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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 21 de septiembre de 2020

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La magia cromática de Cobijeru: una gran bóveda al Cantábrico

La juventud de Buelna guarda recuerdos imborrables de los tesoros que conserva su pueblo, de lo que dio en ser el Monumento Natural de Cobijeru (2001). Gracias a los propulsores de este centro de desintoxicación en Cádiz,  el guía Angel Garcia vuelve a los tiempos de pantalones cortos y moretones en las piernas al contar que, provistos con suerte de una linterna de petaca, se adentraban en la pequeña oquedad que da acceso a la cueva de Cobijeru, de unos 120 metros de longitud. Él y sus amigos entraban, en cuclillas y a oscuras, en busca de aventuras a un lugar que resultaba recóndito entonces para el resto del mundo.

 

 

Sorteaban estalagmitas y estalactitas y vieron, sin saberlo, formarse columnas que hoy ya unen el cielo con el suelo de esta gruta. Se sentaron, después de una lucha ficticia entre ellos recorriendo galerías y escondites, frente a la gran bóveda que acoge al Cantábrico. Sobre piedras de colores, amarillos, rojos, moradas, verdes... Los minerales, cuenta hoy sabiendo el terreno que pisa, fueron disolviéndose junto a las algas hasta dar lugar a la magia cromática que se puede contemplar en este hermoso lugar.

Tal vez, siendo niños, no veían el peligro. Pero ahora, siendo adultos, Calvo subraya la importancia de respetar la furia del mar. A la cueva solo hay que entrar cuando la marea esté calmada y, a poder ser, baja. Los grandes temporales no respetan visitas, solo sirven para que los bufones, y la furia, se muestren en pleno apogeo.

Un paseo sobre el Cantábrico: por la senda costera de Buelna y Vidiago, entre tesoros geológicosSon cinco kilómetros de un camino llevadero que discurre paralelo al Cantábrico. Es una ruta corta pero realmente enriquecedora para quien se deja guiar con el fin de adentrarse en una excursión hacia las entrañas, las historias y los recovecos que se esconden entre las localidades llaniscas de Buelna, Pendueles y Vidiago, por donde discurre todo.

Fernando Calvo conoce este espacio, lleno de acantilados, cuevas y leyendas, como la palma de su mano. Es guía de alta montaña, pero a veces se siente cómodo a cota cero. Es su particular regresión a un pasado en el que fue feliz, porque fue el de su niñez, el de sus veranos. Y así es capaz de transmitir las posibilidades de un entorno lleno de paradas que cuentan el cómo y el porqué de la costa donde se crió.

Su camino empieza en Buelna y, a poder ser, con el coche aparcado en las cercanías de la carretera N-634: hay que procurar alejar el ruido y la gasolina de aquello que debemos proteger. Además, hay mucho que ver hasta que se inicia la senda.En el pueblo recibe al visitante, majestuoso, un palacio en cuyo frente discurre el camino al que, pocos metros más abajo, flanquearán praderas verdes donde aún pastan algunas vacas. Es un paraje idílico que, además, nos lleva a un entorno declarado en 2001 monumento natural, el de Cobijeru. Calvo es además técnico deportivo superior en Alta Montaña UIAGM en Picos de Europa y Cordillera Cantábrica, pero sabe mucho de este monumento, del mar y del impacto que éste ha ido causando a la costa que, siendo un niño, recorría en bicicleta con sus amigos.

El camino discurre por un sendero agrícola, por un campo al que le han tenido que colocar una puerta con el fin de restringir el acceso rodado a este espacio. Dice el guía que a Cobijeru se llega andando, como a todos esos lugares que miman con celo sus moradores. De no hacerlo se pierde la calma que transmite este lugar, en donde se concentran una diversidad abrumadora de elementos geomorfológicos.Atravesada una segunda portilla de madera, con paso permitido solo para peatones, comienza la magia. El mar está cerca, o eso se intuye al escuchar el rumor del agua. En la memoria de Fernando la imagen es completa, pero ahora solo puede mostrar sobre el terreno los restos de dos molinos de agua, cerca de la cueva de Las Raíces, la antesala de la famosa playa de Cobijeru. Los pasos discurren paralelos a una surgencia donde el río de Las Salces aparece para desaparecer más adelante. El nombre de Las Raíces se lo otorgaron sus estalagmitas y estalactitas, de grandes dimensiones -aunque solo crezcan un centímetro cada diez años-. En época de lluvias, "desaparecen", tapadas por el agua, que llega a alcanzar los dos metros y medio. El camino continúa entre árboles bajos y vegetación de verde incandescente. Y al fin se alcanza la playa, tranquila. En su parte sur conserva los cantos que dejan las riadas. En su parte central reposa la arena que trae el mar al colarse por una suerte de pasadizos que la fuerza del agua ha ido horadando entre rocas. Contemplar esta dolina que es la playa de Cobijeru resulta sencillo en marea baja. Fernando salta entre rocas y recuerda que el negro que aún conservan es de aquel tiempo en el que el Prestige golpeó con petróleo la costa cantábrica. Pero aún se ven los alveolos que dejan las salpicaduras del agua. Y uno se asombra con el minúsculo hueco por el que se ha formado una playa.Son pocos quienes conocen el gran secreto de este monumento. En dirección al Puente de Salto del Caballo hay un agujero en la ladera. Dentro está oscuro. Pero Fernando coloca de nuevo el frontal y lo enciende. Y vuelve de nuevo al pasado, a ser un niño y entrar reptando en este pasadizo hacia el mar. Cuando en la caverna se puede recuperar la altura, entra la luz y al fondo se ve una ventana que deja entrar la fuerza del Cantábrico. Es una inmensa sala llena de rocas forjadas por la sal del agua y la fuerza del viento. Hay cantos y arenas recientes mezcladas con coladas y espeolotemas del pasado. Hay una conjunción de lo que fue, lo que es y todo lo que queda por ser. Y hay una posibilidad de sentarse en el suelo de colores y contemplar, en silencio, la naturaleza en plena ebullición. Pero hay que continuar. Y salir de un lugar que convendría proteger más.

Sigue el camino hacia el siguiente tesoro. Un puente. De roca. Hecho por la naturaleza. Es el puente del Salto del Caballo, un espectacular arco que mira al mar y a Cobijeru, a la furia de las olas y a la calma de la Sierra del cuera. Un puente que contiene los bufones cuando el temporal arrecia. Pero el espectáculo sigue. El camino oficial deshace el andado hasta llegar allí. Pero Fernando sigue yendo por donde un día hubo tanta vida. Y así es como uno descubre aquello que no está en los tracks que marcan los GPS, así es como se llega a las marismas de La Presa, que forma igualmente parte de este complejo kárstico, una dolina que conecta bajo tierra con el mar por conductos minúsculos que evitan la fuerza del mar, pero permiten la formación de fangos y vegetación de marismas que dan forma a un estuario interior. Otro milagro de Cobijeru en donde se construyó un molino de mareas. Y donde, cuando no hay agua, las vacas duermen, tranquilas.

Así que los pasos vuelven de nuevo al acantilado. Para encontrar, atravesando praderías, la senda costera real. Un camino ancho y de color blanquecino asequible que discurre en una costa que sobrevivió al boom urbanístico, en parte, por la tenacidad de los vecinos. Y al fin llega la playa de Buelna, y su Picón, archiconocido y muy fotografiado. Y el camino sigue, y descubre otra playa, la de Entremares.

Cuando Fernando era pequeño seguía hacia delante en bicicleta, hasta encontrarse con Peña Quimera, una gran isla que emerge del agua alargada. Era, a ojos de aquellos niños, "un gran submarino" o un lugar desde donde unos hombres intentaban colonizar la costa llanisca. Por eso disponían cañones imaginarios para disparar. Fernando sonríe de nuevo al recordarlo. Y sigue caminando hasta llegar a la playa de Pendueles, no sin antes observar las rasas costeras.

En el pueblo de Pendueles, un imponente Palacio Mendoza Cortina lucha por mantenerse erguido. Queda atrás para serpentear por los barrios del pueblo este camino en el que se comprueba que tiendas y casas mantienen sus puertas abiertas sin miedo a nada. Y, de nuevo, se vuelve al camino blanco y ancho, de zahorra compactada hasta llegar a Vidiago, y a su inmensa playa en marea baja donde surfistas, bañistas y paseantes disfrutan de un paraje de altos acantilados desde donde un día, hace muchos, se sacó el ocle que arrastraba la mar. "Esto es un paraíso" que sigue hacia el interior si el caminante regresa a la senda costera llanisca. Y se podría continuar hasta donde la costa asturiana conecta con la gallega.Fernando Calvo contagia entusiasmo y ganas de conocer la montaña. Debe ser porque su trabajo, al que se dedica desde hace 23 años, es puramente vocacional. Este mes cumplirá 43 y recuerda cómo, con 13, descubrió que de mayor quería ser guía de alta montaña. Fue en un curso de formación de técnica invernal con Erik Pérez.

Dedicó mucho tiempo, y esfuerzo, a recibir formación reglada, pero se enorgullece especialmente de haber aprendido junto a los guías y los pastores que se forjaron batiéndose en duelo con los Picos de Europa, con tormentas, nieve, hielo y lluvia, conociendo aquello "como la palma de su mano". Su primer sueldo lo obtuvo en el refugio del Urriellu bajando la basura y fregando. También porteó, y cobró por ello. "Yo, solo por estar allí, arropado por aquellos guías, ya me creía alguien", recuerda sonriendo.

 

 

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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