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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 19 de julio de 2019

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El poema de mi abuelo

 

 

 

El poema de mi abuelo

 

 

A mi abuelo Cesáreo

              A mi tío Paco

A quienes expusieron y dieron su vida por defender unos ideales mejores

 

 

      "–Es un poema para mi hijo Paquito, cumple cinco años mañana. Si La Pepa me llamase al alba y tú te salvas, llévalo al pueblo y dáselo a mi niño.

      Cuarenta años estuvo oculta aquella cuartilla entre las hojas de un libro, en un lugar seguro y extranjero. Cuando fue descubierta y descifrada inició el pospuesto viaje en busca de su destinatario. Llegó tarde, Paco había muerto hacía un año.

      Hoy el poema custodia su  tumba a la espera de que los restos de su autor sean también descubiertos, descifrados y devueltos."

 

 

 

    No fue exactamente así la historia del poema de mi abuelo. Gracias a la providencia, no fue así. Aunque fácilmente pudo haber tenido ese final trágico, como trágicos suelen ser los finales de las historias personales y familiares en las guerras, como trágicos fueron muchos de los finales de la nuestra, la Guerra Civil Española.

 

    En esta historia, mi historia familiar, hubo ciertamente un poema. Un poema meritorio quizás no tanto por su valor literario, como por el emotivo en lo personal y el testimonial en cuanto a memoria histórica. Fue escrito en la misma época, en el mismo sitio (la cárcel), aunque no en el mismo lugar (Valdenoceda-Burgos en vez de Torrijos-Madrid) y con la misma motivación que las "Nanas de la cebolla" de Miguel Hernández.

 

    Su autor, mi abuelo, a pesar de tener una preciosa letra, de las de antes, y gusto por expresarse bien, no era un hombre de "letras". Minero en las minas de Almadén, bajó a butrones de jovencito al tiempo que estudiaba capataz de minas, lo que luego sería perito de minas y hoy ingeniero técnico. Tenía pues una formación en ciencias y tras volver de la cárcel, al no poder trabajar ya en las minas o en cualquier otra institución pública por "rojo", se dedicó a impartir clases particulares. Daba especialmente importancia al álgebra y a la geometría, y nunca le conocimos gusto por la creación literaria. Era un docente a la vieja usanza, estricto y con una prestancia que imponía respeto. Fuera de las clases tenía un humor especial y era entrañable. Fue el último alcalde de la libertad republicana y su homónimo e hijo, mi tío Cesáreo, fue el primer alcalde de la libertad democrática.


    Hombre de práctica rectitud, mi abuelo expuso su vida y la de los suyos para que en la comarca, de la que era comisario político, los correligionarios no llevaran a cabo excesos arrastrados por odios y rencillas. Algunos terratenientes y párrocos, a pesar de ser ateo, salvaron la vida con su ayuda. Tuvo tres penas de muerte que gracias a mi abuela y al testimonio de aquellos a quienes había mantenido a salvo, fueron conmutadas y cambiadas por cinco años de cárcel en el Penal de Valdenoceda. Pero antes de conocer la sentencia definitiva de cárcel, mientras estuvo condenado a pena de muerte, sufrió cada amanecer la amenaza de "La Pepa", La Parca de los penales políticos franquistas, la lista que cada madrugada anunciaba los nombres de quienes iban a morir fusilados. “La Pepa”, la amante madrugadora de “El Paredón”.

 

    Mi abuelo regresó al pueblo tras cinco años y medio de presidio. Pudo disfrutar  de una vida plena con los suyos, aunque privada de libertades y llena de penurias económicas como la gran mayoría de los españoles. Murió en su cama, rodeado por sus seres queridos. No corrieron igual suerte ciento cincuenta y tres de los represaliados políticos que pasaron por Valdenoceda. Las condiciones infrahumanas del penal acabaron con ellos. Sus cuerpos iban siendo echados a una fosa común y hoy sus descendientes luchan porque sus restos sean descubiertos, descifrados y devueltos.

 

 

    Años después de la muerte de mi abuelo, unos paisanos que habían emigrado a Barcelona tras acabar la guerra, entregaron a mi padre una cuartilla, amarillenta ya, en la que se reconocía bien su letra. Según contaron, la cuartilla había estado guardada en un libro que el padre de los barceloneses había traído del Penal de Valdenoceda, donde también había estado preso. Ambos, mi abuelo que nunca mencionó el poema y el paisano a quién se lo había entregado, olvidaron la existencia del texto que mi abuelo había escrito en la cárcel para su hijo pequeño, mi tío Paco. Olvidaron el poema como olvidaron, o intentaron hacerlo, todo aquel tiempo de muerte y dolor.

 

    Cuando el poema llegó a nuestras manos, el pequeño que lo había inspirado era ya un hombre de cincuenta y cinco años, un hombre enfermo que murió poco después. Un blanco caballero que atravesó el tablero, a trompicones en “ele”, para yacer por siempre junto a su amada. Hoy el poema, en una placa de bronce, custodia la tumba que ambos comparten.


    Mi tío Paco, el más pequeño de los varones, fue el primero en dejarnos. Pero la vida es bella, a veces, y le permitió recibir ese regalo de quinto cumpleaños que estuvo perdido durante cincuenta años. Y dice así:

 

 

Cinco años vas a cumplir
hijo mío Paquito
¡Flor que comienza a vivir
en este mundo sombrío!

  

En mis continuos ensueños,
siempre sobre el suelo duro,
te veo Paquito riendo
con tus ojos oscuros
y tu pelo trigueño

 

Tu inocencia pura alcanza
a consolar mi aflicción
y trae a mi corazón
la esperanza

 

No te hablo de lo amargo
de esta vida que no entiendes
porque tú nada comprendes
¡Y es mejor!

 

Sólo pido que al calor
de esa madre que te adora
crezca contigo el amor
¡sin que sepas el dolor
del padre que por ti llora!

 

 

Cesáreo Núñez Marchante
1941, Prisión de Valdenoceda (Burgos)

 

 

    Hoy, cada vez que rememoro o recito el poema de mi abuelo, como cada vez que leo las "Nanas de la cebolla", me invaden encontrados sentimientos de pena, rabia y orgullo, sobre todo de un inmenso orgullo.

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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