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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 23 de septiembre de 2020

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Las confesiones de Margot (2006)

Vigo, Ediciones Cardeñoso, 2006

 

Fragmento del inicio de la obra

 

 

" ¿Has traído eso?"

"Aquí está. Cuando quieras".

"Me presentaré, soy Inés Arriba del Cerro, aunque de quien realmente voy a hablar es de Margot Azuaga Gómez-Palermo. ¿Voy bien?".

"Sí. Mantén el tono, por favor, y no acerques demasiado el micro. Continúa".

"Arriba del Cerro me cae como broma pesada. De haber estado en mi mano, hubiera elegido González, García, Pérez...pero no Arriba del Cerro, irónica coincidencia con el día a día".

 

Temblorosa y pusilánime volcaba su voz sobre el reproductor mientras se rebullía en la silla buscando una distancia acorde con la comodidad. Por instinto hice lo mismo y perdí mi armonía inicial, lo que me supuso una nueva maniobra.

 

"Estoy en el umbral de una puerta que no conozco. Apoyada en la barandilla insegura de la balconada del último piso. Desnuda sobre la cama o frente al espejo. Con el corazón descontrolado y la mente enloquecida. Paz, sólo quiero paz".

 

Aún no había encontrado postura mi pie izquierdo cuando me sorprendió cómo su repentino estado de internamiento en sí rozaba el éxtasis mientras su mirada huía hacia un lugar que no fui capaz de averiguar. Distantes quedaban los titubeos iniciales y la búsqueda de solidaridad; comprendí entonces que, para ella, mi presencia se había convertido en humo. Siendo, pues, la única consciente de la pareja, me recreé en no perder detalle y una vez aplicado el oído a conciencia hice lo mismo con la vista pues el espectáculo de sus gestos convulsivos e irracionales: el tropiezo incesantemente de sus manos, una contra otra, trasluciendo heladez; el atuse constante del pelo a modo de corrector disciplinado para corregir una imperfección súbita, hacía notarla perdida; el movimiento de sus labios, apretándolos y soltándolos, una, dos, tres veces seguidas, como si fuera la primera vez que se enfrentaba al gusto rosa-marchita del carmín, al unísono que la lengua rozaba también la dentadura, no sé si postiza, para asegurarse que las piezas estaban firmemente sujetas, daba la impresión de tener que tragar un menú poco apetitoso; para cerciorarse que estaban en el sitio correcto y bien prendidos al lóbulo palpaba sus pendientes con un repetitivo  gesto que bien podía ser un tic, pues de cada uno de sus movimiento, ese me resultaba demasiado familiar; diría que durante nuestro encuentro, palparnos los pendientes fue un gesto que se produjo espontáneo varias veces, ella por una causa, su causa, y yo porque sin saber por qué era, es, gesto que calma mi ansiedad. Cabía pues, añadida a la conversación, todo un estudio gestual que tarde o temprano podía explorar y explotar en temporada baja; así somos los del oficio, que sacamos provecho de lo que nos viene a la mano, pero hoy el tema era otro.

 

Fue en el Thyssen donde coincidimos por primera vez, aunque no precisamente frente a Bassano, Tintoretto, Bernini o Caravaggio, sino en los lavabos, lugar tan público como íntimo, encontrándose  nuestros rostros en el espejo. Yo, con una leve inclinación sobre el lavabo, enjuagaba mis manos al chorro de agua que jugaba a desaparecer, cuando a mi espalda, surgió una voz que decía: "Soy Inés". Elevé mi torso y  tropecé con ella. Una figura y un semblante tan ajeno que me obligó a girar la cabeza para cerciorarme de que estábamos solas y que ese "Soy Inés" iba dirigido a mí; y en una de esas rotaciones alcance sus párpados lánguidos apenas perfilados, el rosa-marchita de sus labios, las arrugas disimuladas bajo un doré cosmético y sus pupilas buscando las mías a través del espejo. Tan dueña como parecía de la situación, me cohibió hasta el punto de que ni siquiera por cortesía respondí. "Busco paliar mi soledad", añadió sin apartar la mirada, y yo, que había comenzado la maniobra de alejamiento, en el momento que mis ojos volvieron a encontrarse con los suyos -tristes, lo reconozco- aproveché, discretamente, para abandonar aquel lugar de orines por temor de que su querencia fuese ilícita, mientras la dejaba con  "Estoy en el umbral de una puerta que no conozco. Apoyada en la barandilla insegura de la balconada del último piso. Desnuda sobre la cama o frente al espejo. Con el corazón descontrolado y la mente enloquecida. Paz, sólo quiero paz".

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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