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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 17 de septiembre de 2019

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Despedida de la literatura

Pedro de Silva (Gijón, 1945) ofrece un excelente ejemplo del político que ha sabido apartarse de la primera línea de representación institucional (fue diputado nacional, primero, y presidente de Asturias desde 1983 a 1991 por el PSOE) para dedicarse a su profesión y a su vocación primera: la abogacía y la literatura, respectivamente. Una decisión a la que se ha mantenido fiel hasta ahora mismo.

A esos menesteres o mesteres ha añadido, como extensión de su cultivada querencia por la escritura y a una aguda capacidad para el análisis o la observación de la vida y sus pasiones, el comentario periodístico diario en LA NUEVA ESPAÑA y otras cabeceras del Grupo Prensa Ibérica Media. No le han faltado ofertas para volver a la contienda partidista, pero ha preferido enhebrar -libro tras libro- una obra en la que se hace evidente su propensión al tránsito de un género literario a otro y a experimentar incluso, en sus páginas de ficción, con distintos modos narrativos: poesía, ensayo, teatro y novela, sí, y también la narración erótica, la anticip ación o el "thriller".

Fruto de ese arraigado gusto por la experimentación es La moral del comedor de pipas, la novela que acaba de llegar a las librerías y que su autor presentó ayer en Gijón. Más de una década después de su anterior artefacto narrativo, Pedro de Silva vuelve por sus fueros. Y lo hace con una obra en la que intenta una apuesta aún más radical en favor de una historia de riesgo, contada en primera persona. El escritor se sirve de la hibridación de distintas tradiciones literarias o artísticas para proponer -tal y como anuncia el título del libro- una moral que invita a no meter las narices en los asuntos ajenos y a cuidarse de los propios. Pese a la aparente modesta factura de esta proposición, que bebe directamente en las corrientes profundas del refranero español (hay mucha gnómica popular en estas páginas), vemos hoy esta defensa de la vida privada como una propuesta de calado, casi revolucionaria.

Y es que las tecnologías de la comunicación han convertido nuestro mundo en un insufrible -ruidoso- patio de vecindad: el panóptico del turbocapitalismo y la galería banal de los que están en la carrera de darse importancia.
El comedor de pipas es un serio aspirante a la vida propia, un guerrero en pro de la máxima que ha heredado de su abuelo, poseedor de un único libro, El Conde Lucanor, de Don Juan Manuel, príncipe de Villena: "cada cual se la menea como mejor le sube el jaboncillo". De ahí que Pedro de Silva haya dicho, en una reciente entrevista publicada por este diario, que su novela es, entre otras cosas, "antisistema radical". Lo que propone Luca, el personaje principal de la narración y un superviviente periférico, es el rechazo extremo, contundente, de todo intento de amedrentamiento: "Me sentía una persona mayor, dueña de algo, a la que en adelante nadie iba a avasallar".
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Como un Leopold Bloom de nuestro tiempo, Luca relata su fracaso matrimonial y los sinsabores diarios; sus encuentros con su amigo Topo -su fuente de cultura-, y la exasperada relación con Jana, otra compañera en una militancia dirigida por unos oraculares e incógnitos "el de la despedida en Alicante". "Yo me metí en esta guerra, igual que Jana, porque no tenía otra cosa mejor que hacer, aparte de comer pipas", confiesa Luca. Una confrontación que le convertirá en un asesino múltiple, camuflándose en los recovecos marginales del sistema para seguir su cruzada contra los momos y mantenerse en sus convicciones: "El buen comedor de pipas es un superviviente".


De Silva se mueve con soltura en la novela posmoderna


Pedro de Silva se mueve con soltura, desde luego, en algunos de los terrenos de la novela posmoderna: cierta estética apocalíptica, el difuminado de lo que entendemos por baja y alta cultura, la radiografía de las metamorfosis sociales y lo que algunos teóricos denominan "reconceptualización" de las relaciones entre el individuo y la Historia. Como ha señalado el propio autor, estamos ante una obra que no se inserta "cómodamente" en la tradición del humanismo occidental. Son asuntos que están al fondo de La moral del comedor de pipas, pero que no impiden la lectura del libro como una narración paródica en la que confluyen la fantasía, el cómic (en realidad Luca es un superhéroe que se comporta como un antihéroe, un cafre simpático), cierto alocado cine de Robert Rodríguez o Alex de la Iglesia, o la tragicomedia negra. Y un punto de la tradición literaria de las grandes distopías: casi todos estamos "ocupados" en un noventa por ciento por momos, incluso los "resistentes".


Uno de los riesgos de La moral del comedor de pipas es el de la incoherencia expresiva: el deslizamiento en la narración de Luca (un tipo sin formación literaria) de construcciones, imágenes e informaciones que no condicen con su personalidad. Un riesgo que Pedro de Silva conjura, en buena medida, gracias a que su personaje principal nos recuerda que esto o aquello lo dijo o lo aprendió de Topo, que es el leído. El autor no siempre lo consigue: "Además, mi proa solo pensaba en Jana, y mucho, tanto que a cada poco se me hinchaba el velamen del pantalón" (pag. 248). Aunque suene un poco a reticencia "momo", no parece creíble que alguien como Luca tenga en su vocabulario la palabra "velamen".


Hay que destacar, además, la inclusión de catorce ilustraciones del artista Álvaro Noguera(Gijón, 1945). Su trazo expresionista acompaña muy bien la narración, estructurada en cincuenta ágiles capítulos, y acentúa quizás ese parentesco con el mundo del cómic. Una novela, en fin, de aparente fácil lectura al ofrecer una historia que se sostiene desde las coordenadas del género en el que pretende insertarse, que es el la fantasía épica contemporánea. Pero que es, en realidad, otra cosa: una divertida cuña en los perturbadores estratos de nuestras sociedades invasivas y el autorretrato de un guerrillero más bien salvaje que se enfrenta, desde la esquina de quien no quiere darse importancia y con su bolsa de pipas a mano, a algunas de las manifestaciones y coerciones de las nuevas formas de control social.

 

 

Género al que pertenece la obra: Literatura digital
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