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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 20 de mayo de 2022

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A partir de ahora te llamarás Cefas (2008)

Editorial Palabra (2008) 

A punto de sufrir martirio, san Pedro le cuenta la historia de su vida a un centurión romano, una aventura insospechada marcada por su encuentro con Jesús.

     La vida de Simón, un pescador galileo de hace dos mil años, podía haber sido la de uno más de sus compatriotas si no se le hubiera cruzado Jesús en su camino. ´A partir de ahora te llamarás Cefas´, que significa piedra, Pedro, le dijo. Con esas palabras, le hacía fundamento de la iglesia naciente y comenzaba también una aventura insospechada marcada por su encuentro con Jesús.

DESDE LA CÁRCEL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            "Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos"

 

 

 

 

 

 

 

(Mateo 16: 13-20)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            Desde mi celda escuché unos pasos que se encaminaban hacia allí. Era la última de todas, la más profunda. Sin duda, ese era el destino de quien se acercara. No era el momento de la comida, la única que me daban al día. Pensé que quizá había llegado la hora de reunirme con Dios, pues mi muerte estaba cerca. El último pretoriano que vino a visitarme así me lo había anunciado al mediodía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            Intenté hacer el menor ruido posible. Estaba sentado en el suelo. Me quedé inmóvil para que las cadenas de mis manos y pies no produjeran el ruido metálico al que ya estaba acostumbrado. Necesitaba escuchar cuántos hombres venían a por mí. Deduje que era uno, iba en silencio. Caminaba despacio, como contando los escalones que descendía. Yo estaba deseando conversar con alguien. Lo peor de mi prisión era la soledad y llevaba ya así dos días y medio desde que fui apresado. Había nacido para hablar. De joven, me encargaba de animar en todo momento los duros días de faena en el mar de Galilea. Sobre todo cuando la pesca era escasa y teníamos tiempo de sobra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una llave se introdujo en la cerradura. Giró y produjo un sonido seco. Retumbó por toda la galería. La puerta se abrió entre gruñidos de óxido. Me puse en pie. Asomó el rostro de un pretoriano. Entró perfectamente uniformado, con su casco, su peto y su dibujo de escorpión. Llevaba la espada corta en la mano izquierda. Le recibí con una sonrisa mientras cerraba la puerta, otra vez con llave.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - ¿Sonríes? ¿No temes por tu vida, anciano? ¿No ves que llevo mi arma en la mano?





  • - Estoy preparado para morir.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El soldado se sorprendió de mi respuesta. Comprobó con su espada que mis cadenas seguían en su sitio y la guardó en su funda. Tomó asiento en el taburete de madera de tres patas que era el único mobiliario de la celda. La cama era un montón de paja sucia, nada más. Se preparaba apretándola con los pies contra la pared.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - Tú eres Pedro, ¿no? El jefe de esos cristianos.





  • - Bueno, jefe...





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El soldado se calló. No parecía muy dispuesto a hablar. Solo intentaba comprobar que no se había equivocado de celda. Respeté su silencio. Yo me había sentado con la espalda pegada a la húmeda pared. Había recogido mis cadenas como pude, para que no me molestaran. Dejé un tiempo prudencial antes de lanzar la pregunta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - ¿Por qué vienes, pretoriano?





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Él miró la vela de cera que ardía en el suelo. Su humo negro se elevaba hasta el techo del calabozo. Creaba sombras móviles de nuestros cuerpos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - Me han encargado vigilarte. Temen que te escapes como la otra vez...No me acuerdo dónde me han dicho que fue.





  • - En Jerusalén -mi mente voló hacia la ciudad del rey David.





  • - Eso es. ¿Cómo lo hiciste? Tengo curiosidad.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acaricié mis barbas. Me habían dado en mi punto débil. Comencé a contar una vez más las maravillas que mis ojos habían contemplado durante su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - Verás, no sé si has estado alguna vez en Jerusalén.





  • - Pues no, soy del norte de la Galia, y odio el calor. No soporto los veranos de Roma.





  • - Pues allí hace calor, sí, es un lugar maravilloso, pero en verano... Yo también soy del norte, pero de Israel claro, de Betsaida, junto al mar de Galilea. Allí, el viento refresca el rostro por las mañanas, el sol amanece de forma muy distinta a como lo hace en esta gran ciudad de Roma.





  • - Verás, no deseo que me hables de tu pueblo, que está perdido en el último rincón del Imperio. Cuéntame tu huida de la cárcel. Tengo curiosidad.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Era difícil conversar con aquel pretoriano de escasas palabras y pocas ganas de escuchar. Tenía que ser breve. En la legión, era la primera enseñanza que aprendían.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - Bien. Fue por dos veces, una de las manos de los escribas y fariseos, que eran los jefes de mi pueblo, el judío. Otra, del propio Herodes. Creo que te interesará más esta última, pues el rey me encarceló con cuatro escuadras de cuatro soldados para custodiarme. Ya sabía de mi primera fuga y quiso prevenirse -hice una pausa- Creo que tú solo eres uno, debes tener cuidado.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me reí con ganas, aunque luego me arrepentí. Al soldado no le gustó mi broma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - No tengo ninguna intención de escapar. Ya te contaré por qué.





  • - Mira, acaba de relatarme primero tu huida de dieciséis soldados. Me tienes en ascuas.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había conseguido llamar su atención y continué sin más demora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - El rey Herodes me quería matar para la fiesta de los Ázimos[1] y la noche anterior a mi presentación ante el pueblo y mi posterior ejecución, y no era una broma, que ya había matado a uno de los apóstoles, Santiago. Estaba yo tranquilamente durmiendo. A mi lado había dos soldados y en la puerta otros dos. Entonces, un ángel enviado por Dios, me tocó en el costado para despertarme.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Levántate aprisa, Pedro"-me dijo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo le obedecí. Después, me tocó las cadenas y se cayeron de mis manos y pies. Mis guardias estaban todos profundamente dormidos y no despertaron ni cuando los eslabones de mis ataduras armaron un gran ruido al golpear el suelo. Me ordenó que me calzara y me pusiera el manto. Yo pensé que todo era un sueño, sobre todo cuando pasamos las dos guardias que había y la puerta de la calle se abrió de repente por sí misma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Seguimos los dos hasta el final de la calle. Allí despareció. El aire de la madrugada golpeó mi rostro al girar en la esquina. De pronto, fui consciente de que estaba realmente libre. Me dirigí en busca de mis amigos, a casa de una mujer llamada María, madre de mi discípulo Marcos. Todos estaban rezando por mí y nadie daba crédito a que yo estuviera allí, a su lado, libre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - ¿Y quieres que yo me crea ese cuento? - el guardia pretoriano se levantó y dio una vuelta por la celda.





  • - Tú has querido que te lo contara. Si supieras las maravillas que hace Dios, de otras más increíbles he sido testigo.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El soldado estaba nervioso, más o menos debía de ser la hora del atardecer y su estómago delataba que tenía hambre. Yo también, pero tenía que esperar hasta el día siguiente para comer algo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






  • - Iré en busca de comida. Hoy no he tenido tiempo de llevarme nada a la boca. Un momento -me miró con recelo antes de seguir hablando - ¿No aprovecharás para escapar de aquí con tu magia?





  • - No te preocupes, esta vez no me liberará nadie. Ha llegado mi hora.





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tras abrir y cerrar la puerta con su llave, el pretoriano abandonó la celda. Me quedé de nuevo solo, mirando la frágil llama de la vela. Aún temblaba con la corriente de aire que había entrado desde el pasillo. Las sombras de mi cuerpo y del taburete jugueteaban contra la pared.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Fiesta judía de la primavera, cuando comenzaba la recolección.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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