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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 18 de septiembre de 2019

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Alejandra y la bibliotecaria

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Alejandra y la bibliotecaria

 

                                                                                                                     A Pizarnik

 

Parece que quieren saber de ti. No te conozco. Ni de oídas.

Humm..., sugestivo nombre, sugestivo título.

El largo pasillo del depósito te presenta. Eres (eras) poetisa. Interesante. 

Suicida en ocasiones, finalmente suicidada. Flechazo inmediato.

Tenemos una musa común. Yo también tengo tratos con la muerte.

Prometo tu lectura tras la devolución.

 

Segundo encuentro. Guiño de tu foto en la camisa y nuevo llamado de tu nombre.

Se trata de tu prosa pero debes esperar, Kippling me retiene.

Requieres varias veces mi atención desde el privilegiado lugar que

proporciona esa z en tu apellido.

Te ofrezco a mi padre, excusa perfecta como lectura de vacaciones.

Kippling quedó en casa.

 

Un comienzo lento y concentrado. Es difícil seguirte. Comento con papá.

Le has gustado. Él te hubiera gustado. Si quieres lo compartimos.

Recorrido rápido desde la mitad del libro. Acaban las vacaciones.

¿Vacaciones? Yo soy una de esas señoras (burguesa ex señora de) que

escribe poesía mientras duerme el hijo, en los trayectos desde/al trabajo,

allí donde y cómo asalta la inspiración, que tantas veces expira

antes de poder ser atendida.

 

Piden tu biografía. ¡Un ejemplar de dos! Me quedo el otro que me habla de ti,

lectura mil veces interrumpida por necesarios y fastidiosos préstamos a las pasadas,

presentes y futuras, sobre todo futuras, mentes literarias.

Empiezo a conoceros a ti y a tu poesía. La misma cosa, cierto, soy alumna aplicada.

Hoy tendrías la edad de mi madre. Perdón, tienes y tendrás siempre 36 años.

Más fotos que delatan tus cicatrices, tus ojeras.

Las ojeras de una mente sin reposo. Mejor me quedo con tu imagen de la camisa.

 

¿Por qué será que empiezas a recordarme a Ana (Frank se sobreentiende)?

Será tu origen o será que igualmente fuiste víctima de otro holocausto,

uno que no conoce de razas si no de mentes (¿dementes?).

¿Por qué me recuerdas también a la Sagán?

Será tu pelo, tu deseado París o el papel de "enfant terrible" de la poesía

que, dicen, interpretabas.

Me presentas a los tuyos. Son Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Artaud,...

 

Yo también tengo un ángel de la noche y no quisiera compartirlo,

aunque sé que ahora está más cerca de ti que de mí.

Él también siguió el camino de tu mamita muerte

vistiendo de rojo su frente tras luchar en vano por extraer la piedra de la locura.

Por él fisgoneo en la otra orilla. Por él me atraen los finales prematuros,

los tránsitos adelantados. Él me ha llevado a ti y a mucho otros.

 

¿Quiero ser maldita? No, no puedo. Yo soy una de esas señoras 

(burguesa ex señora de) que escribe poemas mientras duerme el niño,

en los trayectos y, con suerte, entre humos o llantos que 

propicien mi pequeño paraíso artificial. 

No, yo no puedo unir vida y poesía en un solo instante de incandescencia,

ni hacer el cuerpo del poema con mi cuerpo. Demasiado tarde.

A mi cuerpo le ha nacido otra vida que necesita una señora madre,

al menos por ahora.

 

Y, entre verso y préstamo, prosigo tu lectura.

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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