Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 12 de agosto de 2022

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Agua Va (2019)

Agua Va Jose M. Prieto

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "¡AGUA VA!", DE JOSÉ MARÍA PRIETO
Rafael Talavera, 4 de junio 2019, Centro Riojano, c/ Serrano 25 Madrid

Aunque reacio a las presentaciones que van más allá de algo así como "Les presento a Fulano de Tal, que ha escrito tal libro con tal título, del que les va a leer a continuación una selección de poemas", aquí me encuentro, frente a ustedes y plegándome a esta costumbre con unas reflexiones en torno a la poesía de José María Prieto, quien desde ahora comparte con nosotros este necesariamente fresco libro de poemas tan felizmente bautizado con el nombre de "¡Agua va!".

Tentado estuve... Confieso que tras su primera lectura estuve tentado de desguazar el presente libro bajo el patrocinio del surrealismo. Pero una segunda lectura me hizo reflexionar a tiempo, y la clave fue el primer poema, que resultó ser algo así como lo que ahora llaman "hoja de ruta" de su construcción. El poema, titulado "El sombrero es navegable", dice exactamente esto:


Junto a la fuente del pueblo
se hacía oír un chiquillo
removía con sus pies el regato

con las uñas lo zurcía
brillaban, estaba solo,
la espuma bullía.

Lágrimas en el cuello
una ducha en la nariz
y en los pantalones cortos.

Me acerqué y me miró,
señaló mi frente y dejó de llorar,
mi sombrero en sus manos flotaba,

lo dejó navegar haciendo eses,
merecieron la pena sus risas,
bailaba el agua su guasa.

Fue la primera persona que descubrió
encima de mi cabeza
despeinándome, un barco,


desde entonces
soy consciente de ir
a toda vela.


La sorprendente agilidad del poema, su discurrir con la naturalidad de un regatillo de agua, su ternura de reojo, su rumorosa declaración de principios, su intención de jugar, sus palabras que fluían como agua lúdica despeñándose en las tazas escalonadas de una fuente cuyo rumor era el poema, me sacaron del error inicial, dejándome frente a la clave nítida del hacer de Prieto: la transformación inacabable de una cosa en otra en otra en otra hasta donde, dadas nuestras serias limitaciones temporales, o porque el agua se escapa entre las manos, o porque en algún momento habrá que parar para comer un bocado, el poeta decidía interceptar la singladura del sombrero y encasquetárselo y aquí santas pascuas, colorín colorado, dado que nada se detiene en una apariencia definitiva sino que termina siendo otra cosa que tampoco es ella: en fin, que la realidad es una tomadura de pelo, algo así como la liebre mecánica para el extraviado galgo. Y si no cortas la cadena de transformaciones acabas dándote de narices contra la mismísima nada.

Lo negativo de las presentaciones suele ser la oferta hecha al lector de una pauta de lectura determinada, es decir, un único punto de vista privilegiado, el argumentado por el presentador, una sola de las infinitas ventanas que el poema posee, sobre todo los de JM que no hablan de nada en concreto, dando al traste así con el milagro de la conversión del pan en cuerpo de Cristo, es decir, del lector en poeta que lucha por llevar el poema a su propio terreno para que sea su ángel de autoconocimiento y no un simple paseo sugerido por el crítico de turno. Así que me limitaré a dar tres claves no para la interpretación, sino para la comprensión de los cimientos personales del poeta y que no afecta a la percepción del poema por el lector, es decir, aquello que sustenta la originalidad de su movimiento hacia el hecho de escribir y, como colofón, su asunción hasta el poema logrado.

Primera clave: La aversión de Prieto a la utilización y hasta a la simple mención o alusión, escrita o implícita, del "yo" poético. Lo odia. Lo odia a muerte. Lo odia con naturalidad, incluso más que a la muerte. Y no es que odie a ese tal "yo", sino a la palabra misma, a la palabra "yo". Muchas conversaciones hemos tenido acerca de este asunto, pero el muy numantino JM no cede un milímetro ante el asedio. Pienso que no se puede escribir una palabra sin ese "yo" que tanto detesta, dado que él es quien escribe, pero JM no soporta su presencia como palabra empantanada allí, en medio del poema, estorbando y diciéndole lo que ha de escribir y quitándole, por tanto, el protagonismo; aunque él sabe muy bien que ese "yo" anda disuelto en el agua del libro, pero prefiere incorporarlo como parte del juego del escondite del poema. No comparto su tan inflexible punto de vista, que puede traer a la poesía efectos indeseables al tener que utilizar uno, si no varios personajes interpuestos que hacen transitar el discurso por un espacio burocrático plagado de intermediaciones y ventriloquias que entorpecen sus pasos; pero si bien tal carencia puede ser acusada por muchos tipos de poesía y poetas, él, que es muy hábil, convierte tal ausencia en presencia, ya que sabe situar el poema sólo como "mirada", usando de tal recurso escapista para "desaparecer" él de la escena; una mirada que se ve tanto como si fuera el tan temido "yo" al que suplanta, pero que es el fundamento compositivo que caracteriza a su poesía, apoyada en la sobrada agilidad de su lenguaje, ciertamente endiablada. Sirva, no obstante, a modo de excepción a la regla, la nítida aparición del autor, al más puro estilo Hitchcock, en ese fotograma que es el poema inicial, que les acabo de leer, donde no sólo aparece sino que llega a ponerse el sombrero ante nuestros ojos y despedirse, con desplante torero, pero eso sí, asegurándonos que él no es él...

Segunda clave: Su vocación orientalista, meditativa, zen, jamás utilizada como barniz, sino como auténtico modo de vida. JMP debería tener los ojos alargados como los chinos, no tan redonditos como los tiene. Pero esta vocación es la auténtica clave, junto con la tercera que a continuación veremos, de la fecunda creatividad así como de la cadena de sorpresas a las que nos somete, bellamente, cualquier poema suyo. Realmente, cada estrofa, con su natural a la vez que desenfadada ligereza, podríamos leerla como la pregunta que el alumno dirige a su maestro zen, y recibe, en la siguiente estrofa, a modo de dulce tortazo, y como en sutil represalia, una respuesta tan imprevisible como lo es eso que los poetas llamamos "inspiración", y que no es más que emoción, el resultado de haber sido rebasados por el sentido oculto de ese lenguaje, por el exceso de riqueza de las asociaciones imprevistas de conceptos, de palabras, por la fulgurante aparición de la metáfora: no hay emoción sin rendición de la realidad ante el lirismo, ante el desbordamiento de lo hallado fuera de la vasija de lo real por no caber dentro de ella: y es así como la estrofa de repuesta del maestro zen se desborda en la siguiente taza de la fuente y rumorea otra estrofa que es una nueva pregunta del alumno Josema al maestro que a su vez le responderá con el siguiente ronroneo-respuesta, algo así como "tú y yo sabemos de sobra que es absurdo tratar de atrapar el misterio, así que juguemos con él al ratón y al gato, agua va y agua viene, pues el verdadero misterio es jugar con la nada".

Y la tercera, y última, clave: Su IMPLACABLE, GENEROSO sentido del humor. Éste también es un rasgo típicamente zen, pero en JMP es una obsesión, una vocación, una manía, una dádiva: su personal forma de mirar la vida, de penetrar entre sus pétalos como un niño en sus juegos, de regalarnos sus hallazgos. Y es esto algo que hemos de agradecerle: no abunda el humor en poesía, el humor como profundidad, como sinceridad suprema y desinteresada, y menos aún en la vida diaria, tan sazonada de razonables rebuznos exóticos. Pero en Prieto es el humor el aire que respira, el alborozo de sus glóbulos rojos, el meollo de su media sonrisa perenne y como celadora de secretos. No obstante, quiero yo descubrir un asuntillo también secreto que transita bajo esta despreocupación: es sólo aparente. Aunque parezca un bromista, un gamberrete (que lo es), no puede escapar de ser antes que nada un serio especulador ávido y necesitado de hurgar y encontrar las esencias escondidas, las claves últimas que nos mueven a escribir, a crear belleza, a buscar el antídoto a este mundo malhumorado que se emponzoña a sí mismo sin sentido común ni descanso, a esta equívoca y peligrosa patraña que es la vida actual, para acabar diciéndonos: "El mundo puede que no esté vacío, pero al final se reduce a palabras". Así, cada poema de JMP es una seria indagación en el sinsentido que tanto empeño pone el mundo en ocultar y vestir de personaje eficaz, prepotente y sabelotodo pero que sólo es, en realidad, un payaso mentiroso y fingidor, un torpe encubridor, un leproso perdiendo su carne a trozos, una sucesión de cascadas inanes. El mundo, también para mí al menos, amigo JM, no tiene ni la mitad de sentido que cualquiera de tus deliciosos poemas. Gracias, pues, por tu valioso regalo.

No se avienen los poemas de este libro a interpretaciones, no existe en ellos un pensamiento o idea en torno a, o a partir de los que se desarrolle el poema. Precisamente el poema consiste en burlar el sentido y cerrarle la puerta en las narices al irreductible lector buscador de evidencias palpables, demostrables. Como en todo buen poema, el protagonista, el filósofo, es el lenguaje, las palabras, que en su comportamiento se parecen tanto al agua, pues son capaces como ella de hacer maravillas con tal de hallar su definitivo reposo, su horizontalidad, su estado de deleite, de vaguería interior, de vacío donde instalar, al final, la pura, la insondable meditación zen: esa sensación de que ha cesado un ruido que no notábamos, pero que al cesar se delata. Así que, lector, deberás, si quieres aprovechar tu lectura, deberás, repito, volverte agua y dejarte llevar, no preguntarte adónde vas, caer sin más de taza en taza perezosamente hasta hallar el reposo del horizonte, el descanso tras tanta búsqueda diaria de un silencio imposible, dado el estrépito de fondo. Sé agua y cae sin resistencia, que en eso consiste la emoción de estos poemas. Goza del reposo horizontal de la belleza.

Les dejo, pues, a merced del autor. Disfruten ahora de los poemas de JMP, cargados de humor... y de muchas más cosas. Pónganse el bañador, cálense el gorro de baño y ajústense las gafas de bucear y, sin miedo a ser devorados por los tiburones que atestan sus poemas, láncense al agua y naden tan despacio como puedan. Hagan, incluso, el muerto. Les aseguro que no tienen nada que temer: son tiburones buenos, sólo quieren jugar, a lo mejor son delfines...

Gracias por su asistencia, por su atención, por su paciencia.

RAFAEL TALAVERA

 

Íntimos

Tan breves eran sus poemas 

que un estudioso de su obra
ha comprado la casa en que vivía
y ponía a parir a las palabras.

Las quitaba la máscara,
las sacaba la lengua,

alguna resucitaba
de la basura, del hospital,
por hacerle un favor.

Por estar contrahecha
injertó más de una en una brecha
y la perdió de vista,
por eso quedó marcada en sus folios.

Para sacarlas de quicio.
guardaba plegadas algunas frases.

Espera encontrarlas escondidas,
las quiere leer en solitario,
de incógnito, en los armarios,
en los cacharros de la cocina
y en los cubitos de hielo con whisky,
la bebida favorita del muerto
y del vivo, lector en su hogar,
en su sillón los bellos durmientes
roncan la mona a cuatro manos
recalcitrantes.

 

 

Atletas de río

 

¿Desde cuándo respiran
con el agua al cuello
esos dos pedruscos?

Trocean la corriente
y están de morros.

El río no puede con ellos,
pesos pesados en remojo,
rebozándose en barro
son dos hipopótamos:

ciento cincuenta grados
de mandíbula
al portador.

 

Acoso

                                                         In Memoriam: Agatón Gil Rovia

Malignos son para la salud
unos trocitos de hielo en la calzada,
su oportunidad aguardan, acechan,

son noctámbulos
inmundos tienen molares
y mastican,

pasan la noche entera
multiplicándose,
son perversos, son espectros, nunca follan
pero joden
a la rueda que encima se pase un pelín.

Advertido está
el destino está ahí,
en el manillar.
¿A cuánto iba?

Las horas son curvas,
los neumáticos se confiesan
con la guardia civil
el diagnóstico es forense:

corpulentos y forzudos los caballos
al trote, al galope las costillas
al quite
cocean:

triturados de un topetazo
malignos sí que son
unos trocitos de hielo
si se enrojecen.

 

Atada y bien atada

 

Amarrada la barca

se lleva muy bien,

demasiado bien,
con el muelle
y la espuma
a punto de nieve
recién montada
una mousse de yogur
al dente,

se rozan,
se juntan,
se alejan,
se oxidan sin romperse,
el frío del azul
chisporrotea.

Ronca la proa y acuchilla el oleaje,
no se deja apresar el mar por las argollas,
flotan ilesas,
demasiada la lluvia encharcada en la bahía,

huyen de ella
con dosis extremas de testosterona
en paracaídas,

es necesario
saber nadar
para volar.

 

Cada día se ven

                                                                 Una sensación de golondrina
                                                                 al picar su ilusión en una rama
                                                                 Julia de Burgos

 

Crepusculares
las pupilas cenagosas del puente
no parpadean al oír
que se acerca el tren
brincando gritos como Tarzán
de rama en rama montaña arriba
para verse reflejado en el agua
unos segundos fugaces al cruzar el río veloz
sin zambullirse es un Narciso.

Corriente abajo flotan
los cables de alta tensión
vibrantes las golondrinas.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias