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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 25 de mayo de 2022

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El gladiador cristiano (2009)

Editorial Palabra (2009)

 

 

 

El personaje de Catio, que descubrió el cristianismo como gladiador en medio del coliseo romano, nos muestra cómo fue extendiéndose la semilla de la fe.

 

 

 

     La semilla del cristianismo puede prender en las almas más insospechadas. El joven Catio lo encontró en las arenas del coliseo, en medio de espadas, cascos, sangre y sudor. Una pequeña cruz, entregada por un condenado, le hizo descubrir un mundo nuevo. A partir de ese momento toda su vida cambió.

CAPÍTULO I

 

 

 

LA BATALLA DEL ESTRECHO

 

 

 

 

 

 

 

Como muchas veces me has impelido querido Justino a escribir mi vida como ejemplo de mis hermanos, que yo creo que no lo es, así lo haré por fin, dado el tiempo de tranquilidad que parece concederme mi señor Jesucristo en mis últimos días. Comenzaré no desde el inicio, sino desde que mi vida comenzó a cambiar.

 

 

 

 

 

 

 

Corría el segundo año del gobierno del emperador Trajano cuando mi tierra, la Dacia, fue golpeada por su fuerte mano. Nuestro jefe Decébalo se había sublevado más por la necesidad de mantenerse en el poder que por motivos de hambre o expansión. Necesitaba un enemigo común y eligió a los romanos. Se unió a los sármatas, que formaron en su mayoría la caballería. Mi vida hasta ahora había sido feliz, la infancia perfecta para el hijo de un gran jefe dacio. Mi padre gobernaba uno de los grandes pueblos, Tapae[1], y fue llamado a armas por Decébalo. Reunió a todos los hombres mayores de veinte años. Apenas dos me faltaban a mí para llegar a la edad y mi instrucción en el manejo del arco y la espada había ya finalizado.

 

 

 

 

 

 

 

Miré desde la torre más alta del pueblo la partida de mi padre y su ejército. Los pendones sobrevolaban al aire, que bajaba de las montañas con fuerza. Los caballos olían la próxima sangre y los tambores resonaban como nunca con un estruendo que tronaba y producía ecos en las casas vacías.

 

 

 

 

 

 

 

Yo deseaba con tantas ganas partir que volví sobre mis pasos, lleno de rabia e ira contra el año de mi nacimiento. Mi madre apenas me miró cuando golpeé la puerta para entrar. Las palabras ya estaban dichas y era contrario a las leyes del pueblo dacio entrar en batalla fuera de la propia ciudad a los menores como yo. Se nos reservaba para la protección del pueblo. Tampoco los avanzados en edad podían salir a combatir fuera de los territorios.

 

 

 

 

 

 

 

Subí de forma apresurada a mi habitación y mi mirada chocó con una pequeña estatuilla de barro de nuestro dios Zalmoxis[2]. También recibió mis reproches. Incluso apagué la lámpara de aceite que lo adoraba con su mínima luz. Me tumbé en el lecho durante horas.

 

 

 

 

 

 

 

Al día siguiente, decidí buscar a mis compañeros de armas. Había tomado una determinación, organizar la defensa de la ciudad. Como hijo del hombre principal del pueblo no podía abandonar mi puesto. En caso contrario hubiera huido para unirme al ejército principal de Decébalo sin dar datos ni de mi edad, ni de mi procedencia.

 

 

 

 

 

 

 

La fortificación nos mantuvo entretenidos hasta la llegada de las primeras noticias. Ochenta y seis mil soldados romanos marchaban en busca de una batalla decisiva. Al frente marchaba el propio emperador Trajano. Nuestro gran jefe solo contaba con cuarenta mil. De nuevo la sangre de mis venas se encendió. Tenía pálpitos en las sienes y apretaba mis puños hasta hacerlos sangrar con mis uñas. Tenía toda la fuerza de mis años encerrados en un pueblo. Maldecía mi suerte junto con mis amigos. El odio hacia aquel pueblo romano, enorme y dominador. Corrí hacia la calle y allí rogué al dios Zalmoxis que mis armas sirvieran para matar a muchos enemigos.

 

 

 

 

 

 

 

Cuando vigilábamos aquella noche, un mensajero atravesó la espesa niebla de la medianoche. Llevaba nuestro pendón en su mano y su caballo iba adornado como los sármatas lo hacían. Bajé el primero por la escalera de la muralla para abrir la gran puerta de madera. Al atravesarla, aún tardó un poco en poner freno a su galope tirando de las riendas con fuerza. Me apresuré junto a él a tranquilizar su montura. El jinete gritaba con fuerza, los romanos se dirigían hacia nuestra ciudad con todos sus hombres. Había que prepararse. Poco tardaron en despertar todos los habitantes. Las antorchas se movían por las calles a toda velocidad. Los gritos llenaban la noche cerrada. Todo era apresurado. A las  pocas horas llegó un nuevo mensajero. Esta vez las indicaciones fueron más precisas. Decébalo dirigía a los romanos hacia un estrecho paso a poca distancia de nuestra ciudad. Uno de los sitios que más frecuentábamos mis amigos y yo. Mi cabeza podía pensar al instante en la gran batalla, los lugares estratégicos, los movimientos de los soldados. Seguro que nuestro gran jefe reservaría parte de su caballería para sorprender al enemigo. La mañana traería el olor y el sonido de la guerra.

 

 

 

 

 

 

 

Casi todo estaba preparado. Si nuestro ejército era derrotado, entraríamos en batalla en breve tiempo, asunto que no deseábamos. De nuevo rogaba a nuestro dios, esta vez de forma contraria. Me había dirigido al lugar de reunión del pueblo al rayar el alba. Estaba abarrotado, salían y entraban mujeres con pequeños pájaros para el sacrificio. Olía a incienso y sangre. Aunque no teníamos templo, pues adorábamos a nuestro dios en las cumbres de las montañas, aquel día el edificio lo asemejaba. La oscuridad del interior se apagaba con las lámparas de aceite. Un susurro de oraciones se elevaba entre los gritos de los animales sacrificados. Un gran tambor lejano en el exterior lo interrumpió. Anunciaba el inicio de la batalla. Salí corriendo en busca de algún caballo. No podía estar allí encerado. Al menos contemplaría la acción desde algún alto cercano al lugar elegido por Decébalo para hacer frente al emperador Trajano.

 

 

 

 

 

 

 

Atravesé la puerta de las murallas gracias a la ayuda de un gran amigo. No me delató, pues alguien podría pensar que huía ante los peligros que se avecinaban. Mi cabalgadura no era muy de fiar, todos los buenos caballos de la cuadra de mi padre habían salido para el momento definitivo. Eso me retrasó, pero alcancé mi propósito. Abajo presencié los movimientos de ambos ejércitos. Las legiones romanas debían abandonar la formación ancha que llevaban para atravesar el paso al que les obligaba nuestro ejército dacio. Sus movimientos eran seguros y precisos. Parecía una pareja de bailarines sincronizados. Formaban con sus escudos sobre la cabeza, con el frente y los laterales también cubiertos. Después sabría que esta figura se conocía como la tortuga. Parecían impenetrables. Nuestras flechas llovían sobre ellos sin apenas inquietarlos. Avanzaban sin temor bajo el ruido de cuernos y tambores. Estos ahogaban los gritos de la caballería sármata que comenzó su loca carrera en busca del enemigo. La infantería de mi pueblo comenzó también su avance.

 

 

 

 

 

 

 

El choque fue brutal. Los caballos saltaron sobre los escudos romanos. En esos momentos, la gigantesca tortuga asomaba sus lanzas en busca del cielo como un puercoespín que se eriza ante el peligro. Muchos jinetes cayeron con sus monturas malheridas. Donde se abría un hueco en el caparazón, se producían movimientos rápidos en busca de cerrarlo. Se unían a toda velocidad los cuerpos romanos que había debajo. Según avanzaban al frente, dejaban un reguero de muertos de ambos ejércitos. Comenzó una lluvia de flechas desde la retaguardia romana. Los dacios comenzaron a caer apenas protegidos por sus pequeños escudos de madera. Llegaron hasta los romanos y la lucha se hizo encarnizada. Comenzó entonces el cuerpo a cuerpo donde las espadas romanas eran más cortas y manejables, pero de menor alcance. Mi pueblo lanzaba piedras, hachas, lanzas y movía sus espadas más largas buscando los huecos de los petos romanos. El combate estaba igualado. Cualquier circunstancia podía mover el resultado de la batalla.

 

 

 

 

 

 

 

Un grito sonó a través de un cuerno. Estaba enfrente de mí, al otro lado del barranco y no lo había visto. Se trataba de un cuerno sármata. Pro la espalda del ejército romano surgió, tras un bosque más alejado, un grupo numeroso de jinetes sármatas. Decébalo había preparado una emboscada. Era un golpe definitivo contra la infantería romana. Tuvieron que rodearse y cubrir su retaguardia. Estaban rodeados por el enemigo. Yo grité con júbilo.

 

 

 

 

 

 

 

Poco duró la alegría. Del mismo bosque, de un lugar un poco más alejado que el anterior, surgió también casi en el mismo momento, parte de la caballería romana. Trajano había previsto la emboscada y se encargaron de los diez mil soldados de nuestro ejército que se habían ocultado. La batalla duró algunas horas más, pero el resultado ya estaba previsto. Cuando ya no había más que hacer, los cuernos dacios anunciaron la retirada hacia Tapae. Al frente iba Decébalo. Yo corrí con mi cabalgadura con la intención de no ser descubierto. Conseguí hacerlo dado el cansancio del ejército derrotado. Todos esperaban noticias y fui el encargado de comunicar nuestra derrota. Habría que defender la ciudad ante un ejército numeroso y lleno de moral tras su victoria.

 

 

 

 

 

 

 

Entré en casa para informar a mi madre. Ella corrió a mi encuentro y me abrazó.

 

 

 

 

 

 

 




  • - ¿Sabes algo de tu padre? ¿Lo viste en la batalla?



  • - Vi sus armas y su escudo desde arriba, pero fue antes del combate. No sé más, madre. Ahora llegarán -me detuve unos momentos antes de continuar- Seguro que está bien, no te preocupes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

[1] Ciudad dacia donde se dieron dos grandes batallas entre romanos y dacios.

 

 

 

[2] Único dios dacio. Según algunos escritores griegos fue un esclavo que consiguió la libertad y dedicó su vida a enriquecerse.

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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