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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 25 de mayo de 2022

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El gigante Ganfal y el caballero oscuro (2009)

Ed.Homo-Legens. (2009)

 

 

 

Novela llena de acción que comienza con la traducción de un manuscrito antiguo. En él se narran las aventuras de un gigante que abandona su bosque y se encuentra con una niña que busca sus orígenes. Es el inicio de un malentendido donde el caballero azul desea rescatar a la niña que todos creen secuestrada.

 

 

 

 

 

 

 

La extraña compañía llega al castillo de las tierras del norte. Allí descubrirán al caballero negro, amo y señor de las terribles criaturas del pozo de los mil truenos, donde los personajes luchan por su supervivencia. Los grifos, dragones y gigantes serán sus aliados contra los caballeros de la orden del hierro forjado en negro.

EL NUEVO MANUSCRITO

 

 

 

Cuando encontré el primer manuscrito que narraba el rescate del último caballero de la orden del hierro forjado en negro, algunos ya conocéis la historia, sentí una gran alegría. Sin embargo, una vez traducido, decidí continuar con la búsqueda de nuevos documentos sobre aquella época fantástica. No fue fácil. El tiempo pasaba sin hallar señales sobre el pozo de los mil truenos. Sin el recuerdo de Rodrigo, héroe del primer libro, y su esperanza para buscar sin descanso a su padre, hubiera perdido la ilusión de conseguir mi meta.

 

 

 

Sin embargo, uno de esos días en los que recorría el viejo mercado de mi ciudad, entré en un callejón estrecho, nuevo para mí. Parecía mentira que nunca lo hubiera visto, pues siempre paseaba por allí. Desde las ventanas de las casas caían toldos de una parte a otra, tapando la luz primaveral del sol. Solo algunos agujeros en las telas dejaban pasar rayos que formaban columnas de luminarias similares a las de una linterna.

 

 

 

Llegué al fondo de aquel lugar solitario y topé con unas vidrieras de colores vivos. Estaban iluminadas desde el interior por velas negras. Lo supe cuando atravesé la puerta del local. Aún desconozco porqué lo hice. Un viejo de edad indefinida, con una especie de túnica negra parecía esperarme detrás de una mesa de caoba. El lugar no podía ser más tétrico. Había libros por todas partes. En grandes estanterías que cubrían las paredes, por el suelo amontonados, sobre algunas sillas. No existía ningún orden, ni de tamaño, ni de color, ni por ningún otro criterio imaginable.

 

 

 

El extraño alargó su mano. En ella había dos manuscritos de pergamino atados con cintas largas y rojas. Yo lo recogí.

 

 

 

No podía creerlo. Sobre la primer página de uno de los libretos aparecía escrito con letras negras y gruesas el título de su contenido.

 

 

 

"El gigante Ganfal y el caballero oscuro. El inicio del pozo de los mil truenos."

 

 

 

No miré el segundo manuscrito. Solo hice una señal con la cabeza para pedir precio a mi vendedor.

 

 

 

Mojó sus labios con la lengua, como si necesitara desengrasarlos tras mucho tiempo sin hablar con nadie. Después, movió su maxilar. Parecía masticar algo de comida inexistente en su boca. Dio un golpe con la palma de la mano en la mesa y por fin habló. Su voz parecía surgir desde un hueco que había detrás de él y que debía conducir hacia un sótano oscuro. Todo aquel espacio retumbaba.

 

 

 


  • - Te cobraré cuando llegue el momento, no lo dudes.

 

 

 

Me di la vuelta rápidamente y me fui. Sujetaba los manuscritos con mis dos manos, con temor de que me los pudiese arrebatar aquel viejo loco. Buscaba el regreso al mercado como si el aire que necesitaba estuviese en aquel final de trayecto. La luz se veía muy lejana. Estaba sudando. Una vez fuera, traté de recobrar el pulso normal de mi corazón. Jadeaba como si hubiera recorrido la carrera más larga de mi vida. Solo cuando llegué a casa, me sentí a salvo, aunque no sabía de qué peligro huía. Me senté en mi mesa de trabajo y comencé a traducir aquel latín algo extraño incluso para un experto como yo. Así queda el primer manuscrito.

 

 

 

 

 

EL GIGANTE GANFAL

 

 

 

Sí, en aquella época todavía quedaban gigantes por los bosques. Hace poco que decidieron esconderse. Cada gigante tenía su propio bosque y normalmente era enorme. Los árboles debían ser más altos que él para poder pasar desapercibido. Además, estos árboles tenían que dejar espacio entre ellos para que pasara por algunos caminos hechos hace tiempo. La mayoría de estos bosques estaban al norte, antes de las grandes montañas, donde las lluvias continuas los hacían crecer muy deprisa. Los gigantes tenían también algunas semillas mágicas que utilizaban para adornar el lugar donde vivían. Las preferían de árboles frutales, por ser más prácticos, así como de madroños, castaños, nogales...

 

 

 

            El bosque que pertenecía al gigante Ganfal era de los más tupidos. Estaba lleno de abetos, pinos, manzanos, perales, había hasta cerezos adornados de rojo en la época del fruto. Por todas partes manaban las fuentes y un precioso río caudaloso lo atravesaba de parte a parte. Era lo suficientemente grande y profundo como para que Ganfal se bañara en las tardes calurosas de agosto. Se metía en el agua, aunque era una costumbre que no gustaba a ningún otro de su especie. Cuando salía, se frotaba con ramas de romero y tomillo para perfumarse. Quizá por eso, no era muy popular entre los demás gigantes. Ganfal sentía lo mismo por ellos y, de esta forma, sólo se reunía con los de su especie una vez al año, y porque las costumbres de los gigantes lo exigían.

 

            Ganfal era de los más altos y fuertes de su especie. Su rostro era agradable y estaba rojizo por el frío del invierno. Lucía una media barba muy cuidada y un pelo rizado que no conseguía domar. Vestía con ropa amplia. Llevaba una camisa de cuadros rojos y azules, con algunas rayas verticales amarillas. Los pantalones que usaba eran de tela dura, resistente y de color azul. Tenía unos tirantes negros, le encantaba estirarlos con sus manos aseadas.

 

 

 

La casa de Ganfal también estaba limpia. Tenía cocina, cuarto de baño con agua corriente de un manantial, salón y un dormitorio. Era una casa enorme, a pesar de tener una sola habitación y muy distinta a los castillos tenebrosos y abandonados, que solían usar los demás de su especie. Otra costumbre que no le gustaba a Ganfal.

 

 

 

Él solía sentarse al lado de la chimenea del salón y coger uno de los pequeños libros de su biblioteca. Eran obras que había encontrado en un antiguo monasterio abandonado. Los monjes sólo podían moverlos entre tres o cuatro y usaban gigantescos atriles giratorios para apoyarlos y cantar o leer. Para Ganfal eran pequeños, dado su tamaño, y debía aproximarse mucho para ver los dibujos. Se entretenía con ellos, pues no sabía leer. Ningún gigante reconocía las letras, sus costumbres y viejas historias estaban en su memoria.

 

 

 

Cada vez que cogía uno de esos tratados, y era casi a diario, se entristecía e intentaba comprender lo que allí se contaba mediante las ilustraciones. Así, se imaginaba cómo el gran caballero de la armadura roja derrotaba al de la armadura verde para después reunirse con su amada, aquella que le entregó un pañuelo amarillo que había atado con suma delicadeza en su lanza. Creía oírlos hablar y pronunciar largos discursos antes de sus hazañas. Deseaba aprender a leer. También a escribir, para contar las miles de historias que se le enlazaban en la cabeza a la hora de irse a la cama. Imaginaba incluso los dibujos que adornarían sus libros.

 

 

 

Una mañana de otoño, tras pasar la noche en vela, decidió aventurarse fuera del bosque para buscar a quien le enseñara a leer y a escribir. Así, recogió algunos sacos de frutas y verduras del huerto que había detrás de su casa. El gigante era incapaz de comer carne, ni siquiera en sus reuniones anuales con los demás lo hacía.

 

 

 

Cerró la puerta con llave de hierro que guardaba bajo su colchón de lana. Nunca la había utilizado. Esta vez pensaba estar una larga temporada fuera del hogar. Sólo haría un último encargo antes de abandonar su bosque. Quería hablar con una lechuza que habitaba cerca de él. Era el animal más inteligente del lugar. Antes de envejecer, había vivido cerca de los hombres. Quizá ella le pudiese aconsejar sobre su nueva aventura.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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