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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 22 de octubre de 2020

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Héroes, tumbas y libros perdidos (2012)

Premio UCM de Narrativa, 2011

Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2012

Una tesis sobre Aníbal lleva al profesor Tim F. Crouse a traspasar el umbral de La biblioteca de los libros perdidos, donde se archivan páginas que se perdieron con el devenir de los siglos y que conforman el sue�o de cualquier historiador.

Con este original relato se entremezclan, de modo muy sutil, otras seis historias que nos llevan desde la aventura equinoccial de La lista de Salazar, hasta la crudeza de un campamento de refugiados o la inclemencia del invierno ruso, desde el borgiano Quator al conradiano No hay salida.

La guerra, el amor, la derrota y la aventura dibujan un mapa universal, con �im�genes -como escribe Jos� M. Luc�a en el pr�logo- tan sobresalientes, tan vigorosas, tan traum�ticamente modernas como las de Tienes que cavar, grandes proezas hist�ricas que se vuelven cotidianas, llenas de renuncias y de miserias, heroicidades que nacen del anonimato y que nos devuelven la esperanza en el hombre, personajes que se mueven en la desesperaci�n de lo inevitable o en busca de ese misterio que todo lo abraza. Leyendo los siete relatos que componen este magn�fico libro uno se siente un lector de raza delante de un escritor de raza�.

 

 

PR�LOGO

Por Jos� Manuel Luc�a Meg�as

 

Sobre listas, viajes, trincheras, zanjas, fragmentos, libros perdidos y suicidios (o la importancia de llamarse Julio Alejandre Calvi�o)

Las horas pasan y los dedos siguen componiendo frases sobre el teclado del ordenador como quien ejecuta una partitura. Una partitura imaginaria que se convierte en letras, en palabras, en p�rrafos en la escandalosa frialdad de la pantalla. Hace unos a�os ese movimiento r�tmico sobre el teclado, ese casi pasar las yemas de los dedos y ser testigo del milagro cotidiano de convertir en gestos, conversaciones y paisajes lo que son solo im�genes en la imaginaci�n, se acompa�aba del sonido de las teclas que chocaban, que marcaban al fuego de la escritura los folios en blanco; un sonido que era r�tmico cuando las ideas flu�an y los di�logos se encaramaban de la mente al teclado, y que se volv�a entrecortado, casi tartamudo cuando todo era un caos y hab�a que volver sobre lo escrito y uno sacaba con furia, a veces rompi�ndolo, el folio reci�n escrito, reci�n destruido que se convert�a en una bola de papel con la que jug�bamos a una canasta de tres puntos con la lejana papelera. Una papelera que estaba siempre colocada en una estrat�gica esquina. Y entonces uno volv�a a coger un folio, y volv�a a colocarlo y volv�a a comenzar a escribir, a seguir dando vida a esos seres de letras, de im�genes, de palabras que se agolpaban en nuestra cabeza, en nuestra imaginaci�n, y que quer�an abandonarnos para convertirse en seres de papel, en seres que pudieran transformarse en compa�eros de futuros lectores, volver a ser verdad al pasar de la lectura al recuerdo. Y mucho antes, en los primeros tiempos, ni ordenadores ni m�quinas de escribir; ni teclados inal�mbricos ni pesadas olivettis azules: el papel en blanco, el folio en sucio, la p�gina del cuaderno o de la libreta, o esos papelillos donde ir dejando rastro de nuestras ideas, de los pensamientos y di�logos de nuestros personajes, de las tramas que deb�an volver veros�mil lo que no era m�s que un cuento, un sue�o, una supercher�a. Folios y folios, p�ginas y p�ginas llenas de tachones, de reconsideraciones, de lecturas y relecturas que volv�an un puzzle lo que hab�amos pensado que era una idea genial. Y todos so��bamos, con las manos destrozadas y los dedos aturdidos, con encontrar un comienzo de novela como la de Cien a�os de soledad... esos lejanos a�os en que un personaje desgranaba el misterio de un pasado que se convert�a en nuestro presente, el �nico real mientras no quer�amos dejar de leer, de vivir entre las p�ginas de un libro.

            Pero ante la inexpresiva y silenciosa pantalla del ordenador, ante el folio en blanco atrapado en las fauces de la m�quina de escribir, ante la p�gina que se volv�a cubista en nuestras anotaciones, cambios, tachaduras, escribiendo al rev�s y al derecho, siguiendo las l�neas torcidas de nuestra imaginaci�n siempre la misma realidad, la misma actitud: el escritor que aparca su vida, que aparca sus horas de vida, de compa��a, de relaci�n, de afectos y de conversaci�n, para dar vida con sus letras, con sus palabras, con sus frases, con sus im�genes a tantos otros personajes, a tantos otros espacios, conversaciones y geograf�as, que van surgiendo de sus escritos como el mago hace salir de la oreja de un espectador un largo y sedoso pa�uelo de seda blanca. Vidas de letras que sue�an con convertirse en vidas de papel, en libros (impresos o digitales) que permitan establecer puentes con los lectores, con esos seres tambi�n m�gicos que al pasar su tiempo leyendo historias y no vivi�ndolas hacen que se hagan realidad, que vivan las conversaciones, las tramas, las an�cdotas y los conflictos de los personajes nacidos de la imaginaci�n, del arte y del oficio de tantos escritores. El personaje de imaginaci�n que se convierte en letra para llegar a ser libro y as� vivir realmente en la lectura, en el recuerdo (y por tanto en la imaginaci�n) de un lector, cerrando as� el ciclo de vida que se abre en el momento en que un lector comienza a interesarse por "La Revista hispano filipina de Asia y el Pac�fico naci� pose�da de gran rigor cient�fico y esp�ritu innovador...".

            Julio Alejandre Calvi�o nos regala en este libro un fest�n de historias y de personajes, de aventuras y de di�logos, que se han convertido en seres de papel gracias a un premio literario. Leyendo los siete relatos que componen este magn�fico libro me he sentido un lector de raza al estar delante de un escritor de raza, de esos que saben mantener el pulso de las historias y de los personajes, el justo pulso m�s all� de la tendencia actual de convertir cualquier historia en cientos de p�ginas, en cientos de p�ginas innecesarias, insuficientes, olvidables. Nada que ver con este libro. El relato como g�nero es piedra de toque para el escritor, para el novelista. El relato -que no goza en nuestros tiempos del predicamento que merecer�a y las razones se me escapan- vive a un tiempo de lo que dice y de lo que calla. La vida que se convierte en imagen en un instante y que nos obliga a imaginar un antes y un despu�s. Y en los relatos de Julio Alejandre encontrar� el lector imaginaciones y recuerdos de muy diferente �ndole, pero todos relacionados con el hilo de la historia, de una historia que se rescata en escritos, en confesiones, en libros perdidos o en im�genes tan sobresalientes, tan vigorosas, tan traum�ticamente modernas como las de "Tienes que cavar". Grandes proezas hist�ricas que se vuelven cotidianas, llenas de renuncias y de miserias ("La lista de Salazar"); heroicidades que nacen del anonimato y que nos devuelven la esperanza en el hombre, en su futuro como civilizaci�n ("La noche m�s fr�a"), o que se mueven en la desesperaci�n de lo inevitable ("No hay salida" o "Para no verte siempre") o ese misterio que todo lo abraza, hasta la reflexi�n que pretende descubrir el origen de todo y de todos ("Quator" o "La biblioteca de los libros perdidos"), todo ello y mucho m�s podr� el lector encontrar en los magn�ficos relatos de Julio Alejandre.

            Pedacitos de vida, pedacitos de esa vida que Julio Alejandre no ha vivido al estar dedicando su tiempo a escribirlos, a corregirlos, a pulirlos y a abandonarlos a la suerte de la impresi�n y de la lectura; pedacitos de vidas de papel que ahora se multiplicar�n en las lecturas de este libro que tienes entre las manos, de este libro que ahora se abre ofreci�ndote un tesoro de historias, de personajes, de escenas y de im�genes, que sobrecogen por su cercan�a, por la reflexi�n a las que nos obliga al situar el pasado en el presente de la literatura, de la buena literatura, esa que hace que no podamos despegar los ojos de las p�ginas, de los p�rrafos, de las palabras, de las letras que estamos leyendo; esa buena literatura que siempre nos acompa�ar� como si fuera un verdadero recuerdo de nuestra vida. �Qui�n ha dicho que leer, que escribir no es tambi�n una forma de vivir? Y de buena vida y de buena literatura est� este libro lleno.  De mucha, pero que mucha vida.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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