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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 22 de septiembre de 2019

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La flecha intempestiva (1960)

Publicado en la Revista de la Universidad de Guayaquil, enero-diciembre de 1960.

Narra la historia de Paulino, un joven español escultor-sacador de puntos que llega a Chuncabamba (Guayaquil) en 1960 para montar una estatua gigantesca de Jesús en uno de los montes que rodean la ciudad. Se instala en una pensión regentada por una solterona vasca y habitada por pintorescos huéspedes. Una de ellos es una bailarina cubana llamada El Ciclón del Caribe que inspira una pasión volcánica en el joven sacador de puntos. La cubana se enamora también y este amor está a punto de acabar con la carrera del tímido Paulino.

 

LA FLECHA INTEMPESTIVA

                                            I                                      

En uno de los pequeños trasatlánticos italianos que na­vegaban desde Nápoles hasta Valparaíso, llegó Paulino Correa a Chuncabamba en 1960. Comenzaba el mes de setiembre y el clima del puerto se hallaba en su estación más benigna. Pero de to­das formas, hacía mucho calor y Paulino transpiraba como nunca en su vida, mientras aguardaba que le abrieran las ma­letas en la aduana. Sonaron las doce campanadas del medio­día en un reloj cercano. El sol destellaba en el cenit y derra­maba sobre la ciudad sus radiaciones equinocciales. A Pauli­no se le hacía eterna la espera en aquel ámbito ardoroso. Es­taba en mangas de camisa y, de cuando en cuando, sacaba un pañuelo de bolsillo para enjugarse el sudor que fluía co­piosamente por todos sus poros. A ratos encaminaba sus pa­sos hasta el borde del muelle y permanecía allí ensimisma­do contemplando las aguas del ancho río que discurrían pere­zosas y lentas hacia el océano. Veía pasar de un lado para o­tro lanchas motoras y barquitos de carga que arrullaban con el runruneo de sus cilindros la calma chicha del claro día tro­pical. Anclada en el centro del río, se hallaba una fragata de la marina cuyo pabellón colorado y azul ondeaba con suavi­dad en el pálido cielo de Chuncabamba. Por todas partes se veían amarradas al muelle pequeñas embarcaciones y algún navío de mayor tamaño, aunque no de muy subido tonelaje ya que la profundidad escasa del Chunca no permitía el acce­so a los buques de alto calado. A la otra orilla del río, suaves colinas lejanas ondulaban el horizonte y algunas aves marinas surcaban los aires con las alas desplegadas que sólo movían lo imprescindible.

Después de una espera bastante desagradable en a­quella atmósfera húmeda y bochornosa, le llamaron por fin a arreglar sus asuntos en la aduana. Paulino colocó sus dos maletas sobre una larga mesa de madera y un funcionario mulato examinó someramente su contenido. Nuestro viajero se entrevistó después con el jefe de la oficina y le pidió que tuviera especial cuidado con la descomunal estatua de escayo­la que había traído en las bodegas del trasatlántico y a la sa­zón, desmontada en varios trozos, reposaba en los almace­nes centrales de la aduana. Dicha escultura era una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, obra del escultor español Ar­turo Dávila, que se había distinguido mucho en Europa co­mo autor de monumentos de colosales dimensiones. Paulino era su operario principal y, según opinión de los escultores hispanos, uno de los más notables sacadores de puntos que había entonces en su país. Enviado por su jefe, Paulino tenía la misión de montar la enorme estatua en una nave de la ca­tedral de Chuncabamba para exhibirla con ocasión de un con­greso eucarístico próximo a celebrarse en aquella ciudad. La imagen de escayola alcanzaría la altura de siete metros y no era sino una pequeña ampliación de la maqueta. El objeto de la exhibición era despertar el entusiasmo de los ciudadanos con el fin de que no protestaran demasiado por los cuantiosos gastos que ocasionaría la obra definitiva, gigantesca imagen cuyo tamaño había de sobrepasar los cincuenta metros.

Fuera ya de la aduana, Paulino tomó un taxi para diri­girse a la casa de don Roberto Perpiñá, conocido abogado chuncabambeño, cuyo padre, natural de Barcelona, era uno de los más prósperos millonarios del país. Don Roberto Perpiñá, formidable energía al servicio del Vaticano, era el adminis­trador general de las finanzas destinadas a la construcción de la colosal imagen, que había de ser algún día la estatua más alta de todas cuantas representan a1 Corazón de Jesús.

Paulíno llegó por fin a casa de don Roberto que era un hermoso chalet situado en el barrio residencial de Chunca­bamba. Don Roberto Perpiñá le recibió con aquella dinámi­ca simpatía que tantos éxitos sociales le había conquistado.

- De modo que ya tenemos aquí la famosa imagen - exclamó ‑. No sabe usted lo que me alegra la noticia. La prensa liberal de Chuncabamba nos está haciendo una cam­paña adversa que perjudica muchísimo la popularidad de nuestro proyecto.

‑ ¿Ah, sí? ‑ replicó Paulino ‑ Pues el señor Dávila no sabe nada de eso. Es

más, él cree que todos los chuncabam­beños están entusiasmados con su obra.

‑ Bueno, es que ustedes no pueden comprender la es­pecial estructura de nuestras democracias americanas. En estos países no hay manera de que todo el mundo se pon­ga de acuerdo para llevar a cabo alguna empresa de interés colectivo. Basta que un determinado grupo de nuestra so­ciedad se proponga realizar una obra de embellecimiento urbano como es la presente erección de un monumento a Cristo Rey, para que enseguida se echen encima como buitres todos sus adversarios políticos.

‑ De modo que a lo mejor no pueden ustedes cumplir sus propósitos.

- No creo que puedan salirse con la suya. Para eso tendrían que pasar por encima de mi cadáver. Si quieren lu­cha, la tendrán y yo no soy precisamente un enemigo fácil de vencer.

‑ ¿Y qué argumentos usa la prensa en contra de nues­tra obra? ‑ preguntó Paulino ‑ ¿Acaso no les gusta? Creo que a los intelectuales de Chuncabamba les parecía mucho mejor el proyecto que presentó Jaime Cazorla.

‑ Oh, no ‑ murmuró riendo Perpiñá ‑. No se trata de gustos artísticos, mi querido amigo. Lo que ocurre es que nuestros adversarios se oponen a que se gaste la plata en empresas de carácter religioso. Dicen que eso de levantar en Chuncabamba el monumento más grande del mundo al Sagrado Corazón es una injusticia tremenda, teniendo en cuenta que con el dinero que se va a invertir en eso, podría remediarse la miseria de numerosas familias indigentes de nuestra ciudad. Cuando leo esas estupideces, no puedo por menos de reírme. ¡Como si la miseria pudiera remediarse porque se distribuya una pequeña cantidad entre la gente necesitada! Y más aún, ¡como si a esos señores liberales o socialistas les importara un ardite que el pueblo coma o no coma!

         Roberto Perpiñá hizo una pausa y le sirvió otro whis­ky a Paulino que estaba encantado en aquella salita decora­da y amueblada con gusto refinadamente moderno. Además el aparato de aire acondicionado establecía en la pieza un ambiente de frescura deliciosa; de manera que Pautino se hubiera quedado allí las horas muertas oyendo las disquisi­ciones sociales del abogado chuncabambeño. La verdad es que a él le importaba un pito que les gustara o no la cons­trucción de la imagen a aquellos señores izquierdistas. Él se consideraba un ciudadano particular y lo único que ambicionaba en la vida era cobrar su modesto salario sin excesi­vas molestias. En cuanto a la inutilidad de gastar aquella suma fabulosa en construir el gigantesco Jesucristo de ce­mento, él era el primero en reconocerla, porque, si bien se ganaba la vida haciendo santos, Paulino era un corazón in­diferente y escéptico en materia de religión.

Don Roberto prosiguió su charla sociológica durante un cuarto de hora más. Luego le preguntó a Paulino si tenía ya elegido el sitio donde se alojaría en Chuncabamba. Pauli­no le dijo que no conocía la ciudad y que, por lo tanto, le agradecería que le indicase un hotel donde pudiera estar a gusto sin gastar demasiado.

‑ Le voy a llevar a casa de una compatriota suya que tiene una pensión cerca de la plaza del Centenario ‑ dijo don Roberto ‑. Casi todos los huéspedes son españoles; de ma­nera que allí se va a encontrar usted como en su propia ca­sa. La dueña es una señorita vasca natural de Vitoria y una de las mujeres más hacendosas que he conocido en mi vida. Cuando estuvo mi madre en España, la conoció en Barcelona y luego se la trajo con ella para que le sirviese de ama de llaves. Ha estado más de dos años en casa de mis padres, hasta que al fin ha decidido establecerse por su cuenta. De forma que si no tiene usted inconveniente, puedo conducirle allí en este mismo instante.

‑ Bueno, don Roberto ‑ dijo Paulino ‑, como a usted le parezca. Pero antes que nada, quisiera pedirle el favor de que me adelante una pequeña cantidad para hacer frente a mis gastos.

‑ Ah, ¿pero no le ha dado a usted nada el señor Dá­vila? ‑ preguntó Perpiñá con cierto asombro.

- Pues no, señor ‑ respondió Paulino ‑. Me dijo que el jornal me lo pagarían ustedes y que luego harían cuentas cuando él llegara a Chuncabamba.

‑ Bueno, si es así, le daré a usted un cheque por el sueldo correspondiente a quince días. ¿Le parece bien?

‑ ¿Cómo no? Se lo agradezco mucho, don Rober­to, porque no traje más que el dinero indispensable para los pequeños gastos de la travesía y en este momento no me queda ya ni para tabaco.

Don Roberto Perpiñá extendió un cheque a la orden de Paulíno Correa y luego salieron ambos a la calle. Era ya la una y media de la tarde cuando subieron al automóvil del abogado, un Ford del 57, cuya espléndida carrocería deste­llaba hermosamente bajo el alto sol de la siesta tropical. Paulino estaba cansado pero contento al ver la campechanía democrática con que le trataba aquel plutócrata. Pasaron por la "15 de Agosto", calle recta y anchurosa, llena de anun­cios colocados en los muros de los edifi­cios. Casi todas las casas eran de reciente construcción y de modernísima arquitectura. Sin embargo se veían algunos vie­jos caserones de madera con amplios ventanales. Eran ro­mánticas reliquias de la antigua Chuncabamba de la peste bu­bónica y las fiebres palúdicas a todo pasto. Las aceras se ha­llaban protegidas bajo soportales con el fin de cobijar a los peatones durante los torrenciales aguaceros de la época de lluvias.

Don Roberto y Paulino rodearon un sector de la plaza del Centenario, que era un amplísimo recinto ornamentado con estatuas conmemorativas de la Independencia y provis­to de una amena estructura vegetal. Se detuvo el automóvil frente a una casa de agradable aspecto, cuya fachada era de color verde claro. Tenía sólo tres pisos, y se entraba en ella por una puerta enrejada que se abría debajo de unos am­plios soportales. Paulino cogió sus dos maletas y, junto con don Roberto, subió al segundo piso, donde se hallaba la pen­sión de la señorita vascongada. La puerta del departamento solía estar abierta siempre, de manera que ambos visitantes entraron en el vestíbulo sin llamar. La casa presentaba por dentro una apariencia confortable. Las paredes y el techo también estaban pintados de verde lo mismo que los muros exteriores, pero el edificio tenía la particularidad de pertene­cer a una especie de construcciones mixtas muy abundan­te en Chuncabamba y en las demás ciudades de la costa. Para la fabricación de tales casas, únicamente se utilizan la­drillos o cemento en sus paredes externas, mientras que se usa la madera para los tabiques y demás divisiones in­teriores.

Una señora india de madura edad se hallaba sentada en una butaca del vestíbulo cerca del balcón que daba a la calle.

‑ Buenas tardes ‑ saludó Perpiñá ‑ ¿Sabe usted si es­tá Isabel en casa?

‑ Creo que sí ‑ respondió la señora ‑. Voy a ver si está en la cocina.

La desconocida se levantó de la butaca y anduvo len­tamente por el corredor hasta la pieza indicada. Poco después se oyeron pasos apresurados y apareció ante los que la aguardaban la propia dueña de la pensión. Era una mujer de estatura mediana y edad indefinible. Podía afirmar que tenía cualquier número de años entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco sin que nadie se extrañara. Su cuerpo esbelto y nervioso todavía conservaba algo de la frescura ju­venil. Era el prototipo de la dura y enérgica mujer española de clase humilde. Tenía un rostro sufrido y ajado que posi­blemente había sido bello en la mocedad. Las pupilas eran negras y brillaban algo hundidas encima de grandes ojeras. La nariz de factura recta y algo respingada cobijaba una bo­ca de finos labios que se abrían con frecuencia en una son­risa insegura mostrando unos dientes irregulares entre los cuales brillaban dos piezas de oro.

‑"¡Carambas!", don Roberto, dichosos los ojos que lo ven por aquí ‑ exclamó la patrona con voz cantarina y ati­plada.

‑Mire, Isabel ‑ dijo don Roberto después de saludar­la ‑, vengo a traerle un cliente. Se trata del señor Paulino Correa, a quien tengo el gusto de presentarle. Es paisano su­yo y viene a trabajar en la imagen del Sagrado Corazón. Le ruego que le trate como se merece.

        Isabel Iturzaeta le dijo a  don Roberto que haría todo lo posible por complacerle y el ilustre abogado, luego de unas cuantas frases de cortesía con la patrona, se despidió de ella y bajó de nuevo a la calle en compañía de su protegido. Mientras descendían por la escalera, Paulino, que iba detrás, contemplaba a aquel cincuentón de canos aladares, calva apostólica y aspecto señorial. Pensaba que debía de ser un pez gordo, y en su pecho burbujeaba el consabido sentimiento, mezcla de rencor y respeto, que siempre experimentaba en su trato con los poderosos de la tierra.                          

        ‑ Bueno, amigo Correa ‑ le dijo don Roberto ya acomodado en su coche ‑, mañana a las ocho le espero en casa para ir a sacar la imagen. Ah, por cierto, no le diga usted nada en sus cartas a Dávila respecto de la oposición perio­dística a nuestra empresa - añadió riendo Perpiñá -No ha de llegar la sangre al río. Por mucho que obstaculicen el proyecto, la obra terminará llevándose a cabo. Es cuestión de     sagacidad. Claro que lo ideal seria tener un Franco a la cabeza del estado para meterles a todos en un puño y no perder el tiempo en discusiones con esos tipos socializantes y liberaloides. Pero, en fin, qué se le va a hacer. Hasta que tengamos la suerte de contar en el país con un tipazo como el de ustedes, no hay más remedio que servirse de la diplomacia.

 

                                               II

Paulino escuchó respetuoso las palabras de prócer chuncabambeño y estrechó su mano con toda corrección. Le hubiera gustado cantarle cuatro verdades a aquel amable cavernícola sobre Franco y su cuadrilla de mangantes. Pero toda su juventud había transcurrido bajo el imperio de la mordaza nacional‑sindicalista y tenía lo suficientemente desarrollado el mecanismo de la autorrepresión para saber guardar un silencio discreto sobre asuntos políticos. Exhibió por tanto una sonrisa llena de reservas mentales y después de estrechar la mano de Perpiñá, vio partir su aerodinámico automóvil, deseando fervientemente que se estrellara.

         Subió de nuevo los peldaños de su futura residencia. Vio a la señora india sentada otra vez en su butaca cerca del balcón. Isabel lturzaeta que le esperaba en el vestíbulo, se le acercó sonriendo.

         ‑Bueno, don Paulino ‑ dijo la patrona ‑, venga us­ted a ver su habitación. No sé si le gustará. Pero, desgraciadamente, es la única que tengo por ahora.

La pieza que Isabel destinaba a su cliente, se hallaba en el vestíbulo. Abrió la puerta la dueña de la casa y franqueó la entrada al nuevo huésped. Era una estan­cia de regulares dimensiones con un catre en el centro y una mesilla de noche a su lado. Veíase también a mano izquier­da, según se entraba, un pequeño guardorropa y a la dere­cha, una tosca mesa cuyas tablas horizontales se hallaban imperfectamente unidas. El cuarto carecía de ventanas a la calle o al patio. Sólo tenía para su ventilación dos abertu­ras rectangulares y enrejadas que daban al vestíbulo y otras dos que se abrían en lo alto de los tabiques medianeros con las habitaciones contiguas, ocupando toda la anchura de las respectivas paredes. La única pieza que tenía ventana a la calle, se hallaba a la izquierda de aquella habitación y por la abertura que había entre ambas penetraba una luz de se­gunda mano.

Desde luego no le gustó mucho a Paulino su nuevo domicilio; sobre todo por no tener una ventana que diera sobre un espacio descubierto; pero en fin, como Perpiñá se lo había recomendado y además la dueña era española, decidió probar a ver si con el tiempo se acostumbraba. Lo que estuvo a punto de rechazarle, fueron los treinta pesos dia­rios de la pensión, que transformados en pesetas, constituían una crecida cantidad por la cual se podía obtener en España una residencia de mejor categoría. Pero lsabel le dijo que le sería muy difícil encontrar por aquel precio un alojamien­to parecido al que ella le ofrecía y de esta forma se destru­yeron los últimos escrúpulos de Paulino.

Mientras le mostraba la habitación, la patrona exami­naba al madrileño con‑ inquisitiva curiosidad. Era un mucha­cho delgado y corto de estatura. No debía rebasar apenas los ciento sesenta centímetros de talla mínima que exige el ejér­cito español para servir en sus filas. Era su rostro de redu­cidas proporciones; pero de rasgos correctos. Sus negros y lisos cabellos peinados hacia atrás redondeaban su bien mo­delada cabeza. Tenía los ojos grises y un tanto melancóli­cos; eran rasgados y tal vez un poco grandes comparados con el resto de su faz. Esto le daba cierto aire reflexivo que le hacía interesante. Su frente, si bien amplia, no presenta­ba todavía las entradas precursoras de la calvicie. Tenía la boca pequeña y delicada. Sobre su labio superior, veíase co­quetamente recortada la estrecha línea capilar del bigotito. Su edad no llegaba todavía a los treinta.

‑ ¿Ha almorzado usted ya? ‑ preguntó la patrona luego que el joven resolvió quedarse.

‑ No, señora ‑ respondió Paulino.

‑ Señorita ‑ corrigió Isabel.

‑ Ah, perdone. Ya lo sabía por don Roberto; pero con el ajetreo del traslado, no sé ni lo que me digo.

‑ Bueno, pues entonces le voy a preparar algo para que almuerce; pero aquí solemos comer a la una.

‑ Me parece una buena hora ‑ dijo Paulino mansa­mente.

         Isabel se marchó a la cocina y el joven ayudante de escultor entró en el baño a darse una ducha. Luego, ya lim­pio y afeitado, se sentó a una mesa de gran tamaño que ha­bía en el vestíbulo arrimada a la pared y el criado de la pen­sión, un muchacho con rostro de oriental y ademanes femi­noides, le sirvió la comida. La colación resultó abundante y bien condimentada, cosa que llevó al ánimo de nuestro jo­ven un poco de consuelo. Cuando hubo terminado, vino de nuevo Isabel y le preguntó si el almuerzo le había compla­cido.

‑ Estupendo, señorita ‑ replicó Paulino.

‑ Vaya, me alegro ‑ exclamó Isabel con una sonrisa de patrona amable‑. Pero no se ande usted con señoritas y llámeme Isabel a secas. Aquí tenemos un ambiente fami­liar, de modo que tráteme sin miramientos y con toda con­fianza.

‑ Muchas gracias ‑ murmuró Paulino sonriendo con timidez ‑. Lo mismo digo por lo que a mí respecta. De ma­nera que estamos a la recíproca.

El joven madrileño se despidió de su patrona y de la señora india que seguía sentada en su butaca sin hablar una palabra. Luego entró en su habitación y se echó a dor­mir la siesta en calzoncillos, pues con el calorazo húmedo que hacía, no se aguantaba ninguna prenda. Cuando se le­vantó del lecho, se hallaba empapado en sudor. Eran ya las cinco de la tarde. Se puso el pijama y volvió a darse una ducha. Terminado su baño y no teniendo ganas de salir a la calle, decidió escribir una carta a su familia. Trató de ha­cerlo en su habitación, pero la luz natural que entraba por la abertura de la derecha, resultaba muy escasa y tuvo que recurrir a la electricidad. Aquello era muy molesto y además el calor allí dentro se le hacía insoportable. Decidió, por lo tanto, escribir en la mesa del vestíbulo. Cuando salió de su pieza, Isabel estaba cosiendo en una de las butacas que amueblaban la pequeña salita situada junto al balcón. La señora india seguía en el mismo sitio que antes, sumida en un silencio misterioso.

‑ ¿Puedo escribir en esta mesa? ‑ preguntó Paulino a la patrona, señalando el anchuroso mueble que se hallaba en el vestíbulo junto a la salita de las butacas.

‑ ¿Cómo no? ‑ replicó Isabel ‑. Puede usted hacerlo con toda confianza.

‑ Lástima que mi pieza no tenga una pequeña ven­tana a la calle ‑ dijo Paulino.

‑ Pues le advierto a usted que es la mejor habitación de la casa después de la que ocupan doña Lola y su marido ‑ explicó la patrona ‑. Las otras son todavía más oscuras. ¿No, es cierto, doña Lola? ‑ dijo Isabel mirando a la señora india.

‑ Así es ‑ respondió ésta.

‑ Por cierto que la suya se la tenía destinada a una señorita bailarina que va a llegar esta tarde. Pero, en fin, co­mo ha venido usted de parte de una persona tan honorable, se la he cedido por afán de servir a don Roberto.

‑ Bueno, qué se le va a hacer ‑ dijo Paulino -. Si no hay otra cosa, habrá que conformarse.

         Vestido con su pijama azul, el joven sacador de pun­tos se acomodó en la mesa del vestíbulo, dando frente a la escalera por la que se subía al apartamento. Isabel y doña Lola continuaron cada una a lo suyo; la primera dedicada a su costura y la segunda rumiando sus ocultas preocupacio­nes. Paulino hilvanaba con trabajo las frases de su carta fi­lial. Ya se hallaba en el párrafo de los besos y abrazos para toda la familia, cuando se oyeron pasos en la escalera. El joven levantó la cabeza y vio que subía una muchacha se­guida de un individuo voluminoso con cara de mulato. Al advertir su presencia, la dueña de la pensión se levantó de la butaca y fue a su encuentro con la mejor de sus sonrisas.

‑ ¿Cómo está, señor Navarrete? ‑ saludó la patrona ‑. Veo que por fin ha llegado la señorita. Hace lo me­nos un mes que la esperábamos ‑ añadió dirigiéndose a la muchacha.

‑ Sí, por fin se ha decidido a venir con nosotros ‑ explicó el llamado Navarrete exhibiendo una espléndida dentadura cuyo blancor contrastaba con el bronceado pigmento de su tez.

‑ Bueno, pues vengan ustedes a que vean la habita­ción ‑ dijo la señorita Iturzaeta.

Navarrete y la muchacha siguieron a la patrona y es­tuvieron un rato charlando en una de las piezas del pasillo. Paulino había olvidado su carta y no hacía más que pensar ­en los recién llegados. Para él constituía una novedad el ver de cerca una bailarina. Casi siempre había vivido en Madrid, en casa de sus padres, y no había tenido oportunidad de ro­dar por las casas de huéspedes baratas, pintorescos alber­gues donde pululan toda clase de especímenes humanos. Por eso la perspectiva de vivir en ligera promiscuidad con aquella muchacha de alegre conducta suscitaba en su espí­ritu inexperto la más picante de las emociones.

Mordiendo la caperuza de su pluma estilográfica, se hallaba Paulino sumido en exquisitos sueños amorosos cuan­do se oyó un alegre taconeo por el pasillo y apareció en el vestíbulo la bailarina. Dentro debían estar ajustando el pre­cio Felipe Navarrete y la patrona. El rumor de sus voces lle­gaba a los oídos atentos del madrileño. La muchacha se de­tuvo junto al origen de la escalera y empezó a curiosear las paredes que se hallaban adornadas con románticas fotogra­fías de nórdicas ciudades europeas y algún abanico de fina ­factura. Lo que más llamó la atención de la bailarina fue una foto en colores que se hallaba sobre la cabeza de Pau­lino. Representaba el cuadro a una sonriente joven holan­desa tocada con la cándida cofia característica de su país en un espléndido campo de bermejos tulipanes. Paulino se ru­borizó viendo que la bailarina desviaba de cuando en cuan­do su vista del idílico paisaje para mirarle con insistencia. Cogió la pluma y simuló absorberse en la confección de la epístola familiar. Pero tenía una sensación casi física de que la bailarina le observaba y haciendo un audaz esfuerzo de voluntad, levantó los ojos y sostuvo la mirada curiosa de la muchacha. Vio su figurilla menuda y airosa que llevaba con gracia un vestido claro de grandes cuadros, notable escote y amplia falda. Vio sus cabellos cortos que adornaban las sie­nes terminando en grandes mechones curvados hacia las mejillas. Vio sus negrísimos ojos y sus alzadas cejas de vampi­resa de vaudeville. Vio su cutis empalidecido por el maquillaje, su naricilla provocativa, su boca suave y correctamente perfilada por el lápiz de labios. A Paulino le entró un ner­viosismo incontenible y tuvo que humillar de nuevo la mirada. Para disimular su desconcierto, garabateó con insegura letra la frase última de su carta ("y vosotros recibid un fuer­te abrazo de vuestro hijo que nunca os olvida. Paulino"). En aquel momento reaparecieron Isabel y Navarrete. Convinieron los últimos detalles y Paulino, se quedó mirando con fijeza a la bailarina y a su grueso acompañante que se marcharon de nuevo escaleras abajo.

El joven madrileño metió su carta en el sobre, puso la dirección sacando un poco la lengua para hacer buena caligrafía y entró después en su pieza dispuesto a vestirse pa­ra salir a la calle. Pocos minutos después, caminaba por la plaza del Centenario. Los últimos rayos del sol derramaban un oro melancólico por la atmósfera tibia de Chuncabamba. A aquella hora de la tarde, la "15 de Agosto" se hallaba en su momento de máxima animación. Las terrazas de los cafés estaban repletas de hombres en mangas de camisa y de mu­jeres elegantes. A Paulino le hubiera gustado sentarse a to­mar una cerveza helada, pero no llevaba dinero efectivo y en cuanto al cheque de Perpiñá, no podría cobrarlo hasta el lunes, puesto que al día siguiente era domingo. Tuvo que re­signarse a pasear por las aceras del centro mirando los esca­parates y envidiando a los sedentarios que poblaban las te­rrazas de los bares. Aquella gente hablaba por los codos y fumaba sin cesar tabaco rubio. Por doquiera sonaban toca­discos y radiolas a pleno volumen. Chuncabamba era, en el centro y a última hora de la tarde, una ciudad alegre y es­truendosa con espléndidos automóviles y mujeres más es­pléndidas aún. Paulino estaba contento y se le hacía la boca agua contemplando aquellas esculturas ambulantes mode­ladas por el fogoso espíritu de las tierras equinocciales.

Un agente de tráfico le indicó la dirección de Co­rreos. Era un inmenso edificio rodeado de soportales y kios­cos donde vendían periódicos, revistas, dulces, bebidas re­frescantes y todo lo necesario para la correspondencia. Pau­lino depositó su epístola en un buzón y siguió paseando por las calles centrales de la ciudad. Numerosos vendedores pre­gonaban sus mercancías estacionados en lugares estratégi­cos. Le hizo gracia un mulato que vendía ropa de niños y la ofrecía a las señoras voceando: "¡Para futuros ciudadanos! ¡Para futuros ciudadanos!"

Embebido en la contemplación de una urbe tan exó­tica para sus ojos europeos, Paulino se encontró en el male­cón. Era ya de noche. Las farolas derramaban su blanca luz entre los jardines que ornamentaban la orilla derecha del Chunca. Parejas de enamorados se amaban en los bancos de piedra o apoyados en la baranda que se alza sobre el río. Por las aguas oscuras, veíanse las lucecitas de las embarcaciones que navegaban en la noche.

Paulino volvió a la pensión lleno de venturosos presa­gios. Era la primera vez que se hallaba en el extranjero y un ansia noble de aventuras inflamaba su voluntad. Subió de dos en dos las escaleras de su residencia tarareando un pasodoble. La mesa en la que había comido al mediodía, estaba ahora en el centro del vestíbulo cubierta por un blan­co mantel y dispuesta para la cena. Paulino entró en su pie­za y después de lavarse las manos en el lavabo que estaba al fondo del apartamento, junto a la cocina, se acomodó en el extremo de la mesa, de espaldas al balcón y mirando a la escalera.  Doña Lola vino enseguida a sentarse y lo hizo a la derecha de Paulino, pero bastante lejos de su puesto, junto a la cabecera de la mesa que se hallaba cerca de la entrada. Paulino y doña Lola comenzaron una conver­sación deshilachada y trivial. Doña Lola era natural de Pa­namá y estaba en Chuncabamba hacía unos cuatro meses con su marido, que, por cierto, era un vasco natural de Vi­toria, lo mismo que la dueña de la pensión. A doña Lola, que, según le dijo a Paulino, padecía de bronquitis, le senta­ba mal el clima de Chuncabamba. Estaba quejosa porque el cielo del puerto dificultaba a ratos la irradiación solar con sus frecuentes nubes.

‑ ¿Entonces no se encuentra bien aquí? ‑ preguntó Paulino con solicitud.

‑ No, señor ‑ respondió doña Lola ‑. Este clima es de lo más variable y, a veces, siento frío. Además es muy húmedo y eso empeora mi bronquitis.

Paulino se la quedó mirando sin comprender cómo se podía sentir frío en aquel horno. Se produjo un prolongado silencio; doña Lola carraspeaba con frecuencia y respiraba con dificultad. Sonaron de pronto lentos pasos en la escale­ra y poco después entró en el vestíbulo un tipo de elevada estatura y notable corpulencia. Vestía una camisa florea­da por fuera del pantalón y llevaba en la mano una enorme cartera de vendedor ambulante. Su cabeza cubierta de es­casos cabellos canos, resultaba pequeña en proporción a su masa corporal. Se detuvo junto a la senora y depositó su cartera sobre el mantel.

‑ ¿Qué, Lola, cómo te sientes esta noche? ‑ pregun­tó a su esposa después de saludar a Paulino.

‑ Un poco mejor ‑ respondió la señora.

‑Te he comprado unas inyecciones que me ha reco­mendado un amigo ‑ dijo el recién llegado ‑. Él también tiene bronquitis crónica y dice que le han aliviado mucho.

‑ ¿Ya has avisado al practicante?

‑ Sí; dentro de una hora vendrá a ponerte la primera.

Don Javier lbarreche recogió su cartapacio y con len­to paso de plantígrado, atravesó el vestíbulo y entró en su habitación, cuya puerta se hallaba en la salita de las buta­cas. Al verle caminar, Paulino se dio cuenta de que tenía los pies planos. Unos minutos después, don Javier se sentó en el extremo de la mesa que estaba junto a la escalera, dán­dole frente a Paulino que, según hemos dicho antes, ocupa­ba el extremo opuesto, cerca del balcón. Don Javier y el ma­drileño se enfrascaron enseguida en una amable charla pro­tocolaria que les permitió conocer someramente los datos demográficos más notables de sus respectivas personas. El corpulento vasco tendría poco más o menos sus cincuenta y ocho años y era amigo de las narraciones autobiográficas. Llevaba zascandileando por América desde su más tempra­na mocedad. Había estado un poco por todas partes  desempeñando los más diversos oficios. En Cuba, por ejemplo, fue loquero de un célebre manicomio; en México, durante la época turbulenta de Zapata y Pancho Villa, tuvo una ta­berna con orquesta y mujeres de alegre condición; vivió tam­bién algún tiempo en Haití y en la República Dominicana, en diversos países de América Central, en Venezuela, en Co­lombia, en fin, por los más diversos lugares del trópico. Se­gún le dijo a Paulino aquella noche, su profesión fundamen­tal durante sus andanzas americanas había sido la de ven­dedor ambulante de telas y otros objetos. Pero el enorme vascongado tenía otras múltiples maneras de ganarse la vi­da, como por ejemplo, la de graduar la vista y vender gafas a las personas de los pueblos, la de echador de cartas y adi­vino, la de jugador de ventaja, la de truquista de feria, etcé­tera, etcétera. Naturalmente que don Javier no le dijo a Paulino todas estas cosas mientras cenaban aquella noche, sino solamente las que podían contribuir a formar una ima­gen honorable de su persona en el espíritu del joven ma­drileño.

‑ Bueno, y ahora en el Ecuador, ¿a qué se dedica us­ted? ‑ le preguntó Paulino que se hallaba lleno de admira­ción por el viejo trotamundos.

‑ Pues mire, paisano, como ya está uno viejo para an­dar caminando por los pueblos ‑ respondió Ibarreche ‑, compagino la venta de telas y relojes con un comercio más fino y más descansado, como es el de las antigüedades arqueológicas.

         Se hallaban los  comensales terminando el segundo plato, cuando se oyeron pasos en la escalera y apareció a la vista de Paulino un joven de regular estatura y oscuro pelo rizado que subía seguido por un muchacho negro. Ambos llevaban sobre los hombros varios paquetes que, a juzgar por su aspecto, debían de ser piezas de tela.

‑Buenas noches ‑ saludó el recién llegado.

‑Hola, Enrique ‑ exclamó don Javier Ibarreche vol­viendo la cabeza ‑. ¿Ya

compraste nueva mercancía?

‑Sí, señor. Verdaderas preciosidades. Mañana salgo para Santa Clara.

        Después de conversar brevemente con don Javier, el llamado Enrique se metíó en su habitación que se hallaba junto a la de Paulino, y al cabo de un rato volvió a salir con el moreno. Bajaron ambos a la calle dos o tres veces más y Paulino les vio subir otras tantas cargados con aquellas pre­ciosidades, según opinión expresa de su dueño. Luego se me­tieron en la habitación y al poco rato se marchó el mucha­cho. Desde el vestíbulo‑comedor se oía al llamado Enrique trajinar en su pieza.

Con su dinamismo acostumbrado, llegó de la cocina la patrona y le preguntó a Paulino si deseaba servirse café. Res­pondió éste afirmativamente y a continuación Isabel Iturzae­ta llamó a su criado para que te trajera una taza al madrile­ño. La patrona mientras tanto se entretuvo en conversar con sus huéspedes.

‑ ¿Y la bailarina? ‑ preguntó doña Lola ‑ ¿No va a cenar esta noche?

         - Sí - respondió Isabel ‑. Cuando termine de bañarse.

A Paulino le dio un vuelco el corazón ante la perspec­tiva de que la cubana comiera con ellos y lamentó no ha­ber tardado un poco más en comenzar su cena. Washington García, silencioso, feminoide y oriental, llegó por fin con la taza y la dispuso delante de Paulino lanzándole una lángui­da mirada de reojo. Pensando en la llegada de la bailarina, el joven ayudante de escultor se puso a tomar el café con to­da parsimonia.

‑ Oiga usted, Isabel ‑ exclamó dirigiéndose a la patro­na ‑, qué aspecto tan extraño tiene su criado.

La dueña de la pensión, Ibarreche y doña Lola, se e­charon a reír maliciosamente. Pero al que más gracia le hacía la pregunta del madrileño, era a don Javier que se carcajeaba sin parar con una bronca risa en "o".

‑ Mire usted, don Paulino ‑ explicó Isabel tratando en vano de recuperar la seriedad, que debe ser característica de toda patrona respetable -, mi criado no tiene nada de ex­traño; lo que pasa es que no es ni hombre ni mujer. Pero es honrado como pocos y además un estupendo cocinero.

Al oír esta explicación, arreció jocunda la risa de Iba­rreche. Paulino le miraba con asombro y pensaba que si los lagartos fuesen risueños animales, su hilaridad, sin duda, sería como la del corpulento vascongado.

 

                                        III

 

         Ya estaban a punto de levantarse de la mesa, cuando llegó, taconeando y sin pintar, la rumbera cubana. Saludó muy seriecita y se sentó a la izquierda de Paulino. Curiosos por trabar conocimiento con la bailarina, permanecieron todos en sus puestos, aunque ya habían terminado de cenar. Llegó de nuevo Washington García con sus andares amanerados, sosteniendo la bandeja con la mano derecha y llevando la siniestra coquetamente quebrada en dirección al sue­lo.

        ‑ Señorita Mónica - dijo el criado mirando a la cabaretera con admiración de muchacha pudorosa que sueña con ser artista ‑, le traje sólo el segundo plato, según usted me  ordenó. ¿Va a servirse café?

‑ Bueno, tráigame una taza - replicó la joven.

Washington se fue de nuevo a la cocina. Paulino, don Javier y doña Lola seguían entretenidos los preparativos gastronómicos de Mónica Sánchez, natural de Camagüey. La chica tal vez por sentirse blanco de aquellas tres miradas, se quiso hacer la espiritual en la comida, pues los otros comen­sales se quedaron asombrados al ver la extraordinaria fruga­lidad de la muchacha.

- ¡Qué poquito come usted! ‑exclamó doña Lola. 

- ¡Ay! - suspiró la cabaretera - No sabe lo difícil que soy para las comidas. Lo que es como no sean platos de mi gusto, me cuesta muchísimo trabajo comer.

         Paulino miraba disimuladamente a Mónica Sánchez con sus grandes ojos de introvertido. Le hubiera gustado que por uno de esos caprichos del azar que se dan a veces en las vidas de los hombres más vulgares, la muchacha se le aficionase y le concediera gratis sus favores. Paulino consi­deraba casi milagroso que una chica decente llegase a ena­morarse de él, pues sus éxitos con el sexo débil habían sido muy escasos; pero que una bailarina de cabaret, solicitada por toda clase de varones y, sobre todo, por los plutócratas, que, debido a lo pródigo de su cartera, son los más irresistibles, concibiera una ardiente pasión desinteresada por un muchacho insignificante y sin dinero, como él, esto le parecía a Paulino el colmo de la fortuna amorosa.

Mónica Sánchez se daba cuenta del interés que des­pertaba en su compañero de mesa y de vez en cuando le­vantaba su vista del plato para clavar fugazmente sus negros ojos en los claros de Paulino que experimentaba súbitos des­lumbramientos cada vez que esto sucedía. Los efectos lumi­nosos de aquellas breves miradas sobre el espíritu del joven sacador de puntos, eran en todo semejantes a los relámpa­gos efímeros que iluminan las noches apacibles del verano preludiando la tempestad.

Por fin se levantaron de la mesa y fueron todos a sentarse en la salita de las butacas. Don Javier Ibarreche sa­có su pipa y después de atacarla prolijamente, se puso a fu­mar lanzando azules bocanadas. Mónica Sánchez se sentó junto al balcón y le pidió a Paulino un cigarrillo. El madri­leño sacó un paquete de "Chesterfield" y se lo ofreció a la muchacha que después de obtenido el tabaco, le hizo señas a Paulino solicitando que se lo encendiera. Para fastidio del muchacho, don Javier accionó su gran encendedor y le dio lumbre a la bailarina.

‑ ¿Hace mucho tiempo que salió usted de Cuba? ‑ preguntó Ibarreche a la artista.

- Cuatro años ‑ respondió Mónica ‑. Primero estuve en un conjunto que hacía una gira por el Caribe y la América Central. Cuando acabó mi contrato con la compañía­, decidí trabajar por mi cuenta en los cabarés. Pero la verdad es que no he viajado mucho. Me fue muy bien en Panamá y allí he vivido casi dos años.

‑ Hombre, ¡qué casualidad! ‑exclamó don Javier‑. Nosotros residimos allí. Precisamente mi señora es de Colón.

‑ Pues no les he visto nunca. Claro que no es extra­ño, porque yo salía poco durante el día.

‑ Si hubiera sido hace diez años, estoy segura de que Javier la hubiera conocido ‑ intervino doña Lola con su voz de pajarito cansado ‑. Pero ahora ya está viejo.

- Hablando de otra cosa ‑ dijo Mónica ‑, creo que en esta pensión casi todos los huéspedes son españoles, ¿no es cierto?

‑ Así parece ‑ respondió el vascongado.

‑ No sabe usted lo que me alegro ‑ dijo la bailarina -. Es la gente que más me gusta. Mi padre también era español.

‑  ¿De qué parte? ‑ preguntó Paulino tímidamente.

‑ De Galicia ‑ contestó Mónica.

‑ Por cierto que en Cuba nos llaman gallegos a todos los españoles ‑ dijo riéndose don Javier ‑. A mí me parece una injusticia.

‑ ¿Tan malos son? ‑ preguntó un poco molesta la ca­baretera.

‑ Ni malos ni buenos ‑ replicó don Javier ‑. Pero a cada uno lo suyo.

         Siguieron hablando así durante algunos minutos.  Don Javier Ibarreche acaparaba la conversación y, se enfrascaba en interminables narraciones. La cazoleta de su pipa ardía como un horno y parecía una locomotora humeante. Mónica estaba todavía sin arreglar y Paulino la miraba de vez en cuando. Tenía las cejas depiladas por las partes que daban a las sienes, la cara sin maquillaje y los labios sin pintar. Su ancha falda reposaba extendida sobre la butaca y una de sus piernas, plegada bajo el otro muslo, descansaba invisible sob­re el asiento. La tela del vestido sólo dejaba al descubier­to el diminuto pie derecho de la muchacha y el principio de su bien torneada pantorrilla. Por la parte de arriba, la mo­dista había sido generosa con los posibles espectadores mas­culinos. Llevaba al descubierto sus mórbidos hombros y su pecho brindábase apetecible hasta el comienzo de los senos. lbarreche y Paulino ponían fugaces miradas en estas blandas regiones.

         ‑ Bueno ‑ dijo la muchacha ‑. Voy a vestirme para ir al cabaré.

Cuando se hubo marchado la bailarina, don Javier y el madrileño continuaron hablando en la sala. Doña Lola puso la radio, que era un pequeño aparato en cuya parte su­perior se hallaba un barquito de vela. Sonaba suavemente música de baile suramericana.

         Poco después, llegó el practicante y doña Lola se me­tió en su pieza para ponerse una de las inyecciones que le había traído su esposo aquella noche. Ibarreche penetró en  la alcoba con el practicante y al cabo de un rato salió de nuevo con él hasta el vestíbulo para despedirle. Doña Lola continuaba todavía en la habitación

‑ ¡Lola! ‑ dijo autoritariamente el vascongado.

‑ ¿Qué? - respondió la señora desde dentro con un hilillo de voz.

‑ Fúmate uno de esos cigarrillos aromáticos que tie­nes en el armario. Eso junto con la inyección te aliviará bas­tante.

‑ Bueno.

lbarreche volvió a sentarse en la butaca. Por el bal­cón abierto penetraba una brisa casi fresca. Paulino se en­contraba a gusto y fumaba pensativamente.

‑ Pues sí, paisano ‑ dijo don Javier ‑. Esto de las enfermedades es una pejiguera. Desde que estamos en Chun­cabamba, llevo gastado en medicinas una barbaridad. Se ve que a Lola no le sienta bien este clima. De modo que nos vamos a tener que marchar dentro de poco.

‑ ¿La ha llevado usted a algún médico de aquí? ‑ pre­guntó Paulino.

- ¡Bah! ¿Para qué? ‑ replicó lbarreche‑. Los médi­cos saben tanto como yo. Mi señora padece de bronquitis hace ya mucho tiempo. De modo y manera que leyéndome los prospectos de los medicamentos y consultando con ami­gos que padecen la misma enfermedad, pues da por resul­tado que puedo recetarle con la misma eficacia que un doc­tor. Los médicos son una partida de estafadores. Cuando cae entre sus manos algún primo, sólo piensan en desplumarle.

Paulino compadeció a la pobre doña Lola, que se veía forzada a aceptar la absurda terapéutica de aquel empírico sabihondo que le prescribía tratamientos a tontas y a locas.

Vino de nuevo la bailarina ya compuesta para el tra­bajo. Se había transformado notablemente. Llevaba un tra­je blanco muy elegante y un echarpe sobre los hombros. De nuevo se había peinado los cortos cabellos con mechones curvados hacia las sienes. Llevaba la faz cubierta de maqui­llaje; las cejas negras y alzadas a lo mujer fatal; los ojos som­breados; las pestañas con rímel; la boca roja y bien perfilada por la barra de labios. Se acomodó en una butaca y volvió a pedir un cigarrillo a Paulino que se apresuró a sa­tisfacer sus deseos. El joven madrileño contemplaba curio­so la transformación de la artista. Pocos minutos antes, Mónica le había parecido sin pintar una muchacha hogareña e inofensiva. Pero ahora, con aquella máscara de teatro en que había metamorfoseado su rostro, se le presentaba como una peligrosa vampiresa. Paulino sintióse molesto pensando en la noche de orgía que le esperaba a Mónica en el cabaré. El subconsciente de Paulino deseaba a aquella muchacha para su uso privado y al verla allí dispuesta a prostituirse, se consideraba defraudado por ella y aunque parezca mentira, ligeramente  cornudo.

Doña. Lola debía de estar fumándose el cigarrillo aromá­tico para los bronquios, porque un pestífero tufo a hierbajos balsámicos se estaba difundiendo por toda la casa. Mónica miraba de reojo a Paulino para ver el efecto que le producía su atuendo. Por una parte, se considera­ba superior a aquellos hombres que la contemplaban con solapada concupiscencia, mientras hablaban de cosas indi­ferentes. Sabía que, en el fondo, envidiaban la noche de ­juerga que ella se iba a pasar, mientras ellos por rnoralidad o falta de numerario, se irían a la cama. Pero por otra par­te, se hallaba también un tanto avergonzada, porque podía leer con toda claridad la palabra puta en los cerebros de Paulino y don Javier.

El claxon de un automóvil detenido a la puerta de la casa, llegó varias veces a los oídos de los contertulios. Mó­nica se levantó de la butaca y se asomó al balcón para ver si la llamaban.

‑ ¡Ya bajo! ‑ gritó.

‑ Es el pelmazo de mi, jefe ~ dijo luego en tono despectivo, como dando a entender que no acudía muy de bue­na gana.

Las prostitutas siempre tratan de salvaguardar el po­quísimo honor que les queda. Por eso Mónica simulaba disgusto ante la llamada de su patrón. No teniendo más remedio que marchar a su tarea de todas las noches, quería por lo menos darles a aquellos señores la sensación de que era víctima de adversas circunstancias superiores a sus buenos deseos.

Cuando Mónica se hubo marchado, Paulino y don Ja­vier continuaron charlando. Doña Lola salió de su pieza y volvió a sentarse en la butaca junto a la radio. Luego vino a reunirse con ellos el vendedor ambulante, que había esta­do en su habitación durante todo aquel tiempo disponiendo sus telas para el día siguiente. Se llamaba Enrique Salgado y era natural de Madrid. Pero hablaba un extraño español con el seseo típico de Hispanoamérica y numerosos giros ita­lianos. Enrique y don Javier estuvieron contando, cosas de su oficio de paqueteros.

‑ Ma qué gente tan compradora é la de Costa Rica. ¡Per la Madona! Si no hubiera sido por el póker, a estas horas tendría yo un capital - dijo Enrique.

‑ Pues de aquí en adelante, debes tener cuidado y no jugarte la plata - aconsejó lbarreche.

        ‑Descuide usted, don Javier ‑aseguró el paquete­ro‑; ya no cojo la baraja aunque me aseguren que voy a ganar un millón,

Poco después se fueron todos a sus habitaciones res­pectivas. Paulino se puso el pijama y se tendió en el catre a sudar. Dentro de aquella pieza sin ventanas a la calle, ha­cía un calor intenso. Por la abertura que ponía en comuni­cación su alcoba con la de Ibarreche y su mujer, Paulino es­cuchaba su apagada conversación. Doña Lola se debía estar fumando otro cigarrillo aromático, porque de su habitación le llegaba a Paulino un insoportable olor a rebotica. El jo­ven sacador de puntos no lograba conciliar el sueño y daba continuamente vueltas en la cama. En la alcoba de al lado apagaron la luz y, al poco tiempo, don Javier contribuyó a la amenidad nocturna con descomunales ronquidos. Paulino pensaba con delectatio morosa en la pechuga de Mónica y a ratos en sus negrísimos ojos. Era una mezcla de sensua­lidad y platonismo. Don Javier mancillaba de vez en cuando sus ideaciones con largos truenos que no salían precisamen­te de su boca. Y era tan grande el ruido levantado por estos fenómenos fisiológicos, que despertaban a su propio autor. Don Javier se acercaba entonces de su esposa y exclamaba:

‑¡Lola! ¿Qué tal te sientes?

Ella carraspeaba para limpiarse los averiados bron­quios y resignadamente respondía con su vocecita de pájaro azteca:

‑Bien.

Con todos estos sucesos, Paulino estaba tan desvela­do que no consiguió dormirse hasta las tres de la madrugada.

 

                IV

 

Los diversos pedazos de escayola que constituían la estatua del Sagrado Corazón, estaban ya en la catedral. Pau­lino había construido el andamiaje necesario para armar la escultura. Trabajaba en la preparación de la obra con tesón de laboriosa hormiga. Vestido con su mono gris, iniciaba sus labores a las ocho de la mañana. Los inevitables curiosos que se entretenían contemplando su tarea, se reemplazaban sucesivamente. De esta forma, Paulino tenía siempre algún espectador,

Había cobrado el cheque de Perpiñá y esto le hacía posible gastar algún dinero en distraerse. Pero sus diversiones eran honestas e inofensivas, como correspondía a un jo­ven tímido y sin vicios. De vez en cuando, sobre todo al ano­checer, se sentaba a tomar algo en alguna terraza de la "15 de Agosto". Durante los primeros días de su estancia en el puerto, su modestas expansiones se realizaban en una com­pleta soledad. Sólo charlaba en el trabajo con don Roberto que le visitaba dos o tres veces por día para fiscalizar la mar­cha de las obras, o con algún curioso que, tomándole por el auténtico autor de la imagen, le hacía preguntas lleno de respetuosa admiración. Pero Paulino era un ser tan inocente que deshacía el equívoco enseguida. La sencillez y la sin­ceridad eran en él virtudes tan naturales como el fenómeno de la respiración. Sin embargo, seguía teniendo admirado­res, pues para ellos, sí no era el escultor principal, por lo me­nos tratábase de su ayudante más capacitado. Uno de estos curiosos quiso hacerse amigo suyo y un sábado por la tarde Paulino accedió a salir con él. La diversión consistió en in­gerir copiosas cantidades de cerveza que pusieron a Pauli­no en un estado bastante alegre. Como no le interesaban las borracheras mano a mano, pronto se deshizo de aquel pelmazo pretextando imaginarios compromisos.

         Volvió de nuevo a su melancólica soledad. En la pen­sión se distraía conversando con la patrona o con los hués­pedes. Charlaba mucho con don Javier o, mejor dicho, le escuchaba sus interminables relatos que versaban siempre sobre sus andanzas por América. El enorme vascongado le mostró en una ocasión varios balazos que tenía en los bí­ceps y en las pantorrillas. Procedían de su estancia en el  México revolucionario, cuando por un quítame allá esas pa­jas, le sacaban a uno la madre. A don Javier le gustaba so­bre todo narrar su vida de cantinero en Tamaulipas, Según decía, casi todas las tabernas mexicanas de aquel entonces tenían en el mostrador un refugio llamado la piquera que constituía una especie de atrincheramiento circular donde se metía el cantinero en caso de lío. Las reyertas eran fre­cuentes y don Javier contaba cómo se guarecía en la pique­ra provisto de un rifle. Si el zafarrancho tenía lugar de no­che, disparaba primero contra las bombillas y a continuación baleaba a todo bulto que tratase de avanzar hacia el mos­trador donde estaba la caja de los cuartos. En una de tales broncas, le mataron a un fiel criado indio llamado Toribio colocándole un tiro entre ceja y ceja. La admiración de Pau­lino por Ibarreche crecía con estas narraciones y pensaba que en tales circunstancias, no habría durado él ni unos mi­nutos en aquellos parajes tan nocivos para la piel.

En la mesa charlaba también con la rumbera cubana. La muchacha seguía comiendo a su lado y, a veces acercaba su pierna hasta ponerla en contacto fugaz con las rodillas de Paulino, que hubiera querido mantener valientemente aquella unión subterránea, pero no lo hacía por miedo a que le temblase la voz. Las conversaciones versaban sobre cuestiones de Cuba y, de preferencia, sobre asuntos gastro­nómicos.

‑ Desde que salí de mi tierra, no he vuelto a comer a gusto ‑ decía Mónica‑. Digan lo que digan, no hay como los platos que le preparan a una en su país. ¡Y cómo se gui­sa en Cuba! Don Javier, que ha vivido allí varios años, puede decirlo. Por ejemplo, se acuerda usted del ajiaco, ¿no es cierto?

‑ ¡Cómo no! ‑ respondía lbarreche ‑ Yo solía comer­lo frecuentemente cuando estaba en La Habana.

‑ Un día que tenga tiempo y dinero, les voy a preparar un ajiaco para que aprecien mis cualidades de cocinera ‑ seguía diciendo Mónica ‑. Verán ustedes cómo se chupan los dedos. Pues aunque una se dedica a este oficio del ca­baré, no es como las otras muchachas que ni freír un huevo saben.

Enfrascados en estas conversaciones costumbristas, efectuaban diariamente  la cena. Los almuerzos, en cambio, resultaban más aburridos porque en ellos solía faltar la bailarina. Como la chica se acostaba todos los días al amanecer, permanecía en la cama hasta las cuatro de la tarde, hora en que efectuaba su primera colación. Por las noches después de abandonar la mesa, pasaban todos a la salita de las butacas y allí permanecían charlando hasta que Felipe Na­verrete, el dueño de "El Oasis", llegaba con su coche a la puerta de la pensión y llamaba a Mónica tocando el claxon varias veces. A Paulino le fastidiaba más cada vez aquel do­minio que Navarrete ejercía sobre la muchacha. Por otra parte, Mónica daba muestras de sentirse bastante interesada por el joven sacador de puntos. A veces, clavaba en él sus negros ojos como queriendo fascinarle con la mirada y en tales ocasiones, el corazón de Paulino se ponía a latir con ce­leridad; aunque asimismo lleno de alborozo. Otro síntoma de que Mónica experimentaba cierta predilección por el pequeño Paulino, la constituía el hecho significativo de que le honraba de continuo con peticiones de tabaco. Felipe Navarrete no debía de ser muy puntual en sus pagos, porque Móni­ca llevaba ya trabajando en "El Oasis" más de quince días y no contaba con dinero ni para cigarrillos.

‑ Este Navarrete me está resultando un fresco ‑ les dijo una vez lsabel lturzaeta a Paulino y a don Javier. La quincena de la señorita Mónica se ha vencido ya hace una semana y su jefe no viene a pagarme. Ahora que de esta noche no pasa. En cuanto escuche el claxon, pienso bajar a decirle que me abone mis haberes si desea que la chica siga viviendo aquí.

‑ Pues a ella tampoco debe de pagarle un centavo por­que no hace más que fumar a costa nuestra ‑ agregó Pau­lino.

- iUy! ¡Qué va! ‑ exclamó Isabel ‑. Si la pobre no tiene ni para los gastos más elementales. El otro día, sin ir más lejos, me tuvo que pedir a mí para comprarse una aspirina.

- No sea usted ingenua ‑ dijo Ibarreche‑. Lo que pasa es que estas mujeres siempre tienen algún pulpo que les chupa lo que ganan. Al fin y al cabo, el sueldo del caba­ret no es más que un diario para su mayor seguridad; pero su fuente de ingresos más apreciable la constituyen los tra­bajillos extraordinarios.

Esta última expresión de Ibarreche fue para Paulino como un puñetazo en la boca del estómago. Navarrete no era por lo tanto el único varón que usufructuaba a la bailarina. Era natural. Debía haberlo pensado antes, A la salida del ca­baré, Mónica seguramente se acostaba con cualquiera que tuviese la cartera bien repleta.

Sin embargo, Paulino concebía cada vez mayores es­peranzas de que Mónica se le entregase por amor. A veces, se levantaba de la cama para asistir al almuerzo y en la mesa menudeaban los contactos de sus piernas con las del joven madrileño. Pero Paulino seguía con su invencible timi­dez y no había forma de que se decidiese a tornar lo que a las claras le estaba ofreciendo la bailarina. Por su parte, el muchacho pensaba en ella con mayor frecuencia según pa­saba el tiempo. Como la preparación de la escultura tocaba ya casi a su fin, podía permitirse el lujo de estarse en casa hasta las cuatro de la tarde para ver a Mónica. De manera que Paulino se echaba la siesta después de comer y cuando lo despertaba la charla de la muchacha con Isabel y doña Lola, cogía los útiles de aseo y salía de su habitación como por mera casualidad para darse un baño. Luego volvía a su pieza y retardaba el momento de marchar al trabajo hasta que Mónica terminaba su almuerzo.

‑ Don Paulino ‑ llamaba por fin la bailarina con un acento cubano que al madrileño le iba pareciendo cada vez más gracioso.

‑Dígame, señorita ‑ contestaba el aludido tratando de que no se trasluciera su íntima dicha en el timbre de su voz.

‑ Chico, ¿me puede regalar un cigarrillo?

‑ Desde luego ‑ respondía Paulino saliendo de su habitación al vestíbulo y brindándole su cajetilla a la baila­rina.

         Esto lo hacia el muchacho ya preparado para bajar a la calle, cosa que efectuaba inmediatamente, en cuanto le había suministrado tabaco a Mónica. De este modo, pensa­ba él que la patrona y doña Lola no podían sospechar nin­gún interés hacia la chica por su parte. Si el daba cigarrillos era porque ella se lo pedía, y si estaba en la pensión a aque­llas horas, era porque no precisaba acudir a su trabajo. Al­gunas veces, Mónica se levantaba más tarde que de ordina­rio y entonces lo primero que hacía era llamar a Washing­ton o a Isabel y preguntarles si don Paulino se habla marcha­do ya.  El joven madrileño la oía desde su habitación y se

llenaba de felicidad al percibir el interés que Mónica mani­festaba por su persona. Claro que un hombre menos cán­dido que Paulino hubiera sospechado enseguida que posible­mente lo que a la bailarina le preocupaba era tener asegurado el cigarrillo para después del almuerzo. Pero en el espí­ritu de aquel muchacho no hallaban cabida tan bajas supo­siciones. Para él estaba muy claro el sentido oculto de to­dos estos detalles y no le cabía la menor duda de que Mónica sentía por su modesta persona, si no amor, lo que se dice amor, sí por lo menos una simpatía fuera de lo común.

         La aventurada hipótesis de Paulino estaba muy cerca de la realidad. Mónica no solía encontrar en su vida más que tipos juerguistas y la mayor parte de las veces redoma­dos sinvergüenzas que la trataban como lo que era y no pen­saban en ella sino cómo instrumento de placer. Por lo tanto era una insólita novedad para la muchacha tropezarse con  un hombre como Paulino que la trataba con respeto y no in­tentaba conseguir lo que todos los demás. Ella se daba cuenta del interés que despertaba en el corazón del mucha­cho. Era una especialista en relaciones eróticas y tenía las dotes de observación psicológica necesarias para advertir lo que pasaba en el ánimo de Paulino por más que éste se cui­dara de no manifestarlo. El madrileño comenzó pareciéndo­le un tipo extraño y, a veces, hasta poco hombre, debido a que Móníca no concebía cómo un individuo soltero y en plena juventud desperdiciaba sus encantos, siendo así que ella le había insinuado por muy diversos indicios que estaba dispuesta a permitirle el usufructo de los mismos. Pero a fuer­za de parecerle diferente a los sujetos crapulosos con quie­nes trataba de ordinario por razón de su oficio, Paulino llegó a ocupar el primer plano de su atención. Pensaba en él a todas horas y, a veces, con el fin de estar a su lado un mo­mento, se quitaba horas de sueño y almorzaba con todos a la una de la tarde. No le pasaban desapercibidos estos de­talles al muchacho, cuya afición a la bailarina cobraba con ellos mayores bríos.

Una tarde Paulino se detuvo un momento en la salita donde estaban conversando Isabel, doña Lola y la cubana. Mónica se quejaba de un fuerte dolor en el estómago. Las dos mujeres aventuraban hipótesis acerca de cuál podía ser la causa.

‑ Por los síntomas que usted describe, me parece que se trata de una gastritis ‑ opinó Paulino.

‑ ¿También entiende usted de medicina? ‑ preguntó la cabaretera con cierta guasa.

‑ No ‑ contestó Paulino -. Es que yo padezco a ve­ces esa misma enfermedad y por eso me resulta fácil reco­nocerla.

‑ Ahora me explico por qué he soñado esta mañana que usted me ponía unas inyecciones ‑ añadió Mónica ‑. Parece como si presintiera sus conocimientos médicos. Por cierto que usted me hacía un daño horrible al pincharme.

- Isabel y doña Lola se echaron a reír maliciosamente. Aunque no habían leído a Freud, adivinaban el sentido psi­coanalítico del sueño. A Isabel le hubiera gustado pregun­tar a la bailarina en qué región del cuerpo le había puesto la inyección Paulino, pero no se atrevió por miedo a parecer indiscreta. Paulino, que tampoco había leído a Freud, inter­pretó lo de las inyecciones en el mismo sentido que Isabel y doña Lola. Esto hizo que se ruborizara como una colegia­la candorosa y se despidiera apresuradamente de las tres mujeres para no evidenciar su turbación.

Con el fin de colocarse a la altura del trato amable y respetuoso que le otorgaba Paulino, Mónica procuraba mo­derar su lenguaje y hablar en términos despectivos del am­biente en que vivía. Los sábados por la tarde, no trabajaba en la estatua el joven sacador de puntos. Mónica se había dado cuenta de ello y demoraba sus citas con Navarrete has­ta la hora de la cena para tener ocasión de charlar a solas con el madrileño. Todos los clientes de la pensión tenían la costumbre de salir a distraerse un rato el fin de semana. Mónica, por el contrario, no se movía del apartamento. Cuando terminaba de almorzar, se sentaba en una butaca y aguardaba a que Paulino concluyera la siesta y vi­niese a ofrecerle el consabido cigarrillo. El muchacho se acomodaba luego junto a ella y, como por mera casualidad, se quedaba charlando con la bailarina hasta que sonaba el claxon de Navarrete que los sábados solía llevar a Mónica a cenar en algún restaurante. Los temas de las conversacio­nes que sostenían la cubana y el español, versaban por lo general sobre los artistas y su azarosa vida en los teatros y en los cabarés. Una tarde se hallaba Ménica propensa a las confidencias personales y le hizo a Paulino interesantes re­velaciones biográficas.

‑ La verdad es que una se mete en este oficio con grandes ilusiones de llegar a ser una primera vedete, pero luego se encuentra con la desagradable realidad de que to­das las chicas aspiran a lo mismo. Casi todas las que nos metemos a bailarinas, queremos ser como Blanquita Amaro y nos quedamos en coristas o acabamos nuestra carrera bai­lando en cabarés de mala muerte.

‑ ¿Y usted no tiene ya esperanzas de triunfar?

‑ Yo sólo aspiro a ganarme la vida con esto y a man­tener a mi hijo.

‑ Ah, pero ¿tiene usted familia?

‑ Sí; cometí la equivocación de casarme con un des­graciado de mexicano que me puso los cuernos con la criada a los pocos meses de matrimonio. Pero yo soy un<

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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