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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 2 de junio de 2020

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Muerte al amanecer (2007)

Relato breve. Publicado en Mephisto I (2), 2007.

 

A mí no me pareció tan raro, seguro que cualquier otra persona también habría sentido curiosidad. Pero no, él no, él no podía comprenderlo, dejó que su resentimiento me llegara a través del espejo. Yo, sentada en el borde de la cama y él de espaldas a mí, mirándome por el espejo.

Reconozco que debe ser doloroso pero tampoco creo que se trate de una molestia insoportable. Además, un poco de dolor ayuda a apreciar mejor los momentos buenos de la vida. ¿No se supone que es así? En el contraste está la esencia de todo.

Dicen que el amoniaco hace milagros. Mojé bien un trozo de algodón en lejía, pero lo de acercarme y ayudar, no quiso ni escucharlo. Dejé el algodón y la botella de lejía junto a sus pies, me puse las sandalias y me fui.

La ciudad olía a agua estancada y en los canales estrechos podía sentirse el vapor fétido y verdoso subiendo por las paredes porosas y agrietadas. No hay nadie en estas casas, aquí nunca vive nadie, todos están de paso. No existe nada más decadente ni más atractivo, supongo que la decadencia tiene su belleza. Para mí no existe otra ciudad como Venecia. Es verdad que en verano sus calles se llenan de planos turísticos y cámaras desechables. De repente, Venecia se convierte en la Torre de Babel. Millones de sandalias con calcetines blancos desacralizan el aura sagrada y todas las parejas del Arca de Noé deciden, aquí y ahora, apearse del arca y viajar en góndola. Es igual, todos los esfuerzos son vanos, por mucho que se haga no se puede matar el alma de esta ciudad.

 Los cafés de la plaza San Marcos estaban llenos de parejas enamoradas. Gente contenta que tomaba algo al fresquito del aire acondicionado y hablaba serenamente. Gente civilizada, gente inteligente que sabe aprovechar la magia. No como nosotros. Yo, andando sola y él, también solo en una habitación de hotel, ungiendo con lejía su cuerpo acribillado... Candeggina, ya sólo por conseguírsela debería haberme perdonado.

Cinco en la espalda.., no me parecen tantas. Claro que por mucha flexibilidad que tenga, no va a llegar, es imposible. ¡Mira que es necio! Como no se eche directamente un chorro de lejía, no sé cómo va a poder curarse las de la espalda él solo.

Todas las profesiones tienen sus riesgos. Hay accidentes inherentes a cada profesión. Después de todo, si no tuviera el oído tan fino, no habría pasado nada. En el fondo todo fue por culpa de su oído. Casi todo el mundo puede dormir con el ruido de un ventilador, es constante, terminas por acostumbrarte, yo me acostumbré. Pero no, el señor violinista no podía dormir. Tuvimos que apagar el ventilador porque el ruido le molestaba... También es verdad que si su oído fuera un poco más fino, sería primer violín y entonces habríamos estado en un hotel mejor. No digo uno frente al Gran Canal, pero por lo menos uno en un canal más ancho. Él dice que no tiene nada que ver, pero yo estoy convencida de que los canales cuanto más pequeños más infestados. Y es aquí donde me llega la prueba de diplomacia; no creo que este sea el momento más adecuado para mencionar el tema del primer violín, no están los ánimos ahora mismo para ningún tipo de comentario.

Yo a Venecia habría preferido venir en invierno, siempre lo he dicho. Es mucho más romántico. Con la lluvia y la niebla, y el ruido de las alas de las palomas haciendo eco en los espacios vacíos de gente, los canales dormidos, los fantasmas paseando tranquilos sin que nadie los fotografíe... ¿Y qué dijo él? No, no, y no. El festival que le interesa es el de verano, teníamos que estar en Venecia en verano. Pues ya está, si vienes a Venecia en verano, asume los riesgos.

Nunca lo hablamos, nunca me dijo "si ocurre tal, tú tienes que hacer cuál." No entiendo por qué se ha enfadado. Además, hace mucho tiempo que me conoce, de sobra sabe que a mí me vence la curiosidad, tengo alma científica, ¡qué le voy a hacer! No permití que le tocara la cara, a mí me parece que debería tener en cuenta que su cara está intacta. En el brazo derecho sólo tiene cuatro, y solo una en cada planta del pie. Vale, de acuerdo, esas pueden ser un poco más incómodas, pero ¿no podría ignorar la incomodidad? Podríamos ser como el resto de parejas y sentirnos privilegiados por estar juntos en Venecia. Aquí el artista es él, se supone que debería tener sensibilidad para darse cuenta de estas cosas.

Ya he hecho mi examen de conciencia, tal y como me lo ha pedido, pero no me siento culpable. Veamos; él apagó el ventilador y abrió la ventana, ¿no? ¿Quién tenía calor?, ¿yo?

Diga lo que diga, no me lo creo. ¿Cómo puede ser posible que el ruido de un ventilador no lo deje dormir y, en cambio, lo que me despertó a mí, a él no lo despertara? Lo oí primero por la derecha, luego noté perfectamente cómo volaba por encima de mi cabeza hacia la izquierda, después el zumbido paró. Fue entonces cuando abrí los ojos. Estaba amaneciendo y una luz violeta y naranja inundaba la habitación... También podría no haberle dicho nada, entonces no se habría enfadado. Esto me pasa por contárselo todo. Cuando abrí los ojos, lo vi, pequeñito, indefenso, con esa fealdad que no puede evitar. La cabeza desproporcionadamente pequeña para el resto de su cuerpo y ese aire patoso que no se corresponde en absoluto con la agilidad de sus movimientos. Un silencio profundo, el mosquito había detenido su vuelo en el brazo derecho de Daniel.

He de decir que yo estaba en una posición privilegiada. Fue como en los documentales, pude ver cómo clavaba el pico para chupar la sangre. Un mosquito vacunando a un violinista en Venecia al amanecer, ¡era casi lírico! ¿Cómo iba a interrumpir una imagen así? Chupó, voló y aterrizó sobre el mismo brazo, un poquito más abajo, repitiendo la operación exactamente igual que la primera vez. Y otra vez, y otra, y otra, entonces despertó mi curiosidad. Llegué a pensar en levantarme para coger una libreta y apuntar el número de picaduras pero luego me di cuenta de que no hacía falta, podía contarlas tranquilamente por la mañana en el cuerpo de Daniel. Además, si me movía, podía asustar al mosquito... No sabía que también pican en la planta de los pies, creía que esa piel era demasiado dura, pero no, el mosquito no se inmutó, chupó la sangre con igual facilidad en pecho, espalda, brazos y planta del pie.

Los mosquitos venecianos prefieren antes a un músico que a un común mortal, eso lo entiendo, no me parece raro. Yo estaba a escasos centímetros, pero sólo quiso sangre de violinista.

La capacidad total de un mosquito veneciano es de veinte picaduras, eso, claro está, si nos basamos en el supuesto de que se tratara de un mosquito virgen, es decir, si pensamos que cuando entró por la ventana no le había chupado la sangre a nadie todavía.

Veinte veces solo, ni una más. La vez número veintiuno fue imposible completarla. Me di cuenta de que se acercaba el momento crítico, el mosquito había engordado estirando su piel hasta el punto de volverse transparente y dejar ver dentro la sangre de mi violinista... Que luego digan que los humanos no tenemos medida, que nos pierde el placer, que digan que el instinto animal es sabio.

Me tapé la cara con la sábana y escuché un ruido parecido al que se oye cuando se descorcha una botella de vino; se escuchó mucho más bajito, claro está. Cuando abrí los ojos sólo había una pequeña mancha de sangre en la sábana, llegaría apenas al equivalente de una gota o dos.

Veinte veces, ni una más. En la vez número veintiuno el mosquito reventó. Explotó desapareciendo por completo, no quedó nada de él.

 Voy a volver al hotel a ver si mi violinista ha conseguido calmar su temperamento a golpes de lejía.  No se puede estar enfadado en esta ciudad.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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