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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 16 de septiembre de 2019

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Poetas en vivo 2009: Biblioteca Nacional de España (2009)

 

Poemas leídos en el XIII ciclo "Poetas en vivo" en la Biblioteca Nacional de España, dirigido por Enrique Gracia Trinidad. La lectura se celebró el 30 de marzo de 2009.

 

Primer libro: "Geografía de Roma" 

 Escrito en Roma: 1994/1995

Se publicará en el libro "Cuaderno de bitácora" de 2007

 

1. cama

 Mi cama en Roma es un desierto,

silenciosa como un desierto,

huidiza como un espejismo en el desierto.

En vez de sábanas, en mi cama en Roma

hay dos nubes que amenazan tormenta,

dos mantas de truenos y relámpagos;

pero en mi cama romana nunca llueve,

se diría que es una cama de sequía,

una cama que de estar en un museo

sería pieza central de porcelana.

 

29. lluvia

Odio la lluvia de Roma.

Odio la gente que dice que ama la lluvia en Roma.

Odio la gente que dice que la lluvia le acaricia.

Odio la lluvia de otoño,

de esta estación estéril en que vivo.

Odio la lluvia que sorprende

y la lluvia que se espera.

Odio la lluvia que limpia el cuerpo

y la que se estanca en la boca y se pudre.

Odio la lluvia que lava las heridas

y la que se pierde en las grietas de los monumentos.

 

Odio la lluvia en Roma,

esta pertinaz lluvia que me cierra los ojos

mientras me sorprendo gritándole al cielo.

 

Prometeo condenado

Escrito entre 1998-2000

Publicado en el 2004

 

La apuesta de una voz social: utilizar los mitos del pasado para hablar del presente.

Un Prometeo nuevo, el Prometeo de nuestras miserias cotidianas, condenado a vivir en su egoísmo, sin prestar oídos al verdadero sufrimiento que se alza a su alrededor, como el de una exiliada: los dos hablan pero no se comunican:

 

[6]

L

a noche podría pintarse con los colores de una caja de acuarelas. Incluso el aire, incluso esa brisa nocturna que da volumen a las flores que se disponen a abrir en canal la anatomía de sus pétalos. Una noche, como tantas otras noches, de primavera. Siempre puede escucharse el trino de algún recuerdo, pero lo importante, lo esencial del paisaje es ese aroma a sábanas limpias que todo lo impregna, como el olor a tierra mojada. Prometeo está solo. Como siempre. Está solo e intenta mirarse y comprenderse, intenta recuperar segundos de su tiempo, aunque sabe que todo es inútil, que los días se repiten con la cabezona precisión de los intereses creados. Sin darse cuenta, la luna preside el cielo y todo parece encontrar su lugar; se diría que se ha descubierto la última pieza del puzzle.

 

Prometeo

Sólo me falta la silueta huidiza de las bailarinas volutas de humo,

sólo me falta el espejismo de fuegos y volcanes en los labios

y el aroma de esta noche podría enloquecer a las mismas rocas.

La brisa de la noche ha convertido el tacto de esta roca en una caricia

y el horizonte parece recuperar la paleta inflamada del atardecer.

Sólo el humo huidizo traspasándome como un alfiler los pulmones,

sólo ese dibujo inocente que se evapora y se pierde ante los ojos,

sólo un diminuto crepitar entre los labios, y mi sonrisa sería completa;

una de esas sonrisas que se dibujan en las caras redondas de los niños,

una de esas sonrisas que se cuelgan en las paredes de los colegios,

una de esas sonrisas que a veces mareamos en la circunferencia de los globos.

Y la brisa de la noche todavía me deja un sabor dulce en la boca

y el recuerdo de tus abrazos, de tus cadenas alrededor de mi cuello

me hace desear una y otra vez la silueta huidiza del fuego,

la columna que se abre ampliando la geografía de los suspiros...

 

(Refugiada)

En mi tierra sólo se suspira cuando amenazan las nubes detrás de los cerros;

en mi tierra, sólo las columnas de humo después de los bombardeos;

en mi tierra, no hay más sonrisas que las de los cañones que no disparan;

en mi tierra, se vive con la ilusión de huir de la fría caricia de la muerte...

 

Prometeo

...y acariciarte una vez más el pecho, una vez más, y dejarme dormir

en el acompasado ritmo de ese pecho que se alimenta de los segundos de mi pecho...

 

(Refugiada)

...y ya no hay segundos sin miedo, y ya no hay ni décimas de segundo;

hasta el aire que respiro, hasta el pan que mastico es de miedo.

Miedo de vivir, de moverme, de estar quieta; miedo incluso de los recuerdos.

Yo vengo de una tierra que un día fue verde en primavera,

de una tierra que explotaba en los rojos del otoño, en los azules del invierno,

de una tierra sin grandes montañas, sin acantilados, casi sin secretos,

de una tierra rodeada de agua, de una tierra abandonada por el cielo;

tierra a la que hay que arañar día y noche para disfrutar de sus frutos,

tierra en donde te sorprende el amanecer la silueta de una piedra,

tierra que siempre es generosa con las lágrimas y con los sueños,

tierra demasiado cerca de la playa para no tener miedo de los monstruos marinos.

Tierra de piedras, tierra de horizontes sin secretos ni sorpresas,

tierra de odios, tierra de rencores encallecidos en los libros de historia.

Tierra de trampas y tierra de salvajes que degollaban a sus hijos;

pero también tierra verde en primavera, roja en otoño, azul en invierno.

Yo vengo de una tierra en donde el viajero siempre era un amigo,

tierra que vio nacer a mis hijos, tierra que calienta el cuerpo de mi padre

y que hoy se evapora como la columna de humo de un incendio...

 

 Prometeo

...y sólo el humo escapándose, juguetón y nervioso, por las rejas de mis dedos,

y el aliento salvaje de un vaso de vino envejecido en la bodega de los recuerdos,

y un confortable lecho de manos cálidas que van apartando los rizos de mi cara,

y el aliento cercano de un gato que ronronea bajo la caricia de mis manos.

Sólo el humo del fuego, como esas columnas azules y casi rojas que se dibujan

en el horizonte cuadriculado de un atardecer que parece no querer acabarse nunca...

 

(Refugiada)

... y ese horizonte fue ayer mi casa; y ese rojo, los libros que ya no volveré a leer.

Y ayer disfrutaba de mi sillón confortable, con mi vaso de vino escandaloso

y mi buen cigarrillo revoloteando entre los dedos de mi mano derecha.

Sólo me preocupaba la nota discordante perdida dentro de una sinfonía.

Ayer enseñaba a mis hijos el color de una tierra enredada en los caminos,

y ayer no podía dejar de tararear una canción patriótica en la ducha,

una de esas canciones con detonadores a distancia en estribillo y melodía.

Ayer dormía en una cama con las sábanas limpias recién planchadas,

y me atormentaba el sueño la sombra de un ridículo proyecto

y la cita inoportuna de un familiar venido del sur, con prisas y sin previo aviso,

con esa mirada de miedo que uno descubre cuando abre la puerta a la muerte.

 

Libro de horas

Apuesta: hacer un libro poético para un público que atendiera a la lectura de novelas: una pretendida historia que diera unidad a la obra, que le llenara de guiños

 

12'00 horas

Se disipan los minutos de descanso entre las páginas de un periódico,

mientras pasan mis ojos

sobre los titulares y las letras van marcando el camino de la desidia.

 

¿Qué mundo es éste que denuncia el desvío de fondos para la paz en Bosnia

sólo para que no adelgacen los amigos invisibles de los grupos étnicos censados,

que admite enfermeras que aplican la eutanasia en el secreto de los geriátricos,

que inventa políticos que se acuestan por la noche con el sueño de cambiar Europa,

o industrias que por accidente vierten miles de litros de ácido tóxico

creando la ilusión de nubes químicas que se confunden con las tormentas?

Los titulares me rajan las pupilas de los ojos y las fotografías de futbolistas

me devuelven a un mundo que ha perdido la brújula del interés general.

Busco una palabra que me interese entre tantas letras que nada me dicen,

y la sensación de vacío me llena la boca del áspero sabor de la arena del desierto.

 

Nada me interesa,

nada me importa,

nada me daña más que tu silencio;

ni ese ejército que ocupa las calles de Argelia para arrancar la lengua de los que hablan,

ni esos agentes que se visten de verde por no desentonar con el medio ambiente,

ni el humo de los incendios que vuelven a extenderse por la geografía de Indonesia,

ni esos niños-murciélagos que se cuelgan de los autobuses por las calles de Alcalá,

ni esos clásicos que se agolpan en la mesilla de cabecera de Álvaro Mutis,

ni la mirada interior de esos ojos que un día se llamaron Pilar Miró,

ni las multas de Bruselas por esos torrentes de leche que se desbordan de nuestras vacas,

ni ese gigante surafricano que domina el comercio de tráfico ilegal de diamantes.

Mientras voy pasando

 una

        a

          una

las tristes páginas del periódico diario,

sólo pienso en los bosques que arden en Brasil,

en los bosques que se queman a lo largo del Amazonas,

en los bosques que se encuentran amenazados por los cuatro costados de la vieja Europa,

en los bosques que con su muerte súbita dan vida a tanto inútil papel,

a tanto guión publicitario que desconoce el abismo de una coma mal dispuesta.

 

Antes que ese Kraus enfundado en denuncias y hambriento de explicaciones,

me interesa ahorrar un treinta por ciento en el seguro de mi viejo coche;

antes que las investigaciones sobre los dobladillos del rey de la informática en Europa,

esa mirada que descubre que el acero está presente en todo lo que hacemos.

 

Dilapido el tiempo viviendo en un mundo que se refleja en blanco y negro.

Un mundo que esconde el placer en mensajes microscópicos a ocho columnas:

 

Julia, mis senos explosivos vibrarán en tus manos, bellísima viciosa,

Norma, insuperable en la cama, conocerás la diferencia,

Javier, morenazo guapísimo, cachas, sexo interactivo en directo...

 

y así un rosario con el santoral de nombres que sus madres no recuerdan haber oído:

Fany, ruega por nosotros,

Nora, ruega por nosotros,

Jessica, ruega por nosotros,

Linda, ruega por nosotros,

Tahoní, ruega por nosotros,

Susi, ruega por nosotros,

Magela, ruega por nosotros,

Kinderly, ruega por nosotros.

 

Un mundo que de resucitar Stridberg en su memoria madrileña de dos semanas

volvería a vomitar sobre Terra Mitica,

la única mística donde triunfan los sueños.

 

Así que intento encontrarme en la desorientación de los números de la bolsa:

un dólar USA grande vendido hoy a ciento cincuenta pesetas,

un franco francés, a veinticinco pesetas,

suizo, a ciento dos;

cien liras italianas, a ocho pesetas,

sin perder de vista las coronas,

la sueca,

la danesa,

la noruega,

los escudos portugueses,

los dracmas griegos.

Y el aceite de soja, el algodón, el cacao y el maíz y el trigo

se vuelven cifras,

ayer y anterior,

en la historia interminable de los precios.

 

Paso las páginas del periódico

y te busco en los pliegues de tanta tipografía,

detrás de ese titular creo descubrir el rastro de tu sombra que huye.

Pero es un falso indicio:

ahora seguro que estarás con la camarera del Titanic,

sentadas en el camarote, esperando a Ilona que llega con la lluvia,

y rien ne va plus:

lluvia en el centro

 y en los desiertos de mi corazón, tu ausencia.

 

Y me arrepiento al instante por haberte imaginado dentro de un periódico,

y me arrepiento de buscarte reflejada en los huecos impresos de un periódico.

Nada hay como escribirte y recordarte;

nada como vestirte con palabras a tu medida.

Te invento

    y me sonríes con una boca alocada en cada uno de mis sueños,

te invento

    y te creo leer en cada una de las noticias que sobrevuelan el periódico,

te invento

    y te oigo decir te quiero;

    y repetir: te quiero, te quiero,

las únicas palabras que he buscado, sin éxito, entre tantos titulares y noticias,

las únicas palabras que dan sentido a estos verbos,

a estos adjetivos,

a los pronombres que nunca me atreví a conjugar en tu presencia

por miedo a tu silencio,

por miedo a que me condenaras a un impreso silencio.

Te invento

    para comerte como el helado de chocolate de tu recuerdo,

para no perder tu rastro en las páginas de este periódico que tiro a la basura.

Y en mis dedos

queda reflejado el fondo de tanto vacío;

la imagen en negativo de tantos espacios en blanco,

como los de tantas palabras diarias,

como los de tu ausencia.

Y mis dedos disfrazados

dibujan tu nombre como un titular en una página en blanco.

 

14'00 horas

(según el guión de Momo)

 

Conservan cierta magia santera las columnas de humo de los cigarrillos.

 

Entramos en la cafetería y el abrazo de las risas y de las conversaciones

me abre el apetito,

el apetito de tener de nuevo tu cuerpo en mis brazos,

de abrazarte con fuerza mientras tiemblas como un pájaro herido.

 

Varias cervezas y una ronda de cigarrillos desfila ante mis ojos

mientras la puntería de los dedos los van derribando

      uno

a

  uno.

 

En el cenicero, un beso de carmín conserva tu rastro entre tanta ceniza.

 

El olor de las salsas,

la de calabacín,

la de albaricoque y cerveza,

se confunde con los champiñones,

las berenjenas y las cebollas rojas,

los escalopines de ternera,

el lomo de cerdo o el bacalao fresco

que salta de la carta del menú hasta la libreta de la camarera.

Una colección de ensaladas se subastan en la huerta de nuestra mesa:

de Italia,

de lechuga, tomates y cebolla roja con salsa de aguacate,

de César,

de endivias y naranjas con vinagreta de sésamo.

 

Me lleno de tu saliva cuando el revuelto de salmón fresco entra en mi boca,

intento morder el tenedor con la misma dulzura que tus dedos

que me acarician la frente,

que me acarician las orejas,

el hueco huidizo de mis ojos,

mientras buscan mis labios que se esfuerzan en esbozar las fronteras de un beso,

y beso las yemas de tus dedos,

y beso las uñas de tus dedos de aguacate,

y las devoro hasta atragantarme,

hasta destrozarme la garganta;

entonces tu cuello en escabeche se me abre porque te gusta

sentir mis dientes,

sentir mi lengua dibujándote collares de saliva que se desbordan

hasta llegar a los diques de tus pechos,

como las líneas geométricas de los espaguetis,

y me pierdo en ti,

y me enloquece tragarme la crema de tus champiñones

sin saciarme, nunca;

sin llegar a saciar nunca el hambre de mi cuerpo.

 

Y las bocas se mueven acompasadas por el ritual diario de la comida,

y las palabras se consumen con moderación

y con nuevas cervezas.

 

Pero mi boca ya no es esta boca que ríe la inocencia de un chiste,

sino esta boca que se deshace con los escalopines de ternura con salsa de calabacín

que son los dedos de tus pies,

los diez dedos de tus pies que adoro,

que voy saboreando mientras mis manos se pierden en la compota de manzana

de tu vientre,

que conserva cierto sabor amargo de las noches de luna llena.

Me deslizo por tus muslos lubricados por salsa de cerveza

y te voy comiendo trozo a trozo,

     lomo a lomo,

     verso a verso,

hasta introducirme en el aceite de sésamo de tu vientre ardiente,

y la salsa de albaricoque me llena la boca de todos tus sabores

mientras dentro de ti todo sabe a soja, chicharros y romero.

 

Me ofrecen una nueva cerveza y la magia del número tres me convence.

 

Y de nuevo me pierdo dentro de ti,

como ese niño que nunca tuvimos,

y tus manos me acarician el pelo a través de tu vientre fresco con salsa de tomate,

y tus manos me destrozan las manos

y tus espinas me recuerdan mi deseo.

 

Un nuevo desfile de cigarrillos,

una nueva ronda de frases hilvanadas con desidia

a la espera de ese dulce que son tus labios susurrándome te quiero,

labios de pan de higos y pasas,

de chocolate,

de zanahorias con naranja,

de calabacín con salsa de arándanos,

de plátanos con sirope de ron;

labios que son capaces de levantar el mundo con la fragilidad de un verbo,

labios que un día me dijeron ven,

labios que nunca se atrevieron a decirme vete.

 

Un café de leche cortada me devuelve al laberinto de estas cuatro paredes

y huyo de tus labios,

del recuerdo de tus labios, gracias a una macedonia de la casa.

 

Y mientras voy comiendo comprendo que en realidad mastico mi corazón,

que el almíbar no es más que el dulce sabor de tus recuerdos,

y que debo volver a la oficina porque no quiero ver agonizar mi teléfono

mientras espera esa llamada que nunca acariciará su fibra óptica.

 

Y vuelvo por las aceras tocándome las manos,

acariciándome los dedos,

con el mismo tacto, diario,

el mismo hielo de aquella última vez que estuvimos juntos,

con el mismo frío que sacude hoy Madrid con la promesa de una tormenta sin truenos,

con el mismo corazón vacío,

con la misma inquieta sensación de acidez en el estómago.

 

 

Acróstico

Publicado en Sial, 2005

 

Sin palabras

 

Así me encontraba yo,

sin palabras,

mientras corría la sangre húmeda

por las autopistas del corazón,

dejando atrás las desviaciones de la esperanza

y las estaciones de servicio de los sueños.

 

Así me encontraba yo,

sin palabras,

mientras las horas de los últimos años

se perdían en la demolición de los recuerdos

y en el solar de la desidia y del conformismo

jugaban al fútbol versos apenas entrevistos.

 

Así me encontraba yo,

sin palabras,

instalado en el hogar de refugiados

arropado por las mantas de los amigos

con un whisky en la mano como una sonrisa...

 

...y entonces te vi bajar las escaleras de aquel bar;

desde el otro rincón del mundo,

te vi bajar cada uno de los escalones

que te llevaban al centro de mi corazón,

y el eclipse de tu sonrisa y de tu mirada

me anunciaron un viaje a la luna,

que debía durar más de ochenta milenios...

 

... y entonces, desde el faro de un rincón perdido,

te vi acercarte, abrirte paso por las aguas

domésticas y sangrientas de las copas semanales,

dejando atrás un rastro de plagas anónimas.

 

Así me quedé al verte aquella noche:

sin palabras.

 

 

Oración final

H

ay minutos en que necesito alzar el vuelo,

dejar tras de mí las diminutas hormigas

de las nóminas y de los compromisos adquiridos,

de las sonrisas y de esas citas siempre ineludibles.

 

Hay minutos en que siento faltar el aire,

en que la contaminación de lo cotidiano

llena los pulmones de un óxido amargo

que acaba por nublarme de lágrimas los ojos.

 

Hay minutos en que todo sabe a espinas,

que se clavan en la garganta como una mentira,

y las palabras se pronuncian con partituras mudas

imitando los ronquidos de las horas que pasan.

 

Hay minutos en que los libros me traicionan,

en que los dedos sufren ataques espasmódicos

y sólo soy capaz de escribir números y letras

deformando poco a poco la geografía de un folio.

 

Hay minutos en que todo carece de sentido,

y sueño con oraciones en templos lejanos

y un cielo blanco que recoja mi vuelo

que siempre amanece por encima de las nubes.

 

Pero entonces apareces tú, siempre tú,

y me abrazas, y me sonríes, y me besas,

y me miras con tus ojos sonrientes

y todo vuelve a recuperar su sentido.

 

Al principio Dios creó los cielos y la tierra.

 

Diario de un viaje a la tierra del dragón

Escrito en un viaje a China durante el 2004

Publicado en 2005, Ollero Y Ramos

Diseño de Emma Martín

Publicado en verso (primera versión) en 2007, dentro del libro "Cuaderno de bitácora"

 

[8]

26 de octubre: 11'30 horas

(En el Parque Tiantan Gongyuan)

 

Mientras intento escribir un poema,

mientras pretendo transformar en palabras mis sensaciones,

las imágenes que me inundan arrancándome parte de mis recuerdos,

mientras escribo para no gritar,

para no ponerme a charlar con el árbol que crece a mi lado,

para no dejarme arrollar por el tren de la melancolía,

delante de mí una anciana recoge castañas del suelo.

Poco a poco va levantando las hojas grises del otoño

y la bolsa de su triunfo se va llenando de sonrisas.

 

Dejo de escribir y me quedo mirándola.

 

Después, ella se levanta, me saluda con la mano

y me muestra sonriente su bolsa roja repleta de cosechas.

 

Yo la saludo, pero no soy capaz de mantenerle la mirada:

no puedo ofrecerle más que sombras de versos.

 

[4]

25 de octubre: 10'00 horas

(El mausoleo de Mao)

 

Sólo iluminada la cara; la sala oscura, oscuro el traje.

Dos filas a sus lados reverenciales y rápidas como una marcha militar.

Las flores que se venden a la entrada se quedaron a los pies de la estatua,

las mismas flores que se venderán en la entrada dentro de una hora.

La fila crece en el lateral de la Plaza de Tian'anmen;

pero todo está controlado: no hay anuncio hoy de manifestaciones.

Por el altavoz se escuchan proclamas y poemas como oraciones,

y el nerviosismo crece por momentos en el paso de los más ancianos.

 

Sólo dura un segundo...

pero es suficiente.

 

Las escaleras se suceden como las dunas del desierto

y no hay tiempo para detallar el edificio levantado por el pueblo;

setecientos mil voluntarios trabajando bajo la dictadura de diez meses.

Mármol puro; frío mármol digno de cavarse en un cementerio.

Dos filas que avanzan a golpe de órdenes y de gritos.

Y en la sala todo es silencio;

sólo está permitido el crujir de los zapatos y de los suspiros.

La cara iluminada, como un sol, en medio de la sala oscura.

 

Sólo un segundo para ver el perfil luminoso de Mao...

pero es suficiente.

 

[17]

29 de octubre: 23'00 horas

(Nocturno en Nanjing)

 

La noche de Nanjing se ha llenado de fiestas,

y las luces de la avenida parece que han explotado

inundando de rojos y de amarillos las aceras.

 

La torre del hotel se derrite en bengalas como una tarta

y las luces de los coches van disparando serpentinas

que se quedan colgando en los brazos de los semáforos.

 

El río Yangtze es un dragón de dientes afilados

y las luces de los vestidos que se estrenan los escaparates

queman el misterio financiero de las operaciones matemáticas.

 

Mi habitación, por fin, ha dejado a un lado sus tonos grises,

y la luz verde del móvil ilumina la Puerta de la Felicidad,

que me lleva hasta el Templo Sagrado de tu Sonrisa.

 

Ahora sí que es tiempo de fuegos artificiales por las calles:

las luces de tu voz convierten Nanjing en un banquete

que voy devorando con los palillos afilados del deseo.

 

[21]

31 de octubre: 11'30 horas

(En el Parque Shouxihu, Yangzhou)

 

 

 "Estoy componiendo un poema amoroso junto a mis amigos

bajo la luna luminosa", dicen que dice el letrero junto a la estatua.

El poeta acaba de levantar la mirada mientras la pluma

conserva la vibración del arco creativo recién tensado.

No le faltan las palabras sino el corazón para escribirlas:

su corazón se encuentra muy lejos, a miles de kilómetros de distancia.

Rodeado de crisantemos, sonríe acompañado de sus amigos.

El bambú es un abrazo en la arquitectura de la puerta de entrada.

Mientras, los turistas agotan con sus prisas la tranquilidad del parque,

los puentes suspiran sobre los canales que va serpenteando el lago

y un grupo de niños grita y posa ante el cuadro de la fotografía.

 

Estoy componiendo un poema amoroso bajo la luna de neón,

rodeado de los recuerdos de tu cuerpo, de tu boca, de tus dientes,

de esa manera tuya de susurrarme te quiero en cada uno de tus gestos,

de esos gestos que coloco junto a la estatua del poeta en medio del parque:

ofrenda diaria para convertir en piedra y cobre un te quiero.

 

 

Canciones y otros vasos de whisky

Publicado en Sial, 2006

¿Cómo nacen los poemas? El inicio creativo...

 

 Canción de la lectora de poesía

 A ti, que nunca te reconocerás en estos versos


1

¿Y si al subir al tren, de improviso

te encontraras con la mujer de tus sueños

leyendo tu último libro de poemas?

Dime, ¿qué harías tú entonces?

 

Yo sólo supe estar callado

y mirar por la ventana,

sin atreverme a fijar en ella mis ojos,

viendo pasar los atascos de la mañana,

los campos cuadriculados y los postes de luz,

y viendo cómo los montes se alejaban

y un avión delineaba lentamente el cielo

sobre nuestra cabeza metálica;

entonces, sólo entonces, me imaginé una sonrisa

rozando velozmente sus labios...

...y, entonces, sólo entonces...

 

2

... entonces me acomodé en el asiento,

cerré los ojos tras las gafas de sol,

y estiré como una bandera el cuello,

ladeando ligeramente la cabeza,

como si el aire me ayudara a izarme,

y entonces, esperé, esperé, esperé...

... un tierno mordisco de poesía.

 

3

No me imagino qué podría ofrecerle

por leer una sola de sus anotaciones.

Le miro leer y sonreír.

leer y subrayar,

leer y escribir en los márgenes de mi libro,

leer y morderse el labio inferior,

leer y tocar ligeramente sus gafas,

leer y acariciarse una uña,

leer y cerrar a veces los ojos,

leer y agitarse su pequeña nariz de gata,

leer y volver a acariciarse las puntas del pelo,

leer y respirar adjetivos de primavera.

 

No me imagino qué podría sacrificar entonces

a cambio de ojear -sólo de pasada-

una sola de sus rápidas anotaciones.

Tengo que ese adjetivo subrayado,

que ese verbo que se alza emperador en el verso,

que ese sustantivo que todo lo nombra

puede, ahora mismo, darme la vida.

 

4

Le arrebataré mi libro en uno de los túneles,

o cuando cierre los ojos,

o cuando mire por la ventana

apoyando su barbilla entre las manos,

o cuando se evapora en el perfume

de una rosa recién cortada.

 

No. No mi libro,

no, entonces le arrebataré un beso...

... sí, ese beso que se dibuja en sus labios ahora.

 

5

Ahora siento que me mira,

hace como que lee, pero sus ojos

se debaten en esquizofrénicas miradas,

y las palabras tienen forma de ojos,

y un adjetivo es puntiagudo como una nariz,

y dos verbos se abrazan copulativos

mientras las siempre preposiciones de carrerilla

se colocan en hileras de dientes;

son los adverbios de modo la barbilla

y los de tiempo sus lóbulos vírgenes,

y las oraciones subordinadas adjetivas

la piel ruborizada que todo lo cubre.

Siento que ahora me mira,

aunque vuelve los ojos a las páginas,

y su sonrisa se esculpe igual que un verso

mientras mi libro se deshoja entre sus manos.

 

Siento que ahora me mira...

                ... y que sonríe, me sonríe,

ya que al fin entiende, sí, ahora ya sí,

que este leerme, al mirarme, al subrayarme,

en realidad encierra la ternura de un beso.

 

6

Y ya llegan los últimos versos,

y las últimas estaciones sin parada,

y ya las últimas páginas de mi libro,

y el sol a través de los cristales,

y las torres dormitorios insomnes,

y la triste contaminación de Madrid,

y el cansancio de un anuncio antiguo,

y la alegría de encontrar aquel adjetivo

que se creía perdido en un diccionario,

y los últimos lamentos de una ópera,

y el marcial taconeo de unas pisadas...

 

... y entonces, vuelve mi libro al bolso,

las gafas a los ojos,

y el sol,

y el sol se pierde, se descubre y ahora se pierde

-irremediablemente-

entre los techos rajados de la estación de tren,

mientras ella busca en su bolso un pintalabios;

y sin mirarme, sin regalarme siquiera una mirada,

se levanta enloqueciendo de rojo sus labios.

 

 

 

Canción del aprendiz de poeta

L

a conocí ayer

pero aún hoy no he sido capaz de quitármela

de la cabeza.

Me explicó las tres formas

en que poesía y realidad se comunicaban;

me confesó que desde los nueve años

se recuerda llenando de versos sus horas,

que no hay papel en blanco que vea

que no termine por sufrir sus flechas verbales;

me habló de la insufrible pereza

de volver una y otra vez al mismo poema;

me exigió la nómina de poetas

que se esconden en mis versos

y yo me descolgué con una sonrisa

y los nombres de Góngora y el Cantar de los cantares.

 

Y entre trozos de filete de ternera

y escamas de pescado, patatas y ensaladas,

parecía un oráculo dando respuestas,

descubriendo ante nuestros ojos atónitos

uno a uno los secretos del poema.

 

Pero, al final, el aprendiz de poeta calló,

bajó los ojos

y al alzarlos había desaparecido,

dejando tras de sí el rastro de una pregunta:

 

Hace meses que no escribo,

¿crees que algún día volveré a hacerlo?

 

 

Tríptico (poemas escénicos)

Sial, 2009

Obra de teatro: Del amor y sus sombras

[3]

Soy uno

(Confusión melodramática en un solo acto... multiplicado por cuatro)

 

D

e nuevo, el escenario vacío. Negro. De ese negro de bodega. Escenario sin nada. Cuatro espejos. Uno al fondo -más grande-, y otros dos en los laterales, y un cuarto en el techo. Todos colocados para reflejar al único Actor, que se encuentra en el suelo. Tumbado. Respirando ruidosamente, canturreando aburrido mientras el público -en el caso de que haya público- se va acomodando en sus butacas. De vez en cuando, una ráfaga de luz, como la de los patios nocturnos de las cárceles, atraviesa los cristales, deslumbrando los reflejos. Los cuatro espejos deben multiplicar la imagen del Actor, transformarlo en infinito. Debe dar la sensación de que el Actor se encuentra dentro de una caja, dentro de una caja de espejos, por más que los espejos no se toquen entre sí. El Actor sigue tumbado, con los ojos cerrados, como si estuviera en medio de un prado. En medio de un prado sin hacer nada, sin pensar en nada, sin soñar en nada.

 

Soy uno

que se inventa ángeles

en el polvo de las aceras.

 

[mientras habla va agitando los brazos y las piernas. Parece que se ha vuelto loco, pero sólo lo parece. Al levantarse se descubre que había estado tumbado sobre arena y, que al alzarse, ha dejado marcada la figura de un ángel]

 

Entra luz de luna por la ventana

y una brisa traviesa que me acaricia los pies.

Estoy cansado y tengo sueño.

Tengo treinta y seis años y estoy cansado.

Tengo sueño, mucho sueño lejos de tus labios.

 

[Se sienta y va borrando con las manos el ángel, al tiempo que escribe, una y otra vez, el número treinta y seis, treinta y seis, treinta y seis]

 

Soy uno

que se deja llevar por las mareas de los sueños.

Suena la sirena y me arrastra hasta un barco,

hasta ese barco que va surcando los Mares del Sur,

y a mi paso voy dejando una marea de manos

que se agitan al ritmo frenético de una samba.

Soy uno

que sigue soñando con los Mares del Sur,

con que detrás de una esquina siempre hay una sorpresa,

con que una rosa es siempre un milagro.

¡Qué perfecta es la circunferencia de la luna!

Luna de los Mares del Sur,

luna que ilumina los camarotes del barco

que se deshace de las olas de los Mares del Sur.

¡Qué perfecta se ve la circunferencia de la luna

desde la ventana circular de mi camarote,

rumbo a los tesoros escondidos en los Mares del Sur...

 

[Se levanta, sin prisas, sin prisas, como a quien le ha tocado la hora de decir un discurso]

 

Soy uno

que una mañana se levantó con sangre en las manos,

una sangre asfalto,

una sangre manantial de citas nocturnas,

una sangre que gotea en las esquinas del deseo

hasta convertirse en un nudo en la garganta.

 

[se frota las manos, primero convulsivamente, como queriéndose desprender de la sangre invisible de sus manos, pero, poco a poco, los movimientos bruscos de sus manos se van, poco a poco, convirtiendo en caricias]

 

Nunca creí que la sangre oliera a rosas,

o a perfumes, o a sudor, o a silencios,

mientras paso mis manos ensangrentadas por tu cuello,

por tus brazos, por tu pecho, por tus piernas,

hasta perderme en la sangre de tu cintura...

 

[y se va acariciando y cierra los ojos, y tiembla, mezcla de miedos y de pasión]

 

Los silencios se multiplican cuando estoy a tu lado.

 

[se mueve y se busca compulsivamente en cada uno de los espejos]

 

¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu nombre? ¿Cuáles tus sílabas?

¿Qué agujero en el alma te ha arrastrado

ante la geografía nocturna de este espejo?

¿Qué historias esconden los callos de tus manos,

qué historias los renglones torcidos de tus dedos?

¿Por qué escondes tu sonrisa detrás de este silencio,

de este silencio nocturno de pisadas lejanas,

lejos, siempre lejos, de cualquiera de los Mares del Sur?

 

[se vuelve y se queda mirando fijamente su imagen reflejada en otro espejo; descubriéndose, inventándose]

 

¿Y tú? ¿Inocentes vaqueros entreabiertos? ¿Cómo te llamas?

¿De qué escaparate te han arrastrado a mi encuentro?

¿Cuántas manos has estrechado esta noche,

cuántos dedos has saboreado desde la humedad del suelo?

Tu cintura se deshoja, se modela como plastilina

al paso del huracán de temblorosos y oscuros brazos,

que un día emergieron de las aguas de los Mares del Sur.

 

[un nuevo espejo, y una nueva pregunta]

 

¿Acaso tú me estabas esperando en tu rincón,

arrastrado por unas lágrimas no curadas a tiempo?

¿Por qué proteges tus manos con el escudo de un whisky,

por qué amenazas con romper el vaso con tus dedos?

Eres centinela, un triste y aburrido centinela

en medio de esta noche de laberintos y de calles sin esquinas,

tan lejos, pero tan lejos de mis infantiles Mares del Sur.

 

[se sienta de nuevo, y con las manos apoyadas en el suelo, mira al cielo del último espejo]

 

¿Cuándo tus ojos dejaron de ser mis ojos?

¿Cuándo tus manos dejaron de acariciar mi espalda

para convertirse en el monótono pasar del arado de tus dedos?

¿Cuándo dejaron tus dedos de tamborilear sobre mis muslos,

cuándo tu lengua dejó de alimentarse de mis pechos?

¿Cuándo tu voz se convirtió en un hueco eco?

¿Cuándo los te quiero comenzaron a hilvanarse

en el collar de las frases hechas por los pasillos?

¿Cuándo mi nombre dejó de ser una oración

susurrada por tus labios en medio de la almohada?

¿Cuándo tus pies dejaron de buscar mis pies

en el horizonte de la cama en las noches de invierno?

Este cuerpo que un día se quebró con tu cuerpo,

esta cintura que disfrutaba con el anillo de tus abrazos,

y que se bronceaba de los tonos sonrosados de tus besos;

este cuerpo que se ofrecía nocturno ante el altar de tu cuerpo.

¿Cuándo dejaste de abrazarte a mi espalda cada noche,

de susurrarme entre sueños te quiero a cada vuelta de baile,

en esa cama convertida en un musical de Broodway?

¿Cuándo dejaste de dormirte abrazado a mi pecho,

de confundir tus fronteras en las fronteras de mi cuello?

¿Cuánto tiempo hace que tu piel no traspasa mi piel?

¿Cuánto que mi aroma no se mezcla con tu aroma,

que no nos bañamos en las aguas tranquilas de los Mares del Sur?

 

[el Actor comienza a borrar y a escribir nombres y letras en la arena del escenario, números sueltos, letras sueltas que forman -y así debe reflejarse en el espejo superior- el jeroglífico de la confusión]

 

A veces me levanto por la mañana y estoy solo.

A veces me levanto y estoy contigo... y sigo estando solo.

A veces me levanto y me quedo ciego hasta la noche,

con ese miedo absurdo que no querer estar solo,

con ese deseo absurdo de no querer abrir los ojos.

Los silencios se multiplican cuando estoy a tu lado,

las sirenas dejaron hace tiempo de anunciar barcos

fantasmas hacia los Mares del Sur, los Mares del Sur,

y los espejos de tus ojos, de mis ojos, están sembrados de lágrimas.

 

[comienza a llover, como si fueran los espejos quienes estuvieran llorando]

 

Soy uno

que se inventa ángeles...

para no tener que reconocer demonios.

 

[llueve y la arena se convierte en barro, sobre el que se tumba el Actor... mientras se hace completamente de noche... noche que sólo rompe una ráfaga de luz y el ruido lejano de una sirena]

 

Trento

Bari, 2009

Con traducción al italiano de Claudia Demattè

 

1.

Las montañas de Trento

ocultan sus nombres

bajo las copas nevadas.

 

Hace frío.

 

Hace frío en el corazón

que ha dejado a su amigo

a cientos de kilómetros

de sus espaldas nevadas.

Las calles de Trento se van llenando,

hora a hora, paseo a paseo,

de recuerdos y de lugares comunes.

Las esquinas dejan de ser una amenaza

y las calles un laberinto

de cruces y de puertas escurridizas.

 

Hace frío.

Pero no importa:

aún conservo en mis brazos

el aliento perfumado de sus brazos.

Aún mi piel se estremece

si una ráfaga de viento, como un beso,

levanta el polvo de las calles.

 

Hace frío.

Pero no importa:

he venido bien equipado

para triunfar sobre la espera.

 

3.

"Ven pronto,

mi amado.

Los racimos

de besos

están ya maduros".

 

Apoyado en el balcón,

mirando al oeste,

espera cada noche

el milagro de un encuentro,

repitiendo como una oración

ese nombre extranjero

que le llena de miel los labios

y de sonrisas los amaneceres.

 

"Ven pronto,

mi amigo.

Lejos queda el invierno.

Ven pronto,

amado mío,

que ya me quema la espera".

 

6.

La mano sobre la nuca.

Los dedos de la mano sobre la nuca.

La nuca fría. Una nuca sin aliento.

Expectante.

Curiosa.

Lejana.

Los latidos del corazón se agitan en la nuca.

Unos latidos que se disparan

al contacto de la mano,

una expectante, curiosa, lejana mano

que te busca -

y te encuentra-

en medio de la noche.

Llueve fuera.

Una lluvia de silencios y de sirenas.

Y tu nuca se calienta bajo mi mano

mientras el corazón recupera los latidos

al ritmo sofocante de la espera.

 

9.

Sono azzurri, intensi, lontani.

Gli occhi dell'imperatore, Laura Mancinelli

 

Como todas las noches.

Como todos aquellos días,

antes de acostarse,

antes de dejar escapar los últimos rayos de sol

en la frágil copa de las esperanzas,

salió al balcón

y desde el horizonte de la montaña,

mirando al oeste,

intentó ver sus ojos en la lejanía,

intentó dejarse acunar por la marea

de aquellos ojos azules, intensos, lejanos.

 

Así había sido en los últimos años

y así debía seguir siéndolo, por ahora:

oración silenciosa en el cielo trentino,

hasta que el emperador volviera al bosque

o mandara a uno de sus mensajeros

que con su galope llenara de polvo

-y de esperanzas- aquellas agotadoras esperas.

 

10.

"Te amo

por todo lo que no eres".

 

Terminó de escribir la carta.

Miró cómo el lacre del sello

iba dando forma al escudo familiar

y sonrió

(sin motivo).

Sabía que esa carta sería su muerte.

No imaginaba poder vivir por más tiempo

en aquel silencio,

en el envidioso coqueteo

de las promesas incumplidas.

 

Se guardó la carta en el pecho,

imaginando el momento oportuno.

 

Más fría que un puñal.

Más certera que una flecha

en medio del corazón de la espera.

 

11.

(el nuevo Laurino)

 

Esperaré.

Esperaré la primera oportunidad,

el primer golpe de suerte

y te llevaré a mi palacio de primavera

donde nadie podrá verte nunca jamás.

 

Todo mío.

Sólo para mí.

 

Los lamentos de tu familia

podrán convertirse en diamantes

y sus súplicas en minas de oro.

Nada volverá a separarnos.

Nada a partir de ahora.

 

Vivirás entre mis brazos

del día a la noche,

en el jardín de rosas de mis brazos.

 

Nadie sabrá de ti.

Nadie conocerá tu paradero.

Ni de noche ni de día.

 

Entre las rosas de tu pecho

sueño con pasar el resto de mi vida.

Los dos solos, perdidos en el jardín

de un tiempo sin horarios ni relojes,

rodeados de rosas

en el jardín lejano de la espera.

 

13.

Demasiado horizonte para ser un río.

Demasiadas orillas para ser el mar.

Demasiado silencio para ser una fuente.

Demasiadas sombras para ser un lago.

 

Sueño abrazado a tu espalda

que me ahogo en medio de la noche,

en esta noche sin horarios ni despertadores,

que en mi boca saltan las palabras

como peces fuera del nido del acuario

y que en el silencio oscuro de la cama

mi respiración es la única respuesta

a tantos gritos sin voz, en silencio.

 

Duermo abrazado a tu espalda

y sueño que me ahogo, poco a poco,

en la cámara lenta de las pesadillas...

 

Duermo abrazado a tu espalda

por más que tú estés a cientos de kilómetros

y no puedas escuchar, en el silencio de la noche,

cómo mi garganta es una fuente, un lago, un río,

el mar

en que la corriente de tus sílabas ahogan la espera.

 

15.

Lo sabía.

Detrás de aquella puerta

estaba todo.

Todo lo que le habían prometido.

Todo lo que había soñado.

Todo lo que había estado esperando

en los últimos años de juventud.

 

Al final del túnel,

al final de aquel pasillo oscuro,

tan solo una pequeña puerta de madera

lo separaba de su amor,

del amigo que había venido volando

para dar sentido a sus versos.

 

Intentó recordar su rostro, sus labios

y un escalofrío le recorrió la espalda.

Sus ojos no serían ya lejanos.

Ojos del color del encuentro.

 

Sabía que estaba allí,

que le esperaba rodeado de los meses

en la torre más hermosa del castillo

de sus deseos,

sentado allí, en medio de las nieves

pintadas en el espejo de la primavera,

que se entretenía en danzas y risas,

las mismas que le habían prometido sus cartas,

agotadas en el tacto diario de la lectura.

 

¿Por qué tardaba tanto aquel heraldo?

¿Por qué no anunciar ya su presencia,

acabar ya con la tortura de la espera?

 

16.

Y se levantó.

 

La sala mantuvo por un momento el aliento

y se creó a su alrededor una burbuja

de silencio.

Se oyeron estirarse los pliegues

de su sotana

y sus manos apoyarse en la mesa de madera,

y el equilibrio forzado de las velas y de los crucifijos,

de las cuartillas emborronadas con tan solo un nombre.

 

Todo en silencio.

 

Se levantó y miró, uno a uno,

a sus compañeros de concilio.

De cada uno recibió una sonrisa expectante

o el gesto inequívoco del reproche,

ese que solía anteceder a cada una de sus palabras.

 

Volvió los ojos a las cuartillas recién escritas,

a los versos escritos y reescritos en los márgenes

y sonrió mientras volvía a sentarse.

 

Se había quedado sin palabras

(una vez más)

a la orilla del triunfo de la espera.

Género al que pertenece la obra: Poesía
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Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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