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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 21 de noviembre de 2019

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Seis mil lunas

 

Sobre el telón de fondo de la revolución salvadoreña, ya pasada pero tan presente y pesada como una losa, Seis mil lunas nos muestra la particular memoria histórica, remota y reciente, de unos personajes sufridos y estoicos pero vitales que nos transmiten su indignación y su amargura sin renunciar a la esperanza, a la alegría ni al humor.

La atmósfera psicológica recreada, el paisaje humano y social, el protagonismo colectivo, la guerra, la pobreza crónica o la violencia contra las mujeres, permiten situar a Seis mil lunas en el ámbito literario del «realismo trágico»,  que es la expresión que con menos palabras y mejor explica este libro.

Los catorce relatos que lo componen, premiados todos ellos en diferentes certámenes nacionales e internacionales, están narrados con un lenguaje mestizo, fluido y llano, un castellano que metamorfoseado que funde elementos literarios de ambas orillas del Atlántico.

 

El relato corto es un género literario difícil y la prueba de ello es que no todos los grandes escritores se atreven con él. Algunos de los que han pasado con mayúsculas a la historia de la literatura como Boccaccio, Edgar Allan Poe o Jack London, sin menospreciar sus otras producciones, deben buena parte de sus lectores a sus magistrales relatos cortos, así como otros maestros más cercanos en el tiempo como Roal Dahl o Andrea Camilleri. Sin duda, hay muchos más pero me permito la licencia de citar a algunos de mis preferidos.
Probablemente el éxito de ahora y de siempre de éste género, se deba a que es el que más se parece a la primera y más genuina expresión literaria, la que existió seguramente antes de que existiera la escritura y que no es otra que la narración de historias, la transmisión oral de cuentos, fábulas, leyendas... Porque el relato corto es abordable en una espera de aeropuerto o de estación o en el poco rato que puede sacarse en casa entre las obligaciones doméstico-familiares y el necesario y breve espacio de desconexión que nos concedemos.
Para escribir un relato corto hay que tener algo que contar, algo impactante, llamativo, inesperado o sorprendente, y la habilidad de contarlo sin imponer al lector una servidumbre de constancia y tiempo de la que seguramente no dispone y menos aún en estos días inciertos en los que vivir es un arte, como cantaban los Celtas Cortos. Y no es nada fácil reunir estos dos ingredientes.
Julio Alejandre es un profesor que actualmente trabaja en Azuaga (Badajoz) pero que estuvo diez largos años, desde finales de los ochenta hasta casi el año dos mil, trabajando como cooperante en El Salvador, siempre involucrado en proyectos educativos y culturales. Julio nos ofrece "Seis mil lunas", el sugerente y original título en el que agrupa una serie de relatos cortos, catorce, fruto de sus experiencias, vivencias y convivencias en esos más de diez años que permaneció en el pequeño país centroamericano.
Julio Alejandre reúne en sus "Seis mil lunas" los dos ingredientes mencionados anteriormente, imprescindibles para aventurarse en ese género que desde el principio he calificado de difícil, ya que tiene muchas cosas que contar, sorprendentes, originales, inesperadas,... y lo hace de tal forma que cada relato que empiezas no lo interrumpes doblando el pico de la página o recolocando el consabido separador. Te lo advierto, eventual lector: no dejarás el libro con una historia a medias, sea cual sea por la que te decidas.
De entrada, el título suena bien. Es sugerente y original y se hace necesaria una explicación ante la casi inevitable pregunta ¿por qué seis mil? Son muchas seis mil si tenemos en cuenta que en todo el sistema solar, contando las sesenta y tantas de Júpiter, otras tantas de Saturno, las veintitantas de Urano y todas las demás, apenas llegan a ciento cincuenta. Querido lector, es errónea esta línea de conjeturas, porque las seis mil lunas no tienen nada que ver con la Astronomía y todo que ver con la Cronología. Con su ritmo pausado, fragmentado en tramos de siete días, la luna, nuestro solitario, vagabundo y cambiante satélite que cada 28 días nos ofrece una nueva cara, ha sido el primer y más universal referente cronológico en casi todas las épocas, culturas y latitudes. Es así que estas 6000 lunas, traducidas a las unidades de tiempo más convencionales, vienen a ser 500 años, los mismos que los europeos cuentan desde "su descubrimiento" de América y que los amerindios cuentan desde la llegada de los hombres blancos y barbudos venidos desde el otro lado del mar. Quinientos años o seis lunas de dominación, de conquista, de saqueo, de mestizaje, de sustitución o al menos intento de asimilación de una cultura por otra, de una religión por otra, todo con la ayuda de Dios y de las armas, con la cruz y la espada.
Pero Julio Alejandre no nos cuenta, como un nuevo y contemporáneo Padre Las Casas y quizá como cabría esperar, catorce historias de explotación e injusticias, de batallas perdidas en esa desigual lucha que viene desde hace ya más de seis mil lunas. Julio nos cuenta catorce historias de personas concretas, de carne y hueso, perfectamente identificables, historias absolutamente creíbles porque son historias reales, sacadas de la América Latina de hoy, con todas sus lacras, sus vicios, sus esperanzas, su indomable búsqueda de una vida mejor, su interminable pelea, tantas veces perdida pero otras tantas veces recomenzada, para cambiar la historia.
Las historias que componen "Seis mil lunas" son perfectamente independientes unas de otra, aunque haya personajes como Cleofás o Meregildo que aparecen en más de un relato. Además, estas historias diferentes comparten el mismo aroma de realismo y tragedia, de esperanza y fatalismo, de resignación y lucha. Julio despliega una, tengo que reconocer, inesperada maestría en el uso de la lengua y se maneja con una enorme soltura en todos los registros narrativos.
Con absoluta fluidez y comodidad utiliza el estilo directo periodístico, la crónica viva de lo que ha presenciado y, si no hubiera sido testigo directo, la precisión con que ha recogido el relato de los que fueron protagonistas. La descripción que hace de la dramática travesía del rio Lempa en "Tres días de marzo" es magistral y estremecedora. Pero con la misma habilidad narrativa utiliza el estilo retrospectivo en la prolija narración que el campesino hace al juez explicándole la muerte de Chabelo, o contando desde un indeterminado presente, a toro pasado y con frecuentes y acertadísimos flash back, la azarosa vida de Erundina Velásquez. En otras ocasiones, con sorprendente realismo y autenticidad, se mete en la piel de personajes tan distantes y contradictorios como "El viejo canalla" o "El sacador de chaparro" para contar en primera persona, de manera seudo-autobiográfica, las andanzas de los protagonistas. En ambos casos, con una enorme capacidad de empatía, transmite la misma credibilidad y provoca las emociones del lector, positivas en el caso del héroe, negativas en el caso del villano. Casi podía decirse que Julio utiliza un recurso narrativo diferente en cada historia. Incluso le hace un guiño a García Márquez cuando Elpidio, en el "Vía Crucis" de su retorno, mezcla realidad con ensoñación, el más acá con el más allá, personajes presentes con ausentes.
No obstante, aunque las historias son diferentes, el estilo cambiante y los protagonistas cada uno con unos rasgos propios muy definidos, hay algo que es muy homogéneo y que impregna inconfundiblemente todo el libro: es el lenguaje que Julio utiliza.
El autor de las "Seis mil lunas" emplea un castellano muy latinoamericano y contribuye a enriquecer esa particularísima versión de la lengua de Berceo, Cervantes o Delibes, recreada y proyectada universalmente por otros maestros como Rulfo, Páramo, Quiroga o Benedetti. Julio utiliza un castellano metamorfoseado, mestizo, evolucionado, fluido y preciso. No me parece exagerado afirmar que el término "lengua castellana" es demasiado estrecho ¡por muy ancha que sea Castilla! para definir o describir la lengua que se ha ido creando a lo largo de las seis mil lunas y en un ámbito geográfico en el que casi no se pone el sol.
En la medida en que el lector se vaya adentrando en la lectura de estos catorce relatos, y sin duda en la lectura repetida de más de uno, podrá ir reuniendo elementos para catalogar el estilo de Julio Alejandre. La atmósfera psicológica, el paisaje humano y social, las costumbres, la particular memoria histórica, remota y reciente, de los personajes, el protagonismo colectivo, los héroes anónimos que habitan las páginas de este libro, el vitalismo de los desheredados, la pobreza crónica, la guerra, ya pasada pero tan presente y pesada como una losa, la tragedia presentida, la violencia contra las mujeres, la esclavitud del guaro...
Todo ello permite, nos permite, sin presunción y sin exageración, situar a Julio Alejandre en el ámbito literario del realismo trágico. Aunque cualquier catalogación siempre es, no solo discutible, sino restrictiva y parcial, "realismo trágico" es la expresión que con menos palabras mejor explica o más nos informa sobre las "Seis mil lunas" que nos regala este veterano cooperante en América Latina.
De momento, tenemos estas catorce historias que son reales porque no son inventadas, sino retazos de la realidad latinoamericana y, aunque muchas tienen un final trágico presentido, no por ello son historias pesimistas o tristes, sino reiteradamente realistas. No obstante, en todas late un fondo de vitalismo y de esperanza que nos devuelve la confianza en el ser humano.
Aunque seis mi lunas son muchas, no son suficientes para erradicar en la conciencia, en la voluntad y en la memoria de los pueblos de América Latina, el deseo de una vida mejor, el deseo de cambiar la realidad y de cambiar la historia. Puede que hagan falta otras seis mil lunas. No importa, las iremos contando e, igual que ha hecho Julio, habrá otras plumas que lo escriban, otras memorias que lo cuenten, otras voces que lo canten.

PRÓLOGO de Pedro Escobar. Enero de 2013.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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