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Domingo, 25 de octubre de 2020

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Beso de fuego (2007)

Publicado en la revista FARO de MONCLOA nº 8, diciembre 2007

Beso de fuego

Un buen día nos presentaron y me llamó la atención su capacidad de seducción, pero yo, tan poca cosa a su lado, pensé que nada debía temer.

 Era amigo de mi amiga Sara, y yo con Sara íntimas desde hace más de veinte años: que si quedamos a comer; que si quedamos a cenar; que si alguna noche ha pernoctado en mi casa cuando la velada se ha prolongado hasta el amanecer.

 Sara y él también quedaban de continuo. Hasta el punto de pensar si habría algo entre ellos, a lo que Sara, siempre tan resuelta, contestaba que no. Que era cierto que la acompañaba muchas veces, que su seducción era grande, que sus ganas de conquista eran enormes, que se volvía loco con las piernas desnudas, que era tórrido... pero que a ella por el momento la respetaba. Sabía que muchas otras amigas de Sara habían caído en su calor: las piernas, los pies, las manos... para acabar todas igual: dolidas y más dolidas, sin ganas de volver a verle; sin querer hablar de él y menos con él.  La mayoría habían jurado huir; pero otras, en cambio, pese al sufrimiento, inconscientes, habían vuelto al coqueteo para acabar de nuevo presas de sus ardientes redes.

 Me lo contaban y no me lo creía. Sí le conocía; habíamos estado próximos más de ocho o diez veces, pero siempre pensé que mis piernas no eran su tipo. Que yo ya no tenía edad para coqueteos, pues he de aclarar aunque me duela, que Sara es más joven que yo, y que las otras amigas de Sara también lo son: es lo que tiene la amistad, que llega y se establece. Pensé que iba a pasar de mí, tal vez no era su tipo o, tal vez, me iba a respetar. Pero ocurrió.

 Llegó la primavera calurosa y yo, que de siempre he tenido unas piernas atractivas, las dejé al aire para que los primeros rayos hieran su efecto bronceador y beneficioso sobre la piel. Me llamó Sara exultante para que la acompañara, pero me advirtió que iría él. No puse reparos. Nos conocíamos y además iba a ser un momento. Pero ocurrió. Nada más verme elogió mis piernas (primer rubor). Luego, hizo varias tentativas de acariciarlas (sin conseguirlo). Y por último, con ese masculino gesto de galán arrebatador, sin mediar palabra, me plantó un ardiente beso en la pierna.

 Me quedé paralizada. Primero me embargó la sorpresa. Después reproché su osadía. Y al final, me brotaron dos lágrimas ante su inexpresiva mirada de vencedor, mientras mi dolido ego pasaba a formar de dos negras listas: la de sus de triunfos y la de las marcadas.

 Pedí a Sara que me llevara de vuelta a casa. Él, con toda desfachatez también nos acompañó. Mientras me despedía de mi amiga le rogué al oído: "Ten mucho cuidado y no te fíes".

 Y aquí estoy en mi casa, con la pierna en alto, vendada, protegiendo la enorme herida que me hizo el beso de fuego del tubo de escape de la moto de Sara

 

Género al que pertenece la obra: Poesía,Narrativa
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