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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 1 de octubre de 2020

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Cinco días de junio (2006)

Vigo, Ediciones Cardeñoso, 2006

 

Fragmento del inicio de la obra

 

 

 

Se hallaba mediado el mes de junio cuando mi hermano Alfonso, por el abuelo, preparaba oposiciones para la Universidad de Madrid y pidiéndome ayuda con el mecanografiado de la Memoria que debía presentar,  no me negué.

- Siento darte esta molestia, por eso te lo agradezco infinito.

- Aprobarás, pesimista.

            La ilusión con que mi hermano abrazaba el futuro era enorme. Su contienda permanente por la plaza, le otorgaría seguridad y dedicación plena a su gran inclín: la docencia. Era una ardua labor, pero si lo conseguía, habría valido la pena. Además quería poner en marcha otros planes hasta el momento aplazados en los que, por supuesto, incluía la celebración de su boda con la novia de siempre; sin embargo, la abstracción por su meta marcada era tan grande que, como birli birloque, los kilos le desaparecían sin darse apenas cuenta, expuesto de continuo a perder  los pantalones o escabullirse por el cuello de las camisas, amén de mantenerlo apartado de toda diversión, de los paseos a pie o en bicicleta, de las exposiciones, los conciertos y los ratos de amor; por eso, le brindé mi apoyo.

            Esperé a que todos en la oficina se hubieran marchado y le cité allí, cuando el silencio se superponía a teléfonos, faxes, fotocopias, prisas; cuando la calma empequeñecía resquemores, envidias y obsesiones; cuando los pitillos adquirían maneras de barquitos encallados en aguas turbias o pequeños seres cancerosos y abatidos; cuando los documentos yacían a rescoldo de informaciones burocráticas. Absortos, concentrados, distraídos, sin darnos cuenta, fueron pasando las horas y nos sorprendió la anochecida.

- Es tardísimo -exclamé-. Voy a llamar a Enrique para decirle...

-¿Dígame? -sonó al otro lado del teléfono.

- Soy yo. Seguimos aquí...

- ¿Sabes qué hora es?

- Ya mi amor, pero esto hay que acabarlo. Atiende a los niños -le dije, a sabiendas de que cada tarde era él quien  ejercía de buen padre- que aún nos queda bastante y...

No puede acabar la frase.

- Te iba a llamar ahora mismo.

-¿Pasa algo? -pregunté puesta en guardia y bajo la mirada interrogante de Alfonso.

- Tus padres han telefoneado. Trasladan al abuelo al hospital...

-¡Dios mío!

-... no está bien, mejor dicho, está muy mal.

Apenas pude contestar. Una cortina acuosa me cegó al tiempo que una invisible soga me envolvía la garganta. Del interior desbocado, el corazón perdió su sincronía.

- ¡Dime algo! -dijo Alfonso cogiéndome por los hombros.

- ¡El abuelo se muere!

- ¿Qué estás diciendo?

Intenté explicarle pero se me volvieron torpes las palabras. Alfonso, seguro, tomó el auricular y habló con Enrique. Él tampoco sabía mucho; lo suficiente como para indicarnos a qué centro pensaban dirigirse, y en qué circunstancias se desarrollaron los hechos. La noticia había quedado enredada entre tía Herminia, fuera de sí, y mi madre, donde el único argumento a salvo de confusión era que el abuelo estaba herido de muerte.

Tartamudeo, uñas que van directas a sus verdugos, vejiga que reclama urgente vaciado, entendimiento torpe que se interroga. En un instante pasado y presente se hacen uno saliendo lutos del armario, marcando fechas en el calendario familiar, sucediéndose como las cuentas del rosario los funerales, retratos enmarcados a última hora... Me preocupaba que se echara a perder todo el esfuerzo de mi hermano, ¡querido Alfonso!  Lamentaba dejar a mis pequeños sin la caricia consoladora que reparara su descanso... Pero lo que más me obsesionaba, era no llegar a tiempo. Que mi beso no le alcanzara.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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