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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 26 de abril de 2019

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Yo. tú. Todos.

Relato breve que nos sumerge en las entrañas del Creador, del propio Universo y de nosotros mismos.

Más allá de nuestras retinas.

Esta historia podría pasarle a cualquiera.
Podría pasarnos a mí, a ti, a tu madre o a tu vecino.
Si fuera cierta, en verdad, nos pasaría a todos al mismo tiempo.

Este hipotético sujeto, al que llamaremos David -pueden leer el nombre en castellano o inglés, a su gusto-, se encontraba bailando en su discoteca favorita. Decir bailando es decir mucho. Más bien estaba siguiendo el ritmo de la canción veraniega de turno con la rodilla, a la vez que bebiendo un trago tras otro de Barceló con cola.
David no tenía el cuerpo para mucho meneo. El día anterior había ingerido cantidades imposibles del mismo ron que en ese preciso momento sujetaba entre sus dedos. El cómputo de excesos acumulado durante toda una vida le estaban pasando factura, al que otrora pudo aguantar varias noches sin dormir, sin dejar de tragar química un solo minuto.
Sus amigos parecían tener más energía que él, por lo que David prefirió quedarse apartado, apoyado sobre una de las paredes estroboscópicas, observando a la gente.

 

La imponente resaca había pasado hacía horas gracias a un maravilloso milagro de la ciencia llamado ibuprofeno. Sinceramente, pese a que eran más de las tres de la madrugada, no había llegado a terminar su tercera copa.
La relativa sobriedad le permitía contemplar la escena desde fuera, ajeno a una impenetrable burbuja nocturna de inconsciencia colectiva, saturada de alcohol, música electrónica y sudor.
Sudor.
Era el fuerte olor a sudor -y no por ello desagradable- de las féminas danzantes lo que, quizá, llegaba a percibir de forma más real. Un fuerte olor cargado de hormonas crueles, el darwinismo hecho poesía, la competición más despiadada jamás debatida en la vastedad del cosmos. Una jerarquía sexual irrompible, inderogable. Una batalla implícita con claros vencedores a quienes sólo la vejez podría, algún día, llegar a derrocarles. Una altanería misántropa. La infinita lucha por transmitir los genes convertida en producto.
Convertida en un mero consumible.

 

Tras estas reflexiones bukowskianas, sus devaneos se encauzaron en corrientes mucho más abstractas. Como en un chasquido, una gran fascinación por las existencias ajenas inundó su corazón. Trató de concebir, aunque fuese de forma aproximada, el indescriptible potencial consciente de los seres que le rodeaban, más allá de su propia retina, esa última frontera que nadie ha podido cruzar jamás.
Quería sentir la consciencia de todas aquellas personas a la vez, todas independientes, pero atadas al mismo mundo físico. Atrapadas en un cráneo sin posibilidad de fuga.
Hasta el fin de sus días.
Deseaba poder fundir su entidad con cada una de las cabecitas que podía avistar. ¿Cómo sería ser esa chiquita morena de pechos turgentes y suaves, de carnívora mirada felina, de exquisitos labios color melocotón?, ¿resultaría tan fácil ostentar esa peligrosa arma ante los ojos de los buitres? ¿Cómo sería ser aquel cuarentón medio borracho de la barra, divorciado, de indudable obesidad mórbida, labios grasientos y soeces, y la mirada perdida en el fondo de un tubo de gin tonic? ¿Cómo sería ser esa preciosa rubia de ojos turquesas, boquita cereza y culo pequeño?, si era cierto el rumor sobre su inocultable anorexia, ¿cuánto deberían de estar sufriendo ella y sus allegados por culpa de esa terrible enfermedad?
David luchaba por ver más allá de sí mismo, pero no era nada fácil. Jamás había visto nada, salvo a través de sus propios ojos. Jamás había sentido nada, salvo sus propios sentimientos. Jamás había pensado en nada, salvo en sus propios pensamientos. Se podría decir que su existencia, matemáticamente, tendía a cero.
La infinitésima parte del todo.
Él, tú, yo, tu madre, tu vecino.
Nada.
Al menos, casi nada.

Trató de descubrir por qué razón estaban allí todas aquellas personas. Porqué no él solo.
¿Qué sentido tenía la multiplicidad?
Los físicos más tenaces hablaban de la existencia de un multiverso más allá de las dimensiones, una pluralidad de cosmos casi infinita, pero incomunicables salvo por cierto tipo de partículas gravitatorias: ¿y qué universos paralelos podían existir, más cotidianos y accesibles al conocimiento medio, que las propias mentes, totalmente autónomas a la par que aisladas, a excepción de míseros gestos o palabras volcados en un vano intento de comunicación?
Y de pronto, la soledad más visceral que define al individuo, saltó en pedazos, quebrándose por siempre en un acto de pura voluntad.
Voluntad.
El tiempo y el espacio deceleraron poco a poco, como un disco de vinilo arrastrado por la inercia hasta quedar parado.
Un instante perpetuo.

 

Por momentos creyó haberse quedado atrapado en lo alto de una noria que jamás volvería a girar. Era difícil percibir el paso del tiempo puesto que éste carecía de sentido. Pero "pronto", lo que subjetivamente resultó una eternidad, todos los rostros tornaron hacia David, como si una horda de zombies hambrientos se hubiera percatado de su presencia.
Él era el centro del universo. El centro del todo.
Toda la materia alrededor de David, incluyendo su propio cuerpo, comenzó a perder su calidad de substancia, volviéndose diáfana e inverosímil. Una disolución de la propia realidad en vectores, puntos y ejes cartesianos. Una involución cosmológica que, como única huella, dejó atrás pequeños puntos luminosos, miríadas de estrellas diminutas. Y estos rayos últimos eran las consciencias de los diversos seres, con una luminiscencia correspondiente a la grandeza de sus mentes.
Bajo sus pies se vislumbraba una esfera de proporciones astrales, transparente como una colosal burbuja de jabón, y al otro extremo se podían contemplar maravillosas constelaciones humanas.
Pero, ¿qué venía ahora?

 

El vasto océano espacial comenzó a encogerse, sin ningún centro aparente, acercando a ritmos vertiginosos todas las luces entre sí. Hasta conformar un horizonte blanco, carente de distancias espaciotemporales, de pura energía luminosa.
Y, después, la nada.
Todos los seres de la existencia, de cualquier rincón o época, se fundieron en un solo alma, la singularidad primordial. Hablar de David, llegado a este punto, carecería de coherencia. La individualidad había quedado obsoleta.
La entidad surgida de esta grandiosa comunión, infinita por definición, pronto equilibró su cordura, su inalcanzable estado de consciencia. Había nacido el hijo de la Creación, un último eslabón evolutivo que no tenía parangón alguno con la más brillante de las entelequias: era el principio y el fin en sí mismo.

Y el hijo del TODO, la mente suprema, habló para sí mismo.
Preguntó, en la infinitud de sus adentros, quién era, de dónde venía, qué sentido tenía la propia existencia. Y la fusión final llegó, al encontrarse consigo mismo, y descubrir que él era el padre y el hijo, el cómputo total de lo que alguna vez existió, existe o existirá. Su voluntad primigenia hecha materia y energía.
El misterioso Creador se había percatado de su propia identidad, él era la suma de todas las partes, de todas las vidas, de todas las consciencias. De todos y de cada uno de los latidos que llegarían a dar la vida a los huéspedes de sí mismo.
Él era el cosmos.
Él era la materia, la energía y el espíritu.
Destilación pura de sinergia.
Y el universo no era otra cosa que un planificado proscenio donde poder experimentar todas las posibles existencias.
La mía, la tuya, la de todos.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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