Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 22 de mayo de 2022

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Senderos cubiertos de rosas

Claudia, hundida en una depresión por un trabajo mal pagado, una madre opresiva y un amor que cree imposible, Sara, diseñadora de éxito internacional y Miriam, trabajadora incansable, casada y madre, son amigas desde la universidad.

Un día deciden escapar de la ciudad para descansar, divertirse y revivir viejos tiempos. Una vez en la montaña se presenta Laura, amiga de Sara, la cual jugará un papel importante en la vida de Claudia. Y lo que iba a ser un fin de semana tranquilo acabará en una aparente tragedia que cambiará sus vidas.

Esta obra cuenta el momento presente de varias mujeres y, a través de unos acontecimientos se analizan sus inquietudes, sus necesidades y sus valores.

La novela empieza presentando a los personajes principales en el primer capítulo para, a medida que avanza el libro, ir introduciendo los demás, desarrollando una trama cuyo desenlace sorprenderá al lector

 

Portada senderos cubiertos de rosas

 


         Abrió los ojos aturdida. Los nuevos somníferos recetados por el médico la sumían en un profundo letargo del que le resultaba muy difícil despertar. Buscó a tientas el vaso de agua y bebió un par de sorbos para humedecer su garganta reseca y se dejó caer sobre la cama, sintiendo que las ganas de llorar la invadían de nuevo. Del cajón de la mesilla sacón dos cajas de antidepresivos, cogiendo una pastilla de cada una de ellas, que se tragó con un gesto rápido y apenas un trago de agua. Ahora sólo tenía que esperar a que hicieran efecto. Pronto la química embotaría llevándose consigo la tristeza y el  dolor.

Oyó un golpe en la puerta de la habitación.

- ¿Es que no piensas levantarte nunca, Claudia? - chilló una voz enfadada desde el otro lado de la puerta - ¿Sabes qué hora es?

- Mamá, no me encuentro bien - respondió en voz baja - necesito descansar.

Su madre abrió la puerta y entró en la habitación.

- ¿Ya estás con la tontería de la depresión? Si hicieras algo de provecho en lugar  de estar todo el día en la cama no estarías tan mala.

Claudia se preguntó cómo podía su madre decir aquello, cuando ella misma la había acompañado al médico el día que le diagnosticaron la depresión, después de meses de noches sin dormir y fuertes ataques de ansiedad. Estalló en sollozos, sintiéndose dolida y desamparada.

- ¡Deja de llorar! - gritó su madre exasperada - te pasas el día entero llorando. ¡Deja de llorar!

- ¡No puedo! - chilló Claudia - ¿no lo entiendes? ¡No puedo! ¡Estoy enferma!

- Yo, con todo lo que he sufrido, y nunca me he permitido el lujo de tener una depresión. ¡Nunca! Aaaaay si yo me hubiera quedado en la cama con una depresión cuando me quedé viuda. ¿Qué hubiera sido de vosotros? Pero yo me sobrepuse y tú también puedes hacerlo, pero no te da la gana.

- Mamá, déjame sola, por favor - suplicó Claudia, sintiendo que comenzaba a relajarse gracias al efecto de las pastillas.

- Déjame sola, déjame sola, es todo lo que sabes decir. A este paso tendré que internarte en una institución mental, te lo he advertido muchas veces, pero nunca haces caso de lo que tu madre te dice.

Su madre salió de la habitación dando un portazo que hizo retumbar las paredes. Claudia cerró los ojos, llorando en silencio. Su móvil emitió un par de pitidos desde el escritorio, avisando de que tenía un whatsApp. Lo leyó. Era su amiga Sara, que la invitaba a comer. No se sentía con fuerzas, y así se lo escribió.

El móvil sonó de nuevo. "No acepto un no por respuesta - leyó - Si no vienes, iré a buscarte. Por favor, ven. Es importante".

Claudia suspiró y tecleó "OK". Poco a poco notó que su estado de ánimo se iba normalizando. Se le antojaba un esfuerzo casi insuperable vestirse y salir, pero, por otro lado, tenía ganas de ver a Sara. Se levantó despacio y abrió el armario, buscando qué ponerse. Eligió unos vaqueros y una camiseta azul bastante arrugada. Hacía frío, por lo que se obligó también a coger una sudadera. Salió al baño y se miró en el espejo. Unos ojos infinitamente tristes le devolvieron la mirada, tan tristes que, al verse, la tristeza la inundó de nuevo. Se sentía cansada y agotada y las largas noches en vela le habían regalado unas grandes ojeras violáceas y un rostro demacrado. Se apoyó en el lavabo y bajó la cabeza. No soportaba verse en el espejo, no se reconocía en él. Abrió el grifo y se lavó la cara. El agua fría la despejó un poco. Alguien golpeó la puerta del baño.

- ¿Vas a salir? - Claudia sintió ganas de gritar al escuchar de nuevo la voz de su madre.

- Sí, mamá.

- Claro, yo te digo que te levantes y no me haces ni caso, pero en cuanto una de tus amiguitas te manda un mensaje te falta tiempo para salir corriendo. Tú no tienes ni depresión ni nada. ¡Tú tienes mucho cuento! Como te echen del trabajo por la depresión ya verás lo que haces, porque en mi casa no quiero a nadie comiendo la sopa boba, que bastante dinero he invertido ya en tu educación.

Claudia abrió el grifo al máximo, hasta que el ruido del agua ahogó la voz de su madre. Sabía que aquello la enfurecería, pero no podía soportar aquel tono de reproche que la perseguía día y noche desde que la baja por depresión la obligó a quedarse en casa. Cuando le pareció que su madre se había callado, cerró un poco el grifo y continuó aseándose. Sabía, sin embargo, que ella estaría al acecho, y que, en cuanto abriera la puerta la perseguiría por toda la casa para continuar con su cantinela. Afortunadamente, en aquel momento, sonó el teléfono. Aguzó el oído. Por los gritos de emoción de su madre adivinó que era su tía de Salamanca, lo cual la liberaría durante al menos media hora. Claudia, a sus casi treinta y cinco años, no sabía cómo pedirle a su madre que respetara su tiempo y su espacio. No lo había hecho nunca y ahora, en tratamiento por depresión, le resultaba imposible.

Se vistió rápidamente y se calzó unas deportivas no muy nuevas. Cogió el anorak y salió de la casa. Bajó las escaleras despacio, sintiendo que su corazón latía con fuerza al acercarse al portal. Últimamente la ansiedad la invadía al acercarse a la calle hasta casi impedirle respirar, por lo que la mayoría de los días no salía de casa. Se tranquilizó al recordar que el restaurante en el que habían quedado estaba tan sólo a un par de manzanas. Respiró hondo durante unos segundos para relajarse y comenzó a caminar. Al poco llegó al restaurante y echó un vistazo por las cristaleras. Sara no había llegado aún. Con el corazón latiéndole con fuerza traspasó la puerta


del restaurante, se sentó en una mesa lo más apartada que pudo y pidió un zumo de naranja evitando mirar a quienes comían a su alrededor, sintiéndose observada por todos.

A los pocos minutos entró Sara. Aliviada, Claudia le hizo una seña, echando una ojeada al reloj. Le resultaba casi increíble verla llegar justo a la hora a la que habían quedado. Si hacía memoria, calculaba que en los veinte años que hacía que se conocían, su amiga había logrado ser puntual, a lo sumo en un par de ocasiones.  Sara debió leerle el pensamiento, porque la miró con gesto burlón, enarcando una ceja.

- ¡Hola! - gritó acercándose a la mesa, haciendo que todas las cabezas se giraran a mirarlas - No te quejarás, ¿eh? - se sentó y frente a Claudia y se quitó el abrigo, dejándolo en la silla a su izquierda. - Me he escapado para llegar a tiempo y he dejado a Óscar empantanado con todo el trabajo. Seguro que ahora me odia - hizo una mueca burlona y e hizo una seña a un camarero que se acercó apresuradamente - Una botella de agua mineral, por favor. ¿Quieres tú algo?

- No, gracias, ya he pedido.

Sara la contempló con gesto preocupado.

- Siento no tener tiempo para que nos veamos más a menudo - el camarero se acercó a ellas portando una bandeja con una botella de agua mineral, un botellín de zumo y dos vasos. Los colocó sobre la mesa y procedió a llenarlos - Por otra parte, Óscar me tiene ya un poco harta. Se ha pasado toda la mañana contándome tooooodo lo que puede salir mal de cara a la apertura de nuestra nueva sede en Nueva York.

Claudia no pudo evitar sonreír. Aquello era muy propio de Óscar, el socio de Sara, un individuo nervioso cuyo pasatiempo favorito era buscar señales de futuros grandes desastres en cualquier hecho cotidiano. Era un genio para su trabajo, pero a veces se necesitaba tener una paciencia de santo para soportar su carácter agorero. A veces resultaba incomprensible como Sara, con su carácter enérgico y su visión positiva de las cosas continuaba trabajando con él, pero era innegable que ambos habían llegado a compenetrarse a la perfección después de varios años trabajando juntos. En cierto modo se compensaban el uno al otro. Se lo comentó a su amiga y ésta asintió

- Sí, es algo así - afirmó abriendo la carta del restaurante y ojeándola - supongo que, uniendo su pesimismo y mi optimismo, vemos la realidad tal cual es, ni tan mala como el cree, ni tan buena como yo me la imagino. Hmmmmmmmmm. No sé qué pedir. Todo parece delicioso ¿Qué me aconsejas?

- Ni idea, estoy como tú - respondió Claudia abriendo la carta a su vez y buscando la descripción de un plato que le pareciera apetitoso - Creo que pediré lasaña.

- ¿Otra vez? - se sorprendió Sara - siempre que vienes aquí pides lo mismo. Deberías probar algo nuevo.

- No, quita, quita, ya probé algo nuevo la semana pasada, cuando quedé con Víctor, y ese mismo día decidí que siempre volvería a tomar lasaña. Más vale lo malo conocido.

- ¿Víctor? - Sara entornó los ojos, haciendo un repaso de todos los conocidos masculinos de su amiga - ¿Le conozco?

- Afortunadamente para ti, no - repuso Claudia en un tono que hizo reír a Sara.

 -  ¿Tan mal fue la cita?

 - No te lo puedes ni imaginar. Una pesadilla de la que no podía despertar.

- ¿Y por qué no podías despertar?

- Porque no podía dejarle aquí sólo, no quería herir así sus sentimientos.

Sara suspiró, exasperada

- Ya estamos otra vez, Claudia. Si no estabas a gusto ¿por qué te quedaste? Debiste inventar algo, no sé, una llamada de emergencia, un ataque repentino de asma - Claudia frunció el ceño y suspiró, angustiada. Sabía que su amiga tenía razón y que tendría que haber actuado de aquel modo, pero en aquel momento no se sintió capaz de hacerlo. Sara observó su cara unos segundos y le palmeó afectuosamente el brazo - No te preocupes. Ya conocerás a otro que sea un sueño y no una pesadilla.

Claudia sacudió la cabeza negativamente.

 - No - musitó en voz baja - Tiro la toalla. Me compraré un perro y viviré una vida triste y solitaria.

- Mujer, no seas así. Cuenta, que seguro que hubo algún momento bueno.

Claudia negó vigorosamente con la cabeza.

- Que no, te lo aseguro. Le conocí en un grupo de esos de singles de para encontrar pareja por Internet. Por teléfono su voz sonaba agradable, era profesor de matemáticas en un Instituto, y, en fin, eso me gustó. Quedamos el domingo, en la parada del metro. Habíamos acordado que cuando llegara me llamaría al móvil, para no tener que hacer lo de la rosa y el libro y esas chorradas de las citas a ciegas y, cuando suena el teléfono me encuentro con un tío...

- ¡Contrahecho! - interrumpió una voz burlona desde detrás de ellas.

- Miriam, no seas mala - reprendió Sara a la recién llegada - Y no la interrumpas, bastante me ha costado ya que me lo cuente como para que ahora lo estropees todo.

- Nah, seguro que no - replicó Miriam quitándose el chubasquero y tirándolo sobre el abrigo de Sara. Se atusó el pelo rizado y rebelde, cogió el vaso de agua y se lo bebió casi de un trago. Lo llenó de nuevo y bebió con ansia.

- ¡Uf!, lo necesitaba. En casa, por los niños, tengo la calefacción a toda marcha y me paso el día medio deshidratada. Pero vamos a lo que importa; ¿he oído que tuviste una cita? Suena interesante.

- Ni que fuera tan raro - protestó Claudia.

Miriam se echó a reír.

- Claro que no, tonta. Sigue, te escucho.

- Le estaba contando a Sara mi última cita, si se puede llamar así - repuso con un gesto mezcla de desesperación y asco.

- Creo que fue algo terrorífico - se burló Sara.

- ¿Ves? O sea que yo tenía razón, era contrahecho y tenía un solo ojo en la frente.

- Casi, casi. No era muy guapo, por no decir otra cosa peor, no llevaba el pelo muy limpio, por no decir que lo llevaba sucio y casposo. Además, se le ocurrió la brillante y romántica idea de ir a comer de menú.

- ¿En la primera cita? - se asombró Sara - ¡Menudo cutre!

- Ya lo creo, pero como el restaurante estaba lleno de gente, entonces no me pareció tan mal. Como era mi primera cita a ciegas, pensaba que podría ser un psicópata-asesino descuartizador de mujeres y me tranquilizó la idea de estar en un sitio tan concurrido. Llegamos al restaurante y nos sentamos. El tío hablaba muuuuuuuy despacio, pensándose muuuuuuucho lo que decíííííía, un premioso de avío... y era una pena, porque la conversación era interesante, pero con lo que tardaba en terminar cada frase yo tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no dormirme escuchándole. Pero eso no fue nada para lo que vino después. Me hizo a mí una broma sin gracia sobre la sacarina que luego repitió al camarero; teníais que haber oído la risa del camarero, como jeje, qué gracioso, un gran momento bochornoso. En fin, hasta ahí tenía un pasar, el hombre estaba nervioso y quería quedar bien. Yo pensaba: "venga, con un poco de buena voluntad seguro que va mejor"...; en esto el camarero nos trae las bebidas, un par de Coca-colas. Él coge su vaso, se lo acerca a los labios y empieza a succionar, porque no bebía, succionaba, haciendo más ruido que diez caballos abrevando. ¡Era asqueroso! - se echó a reír junto a sus amigas, que habían estallado en carcajadas al oírla imitar los ruidos que su acompañante había hecho en la comida, unidos a su gesto de asco - Y pensé, ¡ay Dios mío! Si bebe así, ¿cómo comerá? Porque ya sabéis que yo puedo tolerar muchas cosas, pero que un hombre haga ruido comiendo y  tenga malos modales en la mesa no... en fin; el caso es que yo pensaba que lo de la forma de beber era terrible hasta que llegó la comida.

- Ay que me da algo - rio Miriam sujetándose las costillas - ¿Qué comió?

- Pidió no sé qué de ternera. Lo cortó haciendo un ruido horrible con el cuchillo rascando en el plato, ya sabéis, ese ruido agudo que se te mete hasta las últimas células nerviosas del cerebro y sientes que se te van a caer los dientes - volvieron a estallar en risas - se metió el tenedor en la boca y comenzó a masticar con la boca abierta, haciendo ruido cada vez que separaba los labios, hablando con la boca llena... parecía una clase de biología en la que me estuvieran enseñando cómo se forma el bolo alimenticio.

- ¡Qué asco! - rio Sara - ¿Y qué hiciste? ¿Te quedaste?

- Claro, ¿qué iba a hacer? Me daba pena, pero al mismo tiempo me ponía frenética porque no dejaba de mirarme las tetas. Una cosa es que me las mirase de reojo, pero es que lo que me miraba de reojo eran los ojos...

- Pues haberle mirado tú el paquete - rio Miriam - ¿tenía un buen paquete?

- Pues ahora que lo dices, no lo sé - respondió entre risas - estaba tan asqueada que procuraba no mirarle mientras comíamos, intentando no oír el ruido que hacía masticando y masticando sin cesar, porque además la comida no se acababa nunca... incluso pidió postre, y yo os aseguro que me hubiera ido encantada a mitad del primer plato, aun teniendo que pagar la comida entera.

- Te lo podías haber quedado para pasar buenos ratos, ya sabes lo que quiero decir - sugirió Miriam con picardía.

- ¿Y cuando beba qué hago? - replicó Claudia -No, quita, quita, que he conseguido soportarlo una vez, pero creo que no sería capaz de repetirlo.

- Siempre te queda el perro - rio Sara.

- ¿El perro? - repitió Miriam fingiendo escándalo - ¡Pero Claudia!

- Vaya par de mentes calenturientas. Dejad tranquilo al pobre animal, que todavía no existe y ya le estáis amargando la vida.

- Aaaaaaaaaaa, hablando de amargaros la vida, tengo algo que proponeros que hará precisamente todo lo contrario - Sara guardó silencio mientras el camarero disponía los platos sobre la mesa - ¿Qué os parece un fin de semana lejos de todo y de todos? Desconectando totalmente del día a día, sin rutina, sin ordenadores, móviles ni agendas, ¿qué decís?

- Suena maravilloso - observó Claudia - ¿Cómo podemos conseguir eso?

- Mis padres me han pedido que dé una vuelta por la casa de la sierra, para revisar la calefacción, las cañerías y esas cosas. No me apetece nada ir sola, y se me ocurrió que podríamos ir las tres a quitarnos un poco de estrés, sin trabajo, sin marido, sin hijos...

- ¿Cuándo iríamos?

- Este fin de semana.

- ¿Pasado mañana? - se sorprendió Miriam - no puedo, es muy repentino.

- Miriam, que vamos a cincuenta kilómetros de Madrid, no al Amazonas. Le dices a Fernando que se ocupe de todo y te vienes con Claudia y conmigo a pasártelo bomba. A Claudia le quitamos las penas y, si hay suerte, ligaremos con fuertes y primitivos lugareños. Porque tú si vienes, ¿no Claudia?

- Por supuesto. Cualquier cosa con tal de no oír a mi madre.

- Haré todo lo posible por ir - prometió Miriam - No quisiera perdérmelo, pero si Fernando tiene que preparar uno de esos informes para sus socios, se me acabó el fin de semana - hizo una seña al camarero y pidió tres cafés- Últimamente me he hecho adicta a los complejos vitamínicos, el ginseng y no sé qué guarradas energéticas más - explicó hurgando en el bolso y sacando un pastillero que puso sobre la mesa - Estoy siempre tan cansada que es lo único que me ayuda a seguir adelante. ¡Qué pesadez! - gruñó, buscando al camarero - Me refiero al camarero - explicó - No voy a llegar a recoger a los niños al colegio y si no me tomo un café no soy persona, pero si vuelvo a llegar tarde la cuidadora me arrancará la cabeza.

- Tienes que hacerte empresaria, como yo - repuso Sara - así puedes ponerte tu propio horario.

- Ya, pero hundiría la empresa porque me quedaría dormida apoyada en el ordenador, descansando del jaleo que tengo en casa - miró su reloj - lo siento, no puedo quedarme al café. Este camarero debe haber ido a buscar la leche a Suiza y el café a Brasil. Lo dicho, esta noche hablo con Fernando y te llamo, Sara. Pero no hagáis planes sin mí, ¿de acuerdo? No querría perderme un fin de semana así.

- Prometido - aseguró Sara - espero que puedas arreglarlo.

- Yo también- deseó Miriam levantándose rápidamente y besándolas en las mejillas - ¡Hasta el fin de semana!

- Madre mía - dijo Claudia cuando Miriam hubo desaparecido del local a toda prisa - qué torbellino de mujer, cansa con sólo mirarla. No para un momento quieta. Habrá que probar el ginseng ese - echó una ojeada su reloj - Yo también debo irme.

- Sí, y yo. De lo contrario, cuando llegue, Óscar estará completamente histérico - Sara se puso el abrigo mientras Claudia se enfundaba en su anorak - En cuanto tenga noticias de Miriam te llamo. Oye, y aunque ella no pueda, iremos tú y yo, ¿no? No me falles.

- Claro, cuenta conmigo.

- Perfecto.

Salieron del restaurante y caminaron juntas, en silencio hasta donde Sara había aparcado el coche. Sacó las llaves del bolso y abrió la portezuela. Se volvió hacia Claudia, indecisa.

- Claudia, últimamente te veo un poco... obsesionada. Has tenido cuatro citas en los últimos diez días. Nunca has demostrado demasiado interés por los hombres, pero ahora tu vida se reduce a encadenar una cita con otra, y siempre eliges a hombres que no te convienen. No sé qué te lleva a actuar de ese modo, pero te estás haciendo daño a ti misa.

- No estoy obsesionada - rechazó Claudia - simplemente..., simplemente siento que se me acaba el tiempo. Tengo treinta y cinco años y creo que ya es hora de sentar la cabeza, formar una familia y cuidar de ella.

Sara abrió desmesuradamente los ojos.

- ¿Pero tú te estás oyendo? ¡Claudia, por el amor de Dios! La idea de que a las mujeres se nos pasa el arroz es del siglo pasado, o del anterior.

El gesto de Claudia se tornó grave.

- Para ti es muy fácil hablar así - replicó con dureza - tú lo tienes todo: éxito profesional, con los hombres, una casa preciosa, belleza, personalidad..., pero mírame a mí. Tengo treinta y cinco años y no tengo nada. ¡Nada! Mi trabajo es una mierda, mi sueldo no da ni para alquilar un cuchitril, mi vida sentimental es un completo un desastre... Tengo que aceptar que ya no puedo seguir viviendo como una adolescente atolondrada. En cuanto me descuide cumpliré los cuarenta, y, cuando llegue ese momento, si no cambio, entonces sí tendré que aceptar que mi vida ha sido un auténtico fracaso porque entonces tampoco tendré nada ni habré conseguido nada - las lágrimas asomaron a sus ojos mientras hablaba - ¡Yo también tengo derecho a ser feliz!

- Por supuesto que lo tienes. Yo no estaba insinuando lo contrario - afirmó Sara con vehemencia. Claudia sacudió la cabeza, abatida.

- No lo entiendes. He estado dándole muchas vueltas y he llegado a la conclusión de que mi única oportunidad para ser feliz es encontrar un hombre al que yo le guste, al menos un poquito, y casarme con él. Es la única salida.

- Claudia, me estás asustando. No estarás enferma, ¿verdad? Porque hablas como un enfermo terminal que busca su última oportunidad.

- Ojalá fuera así. Todo sería más sencillo - se esforzó al sonreír al ver la expresión alarmada de su amiga - Tranquila, no me hagas caso. No estoy enferma ni voy a morir ni quiero hacerlo. Simplemente estoy un poco deprimida, eso es todo. Últimamente me siento un poco perdida y no sé muy bien hacia donde voy, pero pronto se me pasará.

- No habrás dejado la medicación, ¿verdad?

- No, no podría salir adelante sin ella. No te preocupes por mí - pidió - Estoy bien, de verdad. Ahora sólo necesita ir a casa y descansar un poco.

Sara vaciló unos momentos, sin saber qué hacer.

- Vete, de verdad, estoy bien - insistió Claudia.

- De acuerdo, pero si me necesitas, me llamas, en cualquier momento, ¿de acuerdo?

Claudia asintió con la cabeza.

- Te lo prometo. Si te necesito te llamo - repitió, deseosa de que Sara la dejara sola.

Sara hizo ademán de meterse en el coche. Se detuvo, se volvió y abrazó su amiga.

- Siempre puedes contar conmigo.

- Lo sé, de verdad, lo sé.

Se metió en el coche en silencio. Hizo un gesto con la mano a modo de despedida y arrancó, desapareciendo entre el rugido del motor. Claudia la contempló mientras se alejaba. Se sentía mal por haberla gritado y por no haber tenido el valor de confesarle por qué se comportaba de aquella manera.

Caminó hacia e Metro entre sollozos. Cobarde, se dijo, cobarde, cobarde, cobarde. Pero ¿cómo confesarle que salía con un hombre tras otro para olvidar un amor imposible, para convencerse a sí misma de que el amor que sentía por una mujer no era más que algo pasajero, una experiencia que no sabía cómo explicar, pero que no podía tener trascendencia en su vida? No, debía olvidarla. De no hacerlo, Sara la rechazaría, como también lo harían también su madre, sus amigos o sus compañeros de trabajo. La vida se le antojaba demasiado difícil junto a Marta, ocultando su amor bajo un disfraz de amistad, pero al mismo tiempo le parecía imposible vivirla sin ella. Añoraba sentirla a su lado, el sabor de sus besos cálidos robados en la oscuridad del cine, las caricias furtivas, el contacto de su piel, su risa, sus ojos... En su mente apareció la imagen de Marta el día que se conocieron, presentadas por un amigo común: Su media melena negra, su sonrisa franca, aquella manera de andar que denotaba tanta seguridad en sí misma, el beso de despedida... el beso. Aquel beso lo cambió todo. Claudia aún se asombraba de haber sido ella quien preguntó si podía besarla. Sin entender muy bien lo que ocurría, posó sus labios sobre los de Marta, y, en aquel momento, supo que nadie la haría sentir jamás lo que le hizo sentir al besarla, rozando su piel con aquellas caricias suaves llenas de sensualidad. Se sintió mareada al recordarlo y se apoyó en un árbol para recuperarse, apretando una mano contra el pecho para intentar mitigar el dolor tan intenso que oprimía su corazón. Sacudió la cabeza, tratando de recuperar la racionalidad. No, no podía, no debió enamorarse de ella. Llorando desconsoladamente se repetía a sí misma una y otra vez que tenía que olvidarla. Debía hacerlo pero, cuando lo intentaba, sentía un inmenso vacío en el alma, un vacío que la engullía, desdibujándola hasta hacerla casi desaparecer. Intentó tranquilizarse respirando profundamente. Debía pensar con la cabeza y acallar los gritos de su corazón.

Al cabo de un rato logró serenarse un poco y la cabeza dejó de darle vueltas. Casi tambaleándose llamó a un taxi que al poco aparcó ante la casa de su madre. Subió las escaleras despacio y entró en su casa, cerrando la puerta rápidamente tras de sí, como si alguien la persiguiera. Se quitó el anorak, lo colgó en el perchero y entró al dormitorio, buscando algo que la ayudara a que el recuerdo de Marta dejara de ocupar su cabeza. En lugar de ellos sintió que su corazón parecía romperse de nuevo al recordar el día que le dijo a Marta que no podían seguir juntas, cómo se le desgarró el corazón al ver las sus lágrimas, al ignorar sus súplicas y, sobre, todo al verla desaparecer de su vida, quizá para siempre...

Un golpe seco la sacó de sus recuerdos. Su madre volvió a aporrear con fuerza la puerta de su habitación. Claudia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se alegró de haber colocado el pestillo en la puerta. Estaba harta de que su madre entrara a todas horas sin llamar, interrumpiéndola continuamente para contarle cualquier bobada sobre los vecinos o la parroquia o para volcar toda su frustración en ella, como hacía habitualmente.

- ¡Siempre encerrada! - la oyó gritar desde el otro lado de la puerta - ¡Siempre en la cueva!

- Ya abro, mamá - suspiró Claudia, descorriendo el pestillo.

- ¡No hay nadie en el mundo que ponga un candado en la puerta para no dejar entrar a su madre! - protestó a voz en cuello - Vergüenza me daría decírselo a mis amigas, vergüenza me da pensar qué opinión tendrían de ti si lo supieran - el rostro de su madre estaba contraído por la ira. Empujó la puerta y avanzó hacia el centro de la habitación a grandes zancadas.

"Debería preocuparte la opinión que tendrían de ti si te conocieran como yo" - pensó Claudia.

- A ver, ¿qué es eso que escondes?

- Nada, mamá. Sólo quería estar un rato tranquila, no me encuentro bien.

- Pero para salir a comer con tus amigas sí te encuentras bien, ¿verdad? Y después vuelves con el cuento de la depresión. ¡Ya me gustaría a mí tener tiempo para deprimirme!

- ¿Qué quieres, mamá?

- ¿Qué?

- ¿Qué quieres?

- ¿Acaso tengo que tengo que tener una excusa para entrar en la habitación de mi hija en mi propia casa?

Claudia sintió que la rabia la invadía. Estaba harta de aquella situación, harta de soportar a su madre, de sus pullas y sus comentarios sarcásticos. Deseó, como cada día al despertar, poder irse de aquella casa,  cerrar aquella puerta y alejarse para siempre de aquella mujer frustrada y colérica. - Siempre estás en Babia, hija - gruñó su madre - te quedas ahí como un pasmarote, y ni siquiera me preguntas si necesito algo.

- ¿Necesitas algo?

- Sí, quería contarte que me he encontrado con la hija de la vecina, ya sabes, esa que es secretaria, ¿sabes quién es?

- No, mamá.

- Que sí hija, que no te enteras de nada, la hija de la del cuarto, esa que empezó a estudiar medicina y después se cambió a derecho.

- Ah, sí - Claudia no tenía ni idea de a quién se refería, pero no sentía el más mínimo interés por aquella conversación y no quería que su madre se enredara aún más en sus explicaciones.

- Me ha contado que la han contratado en un bufete del barrio de Salamanca, de esos de prestigio, la pagan muy bien y está muy contenta con su trabajo.

- Ah...

- Y me ha dicho que, aparte de por la carrera, la han contratado por su imagen.

- Ah...

- ¿Te das cuenta? Es lo que siempre te he dicho. Si fueras como ella, te resultaría mucho más fácil encontrar un buen trabajo, no como el que tienes ahora, y yo no tendría que estar preocupándome continuamente por ti. Pero como nunca me haces caso...

- Me da igual, mamá, sólo quiero acostarme un rato. No me encuentro bien.

- Hija, es que no se te puede hablar de nada, eres más sosa..., ¿qué vas a querer de cena?

- Nada, mamá, ya te he dicho que no me encuentro bien.

- Lo que quieres es encerrarte aquí y no salir en todo el día, como llevas haciendo últimamente. Pues nada, hija, tú verás lo que haces. De verdad, he tenido mala suerte. De todos tus hermanos, la única que se ha quedado a vivir conmigo eres tú, y estás aquí metida todo el día. Ya me gustaría a mí tener una hija como la de la vecina, ya.

Claudia oyó refunfuñar a su madre mientras caminaba por el pasillo hacia el comedor. Se sentó en la cama, pensativa. Se encontraba perdida, totalmente desorientada en un laberinto sin salida. Con la mirada perdida cerró la persiana, levantó la colcha se escondió de nuevo y lloró de nuevo envuelta en la oscuridad de su habitación.



 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
Bookmark and Share

Comentarios - 3

Mati - Whatsapp para PC

3
Mati - Whatsapp para PC - 26-02-2016 - 00:54:55h

Como la vida misma, la lectura de este fragmento es un triste ejemplo de situaciones cotidianas que nos rodean. En algunos momentos triste y conmomedor, pero que no te deja indiferente. Gracias por compartir.
Un abrazo

Susana - Correo Hotmail

2
Susana - Correo Hotmail - 13-11-2015 - 16:59:58h

Gracias por este excelente artículo

Maria - whatsapp pc

1
Maria - whatsapp pc - 28-01-2015 - 07:44:05h

Que excelente artículo!!! muchas gracias.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias