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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 29 de septiembre de 2020

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Recuerda, cuerpo (1998)

Madrid, Alfaguara, 1998

 

La evocación del deseo es el hilo conductor que une todos los relatos de Recuerda, cuerpo. Recuerdo de los deseos colmados, de los cuerpos amados y que nos amaron y también de aquellos que los obstáculos del destino hicieron imposibles: el deseo que hizo brillar unos ojos, que hizo temblar una voz, y que vuelve desde el pasado a arder en la memoria, tan vivo como entonces, pero teñido de nostalgia o ironía por el paso del tiempo.King Kong, don Juan, Antinea, Safo, los viejos mitos se reencarnan en personajes y objetos de deseo en un fresco lleno de sensualidad, ternura y humor: el sacerdote de ojos verdes, el hombre más guapo que jamás se ha visto en Brétema, la criada con melena y andares de Rita Hayworth, el gigoló negro licenciado por la Sorbona, la viuda que consulta sus problemas eróticos al marido muerto, la solterona provinciana que descubre en el Vert Galant un placer perverso al que ya no podrá renunciar, el médico y su enfermera de mágicas manos, la novelista y el gorila& el escritor y su fantasma, la esposa que cada noche tiene que ser reconquistada... Marina Mayoral alcanza uno de sus mejores momentos narrativos con Recuerda, cuerpo un libro inolvidable.

 

Fragmento del cuento "La belleza del ébano"

"Todo transcurría según lo previsto hasta que Pierre tropezó con el dativo ético o de interés. No te me vayas por favor, dijo Teresa recalcando el me. Era innecesario desde un punto de vista lógico, le explicó, sólo indicaba la implicación del sujeto hablante en el hecho, su necesidad del otro.
Repitió: No te me vayas, mirándolo a los ojos para ver si lo había entendido, y entonces él, sentado a su lado en el sofá, siempre tan atento a sus explicaciones, la rodeó con sus brazos. Teresa pensó: Va a besarme. Después, invadida por sensaciones desconocidas, dejó de pensar. Los labios carnosos, grandes y húmedos, le trajeron por un momento el recuerdo de los labios finos y duros de Javier, pronto borrado por la extrañeza de su boca, explorada por una lengua larga y gruesa, que no evocaba otras caricias porque Javier sólo usaba la suya para hablar o mirársela en el espejo cuando tenía dolor de estómago. Atónita , lo vio quitarse la ropa despacio, con movimientos que eran una incitación a la caricia. Sintió sus manos, sus labios, su lengua desnudando y recorriendo su cuerpo. Se quedó sin aliento y sin ideas. Y las recuperó de golpe cuando lo vio erguirse desnudo por completo frente a ella . Pensó : Va a follarme un negro. Y después , o quizá antes , o quizá simultáneamente pensó que aquel negro era lo más bello que había visto en su vida. Se arrodilló ante él , rodeó con sus brazos las piernas poderosas, las caderas estrechas, las nalgas duras y fuertes y, segundos antes de que sus labios rozasen la piel oscura y caliente , de que su boca se abriese para acoger la erguida y palpitante columna, de que su lengua lamiese la tersa y suavísima corola, tuvo tiempo de pensar : lo más hermoso que veré nunca."

 

Este fragmento pertenece al cuento "El dardo de oro" :

".... Desde la primera noche le había dado miedo aquella especie de animal que de entre la maraña de pelo crespo del pubis levantaba de pronto una cabeza pelada, rojiza, sin ojos y con una pequeña boca húmeda . Le recordaba a las lampreas, una lamprea que se colaba en su cuerpo y le daba escalofríos. Durante mucho tiempo había creído que aquellos escalofríos eran el orgasmo de que Elvira hablaba, y seguramente Luis lo creía también. Se le agitaba la respiración, sí, y se estremecía, pero sentía alivio cuando la lamprea se encogía y volvía a su madriguera. Después del ángel supo que el placer era otra cosa. Con el ángel todo había sido distinto. El vello de su cuerpo era de oro bajo el sol, y sus ojos, azules como el cielo que ella veía , tumbada en la cubierta del velero. No había sentido temor ni vergüenza, había acariciado su sexo como se acarician las cosas hermosas, os tulipanes aún cerrado, los capullos de rosal cubiertos de gotas de rocío. Pero no era frágil como una flor sino duro y firme y caliente como un dardo de oro. Ella había sentido su calor penetrando en su cuerpo, hundiéndose hasta lo más hondo de sus entrañas, abrasándola en un ardor suavísimo y dulcísimo, y cuando él se retiraba ella sentía que la vida se le iba con él y lo apretaba dentro de sí , y ceñía su cuerpo con el suyo para retenerlo , y entonces él volvía y ella gemía de placer, y gemía de dolor al sentir que se iba. Y así una y otra vez , confundida toda ella en aquel calor y aquella suavidad y aquella dulzura, hasta perder los contornos, los límites de su cuerpo y del cuerpo del ángel, y todo era ya luz dorada y azul, y un dardo de fuego y oro uniendo los dos cuerpos, fundiéndolos con la inmensidad del mar y del cielo....
Muy poético, había dicho Elvira, lo cuentas que pareces Santa Teresa. Por eso había ido a leer el Libro de la vida y se lo había contado al páter, porque, en efecto, era tal cual, aunque el páter se escandalizase, y tenía que contárselo porque a Kostka ya se veía que no era adecuado y Elvira acababa proponiéndole un amante, incluso el guardaplayas, que también era rubio, qué locura, así que por eso se lo contaba al páter, porque necesitaba hablar de ello, sobre todo desde que empezó a plantearse la separación (...) Pero antes de decidirse , para evitar el asco o el dolor cerraba los ojos y pensaba en el ángel, y por eso se confesaba aunque el páter se impacientase: ¡Magdalena, hija, esto parece el cuento de la vieja!"

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Comentarios - 1

Pablo Salamanca

1
Pablo Salamanca - 22-05-2011 - 21:57:51h

Leí "Recuerda, cuerpo" en el año noventa y ocho, nada más publicarse. Desde entonces lo he leído varias veces y cada vez que lo hago me sorprende agradablemente. Los personajes y las situaciones están definidos con habilidad y la fluida prosa de Marina Mayoral hace que el lector se sumerja en la lectura de cada texto de forma cómoda y disfrute.
Son doce cuentos muy diferentes uno de otro, doce historias de deseo sexual, de pasión. Todas ellas están muy bien escritas, creando el tono adecuado, de un erotismo abierto. Vemos a algunas protagonistas hablar de sexo explícitamente, de deseos carnales sin pudor, y esto narrado de una forma fresca y exacta.
Creo que me ha gustado el libro entre otras razones por esta visión que se nos ofrece del deseo sexual, porque por fin hemos visto a un grupo de mujeres hablando, deseando, admirando o soñando con el sexo. Estábamos demasiado acostumbrados a ver en la literatura a los hombres babear con facilidad, pero nos daba pudor presenciar lo mismo en una mujer. Pues este libro nos lo ofrece de una forma clara y llamando a cada cosa por su nombre.
Yo recomiendo este libro, no defrauda a nadie, porque es un buen libro lleno de historias tiernas, calientes, románticas...
Desde el niño que espía el objeto prohibido, hasta la señora bien que consigue vivir su fantasía sexual, pasando por la esposa que pide consejo a su marido muerto, en cada relato podemos ser conscientes del motor que da movimiento a los protagonistas, el deseo carnal, la pasión, los sueños cumplidos... o no, como la Soledad soñadora de “Adiós, Antinea”.
Todos me han gustado mucho, aunque tal vez mi preferido es “Sólo pienso en ti”, por el tono humorístico con que se cuenta, y porque se lo oí leer a la autora en la presentación del libro, en el año noventa y ocho, que además de escribir bien lee de maravilla.
Pero me han encantado también los otros, donde vemos a Wences y Alicia, con su peculiar historia de amor, y a Ena, la protagonista de “El dardo de oro”, que ya lo fue del cuento “El tiburón y el ángel”, del libro de relatos “Morir en sus brazos y otros relatos”, publicado el año ochenta y nueve, y que posteriormente se convirtió también en la protagonista de la novela “La sombra del Ángel”. Y me gusta doña Sofi, o Safo, como quieran, y el pobre Campomanes, damnificado en este libro de relatos eróticos, y Teresa, que admira la belleza del cuerpo masculino en plena potencia, y se apresta a disfrutarlo. Y, por supuesto, a la escritora y su peculiar King Kong del relato “El buen camino”.
Podría hablar de los doce cuentos, pero entonces no lo leerían y merece la pena leerlo, porque es muy bueno. Yo he disfrutado mucho leyéndolo y releyéndolo, y lo recomiendo.


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