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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 20 de mayo de 2022

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Cerebro y medio (2009)

Editorial Homo-Legens. 2009.

 

Cerebro y medio es algo más que una novela policiaca. En sus páginas, un inspector de policía del barrio madrileño de Moratalaz, encontrará a un joven discapacitado y lleno de bondad. Entre los dos tendrán que resolver un posible atraco al Museo del Prado. La trama se complicará hasta quedar resuelta en un final inesperado. Tenemos por lo tanto dos historias, el posible robo y la relación entre el policía y el chico al que todos llaman «medio cerebro».

CAPÍTULO I

UNA PALIZA DESIGUAL

 

La noche era cerrada y las farolas de la ciudad luchaban contra la naturaleza. Algún coche iluminaba la negra carretera solitaria, aunque muy pocos pasaban a la una de la madrugada. Dos personas en conversación animada ocupaban una acera de baldosas orientadas en forma de rombo. Uno de ellos, con aire despistado, pisaba una sí y otra no con la puntera de su zapato de suela gruesa. Hablaba sin parar.

 

- Primo, te tengo que contar algo. Es muy importante. Esta vez tengo un caso entre manos. De los de verdad. Un caso gordo.

- Ah, ¿sí? -la voz del acompañante sonaba hueca e indulgente - ¿No me digas Manolo?

- Un robo, un gran atraco. ¿Has visto a los dos que estaban en la otra mesa del bar? ¿Los has visto?

 

Manolo se había detenido y situaba de pleno sus zapato en el suelo. Su juego había acabado. Sujetaba el brazo de su primo, miraba fijamente a sus ojos. Esperaba una contestación. Si no había respuesta, no había conversación. Este asintió con la cabeza. Estaban en la plaza del Encuentro, frente a un edificio de ladrillos pardos. Alrededor de ellos, los semáforos brillaban con un ámbar intermitente. Parecían guiñar sus ojos ante la situación.

 

- Pues van a robar, sí. Lo he oído. Deberíamos esperarlos y seguirlos. Por favor, Santi, por lo que más quieras.

 

Santi creyó que esta vez su primo iba demasiado lejos. Pensaba a toda velocidad cómo salir de su encierro. Miró la cicatriz de su cabeza y sintió lástima de él, como casi siempre. Que su primo Manolo solo tuviera medio cerebro, les metía a veces en muchos problemas. Inició la marcha de nuevo, liberando su brazo.

 

Iba a contestar con evasivas, pero no fue necesario. Dos personas se acercaban despacio con las manos escondidas atrás. Miraban a una y otra parte, como alguien que busca su sombrilla en una playa repleta. Se pararon frente a ellos. Manolo los miró con descaro, se detuvo para hacerlo. Santi intentó dar la vuelta y rodearlos. No quería problemas y aquella situación tenía un penetrante olor a complicación.

 

Los extraños extendieron sus brazos y mostraron sus armas. El de la derecha, más bajo que su compañero, portaba una barra de hierro. El de la izquierda prefería usar una cadena. La hizo girar en el aire hasta que se enrolló en la cintura de Santi. Este vociferó al instante tras un alarido de dolor.

 

- ¡No tenemos dinero!

 

Los porrazos continuaron de forma inmisericorde. Santi cayó al suelo tras varios golpes que le propinó el portador de la cadena. Desde allí, miraba a su primo lleno de preocupación.

 

- ¡No le deis en la cabeza! Está enfermo -fueron sus últimas palabras antes de perder el conocimiento. Un barrazo en la frente lo dejó fuera de juego.

 

Manolo tenía enroscada en su brazo la cadena. Él la sujetaba por el otro extremo. Sintió un dolor agudo en los huesos de su antebrazo. Oyó un chasquido y perdió toda consciencia. Antes de derribarse por completo junto a su primo, vio la cara de este ensangrentada. Una pesadilla de color rojo se abalanzó sobre su medio cerebro.

 

Los asaltantes huyeron al reparar que alguien los miraba desde el otro lado de la plaza. Tenía un móvil y lo estaba utilizando. Salieron corriendo sin dar el último golpe de gracia a sus víctimas.

 

Pasó una hora hasta que una ambulancia se encargó de los dos cuerpos tendidos en la acera sucia de sangre. Un coche de policía la escoltaba. Sus luces azules iluminaban los rostros de dos jóvenes que permanecían en el suelo. Algunos vecinos en pijama veían desde sus balcones la escena. Observaban los movimientos sincronizados del SAMUR. Un agente les interrogaba desde la calle. Lo hacía gritando. Algunos negaban con la cabeza o encogían los hombros. Otro hacía señas con las palmas de sus manos juntas sobre una mejilla, indicando que dormía hasta que llegaron ellos. El cuaderno de notas del investigador se quedó en blanco. Un enfermero lo empujó involuntariamente para quitarlo de en medio. Habló atropellando sus propias palabras.

 

- Hay que llevarlos rápidamente al hospital.

 

La ambulancia partió con sus sirenas, aporreando el silencio de la noche. Llegaron enseguida otras de color naranja y con un ritmo más lento tomaron el relevo. Un pequeño camión blanco con franjas verdes soltaba de su depósito trasero agua a presión sobre la acera. La sangre se diluía y bajaba en cascada hasta la rejilla de la alcantarilla, abandonado las baldosas romboides. Un barrendero esgrimía contra el suelo su escobón de cerdas duras raspando las últimas señales de la pelea.

 

Media hora después, allí no había sucedido nada.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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