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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 26 de noviembre de 2020

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Tú serás Virgina Woolf (2013)

Madrid, Endymion, 2013

 

MARIÁN-SUSANA

 

       Amanece  otro día, un día  que no amontona villancicos con árboles de Navidad, ni hay procesiones de Semana Santa,  pues entonces son vacaciones en el instituto de bachillerato, y esos días los pasa Marián en casa, arrastrando sus sueños rotos y pegados a engrudo. Los días de vacaciones son días de dormir y dormir como escondida, y son días de no  hablar.

 Os cuento: Marián lleva un tiempo preocupada, el olvido se está instalando  en su vida, y le huyen muchas palabras. A veces lo pasa mal, pues  está empezando a titubear   en clase. Y es que le interesa tan poco todo, que las palabras para nombrar lo que le sucede se le desdibujan. Su vida es tan vulgar, tan mediocre, tan anodina... que si no fuera por la tragedia de su hija Irena, algo que llena sus días de miedo  y angustia,  sería como las planicies de Castilla  en invierno: yerma, seca, a ras de suelo.

Su madre, doña Pura, una mujer muy religiosa,  no le quiso poner  Marián,  pero su padre, don Pedro, un terrateniente extremeño, quería hijas del futuro y dejar atrás las Franciscas, Rufinas, Antonias, Josefas, Modestas, Manuelas... y  otros nombres  como esos que, según él,  eran símbolos del pasado y de pueblos perdidos. Quería que su hija se llamara Marián. Y ya lo pensó un buen rato el cura de su  pueblo de Extremadura, Salvaleón, el de las manos lánguidas y gestos blandos. Al final dijo: Yo le pongo María que es el nombre de nuestra Señora, si luego queréis decirle Marián son cosas modernas que la iglesia puede admitir, pero siempre el día de su santo será el día quince de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen María a los cielos.

Así que Marián, este día laborable -un día que tampoco sea de Julio o Agosto, pues entonces son las vacaciones de verano-,   se va llena  de tedio y desazón al instituto situado en un barrio perdido de Madrid -más perdido aún que en el que ella vive-, donde tiene que impartir clases.

-Mamá, que te dejas los exámenes y el libro.

-¡Qué cabeza la mía!... cada día la tengo peor. ¿Tú no has ido a la facultad?

-Es que Matilde, la tata, no se encuentra bien. Se ha pasado la noche vomitando y ahora está mareada en la cama.

-Son muchos años ya los de Matilde, ochenta y  siete...pobre mujer...Pero yo no he oído nada,  y es  que con esas pastillas que me tomo por las noches me quedo  como una muerta, y si no me las tomo no duermo. ¡Ay Susana, si no fuera por ti y Matilde, esta casa!... pues yo hija cada día estoy más ida y todo me pesa tanto... Por cierto, Irena seguirá en la cama, ¿no?...

-Sí, pero ya se ha bebido dos o tres cafés, y está de un borde que no hay quien la resista. Y es que tiene ganas de bronca.

-¡Ay esta hija!... no puedo con ella, me va a llevar a la tumba.

-Venga, déjalo, mamá. Y cámbiate alguna vez de pantalones que casi siempre llevas los mismos.

-Total, para ir a luchar contra esas fieras, ¿qué más da?...si a mí no me ve nadie.

         -Pero mamá, están muy arrugados.

-¿Y qué importa hija?- Marián se miró los pantalones con indiferencia.

-¿Quieres que les pase en un momento la plancha?

-No, no, ya digo, no me importa. Si nadie se da cuenta de mí, si entro y salgo de una clase a otra hasta la hora de venirme, que cojo directamente el coche sin pasarme siquiera por la sala de profesores. Además, que  me da todo lo mismo.

-Debes de cambiar de pastillas o de psiquiatra, las que te tomas no te hacen nada, sigues lo mismo.

-¿Pastillas?... Si es que no tengo ilusión por nada, y es tu hermana, tu padre, la casa... yo que sé... Bueno, me voy.

-Los exámenes, mamá.

-¡Cómo estoy!... Me voy, me voy volando.

Y Marián coge el coche y conduce con gestos automáticos. Lleva  la mente llena de notas deshilachadas, dispersas,  y de caras de alumnos hoscas y aburridas como  las sotanas de los curas de medio pelo de su pueblo.

¡Qué lejano todo aquello!... Mi pueblo... qué atrás ha quedado. A mis padres los he dejado allí solos en sus tumbas, olvidados... pero de eso es mejor no acordarme, parece que sucedió en otra vida.

¿Qué me dirán hoy los alumnos desde las ventanas  cuando pase por  debajo?... Los temo.

Todos ellos eran  para Marián un montón de rostros indiferentes y burlones  que la miraban con guiños, risas, y algún que otro insulto sobre su ropa, sus cabellos, sus andares desmañados... lo que fuera con tal de ridiculizarla. Les gustaba clavar el aguijón de la burla y hacer de ella un personaje grotesco que pretendía llevarlos por la sabiduría de la que ella carecía, ya que  a veces en clase, daba la impresión de estar  en el limbo.

¡Pobre mujer! La verdad es que da la sensación de no estar en este mundo. Siempre que la llamo por teléfono: «¡Ay!... espera Juana, espera que se ponga Irena o mi marido, es que yo no estoy hoy muy bien, perdona, pero tengo la cabeza que me estalla y no doy pie con bola». Y así un día  y otro. Yo creo que entre Irena y los chicos del instituto han terminado con su estabilidad  psíquica.

  ¡Dios mío!... le temo a esas lagunas o vacíos que, en ocasiones, se instalan en mi cabeza, piensa Marián. Aunque siempre fui así, pero cada curso me noto más torpe. Además, no tengo muchas ganas de arreglarme, ni de hablar, ni de nada. No, no puedo, ni me apetece, estoy deprimida, muy deprimida. ¿Qué es mi  vida?... Una de mis  hijas no sé si está loca o  es  una superdotada  en lo literario, como dice  su padre. No sé nada de Irena, nada. Me confunde, me asustan sus arrebatos, su forma de vivir... Una tata, Matilde, con ochenta y siete años, a la que siempre hay  que estar vigilando,  pues es una mujer que no tiene en cuenta su edad, y cuando menos lo esperas se sube a una escalera para limpiar las lámparas o Dios sabe qué. Ella dice que si lo hace es porque puede. Pero son años... y  no quiero pensar lo que me vendrá después, ya que tiene  una edad que cualquier día quiebra, y entonces ¿qué pasará?...Pero a pesar de sus años todavía lleva el grueso de la casa, y si ella cae, yo, ¿qué puedo hacer?...si cualquier cosa que intento me  cuesta  un esfuerzo. Esta depresión me va a llevar  a la tumba.

Es mejor no pensar en mi vida, pues... ¿y Alfredo?... Para él soy una estúpida por no tener ambición de ninguna índole, por estar pudriéndome en un instituto del extrarradio, por no hacer méritos para que me cambien a uno del Centro, por no sacar la cátedra... A él, sin embargo, de unos años a esta parte le ha entrado por cambiar de status, hasta tal punto que resulta patético. Todo el día de Dios como  si estuviera a punto de salir a escena. Ni que para ser director de una agencia bancaria de la calle Goya, que es con la que él está empecinado, se necesitara vestir como un figurín. Además, todas las tardes  por el centro de Madrid, alejado de lo que el llama el pudridero del barrio- del que no se quiere contaminar-   huyendo de lo que debería ser el día a día de un cincuentón, que vive a las afueras de la capital ,y que  tiene una familia normal, sin pretensiones. ¿Qué hará por las calles del Centro todos los días de Dios?... Que si Serrano, que si Goya, que si Ortega y Gasset, que si La Castellana, que si Bilbao, que si Fuencarral, que si la Gran Vía...  Y ¿qué más me da?... que haga lo que quiera.

Ya está bien, esto no es vida,  es un gris de tardes acostadas sobre cualquier viejo colchón abandonado en una estación antigua y desierta. Sí, esa es la imagen que se me viene a la mente. Y es que yo en mi adolescencia quise ser poeta pero me di cuenta de que era muy mala con los versos. Además, que siempre he sido muy dejada, muy de no esforzarme, de dejar pasar la vida, de no interferir, de no tener metas. El día a día...Lo que me costó venirme de mi pueblo a Madrid y, a veces  sigo añorándolo, allí no tenía que hacer esfuerzos, era la hija de Doña Pura y se acabó, en Madrid todo es distinto, es más vivo en un barrio de clase media baja, más bien baja que media. En mi pueblo era alguien, tenía criada, Matilde, y era la hija de un terrateniente que cuando murió, al ser yo la mayor de las hermanas, me dejó la obligación de reorganizar el patrimonio. Mi madre decía que no entendía de nada, y yo tuve que vencer mi indolencia, no me quedaba más remedio. ¡Cuánto me costó! Vendí las fincas por cuatro duros. Sólo nos quedamos con  una pequeña para recordar mejores tiempos.  Y es que todas en la familia somos mujeres, ¿qué hacer con aquellas dehesas?...

Ahora, Marián vegetaba en aquel piso de un barrio  de Madrid de clase obrera, un poco dejado y abandonado de la tarea diaria de lavarle la cara, y en aquel instituto cutre y desangelado.

   Dios mío ¡qué vida!... En el instituto me encuentro desolada en medio del aburrimiento y  violencia de los alumnos, y en casa Irena,  que un día sí y otro también me da unos disgustos...¡la temo tanto!... Por otro lado, está Alfredo que no me ve, ya que  para él soy un fantasma. Y es que  siempre está a lo suyo, su afán por tener una oficina importante, libros de  autores famosos, amigos intelectuales, ropa de marca... Además, me parece tan raro que a su edad esté siempre tan preocupado por su físico... De todas  formas me da igual.

Además, Irena me tiene asustada más que  los alumnos, no sé cómo tratarla. Susana es otra cosa. Es una chica como todas las de hoy en día, a quienes lo único que le importan son los hombres y divertirse a tope, pero es  muy responsable, sin ella no sé que sería de mí.

 Y entre estos pensamientos se le pasa el  trayecto, y allí a unos metros  tiene la mole del instituto que  se difumina entre el secarral de los alrededores con pequeñas promesas de árboles plantados por voluntariosos profesores. Gritos e  insultos envuelven el edificio y serpentean por las aulas.

Aquel día  hubo algunos acontecimientos en la vida rutinaria de Marián que alteraron las manecillas minúsculas del reloj del año de la polca que llevaba. Sí, ya sabía que era viejo, pero no tenía ganas de cambiarlo, y más que ganas, ilusión... todo le costaba tanto esfuerzo. En fin, algo alteró aquellas manecillas pasadas de moda, pues el tiempo se le hizo interminable. La había llamado Susana para contarle sobre Irena. Y ya fue sombra toda la mañana, y no oyó las risas ni las preguntas capciosas de los adolescentes llenos de picardía, curiosidad y divertimento.  Ni oyó las preguntas de algunos que tenían la mirada limpia, una mirada como el agua de los arroyos de su pueblo: «Profe,  ¿cómo era Garcilaso? ¿Fue escritor y también guerrero? ¿Era guapo?... Escribía  unas églogas muy cursis y amorosas, y además parece un quejica». Y Marián miraba en sombra y contestaba en sombra. No podía quitarse de la cabeza las palabras de Susana.

Irena se había levantado de la cama y había entrado en la cocina tirando todo  lo que encontraba  a su alrededor. «Mamá no sé que hacer, está que no obedece a nadie. Algo le ha debido pasar y lo paga tirando al suelo lo que se le pone por delante, y encima la pobre Matilde  dice que se  le estalla la cabeza». Y la mesa desde donde parecía que daba clases Marián, se agrandaba y agrandaba, y los alumnos se amontonaban y confundían en su mente. Mientras, algunos pájaros perdidos cruzaban cerca de la ventana como ágiles y pequeñas piedras apretadas que caían en vertical. Y allá a lo lejos, un amontonamiento de nubes  lanzaba premoniciones de lluvia. Entretanto, el gato del conserje maullaba siguiendo los vuelos de los pájaros y dando saltos que terminaban en el suelo.

Un zumbido de abejas brotaba de las aulas y sobre el zumbido se elevaba la voz de los profesores de las aulas contiguas, que gritaban con sonidos agudos  con el fin de alcanzar a la fila de los alumnos de atrás, perdidos en paraísos de sueños y pequeñas traiciones. En algunas aulas, volaban tizas por el aire y la carcajada general no se hacía esperar. Seguro que los profesores blasfemarían para sus adentros y algún bramido quedaría roto en sus gargantas antes de salir, desgarrando las nubes que se adensaban presagiando lluvia. La sombra del edificio parecía confundirse con el gris del cielo y se desperfilaban aristas prefabricadas de los módulos que se habían instalado con las prisas del nuevo curso.

¿Cuándo me darán el traslado a otro instituto más céntrico y decente con historia y tradición, donde el  profesor conserve, al menos, ciertos privilegios?... Por ejemplo: una mirada más benevolente del conserje,  algún interés en hacer fotocopias, un aviso amable sobre alguna llamada telefónica, sobre alguna visita... y...¿Pero qué pasa? ¿Qué ruido es este? ...

En aquel momento, precisamente en aquel momento en que tenía que cambiar de módulo para ir a las clases de segundo de bachillerato, caían gotas como piedras del anillo que se trajo de Estambul, y que la rubita de la primera fila, de cuarto de la ESO, le había dicho que era muy guay.  Nunca había visto ninguno como ese, le dijo con los ojos encendidos. Se lo cambiaba  por dos de oro macizo que su madre, creyendo darle una alegría, le regaló en su cumpleaños. Aquel anillo sería lo único que llevaba original, lo demás... ¡qué pereza todo! ...vestirse, escoger lo que tenía que ponerse... Como ahora ...qué pereza. El timbre había sonado hacía cinco minutos y se resistía a salir para ir a la siguiente clase.

Irena... ¿qué hará?... ¡Qué impotencia Dios mío!... pues  yo no puedo decirle nada, la exaspero más, y se pone violenta. Además, tiene la complicidad  de su padre, quien siempre que ocurren estas tragedias -porque son tragedias-. indica: «Cosas de los genios, todos los que se salen de lo mediocre son así, lo demás es morralla». Y cuando habla de esto, eleva su mano por encima de la cabeza para exclamar: «Hay que entender quién es Irena. Es una jovencita llamada a ser una escritora de valía. Ella es una excéntrica. No en vano la llamamos Irena, no Irene, y ella se identifica con ese nombre singular, preparándose para cuando tenga que firmar sus libros. Entonces  no será una vulgar Irene, como otra cualquiera, sino Irena, y de esa forma todo el mundo la recordará, pues no hay Irena en español, las hay  rusas, polacas... qué sé yo, pero españolas no. Por eso es única, como lo será en su escritura, que sin duda está llamada para ser premio Nadal, de la Crítica, Nacional, Planeta... Llegará muy alto, muy alto, es una chica fuera de serie, eso lo sé yo, que desde pequeña la sigo en su creatividad».

Por otro lado, a Irena no le importa nada, ni caricias,  ni amenazas, ni regalos, ni promesas... a nada hace caso.

Quizá por eso, poco a poco Marián fue cayendo en la apatía del deber, y en esto iba pensando al cruzar el patio del instituto, cuando caía un chaparrón de época.  «¿Qué mas da?»... no hacía frío. Y  recorrió como una autómata  los metros de grava y barrillo, y los charcos sucios y encenagados que le separaban de su siguiente clase.  Le tocaba dar la oración sustantiva, y lloró por dentro. La oración sustantiva, y el jarrón de las flores de la cocina roto, la oración sustantiva,  y mientras tanto Irena, con sus enormes ojos sin expresión, tirando al suelo su jarra y platos del desayuno, o lo que tuviera en las manos, la oración sustantiva, y todo lo que encontrara a su paso por el suelo...

-¿Qué dices, Arturo?... Sí, sí, la oración sustantiva, puede hacer función de complemento directo también.

Y de nuevo Irena... ¿Qué hacer? ...

-Por supuesto Ana, por supuesto, la principal función de la oración sustantiva es hacer de sujeto.

Y siguen las preguntas, y sigue el zumbido en la cabeza de Marián, y es tan intenso que muchas veces no sabe si el ruido se le produce dentro o viene de fuera.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Comentarios - 1

Parque de Invierno

1
Parque de Invierno - 10-12-2016 - 23:17:48h

Excelente texto, me ha gustado mucho, muchas gracias por compartir tu trabajo


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
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