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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 23 de septiembre de 2019

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Aldea 1936 (1958)

Cuenca-Ecuador, Casa de la Cultura ecuatoriana, 1958

Narra la historia de una madre y tres hijos residentes en Madrid que fuerron a pasar un mes en Arcos de Jalón en julio de 1936 y al estallar la guerra civil tuvieron que permanecer tres años separados del padre. El protagonista es un niño que tiene ocho años al comenzar la contienda y once al terminar. La acción transcurre en el pueblo. La novela fue publicada en 1958 por la Casa de la Cultura Ecuatoriana de Cuenca del Ecuador, es decir, hace ya más de medio siglo. Fue mi primera novela. De ella ha escrito recientemente el fecundo escrritor granadino Antonio Enrique: "Cincuenta largos años en los que Aldea 1936, lejos de envejecer resalta como recién escrita. Y es esto lo que primero llama la atención con sólo leerr las primeras páginas. ¿Cómo es posible que novela escrita con tal tersura estilística y brío arguimental no haya llamado la atencion de ningún editor español en tanto tiempo?"

 

(El texto que sigue es un fragmento de Aldea 1936. Se inicia con una escena en el comedor de Auxilio Social en el que come el protagonista, Germán, un niño de nueve años. Casi todos los  pequeños son hijos de republicanos y el padre de uno de ellos, Fefe, fue fusilado al principio de la guerra.)

         En el comedor aumentaba la indisciplina. Los pequeños estaban descontentos de la comida y a Isaura, la delegada, le habían puesto el mote de Asaúra, porque todas las noches les daban asadura de segundo plato.

        Por último las falangistas no tuvieron más remedio que lla­mar a don Valentín, para que terminara con aquel desbarajuste. El delegado llegó una mañana, cuando se estaban efectuando los rezos correspondientes al final de la comida. Irrumpió de súbito don Valentín en el comedor y pudo ver la desgana y la sorna con que rezaban los niños. Don Valentín se indignó.

        -¡Si no puede ser! -gritó rojo de ira-. ¡Si lo lleváis en la masa de la sangre!

        Los niños se quedaron petrificados y muertos de miedo, al oír la gran voz del maestro. Luego cantaron el "Cara al Sol" y salieron a la calle silenciosos y preocupados. La disciplina y el orden del comedor se restablecieron ligeramente a partir de aquel día.

         La guerra continuaba. Las tropas de Franco habían rea­lizado ya con éxito algunas operaciones importantes. El 10 de febrero de 1937 los nacionales, auxiliados por las divisiones vo­luntarias italianas, se habían apoderado de Málaga. En el pue­blo se celebraban rigurosamente cada una de las victorias fran­quistas. El cura, el alcalde y el alguacil se iban haciendo con el tiempo verdaderos técnicos en materia de manifestaciones y fiestas patrióticas. Al principio las cosas les salían un poco deslucidas por la falta de práctica; pero después, ya digo, verda­deros artistas.

         Una de las manifestaciones que resultó más solemne, fue la celebrada el 20 de junio a raíz de la toma de Bilbao.  A eso de las cinco de la tarde aproximadamente, casi todos los habi­tantes del pueblo se hallaban concentrados en la plaza. Por la mañana, Blas Cabrera había pregonado a toque de trompeta la hora de reunión, significando que de orden del señor alcal­de quedaban terminantemente prohibidas todas las actividades.

         A las cinco y cuarto, don Elías, el párroco, salió al balcón central del Ayuntamiento.

         Hacía un calor bochornoso. De cuando en cuando, por la calle de Arriba, desembocaba en la plaza un viento áspero y polvoriento que cegaba los ojos de la multitud. Don Elías, es­tirando los brazos hacia delante, se asió con gesto suave a la barandilla del balcón. Lo mismo hacía los domingos en la misa, cuando subía pausadamente las escaleras del púlpito y se mostraba luego a sus feligreses majestuoso y teatral.

        Don Elías llevaba sus lentes de montura de oro y un bo­nete negro, que al moverse la cabeza, rebrillaba. Germán lo veía desde abajo con un vago sentimiento de admiración. El párroco le parecía un hombre bueno; a él siempre le trataba con cariño. Sin embargo, había en aquel hombre algo que no estaba claro, algo que el corazón sensible de Germán rechazaba inconscien­temente.

         - Una bocanada de aire sucio envolvió la figura de don Elías. Su sotana nueva adquirió una parda tonalidad. Cerró los ojos para evitar que le entrara el polvo y luego carraspeó:

         -Amadísimos hermanos en Cristo: Henos aquí reunidos para conmemorar una de las fechas más gloriosas de nuestra Santa Cruzada contra las hordas marxistas. Santa Cruzada en la que todos los fieles colaboramos, ora con la sangre de nues­tros hijos, ora con el personal esfuerzo, ora con nuestras ora­ciones.

         La gente escuchaba en silencio la perorata del cura. Los labriegos le miraban con sus caras terrosas y serias. Se veía que no comprendían gran cosa de lo que estaba sucediendo en el país. Pero no tenían nada que oponer en general a las pa­labras del señor cura, porque cuando él decía aquellas cosas, sus razones tendría.

        Arrebatado por el calor de la oratoria, don Elías terminó su plática de manera que no gustó nada a las jerarquías de falange.

        -"...Por eso, hermanos amadísimos- acabó diciendo el tonsurado-, si alguno de vosotros tiene la espantosa desgra­cia de contar con algún rojo en la familia, aunque sea vuestro padre, vuestro hijo, vuestro marido; si alguno de vosotros, re­pito, tiene esta irreparable desgracia, que no coma jamás con la cuchara del réprobo, que no beba en su vaso, que no se con­tamine de su maldad durmiendo con él en el mismo lecho".

        Al oír estas palabras, Aurora Fuertes, la madre del Peli­rrojo, se acordó de su marido, que dormía bajo la tierra desde hacía varios meses, y se echó a llorar. Aurora Fuertes estaba con Elisa junto al café Velayos, que daba frente al Ayunta­miento. Era una mujer menudita y enlutada, con la cara re­donda y el pelo entrecano recogido en moño hacia la nuca. De sus ojos fluían en silencio las lágrimas, sin que ella hiciera nada por enjugarlas.

        Elisa volvió la cabeza hacia la derecha y vió el estado en que su amiga se encontraba.

        -¿Quiere que vayamos a su casa?- preguntó Elisa co­giendo a Aurora del brazo.

        Aurora hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza y en­seguida las dos mujeres se abrieron paso entre la multitud y salieron de la plaza por la calle de Arriba.

        Germán que se hallaba con el Pelirrojo a unos metros de ellas, las vio marchar, apenado por las lágrimas de Aurora Fuertes. Pero volvió la cabeza de nuevo y, al darse cuenta de que Fefe no había reparado en el llanto de su madre, se hizo el disimulado para no causarle preocupación.

         Don Elías se había retirado ya al interior de la Casa Con­sistorial con las orejas coloradas y ardientes. Echábase de ver que el apasionado fuego de su oratoria se le había subido a la cabeza. Aún resonaban en el ámbito de la plaza los aplausos de sus feligreses.

        En la sala de sesiones le aguardaban Fermín Pajares y el camarada Larios. Contra lo que don Elías se esperaba, ambos le acogieron con cierta frialdad.

         -¿Qué? ¿Qué les ha parecido?- dijo el cura.

        -Bien. Bastante bien en general -respondió el alcalde-. Pero hay un punto que ni a Larios ni a mí nos ha gustado.

        -Hombre. No sé qué ha podido ser -volvió a decir el pá­rroco visiblemente herido en su vanidad.

        -Eso de tener asco a los parientes rojos-exclamó el ca­marada Larios-. Me parece muy poco de acuerdo con los Evangelios.

         Al cura se le subió el pavo y humilló los ojos.

         -Tiene razón. Me dejé arrastrar por la retórica.

        -Mire, padre, lo que usted debe hacer es dejar la polí­tica para los políticos. Usted a su misa y a sus santos, que es lo suyo.

         Don Elías se deshizo en excusas y explicaciones. Luego los tres bajaron a la plaza para iniciar la manifestación. El cura se fue a la iglesia, donde ya le aguardaban el sacristán, Lucas y Ricardín, el hijo del Brigada. En cuanto llegó don Elías, orde­nó a los dos monaguillos que subieran a la torre y echaran las campanas al vuelo. Él, mientras tanto, auxiliado por el tío Julianillo, comenzó a preparar la iglesia para el solemne Te Deum que había celebrarse después.

        En aquellos momentos, la manifestación salía de la plaza. La encabezaban Fermín Pajares, que iba con su traje azul de los días de fiesta, el camarada Larios, en uniforme de falange y Blas Cabrera, que llevaba su sempiterna gorra de alguacil y un manojo de cohetes bajo el brazo. Delante de todos ellos, un muchacho de unos dieciséis años, vestido también con uniforme falangista, portaba la bandera roja y gualda, que ondeaba en la brisa polvorienta de la tarde.

        Inmediatamente después de Fermín Pajares y sus dos com­pañeros, venían todas las jerarquías del lugar, seguidas del res­to de los manifestantes.

        El alguacil, de cuando en cuando, prendía un cohete y lo lanzaba a los aires. Era ésta la actividad que más gustaba a los chavales. Una buena bandada de ellos seguía los movimientos de Blas Cabrera desde ambos lados de la calle. A veces, alguno se apoderaba de una caña de las que caían después de haber explosionado el cohete, y la blandía orgulloso.

        Cuando la manifestación llegó a la esquina del Portillo, un viejo que estaba a la puerta de la barbería, se quitó la boina Y gritó con voz, aflautada:

        -¡ Viva Dios que nunca muere y si muere resucita y viva la religión!

        Este viejo era el tío Dimas y todo el mundo sabía que no andaba muy bien de la azotea. Un hijo suyo había sido fusilado por rojo durante los primeros tiempos de la guerra y el otro acababa de morir en el frente por aquellos días.

        ¡¡Viva!!-gritó la multitud con ese regocijo cruel que lr inspiran siempre los locos.

        El tío Dimas sacó un pañuelo mugriento del bolsillo y se secó una lágrima de emoción. La multitud siguió su marcha rumorosa hacia el otro lado del pueblo. Era un barrio habitado casi en su totalidad por familias de ferroviarios. Los emplea­dos de ferrocarriles tenían fama de ser muy de izquierdas. Por eso Fermín Pajares hacía que todas las manifestaciones reco­rrieran concienzudamente sus dominios. Había que darles bien en las narices con los triunfos de la España de Franco.

        A ambos lados de la carretera general de Madrid, se alzaban las casas limpias y blancas de los ferroviarios. Los que vivían en la parte vieja del pueblo, en su mayoría labradores, envidiaban las casas y la vida de los obreros de la estación. Pero, sobre todo, no les perdonaban el haberse redimido de la dura servidumbre que impone el cultivo de la tierra.

         Por todo ello, las manifestaciones eran motivo de algaza­ra para los habitantes del sector antiguo del pueblo. Consti­tuían, en una palabra, verdaderos triunfos locales de los labrie­gos sobre los ferroviarios.

         La manifestación se hacía más ruidosa y entusiasta cuando pasaba por la carretera. Los "vivas" arreciaban, las jerarquías del movimiento daban a su continente mayor solemnidad y arro­gancia, al chico de la bandera se le ponía la carne de gallina y Blas Cabrera menudeaba el lanzamiento de cohetes.

         Luego, ya más tranquilos, regresaban a la plaza y disol­vían la manifestación, para asistir al solemne Te Deum con que terminaba la fiesta.

         Aquella tarde del 20 de junio, Fefe y Germán estuvieron jugando en la plaza hasta el anochecer. Se habían encendido ya las bombillas que constituían el alumbrado rudimentario del pueblo. Sentados a horcajadas en las sillas y acodados en lo alto de los respaldos, unos cuantos labriegos charlaban a la puerta del café Velayos, como todas las tardes. Las golondrinas rizaban el rizo y chillaban en el cielo del crepúsculo; cielo de un azul melancólico. Germán y Fefe emprendieron la marcha ha­cia el comedor de Auxilio Social. Caminaban en silencio los dos chavales, con las manos metidas en los bolsillos y pensando en sus cosas. Daba gusto verles juntos, al uno con el pelo rojizo, como las zanahorias, y al otro rubio, como una gavilla de trigo recién segado.

         Por la calle donde estaba la fonda de la estación, un poco antes de llegar al paso a nivel, venía el tío Dimas andando len­tamente. Fefe le dio un codazo a Germán.

         -Mira, tú. Por allí viene el tío Dimas. Vamos a ver cómo se santigua.

         Los dos chavales se pararon a la puerta de la fonda. En la casa de enfrente vivía don Bruno, el recaudador, que era muy de derechas, y había puesto en el balcón una bandera de falange, otra carlista y otra nacional. El tío Dimas avanzaba ha­cia allí con sus lentos andares de alucinado. Llevaba la boina encasquetada y un traje de paño limpio y en buen uso toda­vía. La luz amarillenta y pobre de las bombillas iluminaba su rostro arrugado y sus ojos oscuros, que miraban inmóviles el ondear de las tres banderas. Al llegar al portal del recaudador, postróse de hinojos el tío Dimas y se santiguó devotamente, respetuosamente.

        Germán y Fefe le contemplaban silenciosos desde la acera de la fonda. Había algo en la locura de aquel hombre, que es­tremecía sus corazones infantiles. El tío Dimas se había levan­tado de nuevo y ahora seguía caminando a lo largo de la calle desierta. De cuando en cuando, se detenía frente a un portal y volvía a santiguarse o saludaba brazo en alto. Los dos cha­vales seguían mirando desde lejos a aquel pobre anciano enlo­quecido por los símbolos. Un golpe de viento sacudió las ban­deras del recaudador.

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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