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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 25 de mayo de 2022

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La última carta de Saulo de Tarso (2008)

 Adéntrate en la apasionante vida de san Pablo, contada por él mismo, a través de unas cartas desde la prisión. Descubre esta figura histórica irrepetible.

 

 

 

Editorial Palabra (2008)    

 

 

 

 Saulo de Tarso, conocido como san Pablo, es una figura histórica irrepetible y una persona excepcional como pocas. Viajero incansable, apóstol de los gentiles, escritor, hombre de profunda cultura, pastor amoroso de su rebaño... Su vida, contada por él mismo, nos adentra en una aventura apasionante.

 

 

 

     Descubre esta figura histórica irrepetible, a través de unas cartas desde la prisión.

DESDE LA CÁRCEL

 

 

 

 

 

 

 

"Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño."

 

 

 

I Corintios 13 (11)

 

 

 

 

 

 

 

Querido Esteban:

 

 

 

           

 

 

 

            Soy Saulo de Tarso, o Pablo para los romanos. Ya sabes que soy muy amigo de tu abuelo Filemón de Colosas. Él me ha pedido que te escriba estas cartas para contarte las aventuras que he vivido al servicio de Jesús.

 

 

 

 

 

 

 

Los que te conocen me han comentado que te encantan los deportes a pesar de ser tan joven, apenas doce años. Por lo visto, entrenas todos los días con la ilusión de ir un día a los juegos. Te diré que la vida es una carrera y me encuentro cerca de mi meta. Me alegro de que así sea y me siento como los corredores que realizan un último esfuerzo al final. Te escribo esto, pues me estoy ahora mismo en una cárcel de Roma y espero de un momento a otro el desenlace de mi vida. Soy condenado a muerte.

 

 

 

 

 

 

 

Esta es la historia de mi vida:

 

 

 

 

 

 

 

Nací en Tarso, en Asia Menor[1]. Allí viví feliz, como los demás niños. Jugaba en la calle a correr, a esconderme, tallaba soldados con trozos de madera, buscaba nidos de pájaro. A veces, me escapaba con mis amigos a bañarnos hasta las cataratas que el río Cidno, formaba antes de su entrada a la ciudad. Pero también estudiaba, sobre todo la ley judía. A ratos, ayudaba a mi padre con las lonas de las tiendas, pues él se dedicaba a confeccionarlas.

 

 

 

 

 

 

 

Los sábados, acudía a la sinagoga, también celebraba allí las fiestas: la Pascua[2], el Yom Kipur[3] y al menos una vez al año viajaba con mis padres a Jerusalén, pues lo marcaba la tradición. Allí teníamos mucha familia, también de la tribu de Benjamín, como nosotros. Me encantaban estos viajes, pues siempre he querido conocer nuevas personas, ver lugares desconocidos. Como verás en mis cartas, tengo espíritu aventurero. Lo que más me gustaba durante las travesías era contemplar desde el barco las costas que nos guiaban hasta nuestro destino. Imaginaba las gentes que allí vivían.

 

 

 

 

 

 

 

Una vez desembarcados cerca de Jerusalén, nos uníamos a alguna caravana de camellos llena de colorido. Tras la lenta marcha, al aproximarnos a la ciudad de David, sus murallas doradas por el sol del atardecer iluminaban las negras tierras del camino. Las piedras del templo sobresalían por encima de todas y, según nos acercábamos, hasta el murmullo de los rezos llegaba hasta nuestros oídos.

 

 

 

 

 

 

 

Nos recibía nuestra familia y nos alojábamos con ellos en sus casas. Dejábamos las tiendas utilizadas por el camino y jugaba ahora con mis primos entre visita y visita al templo. Allí realizábamos los sacrificios señalados por la ley después de comprar las palomas en la explanada. Siempre estaba llena de gente. Unos escuchaban a los rabinos que enseñaban en público, otros compraban o cambiaban las monedas romanas por las del templo, algunos curioseaban o se entretenían con sus amigos tras las tareas del día. El rumor de la plaza era ensordecedor. Los gritos de los vendedores y cambistas se mezclaban con el olor a cera requemada. Mi padre me agarraba con fuerza de la mano para que no me perdiera, como hacían los comerciantes con las palomas que daban al comprador.

 

 

 

 

 

 

 

Entre todo el tumulto, destacaban también los soldados que cuidaban del orden. Ellos se encargaban de solucionar los problemas que surgían entre los comerciantes. Por encima de una de las paredes del templo sobresalía la torre Antonia. Los paganos no podían entrar allí y los romanos debían vigilarlo desde esta pequeña fortificación.

 

 

 

 

 

 

 

Mi padre escuchaba a los maestros fariseos, secta a la que pertenecíamos. El más sabio era Gamaliel[4],  que había creado su propia escuela. Te hablo de él, porque un día, cuando yo tenía más o menos tu edad, querido Esteban, mi padre me lo presentó en mitad de la explanada del templo. Acababa de comentar el primer mandamiento de las tablas de Moisés. Yo estaba impresionado de estar frente a él una vez que todos sus discípulos se habían retirado. Su figura me parecía enorme, a pesar de ser más bajo que mi padre. Se tocaba sus barbas canosas cuando me dirigió sus palabras.

 

 

 

 

 

 

 




  • - ¿Tú eres Saulo? Tu padre me ha hablado de ti. Me ha dicho que eres muy inteligente -su voz sonaba suave, amable, aunque hablaba con autoridad.



  • - Sí, mi nombre es Saulo de Tarso, aunque no sé si soy muy inteligente. Me he esforzado en aprender las escrituras y comprenderlas.



  • - ¿Sabes de dónde procede tu nombre?



 

 

 

 

 

 

 

Aquella pregunta me pareció demasiado sencilla y pensé que me estaba tomando el pelo. Aún así, contesté con educación.

 

 

 

 

 

 

 




  • - Pues de Saúl, el primer rey de los judíos.



  • - Bien, pues no seas tan testarudo como él cuando estés equivocado.



 

 

 

 

 

 

 

Me dio un pequeño golpe amistoso en la cabeza con su palma de la mano y se fue con pasos lentos, dejando en el aire un olor a aceite e incienso.

 

 

 

 

 

 

 

Abandoné también el templo, junto con mi padre. El sol se ponía en el horizonte cuando llegamos a casa de mi tío Ezequiel. Entré en el patio y me preparé para salir corriendo a lavarme las manos y cenar. Tenía bastante hambre. Mis primos, más pequeños que yo, corrían por allí y vieron cómo mi padre me cogía casi al vuelo de la túnica. Me di la vuelta y vislumbré en sus ojos la expresión que ponía cuando iba a decir algo importante.

 

 

 

 

 

 

 




  • - Ven conmigo un momento, Saulo.



 

 

 

 

 

 

 

Los dos nos sentamos en un banco de piedra que estaba pegado a una de las paredes del patio. Me rodeaban dos macetas enormes. En una había un laurel, en otra, perejil. Un pequeño olivo con flores blancas crecía un poco más lejos. El jardín olía a primavera. Aquellos aromas viven junto con el recuerdo que tengo de las palabras de mi padre.

 

 

 

 

 

 

 




  • - Verás, tú eres bastante listo. Con tu edad ya sabes hablar griego, arameo y hebreo, incluso algo de latín. También tienes un don para comprender las escrituras y razonarlas. Por eso, creo que debes aprovechar esa habilidad que te ha dado Dios.



 

 

 

 

 

 

 

Yo estaba hambriento y no sabía a dónde me llevaba la conversación. Solo pensaba en la cena que habrían preparado mi madre y mi tía. Algunos ruidos de mi estómago me delataban.

 

 

 

 

 

 

 




  • - Quiero que el próximo año te quedes en Jerusalén. Vivirás aquí, con tu tío. Así podrás ingresar en la escuela de Gamaliel. Tienes suerte de que te haya aceptado como discípulo, pues ahora es el más importante de los fariseos.



 

 

 

 

 

 

 

Mi corazón dejó de latir durante unos segundos. Cuando comenzó de nuevo su movimiento, pude responder a mi padre.

 

 

 

 

 

 

 




  • - Pero no podré estar con vosotros.



 

 

 

 

 

 

 

Los ojos de mi padre se humedecieron. Miró hacia la puerta del patio para que no le viera y me respondió con suavidad sin rodear su cabeza.

 

 

 

 

 

 

 




  • - El que es inteligente debe aprovecharlo -calló durante unos minutos, hasta que por fin pudo hablar de nuevo mirándome a la cara- Anda, vamos a cenar -con su mano izquierda revolvió mi pelo negro.



 

 

 

 

 

 

 

El año pasó más deprisa que ninguno de mi vida. Fue muy provechoso en estudios, sobre todo avancé mucho en lenguas como el latín y el hebreo. El tiempo restante lo ocupaba ayudando a mi padre en su trabajo con más intensidad que hasta entonces. Cortaba telas gruesas para hacer tiendas. Luego las cosía. La labor era dura, pero yo aprovechaba mis últimos días junto a él. Él estaba empeñado en que un buen rabino debía ganarse la vida con su propio oficio.

 

 

 

 

 

 

 

Mi madre me perseguía a la hora de comer o cenar. Se sentaba a mi lado. A veces me aconsejaba como si nunca nos volviéramos a ver más. Sobre todo, hablaba conmigo para que cuidara mi carácter, muchas veces fuerte y terco cuando creía tener razón. En el fondo, pensaba que el rabino Gamaliel podía tener algún problema conmigo por esta cuestión.

 

 

 

 

 

 

 

Por la primavera, cuando el aire olía a lluvia y los árboles anunciaban su llegada con hojas de colores más claros, comenzaron los preparativos del siguiente viaje a Jerusalén. La casa andaba, revuelta como otros años, pero el nerviosismo se respiraba por cada rincón. Mi madre se pasaba casi todo el día barriendo el patio muy deprisa. Todos teníamos menos paciencia. Incluso los pocos animales que teníamos, un burro, un gato y algunas gallinas, parecían hacer más ruido que de costumbre. Todo sabía a despedida, sobre todo el pan que hacía mi madre.

 

 

 

 

 

 

 

Aquel viaje trascurrió sin muchas dificultades, hasta el mar estaba en calma y espera, como yo. Me esperaba una nueva vida en la ciudad santa, junto a nuevos amigos y compañeros con los que compartiría años de estudio y trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

Pero esto, querido Esteban, te lo contaré en mi próxima carta. Es tarde y la escasa luz apenas me deja ver. Solo tengo una vela que ilumina esta cueva donde me hallo. Provoca un ingrato olor a grasa quemada. Su humo surge negro hacia el techo y a veces me provoca algún ataque de tos. Mañana continuaré. Estoy ya mayor y mi vista no es la de antes.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

[1] Actual Turquía.

 

 

 

[2] La pascua judía comienza durante el mes de Nisá (abril-mayo) y coincide con el inicio de la primavera. En estas fechas se celebra el aniversario de la liberación judía de la esclavitud en Egipto

 

 

 

[3] Yom Kipur se celebra en el mes Tishei (Septiembre-Octubre); es una de las fechas más sagradas del calendario judío, ya que celebra el Día del Perdón, de la penitencia y de la purificación espiritual.

 

 

 

[4] Era un rabí de los fariseos, doctor de la ley y prominente miembro del sanedrín en la mitad del primer siglo

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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