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Viernes, 20 de mayo de 2022

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El pozo de los mil truenos (2006)

Editorial Palabra.  Madrid 2006.

 

Desde la partida de su padre, Rodrigo, su madre y sus hermanos habían vivido malos tiempos. Su padre era el último caballero de la orden del hierro forjado en negro y había tenido que partir hace ya muchos años. Se hablaba de bestias terroríficas y de un lugar en el que se escondían todas ellas, el pozo de los mil truenos. Pocos habían regresado de la batalla y el gran caballero había quedado atrapado en el pozo. Rodrigo no podía esperar más, había que salir en su busca, aún tenía esperanza de encontrarlo.

CAPÍTULO I

LA PEQUEÑA ALDEA

 

            Había un tiempo en el que el mundo de la magia y la no magia vivían juntos y sin ningún tipo de obstáculos o enfrentamientos. En ese tiempo nada importaba porque todo tenía remedio. No eran necesarias las estaciones, así los castaños daban castañas en cualquier época, cuando un mago, hada, duende o brujo tenía ganas de castañas. De aquella época poca constancia se tiene. Cuando sucedió lo que voy a narrar se destruyó toda referencia a esa vida de encanto y encantamientos. La gente chapurreaba un latín evolucionado que aún conservaba la magia de ser entendido por todos y, aunque no lo parezca, todo el mundo de aquella época viajaba continuamente, se desplazaba de un lugar a otro, en busca de nuevas sensaciones, como si fueran de nuestro siglo. Cambiaban continuamente de estrato social, también dependiendo de la magia de cada momento y aceptaban gustosamente su nueva situación, fuera la que fuera... ya variaría. Aún no existía ni la magia blanca ni la magia negra y nadie se preocupaba por encontrar la piedra filosofal.

 

            Según narra el manuscrito que tengo en mis manos había una pequeña aldea situada al sur de la gran urbe, tenía unos trescientos habitantes y la vida era de lo más normal. Los terrenos de cosecha y las épocas de trabajo lo llenaban todo. Sus gentes eran amables y no pasaban los problemas de las mínimas escaramuzas por los límites de las tierras. Éstas eran resueltas por el juez de la aldea como un alcalde con todas las funciones. Sabía tratar y conciliar a todos.

 

            A las afueras de la aldea había una gran casa, de las pocas con dos pisos, más o menos conservada con el esfuerzo de los que allí habitaban. En el camino de la entrada jugaban dos niñas idénticas, de unos quince años. Corrían una detrás de la otra, buscando una prenda que se disputaban. Desde el campo más próximo, bajo un naranjo, su hermano las observaba. Tenía veinte años. A su lado estaba el otro hermano, el que le seguía en edad. Descansaban del trabajo de la mañana, era la época de la siembra. Desde que se fuera su padre, habían vivido malos tiempos pues eran demasiado pequeños para las labores. Ahora se encargaban de todo. Su madre podía así descansar de los momentos de miseria. Salieron adelante también gracias a los vecinos.

 

            La partida de su padre fue hace ya quince años, cuando su mujer esperaba a las gemelas. Rodrigo, así se llamaba el mayor, conservaba aún la imagen de él. Su padre era el último caballero de la orden del hierro forjado en negro. Recordaba, o se lo había contado su madre, todo era difuso, que había una gran preocupación en el ambiente. Se hablaba de bestias terroríficas y de un lugar en el que se escondían todas ellas, el pozo de los mil truenos. Su padre partió para acabar con el peligro junto con otros guerreros. De aquella batalla pocos regresaron y las noticias que trajeron se diluían entre el alboroto de la victoria. El gran caballero quedó atrapado en el pozo y nadie hablaba de sus últimos momentos. Rodrigo llevaba una vida entera indagando, necesitaba saber más. Sobre todo, le atormentaba la posibilidad de que aún estuviera con vida y estar parado, sin hacer nada. Su madre apenas sabía más que él.

 

- Rodrigo, Rodrigo, ¿cómo vas?

 

Por el camino que partía su tierra arada y la siguiente del vecino se aproximaba Gabriel, su mejor amigo. Rodrigo le hizo una señal para que se acercara. Le invitó a un trago de agua levantando en el aire la vasija fresca que la contenía. Gabriel empezó a correr para llegar cuanto antes, se le notaba nervioso.

 

- ¿Qué le pasa a éste, Rodrigo?

- Ya sabes, hermanito, está enamorado y vendrá con las últimas noticias. La habrá visto lavando en el río, le habrá mirado y ya cree que lo suyo tiene futuro.

 

Ambos hermanos se reían cuando Gabriel estaba ante ellos. Las gemelas le habían intentado detener para reírse un rato, pero no lo habían conseguido. Les dijo que se fueran a casa a hacer algo útil.

 

- Estaba allí, lavando en el río y...

 

Los dos hermanos soltaron una carcajada al unísono. A Gabriel le sentó bastante mal, pero siguió hablando. Tenía que contárselo a alguien o explotaba.

 

- He hablado con ella, nos veremos esta noche en la plaza. Es preciosa. Si cuando nos tirábamos piedras de pequeños ya había algo, te lo digo yo.

- Sí, amor a la primera pedrada, que se llama.

- Esto va en serio Rodrigo, no te pases.

- Bueno, ya me contarás mañana. ¿Quieres agua? Te veo un poco seco.

- Gracias.

 

Siguieron charlando un rato hasta que Rodrigo dijo a su hermano Andrés que era hora de seguir sembrando. Con un poco de suerte acabarían ese mismo día. Así estarían más descansados para celebrar el día de la magia pues apenas quedaban dos para que llegara. Rodrigo no se lo había contado a nadie pero tenía grandes planes para esa fiesta.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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