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Domingo, 25 de octubre de 2020

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La sábana (2010)

Publicado en 2010 - Miscelánea literaria nº 17 

 

LA SÁBANA

 

Nunca se habían querido y menos cuando hubo herencia de por medio.

 

Desde el día en que pasaron a formar parte de la misma familia se escrutaron de arriba hacia abajo con distante mirada para asimilar las virtudes propia,s en contra de los defectos ajenos, incluyendo largas retahílas, cuyo fin último era calentar la cabeza de sus respectivos, para enfrentarlos. Eterno problema. Que si bien la misma sangre pocas veces llega a entenderse y hierve al menor bullicio, qué no ha de ser cuando ésta nada tiene que ver, y aún aplicando el sálvese quien pueda, son, para desgracia de la humanidad, muchas las familias que albergan diferencias y rivalidades.

 

Las pocas veces que dieron prueba de aparente y ficticio entendimiento sostuvieron conversaciones monosilábicas, insulsas y apenas audibles; llegando, lo más, a dar una respuesta jactanciosa a una pregunta mal intencionada. Pero cuando la una formaba parte de los pensamientos de la otra, corrían a raudales los descréditos y malquerencias, tanto, que de haber sido moscas las aludidas reflexiones, hubieran laureado sus cabezas con negruzcas coronas. Sin embargo, no habían reñido nunca, les bastaba con mostrarse intolerantes y delimitar su territorio, infranqueable para la enemiga, con pestilente olor de hiena, mofeta, o cualquiera descomposición orgánica. Los respectivos se mantenían al margen.

 

Al principio, todo podía apuntar a una cuestión de celos infundados, que si bien nada tenían que ver con motivos de pareja, pues de buena afirmación es que ninguna era del gusto del macho contrario, sí lo eran por sobresalir y saber cuál de ellas ocupaba lugar preferente en la corta familia política. Luego, pudo pensarse que era cuestión de maternidades, que si la una fue precoz ya desde la noche de bodas, la otra retrasada en dos meses; pero, en cualquier caso, ambas fueron debidamente fecundadas y parieron retoños tan parecidos que en vez de primos parecían hermanos. Fuertes, robustos, rubios como sus padres, con la sola distinción de un rasgo por fortuna no visible y estigmático de sus madres: el primero, un antojo entre el pubis y la ingle y, el segundo, un nevus en las inmediaciones del ombligo, nada preocupante pero que les distinguía y dejaba claro que una parte de la sangre de sus venas era similar pero que la pertenecía a una estirpe completamente opuesta.

 

La abuela Dolores trataba a los dos nietos por igual; con la misma paridad que había tratado a los hijos. Con la misma consonancia se esforzaba por tratarlas a ellas, pero la tenían demasiado confusa, pues: si una reía la otra se ensombrecía; si una hablaba la otra enmudecía; si una la visitaba, presentaba excusas la contraria; si una enfermaba la otra festejaba, y así, durante años, las dos jugaron su particular y mañoso campeonato de acciones dispares, de las que se percató con avidez la abuela Dolores, pero, haciendo como quien saca polvo debajo del agua, la astuta anciana calló. Sin embargo, nunca sintió tan cerca la evocación de su nombre como el día que se casaron los dos hijos.

 

Fue a la misma hora y frente el mismo altar, pues para infortunio de las futuras desposadas solo una Iglesia presidía la Plaza Mayor del lugar. No así la celebración, que había donde elegir, y cada una tiró para su gusto, optando por salones distintos y distantes. Y, mientras, los invitados festejaban la ocurrencia yendo de local en local, probando y comparando manjares de uno y otro banquete, absorbiendo como esponjas los licores de ambos saraos, dejando conversaciones a medias con conocidos y extraños, para acabar con los pies doloridos de tanto callejeo y bailete, que algunos se derrumbaron por el alcohol y el ajetreo sobre los bancos y losetas del paseo: solos, o sostenidos por otros cuerpos igualmente desquebrajados.

 

Si evento inolvidable se hizo para la mayoría, más lo fue para Dolores, que refugiada tras la celebración en su casa, nadie reparó con el jolgorio en su ausencia, y ella, sin probar bocado, se acurrucó entre sábanas a desterrar de sus pensamientos los augurios que su mente dibujaba, e intentar perdonar, por el bien de los hijos, la primera faena gorda, y para ello se argumentó que en el fondo hicieron bien las muchachas, pues dos novias en la misma pista tropezarían a ritmo de vals.

 

Dolores concibió a sus hijos a la vez y los parió juntos, los crió a la par, les enseñó cuanto sabía, les amó sin condición, les reprochó por su bien, pero cuando ambos ennoviaron a la vez, hizo mutis por el foro para no ser molesta. Y ahora, hechos hombres a la vez, hubiera querido tenerles próximos, pero por imperativos de oficio y destino, uno marchó al norte y otro para el sur; que compartieran mesa y manjares, al menos, en jornada festiva, pero desde el día mismo del casamiento esto ya no fue posible. Dolores asumió los propios de corazón en silencio y nunca a ninguno les pidió explicaciones.

 

La casa del pueblo -esa que muchas familias tienen para sudor de primera generación, holganza de la segunda, disputa de la tercera y olvido de sucesivas- llegó a Dolores fruto del esfuerzo de sus abuelos, posterior compra por parte de su padre a un tío y en herencia directa por ser hija única; y allí tenía su morada. De ella habían salido sus hijos para casarse y siguiendo la línea sucesoria, debía ser el inmueble, con todo el contenido, luego del óbito de la madre, a partes iguales para sus vástagos, que aún permanecían intactos sus cuartos y todavía rondaban artilugios de cuando niños y adolescentes por los rincones. Supuso que todo podía ir bien, que las puertas estaban totalmente abiertas; que aunque ella habitara, todos podían compartirla; quería ver cómo sus nietos, tan iguales y tan distintos, jugaban; cómo sus hijos se sentaban a la misma mesa de siempre y, si Dios intercedía, ellas tenían la oportunidad de confraternizar aunque solo fuera durante los permisos. Hubo un primer intento en el que sólo salieron bien parados los primos; los hermanos se vieron por primera vez como extraños y ellas tomaron la apariencia de alimañas. En el segundo, los niños discutieron por los juguetes, los hombres sacaron el rostro por sus hijos y ellas se picotearon la cresta. En el tercero, los primos se ignoraron, los hermanos se distanciaron y ellas alegaron malestares para no salir de las habitaciones. Desde entonces, Dolores desayunó, almorzó y cenó sola en el amplio comedor recién restaurado para mantener a la familia unida.

Las jornadas sucesivas se producían sin encuentros. Unos iban y otros venían, pero Dolores se acostumbró a la alternancia con tal de que la armonía, ficticia, reinara sobre la casa heredada que sin remisión algún día, y a la vez, pasaría a ellos. Pero fruto, como no, de las alternancias fue el alejamiento de primos y hermanos, al tiempo que el rencor indefinido de ellas se acrecentaba. Varios años duró la situación hasta que Dolores, presa de unos enormes de cabeza, cerró los ojos para siempre.

 

Los seis la lloraron en una individual y distinta medida de sentimiento ante el gentío. Los seis recibieron el pésame. Los seis celebraron funerales. Y los seis pasaron una noche en la casa heredada. Pero, cuando aún no había dado tiempo a firmar papeles que delimitaran pertenencias, los primos se desentendieron y emprendieron caminos diferentes; los hermanos quedaron expectantes; y, ellas, circularon a su antojo tomando decisiones disparatadas y opuestas. Tan opuestas, que una sábana impar, la que fuera de arriba de novia de Dolores, pues la bajera no daba señales de vida, fue fruto de discordia. Tanto tiraron de ella por ser lo único que no había con que equipararse para hacer lotes perfectos, que la sábana se rasgó en dos trozos desiguales; ambas se lanzaron por el de mayor tamaño y estiraron con tan titánica fuerza, que éste volvió a rasgarse y así,  hasta múltiplo de cuatro, para disputarse la única flor bordada por la mano de Dolores que aún sobrevivía, pero ésta echó sus pétalos al aire y las cuñadas quedaron con las manos sujetas y las uñas clavadas en la carne contraria. Los maridos, por primera vez no se vieron parientes y sacando la cara por sus respectivas bichas, se partieron la propia a golpes.

 

Cayó sangre sobre las baldosas y todos tuvieron que taponar las heridas con los fragmentos de la sábana resquebrajada.  Después, el olvido.

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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