviosismo, pero tampoco lo consiguió.
Después de unos minutos ensordecedores, en que los fotógrafos fueron espaciando sus disparos y cada cual parecía acomodarse al papel que se le había repartido en esta curiosa representación política, se hizo el silencio. Un silencio que de expectación pasó a convertirse en tenso cuando el presidente del partido decidió permanecer callado antes que comenzar a leer el texto que habían estado puliendo hasta en sus detalles más insignificantes desde hacía unas horas. Silencio. Un silencio que poco a poco se fue rompiendo con algún que otro gesto, alguna que otra pregunta susurrada, algún que otro comentario en alto.
Pero de pronto, con esa voz que llevaba ensayada desde hacía varios años, el presidente del partido comenzó a hablar. Y lo hizo claro y alto, como si de verdad se estuviera creyendo lo que estaba leyendo. Y lo hacía mirando a los ojos de las cámaras de televisión, intentando meterse en cada uno de los hogares, de las oficinas, de los bares en que a esas horas tuvieran encendido su televisor.
Y lo hacía sabiendo que sus palabras, que su perfil, que su corbata iban a ser la imagen de portada de todos los periódicos, de que iba a iniciar todos los telediarios. Lo sabía porque así debía ser y porque así lo habían pactado desde hacía varios días con los periodistas más afines, con los medios de comunicación que, desde su despacho, habían diseñado una estrategia de contaminación informativa que llegaría a su culminación al terminar su discurso. Miró los tres folios escritos. Recordó las continuas tachaduras y cómo el texto había sido pulido en cada una de sus palabras como si se tratara de un poema. Había que encontrar el adjetivo adecuado, el argumento preciso, la expresión única que permitiera luego seguir azuzando el fuego de la confusión y del miedo.
Cuando estaba por terminar el tercer folio, sonrió complacido por la forma en que había sabido llevar y superar esta prueba, una de las más complicadas en toda su carrera. Levantó lo ojos y miró complacido al rebaño de corderos periodistas que tenía delante de él; y sonrió, se permitió en ese momento el lujo de la sonrisa ya que sabía cuáles iban a ser los titulares de la mañana, al margen de estos aprendices de periodistas; sonrió imaginando las caras de algunos de sus oponentes -más dentro de su propio partido que fuera- que ya habían puesto a enfriar el cava para festejar su caída política. Terminó de leer y sonrió. Pero ahora con la sonrisa profesional para las fotografías y las cámaras, esa sonrisa tan bien aprendida, la que le había costado semanas de duro entrenamiento.
Las preguntas -las pocas preguntas que se habían pactado- fueron surgiendo como las notas a pie de página de su propio discurso, en una coherencia que más de un novelista famoso quisiera para sus escritos. Las preguntas de los periodistas, algunas de ellas ya escritas en sus cuadernos desde el principio, permitían al presidente seguir puntualizando sus argumentos, que todo era una estrategia del gobierno para desacreditarle personalmente, que se estaban utilizando las instituciones públicas para un uso partidista (y aquí se le escapó una sonrisa freudiana que pocos quisieron interpretar adecuadamente), y que eran tanto él como su partido inocentes del uso fraudulento del dinero que algunas personas, muchas de ellas altos cargos nombrados por él mismo, hubieran podido hacer en los últimos años. El espectáculo estaba llegando a su fin. Media hora de representación perfecta.
Media hora que había comenzado con nerviosismo -¡era la primera rueda de prensa que iba a cubrir!- y que, minuto a minuto, se había ido convirtiendo en sorpresa y en escándalo. No tenía saliva en la boca. El corazón parecía querer salir de su pecho, pero aún así se atrevió a levantar la mano y preguntar antes que nadie le hiciera un gesto para que pudiera hacerlo. "Entonces, ¿se declara inocente? ¿Desconocía realmente todo lo que se estaba fraguando en su partido a sus espaldas?".
El presidente miró al fondo y no pudo identificar al joven que le hacía esas preguntas que se salían del guión. Por un segundo tuvo la tentación de mirar sus papeles, pero sabía que en ellos no encontraría la respuesta. "Como he dicho, no hay ninguna prueba que me impute ni a mí ni a mi partido en la trama de corrupción y de financiación ilegal de la que se habla en estos días. No hay ninguna prueba que permita demostrar que yo estoy al tanto de lo que se hace en mi partido". Y nada más terminar la frase, se dio cuenta de su error, de su exposición pública de falta de liderazgo dentro de sus propia filas.
El presidente del partido se tocó la corbata -lo que siempre hacía cuando se ponía nervioso y no sabía por dónde salir-, y, como si no hubiera escuchado esta última pregunta, susurró: "Si no hay más cuestiones... gracias por su asistencia". Y mientras el presidente del partido salió casi volando -literalmente- de la sala de prensa, varios periodistas se volvieron para ver la cara de quien había osado salirse del guión ya fijado de antemano, ese en que ya no importaban el significado de las palabras, ese que permitía decir todo lo que se quisiera porque nunca había ninguna consecuencia política, nadie lo reflejaría en sus crónicas...
Y mientras se levantaba, ahora menos nervioso, sabía que nadie recogería en sus medios esa última pregunta y que a él ya no le esperaba ni una mesa ni una silla en su redacción, que en breves minutos recibiría una nueva llamada al móvil en que le dirían que no hacía falta que fuera a trabajar, que estaba despedido. Y lo único que se le vino a la cabeza eran las lecciones de la facultad, ese gusanillo en el estómago que le había hecho estudiar periodismo, y se preguntó -sabiendo que no había respuesta- cuándo el periodismo había dejado de ser el sexto poder para convertirse en su lacayo. Sin duda, estamos viviendo en un mundo al revés, pensó... y sin pensárselo dos veces se fue al metro, sin despedirse de nadie. Sin hablar con nadie.

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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