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Viernes, 12 de agosto de 2022

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Jesús nunca fue cristiano (2010)

Madrid, Vitruvio, 2010

Jesús murió veinte años antes de que empezaran a hablar de Cristo y hubiera alguien que dijera ser cristiano. Falleció el viernes 7 de Abril del año 30 de la era contemporánea. Del año 48 al 53 Pablo (que era turco) empezó a predicar y a dictar las primeras cartas en las que mencionaba a Cristo, traducción de la palabra Mesias, que significa el ungido, el embalsamado. Jesús nunca oyó hablar de Pablo. No se conocieron. El Cristianismo lo puso en marcha María Magdalena, fue la primera que dijo "ha resucitado mi chico". Pedro vino después y dijo "yo lo ví primero" era chico y su testimonio valía más. Pablo apareció años después y habló lo que quisó por revelación divina propia. Era un converso, por tanto, radical. Este libro aborda lo acaecido en aquella época desde la perspectiva profesional de oficio que ejercía cada uno de los que acompañaron a Jesús en sus andanzas. Es una lectura poética, con sentido del humor, de la convivencia entre apostoles y discípulos.

Son diecinueve poemas, diecinueve personajes. Como botón de muestra el que tiene que ver con María, su madre. Este poemario recupera la tradición biográfica en poesía y logra sorprender. "Es el contrapunto inteligente y erudito a las simplezas que cuenta el catecismo". "He aprendido a descreer" son ejemplos de comentarios. Hay una breve introducción histórica. Está dedicada la obra a Casiodoro de Reyna y Cipriano Varela, se salvaron de la quema por estar fuera de España cuando quiso la Inquisición y su Majestad que ardieran. Su delito fue muy católico: traducir la Biblia y el Nuevo Testamento, directamente del hebreo y del griego al castellano. Sabían demasiado.


Pilatos, con mando en plaza

Mi cita con la historia llegó
en el momento menos pensado,
por estar en ese sitio a esa hora,
sin caer en la cuenta de lo que estaba en juego,
afronté los hechos y pasé a los libros,
a los museos,
a las obras de teatro,
a la ópera,
a la música sacra,
donde me nombran me representan,
como el chico malo que se lavó las manos.

No hice caso a mi esposa una pesada,
tenía pesadillas me despertó
para pedirme
que no mandara
a un inocente a la cruz.

Menos lobos, Caperucita, fue culpable,
pudieron elegir los judíos,
les di la opción de librarle,
solté a Barrabás,
sentencié yo con mando en plaza,
Poncio Pilatos.

No era la primera vez,
monté un tiberio,
cuando hice entrar a las tropas,
en Jerusalén
con la imagen de Tiberio,
el divino emperador
en los estandartes,
en la ciudad santa por excelencia
de los judíos,
unos iconoclastas.

Una ofensa una provocación dijeron,
hecha a placer, innecesaria, conveniente,
tocaba mandar y mandé Yo,
Poncio Pilatos.

Ordené construir un acueducto
que llevó el agua a la ciudad,
di un uso apropiado,
público,
benéfico,
a los diezmos del Templo.

Por mí tuvieron agua corriente en las calles,
y no me lo agradecieron,
fueron unos ingratos,
protestaron y acabé con la revuelta
rebanando cabezas mis legionarios,
fue preciso,
actué como tenía que actuar
Yo, el Prefecto de Roma en Judea,
Poncio Pilatos.

Hice lo que tenía que hacer
en nombre de Tiberio,
el Divino el Augusto,
el que me nombró para mandar,
para decidir qué estaba bien
qué estaba mal
según los intereses romanos.

No era yo el chico de los recados,
un Procurador,
desinformados los evangelistas,
ignorantes de los asuntos del imperio,
de los cargos,
Prefecto de Judea según reza en latín
una lápida conmemorativa,
hallada en Cesarea
Prefecto el mandamás en la plaza.

Le condené a muerte cuando me tocó lidiar
con ese revoltoso que decía ser
Jesús de Nazaret Rey de los Judíos
para más INRI,
el título con el que figuró
para siempre en la cruz,
ese poste en el que le colgué
porque así me lo pidieron los propios judíos,
las autoridades religiosas,
quienes sabían de Yahvé,
del Templo,
del Mesías,
era un impostor dijeron,
proclamaron,
digno de una muerte cruel por blasfemo,
por no rendir pleitesía
al divino emperador de Roma,
por creerse él mismo divino
por los siglos de los siglos amén.

Por lavarme las manos
mi nombre aparece en el credo,
lo pronuncian en voz alta
lo cantan los tenores,
los bajos,
las sopranos,
qué gusto da oír mi propio nombre
cantado a coro en las iglesias,
en las salas de concierto,
canonizado por los cristianos coptos,
por los siglos de los siglos
San Poncio Pilatos.

 

 

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía,Narrativa
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