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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 16 de julio de 2019

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Un espejo por el camino (inédita)

Un joven ex fraile español hace un viaje en 1961 desde el Ecuador a Caracas pasando por Colombia. El protagonista contempla y vive la realidad de esos países (el hampa, el terrorismo).

MUERTE EN CARACAS

- Tenemos que darles un escarmiento - exclamó el comisario mirando a los dos agentes que estaban sentados frente a su escritorio -. Los jefes han decidido liquidar a uno de los dirigentes de las FALN y nos han encargado a nosotros esa desagradable tarea.

- ¿Y quién es el agraciado? - preguntó uno de los agentes.

- Un tal Silverio Laín - respondió el comisario -. Ese que escribe en El Nacional.

- ¿Hay pruebas contra él? - preguntó el segundo agente.

- Sí. ¿Recuerdan ustedes el asalto que hicieron el martes los de las FALN contra una de nuestras comisarlas del Oeste?

- ¿Cómo no? Mataron a un amigo mío - dijo el primer agente.

- Pues bien - continuó el comisario -, uno de los guardias que estaban en el vestíbulo y a quien los asaltantes habían dado por muerto, logró recobrar el conocimiento cuando esos vagabundos corrían hacia su carro. Nuestro hombre disparó su pistola contra los fugitivos y afortunadamente, logró impactar en uno de ellos. Su herida no era grave y, por lo tanto, se le pudo aplicar enseguida un apropiado tratamiento pedagógico para que nos contase algunas cosas. El tipo ha revelado los nombres de sus compañeros y, desde luego, el del doctor Silverio Laín, que era quien dirigía la escaramuza. Además ha sido tan amable que nos ha hecho una sucinta biografía de este último. A juzgar por las palabras del joven, el tan Laín es uno de los jefes más activos de las FALN.

- Bueno, pues si hay suficientes pruebas contra él, ¿por qué no lo encierran? -preguntó uno de los policías.

- La cárcel no nos basta - replicó el comisario -. Los niñitos de las FALN se han cargado ya a muchos de los nuestros. Las autoridades quieren demostrarles ahora que también podemos hablar nosotros su mismo lenguaje de violencia.

- Así que han decidido liquidarle sin más ni más - exclamó el otro policía.

- En efecto.

- ¿Y cómo piensan hacerlo? - preguntó el primer agente.

- Silverio Laín vive en la ciudad universitaria -explicó el comisario -. Esto, como saben ustedes, nos impide vigilar sus idas y venidas. Pero sabemos que sale con frecuencia por las noches con una pareja de extranjeros que han entrado hace poco en el país. El es español y se llama Federico Rumbo, ella de Colombia y su nombre es Katy Montero. Mi plan es que vigilen ustedes por las noches el domicilio de la colombiana y cuando vean que Laín sale con ellos, síganles adonde vayan. A nosotros nos vendría bien que fueran a algún espectáculo de larga duración. De este modo podríamos realizar nuestro proyecto con mayor facilidad.

El comisario les mostró varias fotos de Silverio Laín y a eso de las seis de la tarde, les llevó a un café que estaba cerca del Congreso, donde Silverio solía reunirse con algunos amigos. Los dos agentes observaron a su víctima hasta que estuvieron seguros de reconocerle cuando le vieran entrar en el domicilio de la colombiana. Luego abandonaron el café y quedaron en iniciar su vigilancia cuanto antes.

Al día siguiente los relojes de Caracas daban las nueve de la noche cuando Silverio Laín detuvo su cádillac frente al portal de la casa donde vivían Katy y Federico. Cerró la portezuela con un leve chasquido. Echó la llave al automóvil. La luz de un farol fluorescente hizo resaltar la inmaculada blancura de su traje. (El policía que vigilaba el edificio, reconoció su distinguido perfil). Silverio se introdujo en el ascensor y subió al tercer piso. Federico le abrió la puerta del apartamento. Ambos se estrecharon las manos sonriendo cordiales. Katy salió de la cocina y saludó a Silverio. (Abajo, en la calle, el polizonte se cercioraba de que la visita de Laín iba a ser larga). Katy dejó a los dos hombres en la sala y continuó preparando la cena. Federico y Silverio se acomodaron en sendas butacas y empezaron a conversar frente a dos vasos de whisky.

- Después de la cena, les voy a llevar al 'Todo París" - manifestó el invitado-. Me imagino que conocerá usted ese cabaret. Es uno de los mejores de Caracas.

- Pues no - dijo Federico -. No lo conozco. La verdad es que no soy muy aficionado a frecuentar esa clase de establecimientos.

- Hace usted mal. A veces resultan divertidos. Nos ayudan a ahogar las preocupaciones en unas horas de frivolidad.

- ¿No será inconveniente que llevemos a Katy?

- De ninguna manera. El "Todo París" es un cabaret discreto. Van hasta matrimonios. Estos días están dando un "show" que merece la pena. Se trata de una compañía argentina que imita el estilo del Folies Bergére.

En un extremo de la sala, cerca del balcón, había una pequeña mesa con mantel y cubiertos. Katy salió de la cocina y les dijo a los dos hombres que pasaran a cenar. (El polizonte del traje gris se llegó hasta la esquina de la calle. En un magnífico automóvil norteamericano, otro policía dormitaba en el asiento del volante. "Nuestro hombre está arriba", comunicó el del traje gris a su compañero. "Bueno entra, desde aquí podemos verle cuando salga. A ver si tenemos la suerte de que vaya esta noche a algún sitio con sus amigos").

Federico y Silverio, comían con apetito los platos que les había preparado Katy.

- ¿Has tenido noticias de Amelia? - preguntó la joven a Silverio.

- Sí. Hace dos días.

- ¿Y qué tal va el primogénito? - inquirió Katy.

- Muy bien. Hoy, precisamente, cumple dos meses. Por eso quiero que me acompañen a celebrarlo.

- Con todo gusto - dijo la joven.

(Los dos policías se habían apeado del auto y paseaban por la acera impacientes. De vez en cuando, levantaban la vista y se cercioraban de que el balcón del apartamento donde en aquellos instantes se hallaba Silverio Laín, continuaba encendido).

Después de tomar café, Katy, Federico y su huésped se levantaron de la mesa y volvieron a sentarse en las butacas. Silverio les brindó cigarrillos.

-¿Quiere otro whisky? - preguntó Federico.

- Bueno. Gracias - aceptó Laín.

La buena comida, el humo del tabaco y los vapores etílicos estimularon y aceleraron el ritmo de la conversación. El huésped y sus anfitriones estaban tan enfrascados y complacidos en su charla que no sentían el paso del tiempo. Cuando Laín consultó su reloj eran ya las once y media.

- ¿Qué les parece si nos vamos? - preguntó a Katy y Federico - El primer show del "Todo París" comenzará dentro de una hora aproximadamente.

Los anfitriones se mostraron de acuerdo y pocos minutos después salían a la calle. (Uno de los policías, que era un tipo achaparrado y petizo, fumaba recostado en la aleta delantera del coche. En el suelo se veían numerosas colillas apagadas alrededor de sus pies. Su compañero, que era un fulano moreno y grandote, con pinta de boxeador retirado, estaba de nuevo dentro del automóvil y dormía pacíficamente sobre el volante. El petizo tiró al suelo su cigarrillo cuando vio que Silverio Laín y sus dos amigos entraban en el cádillac negro y se disponían a partir. El inquieto policía penetró rápidamente en su auto y despertó a su soñoliento compañero. Este puso en marcha el vehículo y pisando el acelerador, empezó a seguir al cádillac de Silverio por las calles medio desiertas de la nocturna Caracas).

Silverio frenó su coche junto a la acera del "Todo París". Numerosos automóviles aguardaban a sus dueños bajo el letrero del "night-club". Guiados por Laín, Katy y Federico penetraron un tanto tímidos en el pequeño recinto del cabaret. Casi todas las mesas estaban ocupadas. La iluminación indirecta dejaba en suave penumbra el establecimiento. Predominaba el público masculino, pero en algunas mesas, había dos o tres parejas reunidas, con un aire inconfundiblemente conyugal. Katy se sentó entre sus dos acompañantes en una mesa que estaba cerca del mostrador. Las sillas en que se acomodaron, tenían sus respaldos apoyados en la pared. Una pequeña pista quedaba entre ellos y los clientes que bebían y charlaban en las mesas alineadas a lo largo de la pared opuesta. A la derecha de Federico, un señor voluminoso, de aire distinguido y hermosa testa calva y canosa, dormía dulcemente su ebriedad bajo los mimos un tanto maquinales de una bella mujer ya un poco ajada por la treintena. (El achaparrado policía y su fornido compañero de chata nariz y rostro modelado a puñetazos entraron en el cabaret y se sentaron en una mesa, enfrente de Silverio Laín y sus invitados). Federico se entretenía contemplando los cuadros finamente pornográficos que adornaban las paredes. (El policía con aspecto de ex-boxeador se levantó de la mesa y fue a llamar por teléfono para pedir refuerzos. A los pocos minutos de haber regresado a su sitio, un automóvil se detenía junto a la acera del 'Todo París". Uno de los cuatro policías que lo ocupaban, entró en el "night club" y se sentó junto al achaparrado petizo del traje gris. Los otros tres agentes permanecieron en el coche con el fin de no despertar sospechas). La bella mujer un poco ajada por la treintena dejó de acariciar las grandes manos del señor distinguido que dormía su borrachera a la diestra de Federico, y salió al centro de la pista para anunciar el comienzo del "show". Una pequeña orquesta de muy buena calidad empezó a tocar sobre el escenario en penumbra. Poco después un numeroso grupo de bailarinas ligerísimas de ropa y con grandes plumeros azules y verdes sobre sus cabezas empezó a desfilar por la pista. Algunas de ellas, las que los tenían más túrgidos y abundantes, caminaban con los senos al aire, trémulos, provocativos. Dirigidas por un bailarín argentino y cuarentón, se movían armoniosamente por la pista, cantando una canción en francés cuyo estribillo era: Ça c'est Paris, Ça c'est Paris".

Terminado este número, la delgada y alta mujer de belleza un poco ajada volvió a dejar a su viejo y dormido amante para ponerse de nuevo en el centro de la pista con su elegante figura ataviada con un vestido negro de noche, sumamente escotado, y anunciar a la concurrencia la aparición de Arturo Laudy, el notable transformista venezolano.

La orquesta empezó a tocar una pieza de ritmo lento y suave. Transcurridos unos minutos, una bella mujer con traje largo y blanca piel al cuello apareció en el escenario. Enseguida bajó a la pista y empezó a dar algunos pasos de baile.

- ¿Te parece guapa? - preguntó Silverio a Katy.

- Sí - respondió la muchacha -. Está bastante bien. Es una de las mejores que han salido esta noche.

- Pues ahí donde la ves es un hombre - explicó Laín.

- Nadie lo diría - comentó Katy.

Federico observaba en silencio al hermafrodita. (Los tres policías de enfrente contemplaban también sus idas y venidas, pero de vez en cuando miraban a Laín con disimulo). El transformista estaba comenzando su "striptís" y se movía de un lado a otro quitándose prendas al ritmo solitario y excitante del tambor. El público guardaba un silencio absoluto. No se divertían, sino que miraban con morboso interés aquella broma soturna de la naturaleza que se estaba desnudando ante ellos. Por fin, tras de mucho danzar y agitarse, el hermafrodita se quitó su pequeño sostén y ante el asombro silente de la concurrencia, mostró sus dos pequeños senos. Todavía dio algunos pasos largos de baile para ahondar la equívoca impresión en el ánimo de sus contempladores. "Bueno, desde luego, visto de espaldas, el cuerpo es de hombre -pensaba Federico -. Carece de caderas. Sin embargo, ¡qué curiosas resultan esas tetas diminutas en una anatomía de hombre! ¿Tendrá sexo masculino debajo del calzón? Quizá. Pero no se le nota bulto. Es posible que lo disimule de alguna forma". El tambor se enervó en un redoble final y el tranformista desapareció por el lado izquierdo del escenario, dejando tras de sí una inquietante atmósfera morbosa. Nadie le aplaudió.

Katy, Federico y Silverio salieron del 'Todo París" a las dos de la madrugada. Se acomodaron los tres en el asiento delantero del cadillac y Silverio puso en marcha el automóvil. El policía del traje gris y el que tenía pinta de boxeador retirado se metieron también en su coche y siguieron al de Laín. Lo mismo hicieron en el suyo los cuatro agentes que habían llegado como refuerzos al cabaret. Silverio guió su cadillac hacia el centro de Caracas y lo zambulló velozmente en el túnel que pasaba debajo de dos grandes rescacielos. Salió de nuevo a la superficie y prosiguió su rápida marcha por la plaza del Silencio. Los dos coches de la policía salieron también del túnel a gran velocidad, como dos extraños monstruos de pupilas deslumbrantes vomitados por el Averno. Silverio Laín guió su automóvil hacia el domicilio de Katy y Federico. Pasaban ahora por calles poco transitadas. Los dos vehículos de la policía continuaban pacientes su persecución. Con esa especie de sexto sentido que desarrolla la familiaridad con el peligro, Silverio Laín empezó a encontrar sospechosos aquellos faros que estaba contemplando por el espejo retrovisor desde que habían salido del cabaret.

- Me parece que nos están siguiendo - les dijo a sus amigos -. Voy a acelerar la marcha para ver qué hacen.

Katy y Federico miraron hacia atrás con zozobra. Silverio pisó el acelerador hasta el fondo. La aguja del cuentakilómetros marcó enseguida ciento veinte. Katy y Federico vieron que el automóvil perseguidor apresuraba también su velocidad para no perderles de vista. (El policía con aspecto de boxeador retirado aprovechó un ensanche de la calle y pasando al cadillac de Silverio empezó a viajar delante). Katy y Federico advirtieron alarmados que les seguía otro coche. Subían ahora por una estrecha calle muy empinada, hacia los cerros.

- ¿Serán atracadores? - preguntó Federico.

- Es posible - respondió Laín -. Pero mucho me temo que sea la policía.

- No veo por qué - exclamó Federico asustado.

- Los de las FALN esperamos hace tiempo una seria represalia - explicó Laín con voz entrecortada -. No me extrañaría que me hubieran elegido a mí como chivo expiatorio.

(El policía que tenía la cara como hecha puñetazos, empezó a aminorar la marcha de su coche y a cerrarle el paso al cadillac de Laín. Al mismo tiempo, el automóvil que venía detrás, les asestó varios golpes con el parachoques).

Estaban ahora encima de un puente. Por debajo pasaba una calle desierta, débilmente alumbrada por escasos faroles. Era aquél uno de los distritos más pobres de la ciudad. A ambos lados del puente, y a nivel de la calle que pasaba por debajo, se extendía una zona urbana compuesta de casas humildes que, por lo general, no sobrepasaban los dos o tres pisos.

- Voy a saltar - les dijo Laín a sus amigos -. Si son policías que quieren liquidarme, no les intereso más que yo. A ustedes no les harán nada. Yo, de todas formas, estoy perdido. Pero voy a intentar escapar. En caso de que fueran atracadores, denles cuanto les pidan, incluso el automóvil, si lo desean.

Silverio frenó su coche y abriendo la portezuela, echó a correr hacia la barandilla. Había detenido su automóvil en uno de los extremos del puente, con el fin de saltar desde la menor altura posible a la empinada calleja que bajaba desde la calle superior a la inferior. Casi en el mismo instante, los policías frenaron en seco sus automóviles y se apearon rápidamente. El del traje gris disparó su pistola contra Silverio en el preciso momento en que éste saltaba sobre la baranda. Una fracción de segundos después los disparos de los otros agentes atronaron la madrugada. Desde una altura de cuatro o cinco metros, Silverio cayó de bruces sobre los adoquines de la calleja descendente. Los policías se precipitaron hacia la barandilla para cerciorarse de que lo habían liquidado. El cuerpo de Silverio yacía inmóvil sobre el pavimento como una oscura marioneta descoyuntada. Para evitar complicaciones, los agentes volvieron a sus coches y partieron a toda velocidad.

Katy y Federico Katy y Federico se apearon del cadillac y bajaron corriendo por la calleja hasta el sitio donde se hallaba Silverio Laín. Federico se inclinó sobre el cuerpo de su amigo y a la débil luz de los faroles, advirtió que un delgado y oscuro reguero de sangre se deslizaba lentamente cuesta abajo.

- Creo que lo han liquidado - exclamó Federico levantándose.

Katy se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. Las ventanas de las casas vecinas se encendieron. Un grupo de curiosos cada vez más nutrido comenzó a rodear el cadáver de Silverio Laín. Federico sostenía a Katy pasándole su brazo derecho por el hombro.

- Vámonos - musitó Federico al oído de la joven.

Sorprendida por la inesperada tragedia, Katy no se resistió. Sin dejar de abrazarla, Federico la guió por la calleja abajo. El grupo que rodeaba el cuerpo de Laín, era ya lo suficientemente numeroso para no reparar en su fuga. Mientras Katy y Federico descendían por la calleja, se cruzaron con varias personas que subían corriendo para ver qué había pasado. La charla de los curiosos que hacían conjeturas sobre el asesinato, colmaba la noche de un rumor alarmante. Katy y Federico doblaron por debajo del puente y continuaron descendiendo hacia el centro de la ciudad por calles desiertas y mal iluminadas. Oyeron asustados la sirena de la policía, y, poco después, la de la ambulancia. El cadillac de Silverio Laín continuaba detenido sobre el puente con la portezuela abierta y su interior vacío, como un pequeño barco abandonado por su tripulación.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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