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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 5 de agosto de 2020

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Sí, el tabaco mata

Para gozar de buena salud es fundamental eliminar el consumo de tabaco

En el tiempo que va a tardar usted en leer este artículo, setenta personas morirán en el mundo a causa de alguna enfermedad relacionada con el consumo de tabaco. La cifra pone los pelos de punta, pero la repetición de estadísticas parecidas en los últimos años apenas ha servido para convencer a los fumadores de los gravísimos riesgos a los que se exponen. Más de 200 millones de europeos se confiesan adictos a la nicotina —son más de 1.100 millones en todo el planeta—, como lo hace el 35% de la población española. ¿Hay alguna manera de ayudarles?


Según la Sociedad Española de Neumología, el tabaco es reponsable de más muertes que que el alcohol, las drogas, la tuberculosis, los accidentes de tráfico, los incendios, los homicidios, los suicidios y el SIDA considerados de forma conjunta. En España el hábito cuesta 55.000 vidas al año, las mismas que se perderían si todos los días se estrellara en algún aeropuerto del país un avión cargado con 150 personas. ¿Osaría usted volar en semejantes condiciones?Esclavitud

«La decisión de fumar o no fumar no depende de un razonamiento consciente, sino de la dependencia de la nicotina, una sustancia mucho más adictiva que la cocaína o la heroína»

Hay una contradicción que supone que la UE emprenda una batalla publicitaria tan dura mientras, a la vez, destina gran parte de sus ayudas agrícolas a los cultivos de tabaco —España es el tercer productor europeo.
Para Maximino Yáñez, experto en márketing, la campaña cuenta con un punto débil evidente: «Cualquier fumador puede comprar una pitillera para evitar que sus hijos o sus amigos le presionen ante la visión de una imagen tan desagradable como las que figurarán en las cajetillas», afirma. «Porque la campaña va a servir para concienciar aún más a los no fumadores, pero no creo que condicione los hábitos de los fumadores, que conocen de sobra los peligros del tabaco», concluye.

Veneno

La nicotina es uno de los más poderosos venenos que existen. Tan sólo 30 miligramos bastan para matar a una persona, y un cigarrillo contiene la mitad de esa cantidad, aunque al fumarlo sólo llegan a la sangre entre uno y dos miligramos. Además, cada calada contiene una notable dosis de alquitrán que, al contrario que aquella, no va a parar a la sangre, sino a los pulmones. Los de un fumador que consuma una cajetilla diaria reciben cada año tres cuartos de litro de esa sustancia, similar al chapapote.

Además de la nicotina y el alquitrán, los cigarrillos contienen otros 4.000 compuestos químicos derivados de su cultivo y su transformación, y del proceso de combustión al encenderlos y consumirlos. En un pitillo hay acetona, amoniaco, arsénico, benzeno, butano, monóxido de carbono, DDT, plomo, metanol, naftaleno, formaldehído... Y la combustión también produce radiaciones alfa emitidas por isótopos de Polonio y de Plomo contenidos en los fertilizantes fosfatados que se emplean en las plantaciones, de forma que un fumador de una cajetilla y media diaria recibe una radiación anual equivalente a 300 radiografías de tórax.

Por si fuera poco, la industria tabaquera ha empezado a reconocer, después de décadas de oscurantismo y a raíz de las leyes de obligada transparencia que le impuso el departamento de Salud de Estados Unidos, que añade a sus labores de tabaco decenas de compuestos tóxicos: fosfato de diamonio, hidróxido de aluminio, alcohol desnaturalizado, ácido acético, fibra de celulosa, glicerina...

Negocio

Son sólo un ejemplo de las centenares de sustancias que los fabricantes dicen incorporar para suavizar el sabor, mantener la textura y evitar que el tabaco se estropee. Pero las dudas sobre la posibilidad de que esas prácticas en realidad persiguen potenciar la capacidad adictiva de la nicotina y dificultar que el fumador abandone el hábito son más que razonables. Las propias industrias saben que su negocio se basa, precisamente, en convertir en adictos a sus clientes.

Philip Morris, fabricante de Marlboro y L&M; R.J. Reynolds Tobacco —Camel y Winston— y Brown & Williamson —Lucky Strike y Pall Mall— copan el 82% del mercado mundial del tabaco. Ganan cada año cerca de 300.000 millones de euros, más que el presupuesto conjunto de 180 de los 204 países del mundo, y su capacidad de presión es casi ilimitada.

Las industrias financian grandes producciones de Hollywood a cambio de la aparición de sus marcas en pantalla, con el único objetivo de mantener el mito cinéfilo que identifica tabaco con glamour. A la vez, se extienden por el tercer mundo, donde los huecos legales han permitido que el camello de Camel se convierta en protagonista de una serie de dibujos animados para niños, y hasta influyen en la estrategia de las empresas que fabrican productos para ayudar a los fumadores a superar su hábito. En 1984, Philip Morris empezó a comprar diez millones de euros anuales en productos químicos a la empresa Dow Chemicall, el mismo año en el que la filial farmacéutica de ésta, Marion Merrell Dow, lanzó al mercado los chicles de nicotina Nicorette. ¿Casualidad?

Gastos

Mientras usted leía estas líneas, al menos una persona habrá muerto por culpa del tabaco en España, donde se consumen 150 millones de cigarrillos diarios y donde la cantidad que el Estado ingresa en impuestos sobre el tabaco —5.019 millones de euros el año pasado— aún supera con creces a la suma de los gastos sanitarios.

Los fumadores, ese grupo de población que se arriesga a volar todos los días aun sabiendo que cada año se estrellan más de 350 aviones comerciales en el país, son perfectamente libres para gastarse un dineral en estropear su salud y en minar su calidad de vida, siempre y cuando, claro, no contribuyan a estropar la de los demás. Los fumadores incluso son libres para seguir llamando «placer» al mismo mecanismo del que se sirve un adicto a la heroína para aliviar los síntomas del síndrome de abstinencia: consumir más heroína. Pero ningún fumador debería engañarse ni defender que su empeño en fumar es fruto de la decisión libre de una persona adulta. Según un informe interno fechado en 1984, los directivos de Philip Morris, la mayor compañía tabaquera del mundo, piensan todo lo contrario: «¿Por qué fuma la gente? ¿Para relajarse? ¿Por el sabor? ¿Para llenar el tiempo? ¿Para hacer algo con las manos? No. La gente fuma porque son adictos y les resulta muy difícil dejarlo».

 

Género al que pertenece la obra: Literatura digital
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