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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 26 de septiembre de 2020

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El año del turismo interior

Molinos de viento

No me va el mochileo, pero me gusta mucho viajar sola. Lo bueno es que hoy en día no es demasiado complicado encontrar vuelos relativamente baratos. Cada año ahorro un poco y me doy un pequeño capricho en verano para desconectar de la carrera y volver con las pilas cargadas.

Si hay dinero, pego un salto a otro continente. Si ha sido un año complicado, me quedo en Europa, pero salgo de España, eso seguro. Y es que tenemos una suerte inmensa los europeos: un vuelo a Ámsterdam, París o Roma te puede salir por el mismo precio que un viaje en coche al Mediterráneo. ¿No te parece que es maravilloso?

Entonces llegó 2020 y, al igual que supongo le ha sucedido a todo el mundo, la mayoría de los planes que tenía se fueron al traste, incluyendo mi viaje anual al extranjero.

Puede sonar un poco egoísta, habida cuenta de lo que está sucediendo. Y sí, estoy muy contenta de que mis familiares, mis amigos y yo estamos bien, la salud es lo primero. Pero no podía evitar sentirme mal por no poder viajar. Para mí, ese viaje anual es sagrado. Es mi botón de reset. Sin ese viaje, no me siento capaz de abordar el comienzo de un nuevo curso.

Me gusta lo que estoy estudiando y me encanta aprender cosas nuevas, pero hay veces que todo se torna un poco cuesta arriba y, por muy cansado o, más bien, desganado que te encuentres, tienes que seguir caminando. El problema es que ese andar sin ganas va llenando tu cubo de basura y, si no te tomas unos días para vaciarlo, corres el riesgo de que se llene del todo. Y no quiero saber lo que puede pasar si llega a rebosar.

Me pasé unas semanas estresada pensando en eso. De repente me quedé sin ese momento ilusionante de planear un nuevo viaje. Y me quedé sin esa zanahoria que me ayudaba a caminar y a pensar que, no importa lo cansada que me sienta, pronto estaría en algún remoto lugar, disfrutando de la vida y del placer de no tener que hacer absolutamente nada.

Lo peor ha sido no poder hablarlo con nadie para desahogarme, porque imagino que, dado el caso, me habrían tachado de superficial o algo así. Pero no es eso. Yo sé que lo importante es estar bien de salud y doy las gracias por eso. Pero el argumento de que podría ser peor o que hay gente que tiene problemas más graves que algo tan "banal" como no poder viajar un verano, no me sirve. Siempre va a haber gente que está peor y no por ello significa que tengamos que estar felices todo el tiempo y no quejarnos de los contratiempos que nos encontremos por el camino. Cada persona recorre su propio camino y hay que respetar eso.

Entonces me di cuenta de lo tonta que he sido. Viajar al extranjero: descartado este año, sí, pero no tenía por qué privarme de mi reinicio anual. Cerciorándome de no despistarme con los procedimientos para mantener mi seguridad y la de los demás, podía perfectamente marcarme un viaje reparador dentro de España. Realmente lo de viajar al extranjero es una forma de conocer otros lugares remotos (y poner otra chincheta imaginaria en el mapa del mundo), pero ni de lejos conozco España. Hay tantos lugares por visitar... ¡España = turismo!

Así que busqué ideas en civitatis y ahí mismo contraté un paquete vacacional todo-incluido (ya te dije que no me va el mochileo). De modo que, en agosto, después de tantos lloros tontos, pude hacer mi reseteo. Y ahora me siento con las fuerzas necesarias para darlo todo en el curso 2020-2021.

¡A por todas!

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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